Economía
La Ley de Hierro de los alquileres
Por Elías Fernández Casella
12 de junio de 2025
Ingresos bajos. Más horas de laburo para ganar menos guita. Alquileres impagables. Créditos hipotecarios que, cuando existen, se ajustan con índices que te parten al medio en pocos años.
Cuando le digo a Y que estoy trabajando en un artículo sobre cómo los alquileres constriñen la vida de quienes no tienen dónde caerse muertos, la camaradería que veníamos manejando se corta, como el latigazo que sentís en el tobillo cuando das un mal movimiento. “Bueno”, me dice. “La respuesta que puedo darte es que alquilar es una mierda, que odio alquilar y que ojalá no tuviera que hacerlo”. Pero como entiende que esta conversación necesita que me ponga en modo Fantino, me dice “de última más tarde mandame las preguntas y veo si quiero… o si puedo contestártelo”. De la condición de arrendatario parece que sólo se puede hablar con rabia. Como una de esas injusticias inescapables, un vaho inescapable de la lucha de clases.
El dinero es un tema tabú, una incomodidad de la que no podemos escapar. Es, de hecho, un dato estratégico que no le comunicamos a cualquiera. Como guardar las cartas del Truco o del Póker, como un gato que elige tirarse a dormir en lo alto del placard donde se siente seguro de los depredadores y donde puede controlar la aparición de posibles presas.
Quienes alquilan y quienes no llevan un abismo de diferencia. Esto lo conocemos todos: tu lugar no es tu lugar. El sueldo de unos es el monto que otros reciben de alquiler.
Hay, además, un orden predeterminado de acciones sobre el dinero cuando se cobra el sueldo (si es que uno trabaja bajo esa modalidad): “primero el alquiler, después la tarjeta de crédito, después todo lo demás”. Las personas que entrevisto, en general, ni siquiera nombran los servicios. Muchos de ellos están incluidos en “la tarjeta”, porque algunas empresas ofrecen descuentos por adherir el pago automático a crédito o porque ya están incluidos en una dinámica que patea el pago de la luz, el agua y el gas para “mi yo del futuro”.
Pero esta priorización en base a la capacidad de pago se da también del otro lado: para asegurarse de que vas a poder pagar, las inmobiliarias te someten a una especie de casting acelerado. Un speed-dating de eugenesia salarial donde los interesados presentan sus ingresos junto al respaldo de amigos y familiares para responder a la pregunta “y quién paga si vos no lo hacés, ¿eh?”
Vivir para alquilar
Mientras tanto, el aumento de los alquileres en la Ciudad de Buenos Aires se acelera. Una pequeña encuesta personal, que hago entre 20 personas, arroja experiencias tales como la de una pareja que convive ocupa cada uno el 20% de sus ingresos para el alquiler (es decir, un 40% de los totales). Una docente, el 52%. Trabajador del sector público, el 64%. Una gastronómica cuentapropista mide la cantidad de sus horas de trabajo mínimas en base a las que necesita para mantener el alquiler, con horas de trabajo que a veces la tienen cocinando desde las seis de la mañana hasta las dos de la madrugada, un plomero-electricista-arreglatutti declara hacer jornadas de hasta 20 horas al día, agradecido porque lo sigan llamando mientras el precio de su trabajo compite con el de muchos más, similar al de G, que maneja una moto para una plataforma de envíos en jornadas que van de las 12 a las 18 hs.
Todo esto suena muy obvio porque está muy arraigado. El año pasado, los jóvenes usaban el 70% del sueldo promedio en el alquiler. Pero lo que arroja es que los alquileres son, tal vez, el principal elemento que licúa salarios, no importa que haya alta inflación o que esté congelada por una economía recesiva.
La Ley de Hierro de los Salarios, una formulación determinista creada (o para él descubierta) por David Ricardo y popularizada más tarde por Ferdinand Lasalle, dice básicamente que, cuando los salarios suben, hay más gente que quiere trabajar, por lo que a través de la ley de la oferta y la demanda los salarios terminan bajando y eso hace que el laburante viva siempre al borde de sus posibilidades. Mejores sueldos – más gente se ofrece para trabajar – más gente nace y llega desde otros países – los sueldos bajan – nace menos gente – los sueldos suben un poquito – así por toda la eternidad. Se resume en que “los salarios tienden a estabilizarse en el nivel mínimo necesario para la subsistencia del trabajador”.
Por suerte después vino Marx, el desburrador serial en materia cultural y económica del siglo XIX, para decir que efectivamente el laburante vive siempre al filo de sus posibilidades pero no porque la Ley de Hierro del Salario sea una realidad omnipresente tan perfecta como los fractales que forman las telas de araña, sino que al trabajador se le paga ni más ni menos que lo que necesita para “reproducir su fuerza de trabajo”. Puesto que bajo el capitalismo las relaciones humanas toman la forma de la mercancía, todo lo necesario para que el trabajador viva, engendre a uno o dos hijos, les dé de comer, los socialice y eduque de forma tal que puedan cumplir con las exigencias del sistema productivo se traducen en lo que se le va a pagar al pobre tipo o mina sin darle un peso más para que se vaya de joda y te falte un martes a la mañana por tener resaca o haber apreciado el amanecer un poco más de la cuenta.
Como bien leyó cualquiera que haya hecho el CBC, Marx sintetiza que “el salario no es más que el nombre que se da al precio de la fuerza de trabajo, y su límite natural es el valor de esa fuerza, es decir, el valor de los medios de subsistencia necesarios para su conservación». No es un planteo como el de Thomas Malthus, en el que el crecimiento de la población lleva a una crisis de subsistencia, puesto que los sueldos bajos no son una maldición de la demografía, sino una consecuencia de la explotación. El laburante no recibe el valor de su trabajo sino de lo que vale su fuerza de trabajo porque la diferencia se la queda el que lo contrata. Fin.
Todo esto fue dicho para analizar la sociedad industrial del siglo XIX y por supuesto que, con la participación de los sindicatos, la tecnologización de procesos automatizables y las conquistas sociales y legislaciones laborales que se consolidaron en medio ya no corre con la misma vigencia… ¿no?
Desregulaciones y una nueva ley de hierro
“Nunca se ha trabajado tanto para ganar tan poco”, dice una usuaria en Twitter como si no hubiera existido la Revolución Industrial. Me permito reformular: “hace por lo menos un siglo que no se trabajaba tanto para ganar tan poco”. A principios del siglo XX, los reclamos de los trabajadores pedían un salario “equivalente a lo que vale un traje”. ¿Cuáles trajes? Aquellos a los que accedían los miembros de la incipiente clase media de bancarios y contadores a principios de los años 30, aquello que distinguía a los unos de los otros y que, como decía Roberto Arlt en una de sus Aguafuertes: “Si quiere que lo traten con respeto, no se olvide de tener siempre en el ropero un traje nuevo y unos zapatos flamantes. Muérase de hambre, pero que no le falten guantes ni bastón”.
Incluso en ese momento la brecha estaba ligada a la distinción de un modo de vida que buscaba performativizar el sector social al que uno pertenece. Sin embargo, el piso se niveló para abajo. La vida se volvió más cara porque el mercado pide más y da menos.
Pero el salario no se cuenta únicamente por la cantidad de billetes que te dan en mano todos juntos ni por las transferencias que llegan a tu caja de ahorro o cuenta fintech. Existe también lo que se llama “salario indirecto”: una serie de derechos (o beneficios) que apuntalan la existencia común y que inciden en el poder adquisitivo, la calidad de la vida y, sobre todo, la libertad de acción.
¿Qué es la libertad? Probablemente la capacidad de tomar decisiones. Y en nuestro planeta, al menos en la gran cantidad de sus rincones, las decisiones requieren de tener o dinero para llevarlas adelante o al menos un par de lugares seguros a los que volver si todo sale mal.
Efectivamente, la fórmula para hacerse ricos a veces es con trabajo pagado en altas condiciones de desigualdad. Es lo que dice Ha-Joon Chang en “Retirar la escalera”, es lo que aprovechan países desarrollados con una gran población migrante que llega en busca de oportunidades y a quienes tienen a prueba en trabajos (mal llamados) “no calificados” sin pagarles por ese períodos. Algo que romantiza la película “En busca de la felicidad” y que sucede en países como Dinamarca, donde migrantes son tomados sin paga por períodos de a veces dos meses.
Dicen (al menos dicen), que llegamos a un estadío en el que podríamos vivir todos con una base material coherente. Hace no tanto se discutía el salario universal. Casas hay. Espacio en el planeta, hay. Pero el sistema necesita generar escasez para motorizarse. Aunque sea artificial.
Gervasio Muñoz, referente de Inquilinos Agrupados, denuncia en una entrevista que “cualquier grupo económico de la Argentina invierte en propiedades y tiene muchas, muchas, muchísimas”, que son los dueños del país y que “no hay que debatir más con el mercado. Algunos plantean que es una cuestión de oferta, que tiene que haber más casas para resolver el tema inquilino”, pero que “es como decir que los remedios de los jubilados se resuelve con más oferta de remedios. No. Es política de Estado: o es un derecho o es un negocio. El que no puede pagar tiene el destino escrito: no va a poder ser parte del sistema”.
La forma definitiva de licuar los ingresos
Según el INDEC, “el índice de salarios subió 3% en marzo de 2025 respecto del mes previo y 85,7% interanual”, mientras que la inflación en el mismo período de mes a mes fue de 55,9%.
What’s wrong with this picture? Más allá de que esta medición levanta suspicacias, que hay sectores que no tienen aumento de sueldo desde octubre de 2024 y que el índice de salarios se ve afectado por una evidente desigualdad de ingresos cada vez más marcada y que empuja docentes y gastronómicos al infierno mientras eleva a sectores que generan alta rentabilidad pero poco empleo, como los petroleros y sostiene a camioneros y bancarios en la línea de flotación, cuando entramos a ver la variación de los precios desglosada en los alquileres, nos encontramos con aumentos de un (toma aire) 230,6% para la región del Gran Buenos Aires.
El aumento en el precio de los alquileres es el nuevo piso artificial que requiere esta ley de hierro. ¿Tenemos más posibilidades para vivir que antes? Entonces vamos a encarecer el suelo. Vamos a encarecer el aire repleto de comunicaciones. Vamos a encarecer incluso nuestros últimos años de vida, postergando más y más la edad en que permitimos a una persona dejar de trabajar asegurándose que todos los meses vamos a pagarle una pensión.
Desde ya, el argumento Malthussiano en que se basa la Ley de Hierro de los Salarios Ricardiana falló por completo. Lo que ha crecido no es precisamente la población. La tasa de natalidad en la Ciudad de Buenos Aires llegó a su piso histórico a principios de este año. Y uno podrá decir que estamos en la parte de la curva donde la población cae porque cayeron los salarios. Pero no. Lo que aumentaron son los edificios. Y el costo de nuestras vidas.
Sin capacidad para ahorrar y poseyendo cada vez menos (desde el propio hogar hasta los bienes culturales que uno consume), con alquileres temporarios que son más tentadores como destino para quien tiene un departamento extra que el tener una familia viviendo durante dos años con actualizaciones cuatrimestrales, los alquileres se comen una porción cada vez más grande de los ingresos de la población.
Los hogares colectivos que supimos construir
Sobre el terreno árido de la lucha de clases hemos venido construyendo algunos espacios donde vivir, cada vez más inclusivos y quizá más amables. A ese mundo de garantías y derechos están tratando de cañonearlo. De reconvertirlo en ese páramo de guerras y oportunidades ya no donde los sueldos se estancan y caen, sino que hay que salir a cazarlos. Hoy día el “ejército industrial de reserva” del que también hablaba Marx, los trabajadores desempleados o subempleados, es más bien breve. Trabajo hay, hay más que nunca. Hay tanto trabajo que muchas personas tienen hasta tres. La ecuación esta vez no pasa por la falta de laburo, sino por lo caro que es vivir y lo barata que se volvió nuestra fuerza de trabajo.
Sin protección al laburante, con alta informalidad y con inmuebles que se construyen y destruyen para convertirlos en un negocio fluido en lugar de una solución a la vida, aquellos que no tienen otra opción más que ponerse a laburar se convierten en una moneda de cambio más. La pregunta es si hay voluntad de solucionar esta cuestión o si todas las soluciones se inclinan a endeudarnos de por vida sin siquiera un techo con el que llegar a la jubilación o incluso una jubilación que nos sobreviva.
Así como la inflación no es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario, la tendencia al mínimo de los sueldos es más compleja y, por supuesto que siempre que se habla de una “ley” se refiere uno a modelos ideales. Pero suponiendo que dicha ley existiera, en el siglo XIX los sindicatos estuvieron ahí para contrarrestarla, y en los años 30 apareció el New Deal, una serie de políticas a favor de los ingresos de la población que buscó reparar las consecuencias de la Gran Depresión, para que en la posguerra y a raíz del pánico al comunismo obligaron al mundo occidental a negociar en base a la teoría fordista: el que labura en la fábrica tiene que ganar lo suficiente como para poder comprar el auto que produce.
Esta cantinela ya la conocemos: la gran mayoría de las concesiones que se hicieron a los que tienen que laburar fue a través de la exigencia organizada de los mismos. En general con violencia de por medio y representantes a la cabeza. Hoy esto está en crisis, y el entramado de garantías se deteriora.
Nomadismo obligado
C, empleada de una obra social, me responde: “creo que la peor parte es no saber si podes o no renovar, eso implica que de algún modo tenés una vida nómade y depende de cuánto ganas y ahorras para saber dónde y cómo vas a vivir, ni hablemos de que si tenes que pedir un préstamo para mudarte cada 2 años”.
“No me gusta la idea de ser nómade”, sintetiza, “vivo en este departamento hace 8 años, aproximadamente, y me encanta sentir mi pertenencia con el barrio. Yo saludo a medio mundo, y pensar que si no me renuevan acá, ¿a dónde voy? Es pagar algo mucho más caro para mantener el barrio”.
C, que es una de las pocas personas que conozco en la Ciudad de Buenos Aires que contempla la idea de tener hijos (dos, de hecho, y lo viene planificando), está contenta de ver que aparecen cafés de especialidad, locales naturistas y cadenas por todos lados. “Se ve que a otra gente le va bien y eso me pone contenta, la zona se va poniendo linda”. El tema es que sus ingresos se mantienen iguales mientras al barrio de lo come el viejo enemigo de la estabilidad inmobiliaria: la gentrificación.
El recorrido de P, por muy propietario que fuese, también halló su camino descendente: De heredar un tres ambientes en Caballito pasó a un monoambiente en Boedo, y acaba de mudarse, muy aliviado, a un dos ambientes a media cuadra de Plaza Constitución.
La Ley de Hierro de los Salarios, en un planeta donde todo tiene un precio, avanza sobre cada vida. Es como si todos nosotros naciéramos con una deuda a pagar de ahora en adelante, y una vez saldada pudiéramos empezar a comprar la deuda de otras personas. Una vez más, las relaciones humanas toman la forma de la mercancía. Tener casa modifica por completo la ecuación.
Cuentan del director técnico Carlos Timoteo Griguol que cuando una nueva promesa del fútbol que entraba a jugar en primera llegaba con su primer sueldo en un auto cero kilómetro, los mandaba a la mierda: «¿qué compraron con los premios? Compren casa primero, no se les ocurra comprar autos. Primero, ayudar a los padres a comprar la casa, después comprar la casa propia y por último el auto”. Dicen que Sandro hizo lo mismo cuando recibió por primera vez un buen dinero: comprar casa para su mamá.
La maldición de alquilar
El de los alquileres es un problema global, que en algunas ciudades se vuelve crítico. Tan sólido, con tanta permanencia, que en ciudades como Nueva York hubo que imponer un coto a los alquileres temporarios y Barcelona vivió, el año pasado, una ola de agresiones a turistas que ocuparían los departamentos que los propios locales no pueden alquilar por falta de oferta.
La vida alquilada implica moverse en las bandas de la incertidumbre. Tejer alianzas y estrategias para tener dónde caer. Vivir con parejas más de la cuenta o volver con los padres. En marzo de este año el 30% de los arrendatarios rescindieron sus contratos de alquiler. El año pasado, casi el 40% de los menores de 35 años en la Argentina vivían con sus padres, situación que también se amplió en importantes metrópolis del resto del mundo.
El sistema compra la vida de las personas desde su origen. Ya no es uno quien va en busca de una hipoteca y una deuda de 30 años, sino que el propio sistema no te permite vivir sin pagar por el solo hecho de necesitar un refugio. Y el piso es lava. Bueno, es pobreza. El piso es un colchón en un cajero automático donde en el mejor de los casos podés conservar tus cosas un par de días, y no precisamente porque te las venga a sacar otro indigente: “Había una señora en Córdoba y Aráoz”, cuenta una vecina de la zona, “se notaba que la habían echado a la calle hace poco porque tenía sus cosas. Vino la cuadrilla del gobierno de la ciudad -que se jactan de “limpiar las calles” y le robaron todas las cosas”.
Hoy día ciertas tecnologías prometen liberarnos del trabajo y eso es una mala noticia para los que ya invirtieron en el sistema. Hay que generar una respuesta, no solo pensarla, más allá del debate (muertísimo) por el ingreso universal o el uso de criptomonedas como Worldcoin que asocian datos biométricos a un valor que uno lleva por todas partes.
El Génesis habla del trabajo y el embarazo como una maldición bíblica. Ambos componentes para “formar un hogar” en la sociedad industrial, convenientemente seleccionados en el sistema moral. Algunas filosofías, incluída la marxista, rescatan el trabajo como aquello que hace humano al ser humano. Pero la trampa de las inversiones veloces y el sueño de vivir sin trabajar aparecen como una aspiración colectiva a medida que el trabajo es cada vez más barato, más insignificante en su retribución. Cuanto mayor es la frustración que se vive cuando incluso aquello que uno ama hacer (como el periodismo) se transforma en la tortura de correr hacia el horizonte hasta morir de agotamiento sin tener dónde caer seco.
Es al fin y al cabo otro capítulo de “el que tiene, tiene más. El que tiene poco, tiene cada vez menos”. Pero uno especialmente determinante.
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