Música

un mapa de antropofagia musical

Latinoamérica contra todas las cosas

Dentro de poco se van a cumplir cien años desde que lo admitimos: somos caníbales. La vigencia de esa declaración hoy está en las maneras musicales más interesantes, la de los prodigios de la electrónica de vanguardia, las nuevas revolucionarias del rock, tropicalistas y raperos regionalistas. El punk nos convenció de que con la actitud alcanzaba. El pop nos demostró el poder de falsear algo hasta que sea real. El arte contemporáneo nos aseguró que el concepto es lo único importante. Entonces: ¿Dónde nos metemos todo lo que aprendimos? En la música latinoamericana Feli Colina, Phuyu y La Fantasma, Los Thuthanaka y algunos depravados más ensayan respuestas.

Por Agustín Wicki
29 de agosto de 2026

Un derecho torcido

Damon Albarn, una de las grandes mentes del pop británico, con la mejor de las intenciones y un elenco de reparto intachable, este 2026 nos propició un disco de puro wokesome. “The Mountain” abre la puerta a la aventura para maravillarse con la cultura del subcontinente indio y más allá. Contiene un Mensaje que sin dudas es Importante y versos inspiradores sobre abrazar el mundo después de una gran pérdida personal. Pero tiene un pequeño problema: suena como una galería de ringtones.

Un caso similar es el del estadounidense David Byrne. Líder de Talking Heads, autor del libro “Cómo Funciona la Música” y, en líneas generales, un genio musical. En 1989 se mandó “Rei Momo”, un álbum caribeño junto a grandes veteranos de la escena nuyorican. A la escucha, su inglés esquizoide en salsa, cumbia y merengue se desenvuelve tan natural como el debut de Louta. 

Más allá de estos mashups demasiado largos, tanto Albarn como Byrne han ayudado al crecimiento de las otras músicas con difusión, prestigio y oportunidades. Ambos institucionalizaron ese apoyo con los sellos Honest Jon’s Records y Luaka Bop, de catálogos grandiosos. Representan la epítome del primermundista bienpensante y no me interesa cuestionar las contradicciones de eso. Bienvenido sean incluso discos como los anteriores y ojalá que haya más, para darle regalías y anécdotas a los nuestros. Lo que no se quita es ese olorcito a pensar en world music o, peor, en exotica.

La otredad implica una división invisible. Puede ser respetuosa u odiosa, pero separa los unos de los otros de una forma que siempre se hace notar. Más en la música, donde el swing, el groove, el flow, el tumbado, el duende y el ángel son auténticos o no son. Dentro de Latinoamérica la normalidad es otra. Más temprano que tarde, todo lo foráneo termina en un nosotros. No pasa por lo ideológico, es que nuestro presente se zampa el pasado mucho más rápido que el de ellos.

“Nosotros somos, los latinoamericanos, los ciudadanos más privilegiados del mundo. Porque somos los únicos ciudadanos universales que existen en el planeta tierra. Un francés puede ser más culto, pero un venezolano tiene evidentemente mayor capacidad de comprender la humanidad que un europeo. Porque un francés es simplemente un francés y no más que un francés, pero un venezolano es un francés, de paso, y un noruego también, es de paso un indio y de paso un negro también, todo eso es. Nosotros deberíamos de usar ese derecho a la cultura que nos dio la historia.” Con este llamado a la acción el dramaturgo venezolano José Ignacio Cabrujas resumió los usos y costumbres de todos los continentes que existen a la vez en el nuestro.

Conocemos la vuelta de memoria: es el bendito crisol. En los últimos quinientos y pico de años africanos, europeos y asiáticos con sus idiomas, cosmovisiones y tradiciones pisaron suelo americano y pasaron a ser parte. En 1925 el mexicano José Vasconcelos propuso llamarnos “la raza cósmica”, la única capaz de iniciar “la era universal de la humanidad”. Dada la necesidad casi fisiológica de los norteamericanos de prefijar sus nacionalidades de ascendencia y la inexperiencia de los europeos para recibir oleadas migrantes que crecen anualmente, podemos asegurar que los latinos tal vez no seamos una raza del futuro, pero al menos sí los que mejor nos adaptamos a la globalización. Y si no, seremos los más caraduras.

América para los inmigrantes, música de allá acá

Marco tectónico

Milo J y A.Chal llegaron al estrellato en plena adolescencia a través de un trap apto melódico. A la vez, ambos recientemente reconvirtieron sus carreras inspirados por el folklore de Argentina y Perú respectivamente. Aun así, hay algo sustancial que los separa: A.Chal es un degenerado. Esto se percibe automáticamente al escuchar ‘Chologante’, ‘Pituko’ o ‘Chichal’, los singles con los que revitalizó su presente en la industria este año. No por sus pectorales, sus odas a culos ni por esa melena francamente envidiable. Es su forma de hacer del trapicheo y ritmos andinos tradicionales como el huayno y la chicha todo una misma cosa. 

Mientras que Milo J forma parte de lo que el crítico e historiador argentino Amadeo Gandolfo llama giro telúrico -una búsqueda, compartida con estrellas como Cazzu y Bad Bunny, de reencontrarse con las tradiciones y alcanzar, sea o no el objetivo, a la familia completa como público y la aprobación de todas las generaciones-, A.Chal es un agente de la vieja y querida antropofagia cultural latina. En su nueva etapa no hay covers ni samples canónicos reconocibles, hay hedonismo desvergonzado y un pulso bailable que invita a sudar. A.Chal no lo sabe, pero fue soñado en 1929. Aquel año Oswald De Andrade, uno de los ejes del modernismo brasileño, publicó el “Manifiesto antropófago”. Un ensayo propone, exagera e incomoda: “Sólo me interesa lo que no es mío. Ley del hombre. Ley del antropófago. (…) Contra todos los importadores de la conciencia enlatada. (…) Contra el mundo reversible de las ideas objetivadas. Cadaverizadas.”

En las crónicas de la primera llegada de Colón aparece la palabra “caníbal” como deformación de “caribe”, que refería a tribus de las Antillas Menores y las costas del norte de lo que actualmente son Colombia, Venezuela y las Guayanas. Desde la primera crónica europea en el continente se construyó una fama asociada a la dieta más barbárica y de Mesoamérica al Río de La Plata se recogieron testimonios que sirvieron como justificativo ético para conquistar la región. A ese estereotipo De Andrade le dice: sí. Somos todo lo que dicen de nosotros. Somos peores. No nos interesa lo elevado ni elevarnos. “Solo la antropofagia nos une”.

El primer compositor en seguir el camino de Oswald fue su compañero de movimiento y la mayor eminencia de la música de cámara en su país: Heitor Villa-Lobos. Como creador y director de orquesta hizo una misma cosa del folklore brasileño y las tradiciones clásicas europeas. Décadas más tarde, Gilberto Gil y Caetano Veloso declararon la tropicalia. Un nuevo movimiento, que acreditó a De Andrade como ideólogo prestado, de sincretismo entre bossa nova, psicodelia, folklores y pop. La MPB (musica popular brasileira) se contagió de esos mismos hábitos alimenticios y ya no se puede pensar su sonido sin ellos. Sea el metal de Sepultura, el samba soul de Tim Maia, el acid jazz de Ed Motta o el funk mandelão de Pabllo Vittar, Brasil es un tenedor libre para caníbales musicales.

Créanme. En varios países de la región estas ideas también participaban de los ámbitos de puja artística. Los brasileños estuvieron vivos para ponerle un nombre y escribirle un manifiesto, pero la herencia de la vida en estos países despierta la antropofagia. Da igual el capital económico y cultural, da igual el momento histórico y hasta da igual la geografía.

La clave es antropofágia

El Gato Barbieri decía que lo suyo tenía mucho más de música latinoamericana que de jazz, aunque fuese un estelar en cualquier festival del género que valga de verdad. Dino Saluzzi muchas veces es etiquetado como “tango nuevo”, más por tocar el bandoneón, que por realmente practicar variantes del gotán. “Jazz fusión” les queda mejor, pero tampoco del todo. Parecido podría decirse de los maestros de la descarga, que improvisaban a mano y contramano de ritmos caribeños, siempre partiendo de los afrocubanos. Allá por la diáspora en Norteamérica también Santana rockeaba y jazzeaba su memoria familiar mexa. A mitad de los 80 una nueva generación hispana le puso ska, rancheras, murga, cumbia y todo lo que haya en la heladera a su guiso rockero: fue el latin alternative. MTV lo promocionó y uno de sus máximos productores fue Gustavo Santaolalla, que con su banda Arco Iris en los 70 había participado, con Los Jaivas de Chile, Génesis de Colombia y Wara de Bolivia, entre otros, del “rock andino” (a razón de rock + folklore heredero del Tawantinsuyu). Y no es que hagan falta los huesos del jazz y el rock para este tipo de caldos: los uruguayos tienen su propia forma de plena puertorriqueña y en Argentina el cuarteto cordobés, el único género local que parecía puramente europeo, se mimetizó con el merengue dominicano. Ante quienes dudan de una unidad musical latinoamericana: cumbia. Tiene por epicentro Colombia y en México y Argentina hacen falta varias manos para contar las variaciones locales, parientes de la kchaka paraguaya, el swing criollo de Costa Rica y mutaciones en El Salvador, Chile, Perú y demás. 

Para tocar y para comer, dedos son dedos

La clave es el patrón rítmico elemental de gran parte de la música cubana y el instrumento con el que se lo marca. Hay clave de son y clave de rumba y en sus orígenes hay rastros africanos y europeos. Las dos aparecen en la salsa, el antecedente más práctico para entender los fenómenos actuales a los que quiero llegar. Es fundamental por su mixtura completa (el judío Larry Harlow y el afrofilipino Joe Bataan eran exponentes tan importantes como los boricuas y los hijos de inmigrantes del Caribe) y porque nunca fue realmente un género. Como toda forma de antropofagia, no es un estilo sino un abordaje. Los ritmos son guajira, guaguancó, bomba, bolero, boogaloo, conga, guaracha u otros; la salsa es la forma de mixturarlos, el tipo de formaciones instrumentales y el sonido resultante de las posibilidades técnicas de los 70 en adelante. Que la hayan mercadeado con este nombre y en los Estados Unidos no hizo muy feliz a los cubanos, que contestaron con la timba, su propia actualización electrificada de aquellos sones y rumbas. 

El cambio de milenio llegó con una pulsión antropofágica radical. En la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá un aquelarre de fanáticos del rock progresivo, el jazz modal y el punk se obsesionaron con el Sexteto Tabalá de Palenque, Totó la Momposina y Andrés Landero. El Ensamble Polifónico Vallenato es la formación con la que empezaron a digerir la historia de su país. De ese banquete no quedaron más que demos, pero, por ejemplo, en el hipercinético, despiadado y trambólico ‘Chandeath’, ya está anunciado lo que regurgitarán los 2000. Hicieron tropicanibalismo, un movimiento donde la mayoría de los proyectos cuentan con uno o más de los fundadores entre sus líneas. Eblis Álvarez, que toca la guitarra como si quisiera molestarla y los sintetizadores como buscando una combinación donde finalmente se callen, Pedro Ojeda, cuyos instrumentos de percusión parecen siempre a punto de desmoronarse, y Mario Galeano, que no puede evitar que su bajo y sus máquinas estén siempre borrachos. Son magnates de lo neurótico y siempre encuentran alianzas para embrujar cumbia, salsa, champeta o vallenato.

Meridian Brothers, Frente Cumbiero, Romperayo y Los Pirañas son conjuntos fundamentales para la transición de siglo y a la vez una contrapartida de otro movimiento: el tropipop. La mirada nostálgica, cómoda y superficial de lo popular que abonaban Carlos Vives y Fonseca, entre otros. A su vez, como bastión de las formas de producción analógica, los tropicanibales comparten generación y motivos con la nova vanguarda paulista de Juçara Marçal, Kiko Dinucci y Thiago França. Sigo: en la misma bisagra de años aparecen la digital cumbia y, con menor relevancia, el tango electrónico y el nortec, bases de lo luego se embolsaría en la categoría latin electronic, tan insuficiente como latin rap y latin rock. Mientras todo esto pasaba por acá, los críticos angloparlantes Mark Fisher y Simon Reynolds advertían, a grandes rasgos, que la música ya no traía novedades. No voy a profundizar en cada uno porque ya me di cuenta de que esta nota en realidad es un libro, pero la mención viene bien para dar cuenta de una genealogía inmensa y cómo las lógicas del norte global no rigen la inteligencia colectiva de la región. La progresiva democratización de las herramientas de producción por computadora y los contactos vía emails o redes sociales beneficiaron enormemente a estos movimientos, que para la edición de material y planificar giras en circuitos alternativos tenían un pie a cada lado del Atlántico.

Venezolanofuturismo fritofunk

La antropofagia es clave

Las mujeres trans latinas aman la antropofagia musical. No puedo explicar el por qué demográfico, pero muchas de ellas, junto a chiques fuera del género binario, representan la gran gula de canibalismo cultural en el siglo XXI. Arca (Alejandra Ghersi, no el AFIP), emigrante venezolana y protagonista de la electrónica experimental, funde tejidos sonoros e imprime todo lo que se esperaría que reprima: su sexualidad, sus estudios académicos, su sentido del humor, su raíz. Según contó, cuando programa, está influenciada por la forma de tocar cuatro y farruco, instrumentos típicos de su país. Su música corta en los límites de lo incognoscible entre dimensiones texturales posesivas y pliegues retorcidos. A veces rapea para sentirse la bichota o chilla con un humor de clips de realitys queer y videos virales del Caribe. En todo el espectro se siente la novedad, casi opacada por el extrañamiento.

Si queremos formalizar una antropofagia digital, Arca es una matrona. Sus glitches van de la PC a cualquier antro sin intermediarios y la circulación online de sus mezclas como DJ en circuitos libres de copyright encarnan un apetito formado en Latinoamérica. En su álbum homónimo de 2017, Ghersi parece dialogar con los fantasmas de ese pasado devorado. Gran parte de las músicas que la marcaron ya son anónimas. Sus creaciones no son una fusión de esto con aquello, sino agujeros negros.

De la misma generación que Arca es Chuquimamani-Condori, antes conocide como Elysia Crampton, que desde principio de la década pasada moldea lo que se conoce como epic collage y que en 2025 se consagró junto a su gemelo Joshua en el duo Los Thuthanaka. Su debut juntos es una ducha en un géiser. Iridiscente y abrumador, delata lo conectados que están con su herencia aymara y su forma de entender el sonido: todo lo que se escucha (y ese todo es un todo muy grande) está sin masterizar. Se desentienden de la comprensión como de cualquier otro imperativo industrial y eurocéntrico. No para demostrar lo rebeldes que son, sino porque quitan todo lo que no los representa. Su “Solilunita” es un repiqueteo hipnótico qhip nayra, el ideal de tiempo aymara, donde pasado y futuro cambian de lugar. Lo fascinante del acercamiento es que los tantos conceptos de su cosmovisión están presentes en su música implícitamente. Uno puede leer sus entrevistas, aprender palabras y hacerse mochilero, pero lo que carga el pecho promediando una canción como “Know” no necesita de notas al pie.

Con una materia prima similar -enganchados pirata y la música que pasan los colectiveros- el grupo weed420 alcanzó algunas de las expresiones más movilizantes de la diáspora venezolana. Los miembros del grupo crean a distancia a través de proyectos que van superpoblando de sonidos en cada videollamada. Lo que empezó como un espacio de juego con las capas de la post ironía centennial, sin dejar de serlo del todo, logró dejar testimonio de un país que se extingue todos los días en la obra maestra “amor de encava”. El transporte público y sus alternativas también inspiran al rapero y beatmaker peruano JordyLongSocks, que en 2023 publicó el álbum “Música para mototaxistas” con una receta que implica hacer, de memoria y a la vez, todos los géneros que escuchó en su vida. En “El Chaski” de 2025 llevó la fórmula a un nivel aun más quilombero. Son proyectos solo posibles en el Siglo XXI, igual que Unidos X La Cumbia, grupo pentanacional sudaca de remixes de cumbia tan pop y tan experimentales que dejan dos posibilidades: sucumbir o correr. 

En ellos hay otra clave: la antropofagia no entiende muy bien eso de la propiedad intelectual. Algo que también sucede con estas obras es que siempre hay momentos donde uno revisa las pestañas de Google con la creencia de que otra canción se empezó a reproducir de la nada. Son músicas superpuestas.

El extremo del espectro antropófago pareciera medirse por las migrañas que puede ocasionar al desprevenido, pero no se trata de eso. La cantautora chilena Javiera Electra compone e interpreta con tal delicadeza que uno podría obviar que es tan detallista como el Diablo. Su compatriota, El Macha se divierte con mejunjes populares desde los 90 con La Floripondio y con El Bloque Depresivo en 2018 sacaron un disco homónimo donde la tradición bolerística chilena y su música cebolla, de extensísima historia y nulo prestigio, encontraron su versión para este presente. En el medio Macha también le dio punta al iceberg de la nueva cumbia chilena con el grupo Chico Trujillo y el álbum “Cumbia Chilombiana”, mitad de un díptico junto a “Afrorumba Chilenera” de Juana Fé. Nunca se trata de darle altura intelectual a la “baja cultura”, sino de hacer buenas canciones. 

Más viñetas. En Ecuador una de las voces más politizadas del arte proviene de una banda indie: Lolabúm. Además de investigar la pesimamente historizada música de su país, comen agradecidos de las carnes de Charly García y Caetano Veloso. El disco doble (otra tendencia antropófaga) “Verte antes de fin de año – O Clarividencia” es un año de brainstorming en pandemia llevado adelante hasta las últimas consecuencias. Autoconciencia, dolores de espalda y canciones de amor a prueba de clichés.

El sampling y las citas son cuchillos fantásticos para el caníbal contemporáneo, pero no las reproduce tal cual. En sus manos, el mejor homenaje es mutar. La colombiana Lido Pimienta ha grabado con la Orquesta Filarmónica de Medellín, con el Sexteto Tabalá de San Basilio de Palenque y con Nelly Furtado. A lo largo de su trayectoria es evidente la decisión política de demostrar qué espacios puede ocupar una mujer migrante descendiente de un pueblo originario. Lo sensacional es que no elige un espacio, sino todos. 

Una nueva generación de tropicaníbales ataca: el trío La Perla y su multiplicidad de propuestas percutivas, el enorme catálogo de sello In-Correcto y Julián Mayorga, que solito con sus alucinaciones febriles va a ser que nunca más pienses a Tame Impala como “psicodelia”. Igual de saludable mantienen Thiago Nassif, Jadsa y Luiza Lian la vanguardia paulista. Ambos movimientos además cuentan con todos sus fundadores en actividad. Incluso con tendencias calificables como anti-musicales, rupturistas con eso de ritmo-armonía-melodía, su manifiesto mancha todas las tramas. No hay música más música que la suya, que prescinde de íconos, tribus urbanas, hype moments y aura, que se la escucha con todo el cuerpo.

En la discusión hipocondríaca del rock poco se habla de la fuerza intacta de estas formas de mutilar la cultura. En Montevideo habita El Café Atómico, venezolano que se baña en cumbias peruanas psicodélicas, los conceptos de Frank Zappa y las más delirantes historias del folklore de su país. Sin presupuesto y con voz de crooner macerada en ajenjo hace discos del más impuro pulp criollo. En Aliso Viejo, al sur de California, aparece Monty Cime, de herencia hondureña y mordida no wave. El LP “The Cime Interdisciplinary Music Ensemble” es punk, es corajudo y tiene el hambre que le falta a todas las bandas tributo del mundo. En Guadalajara aparece Sochi, un septeto que es cumbia, es rock y es solo voltaje. En su debut, “Sochimix” acatan raudamente otro mandato caníbal: No puede dejar indiferente ni percibir un «aceptable» como reseña.

Phuyu y La Fantasma es una banda chilena que retoma directamente el Manifiesto Antropófago y, también, la apertura experimental de Violeta Parra con su folklore nacional a partir de la invención de las anticuecas, una veta prácticamente descontinuada. El rock de este cuarteto tiene un respaldo intelectual abrumador, pero no tan potente como sus propias pulsiones de rabia y amor. Si las reivindicaciones queer, antifascistas y decoloniales no eran suficiente, la carioca Lua Viana también elige dar la lucha por la ecología. Ha hecho ambient como moondaughter, baile funk firmado por DJ Urutau y muchísimo shoegaze con el nombre sonhos tomam conta, pero es Antropoceno el pseudónimo con el que le reterritorializó su obra y le dio su propio sentido al sincretismo. Su obra tiene una llegada sorprendente en sitios de nicho como Bandcamp y rateyourmusic, pero el sonido en vez de reflejar internet busca ir a lo más frondoso del subcontinente a través del candomblé.

Iniciados en ámbitos de la academia o en reductos online hiperespecíficos, los antropófagos encuentran qué hacer con la fonoteca infinita de internet, los programas de estudio de conservatorios y con la vida real de las melodías y ritmos en la vida de sus comunidades. Acá, más que poder o privilegio, el conocimiento es comida. Todos ellos engullen desvergonzada y comprometidamente décadas y paradigmas musicales que solo tienen relación en su propio imaginario.

Argentina también

 

Como gran parte de los países latinos, Argentina reniega de su lugar en el mundo. Está segura de sí, pero a veces parece que de sí solo sabe verse el ombligo y del resto nada más que la versión caricatura. La escena rockera local tiene hambre, pero del recuerdo noventero de su propia cola. Así y todo, siempre hay rotos y descosidos al pie de algún cañón.

Es normal que las grandes respuestas estén en la periferia. En Santiago del Estero hay un inventor, León Cordero, que cuando quiere deconstruye la chacarera, trajina fetichismo R&B y milita por el chogger, la guaracha digital santiagueña. De esa misma provincia eran antropófagos como Domingo Cura o Jacinto Piedra y también lo son los trouve feraud. Su “Angelito” es una canción perfecta. Es una peña de un universo paralelo, con alguito de cante jondo, rapeo a lo guapo y un drama cimarrón.

Facundo Trouve y Ulises Feraud también son quienes guían a Broke Carrey en “Hijo del País”. Un trapero bien porteño que caminando descubrió que en la infinidad de la pampa entraba su sueño más grande. Ahí una guitarra tocada a lo cuyano y la polenta de los bombos legüeros hablan el mismo idioma que samplers y distorsiones. Maxikiosco y Pagano podría ser la descripción de un almacén imaginario, pero es el nombre de una dupla que profundizó todavía más en las antípodas de la canción pelada. Su debut, “Vendehumo”, tiene lo mejor del exceso de autotune, de ternura y de tomar todo lo que haya cerca para sonar una emoción.

Carrito no es el único rapero que conoció su mejor versión en una pregunta nacional. Mir Nicolás, también beatmaker, hizo su propio revisionismo histórico ya dos veces con samples exclusivamente argentinos. Primero, “SP.I” un diálogo con la música del Flaco Spinetta donde queda en el lugar que para el Hip Hop ocupan artistas de soul y jazz. Ahí canoniza la conexión de la obra spinettiana con la música negra -y también el potencial en este contexto de baluartes como Charly García y Pedro Aznar, así como figuras de culto del jazz y el rock progresivo-, pero también a la baladista Valeria Lynch. En “La Ciudad del Pop” profundiza esta línea. Si los japoneses tomaron la música afroestadounidense para su city pop, ¿por qué no entender así el pop ochentero de Maria Rosa Yorio, Sandra Mihanovich y JAF?

Hay también ascendencia en referentes más recientes. La folktrónica de Juana Molina dialoga con Juana Aguirre y sus canciones-templo, así como la quimera Illya Kuryaki & The Valderramas le dio a Ca7riel y Paco Amoroso unos poderes que generalmente desperdician. Sobre los rosarinos Nasir Catriel y fasciolo ejerce influencia Litto Nebbia y su visión integradora de todas las músicas rioplatenses con el jazz y el rock. Fakir, director de orquesta recibido y beatmaker, encumbró junto al rapero Alkoy una visión en “Valle Chakal Ki”. ¿Qué puede tener que ver el folklore de autor en el norte argentino con el drumless neoyorquino, una variante extremista del rap underground? Ellos hicieron de la respuesta una realidad.

Ácidos bluestangorebétikos

Si alguien tiene una forma completamente propia de leer linajes musicales es elaiyah. Un turro de Parque Chacabuco que no está seguro de si rapea o canta, de si samplea o interpola, pero que no puede evitar explotar su software y versos de todo lo que le gusta. En “cumbia nb” canta con saudade en un G-Funk acumbiado “Sentado en la Esquina” de La Piedra Urbana, “Ahí Ahí” de El Negro Tecla, “La Pregunta” de J Álvarez y remata con unas líneas de Cortázar. Hace canciones como nunca nadie las hizo antes en la humanidad. Su mixtape “abrazando la soledad”, el punto más alto de la producción soundcloudera rioplatense, es un laberinto de medleys donde todos los sentidos y significados están tergiversados. No es casual que un tema se llame “Yo muerdo”.

En su ensayo del segundo número de la revista Los Años 20 Juan Álvarez Tolosa explica: “La obra de Feli Colina cabe en este performatismo, por la forma en la que trabaja concepciones prácticamente antagónicas: patria y feminismo, cristianismo y sensualidad, multiculturalismo y religión”. Feli es salteña, estrella pop, revitalizadora del folklore en “El Valle Encantado” y reversionadora experta. Su nuevo disco, “La Otra Mejilla”, explota con un batuque que rapea apurada de manera que por momentos tiene algo de dembow. “INGRATA” es un atropello. La base que cachetea sin vueltas, el piano salpica y hasta el timbre del metrónomo se suma a la persecución. La sociedad Conce Soares-Nan Que, un cruce entre una super percusionista brasileña y un productor de pop experimental porteño, es un descubrimiento incendiario. El rock no es más que una fase de su licantropía. El filo de molares y el agarre de muelas que olvidaron qué era el miedo. 

En las crónicas de indias la mayor cantidad de pruebas de canibalismo eran en realidad chanchullo y alcahuetería. Una tribu alertaba de no acercarse a otra, aparentemente muy glotona. Ese mito recorría primero ese territorio y después se difundía como Cuco por toda Europa. La percepción más progresista de la época señalaba que muchos pueblos antropófagos no vanagloriaban ni disfrutaban sus banquetes, ni siquiera se llenaban. Eran, según dicen, rituales simbólicos donde tragar era, a su manera, respetar al antiguo dueño de ese cuerpo. Juan José Saer filosofó largo y tendido respecto a estas posibilidades en su novela “El Entenado”. Feli Colina lo hizo en primera persona en “LOM”. Comerse y perdonarse. Perdonar y comer. Un inhalar y exhalar de lo más profundo del sentimiento y lo más superficial de la piel. 

Al publicar su manifiesto, Oswald De Andrade quería perfilar el ingreso de Brasil a la modernidad. Su propia modernidad, orgullosa en la periferia. Cuando se terminó la nafta de las vanguardias artísticas y el mundo empezó a hablar de posmodernidad, de desmontar lo erudito y validar lo otro, el modelo antropófago quedó igualito. Entonces, ahora que a la posmodernidad ya se le ve la hilacha y surgieron los metamodernistas a señalar que no todo puede ser lo mismo, que aun conociendo las contradicciones de una causa nos podemos comprometer, la antropofagia procesa el mundo con el mismo modus operandi. Morfando.