Volver a los besos
16/11/2021
El beso de Judas y el beso de mi madre, el beso de un niño a una torta y el beso de mis mascotas, de los felinos contra su cuerpo, besos de mi mente enredada en el recuerdo de su cara.
Los científicos no se han puesto de acuerdo, y aún, en las tinieblas de recónditos laboratorios, boticas secretas e infames, decenas de hombres y mujeres discuten sobre algunos pergaminos ilegibles, tratando día a día de verificar si los besos se tratan de una actividad aprendida o instintiva.
En el mundo natural abundan analogías de los besos, como la facturación de las aves, el cataglotismo de las palomas y el juego antenal de algunos insectos. Perros y gatos se lamen, juntan trompas.
La Sociedad Mundial de Antropología exige lo imposible a la historia; tampoco se anima a firmar alguna conclusión y debate si el beso es una conducta heredada de los primates y de la premasticación de los alimentos para los hijos.
Son 34 músculos faciales y 112 músculos posturales los que se ponen en marcha y tensionan para que el beso aparezca. Sin embargo, el más importante de todos es el orbicular del oris, ubicado alrededor del orificio bucal en forma de elipse y es el que produce, según Gabriela Mistral, un campo de sol entre dos hielos.
En experimentos controlados, se ha detectado que el beso estimula la aparición de oxitocina, endorfinas y dopamina. También reduce el colesterol. Se libera adrenalina o noradrenalina; un beso puede quemar dos o tres calorías por minuto. Si besaramos una hora seguida, perderíamos lo mismo que se ingiere por medio kilo de zanahorias o una lata tradicional de Coca-Cola.
Existen los besos mecánicos y los besos saturados. Los besos imposibles, impávidos, maricas, extranjeros. Los besos con olor y con gusto a mermelada. Están los besos que inspiran maldad y los besos no deseados. Besos que saben a muerte, besos que espantan y persiguen en la oscuridad de los párpados cerrados para que tiembles con el cuerpo.
Dar un pico, transar, chapar, comer la boca, ósculo, mimo, hocicar, complete la lista.
En la cultura babilónica el beso es súplica y saludo, hay escritos védicos que los registran. En los libros de Jacob, se menciona al beso como amor y como arrepentimiento. En la biblia escribieron el beso de la traición y también Jesús besando pies de leprosos y pobres.
Los romanos tenían tres clases de besos: osculum, basium y suavium. Tenían la costumbre perdida de besar su mano antes de extenderla al otro. Mi nonna María, que venía de las cálidas costas del Adriatico, besaba su mano y la extendía hacia la imagen de una estatuilla de plástico de la Virgen de Luján.
En sus campañas índicas, Alejandro Magno importa el beso como práctica sexual y contamina la corte y luego a todo el mundo helénico, por derrame a occidente. El beso y el sexo, el beso y el deseo.
Entonces, gracias a la fusión de dos culturas, podemos entender cuando Julio escribe esto: “me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio.”
Y existen los besos de moda, iconos de un museo de etiqueta, miles de poemas para ellos, también escritos que no ven la luz, imágenes de besos que no se producen, besos incómodos, fotografiados, filmados, dibujados, hay besos por todo el cuerpo y para todos los cuerpos, besos secos y suaves que se deslizan con la velocidad del primer tobogán por el que bajaste.
Un día el beso es peligroso y dicen que mata. Cientos y miles acusan con los dedos y con las palabras hablando de peste rosa y gritan que no se debe besar porque la muerte acompaña la boca. Y los enfermos, despejados de esperanza, ni siquiera encuentran el consuelo de las últimas horas despidiendo con su boca al amante o a la familia. Pero luego vinieron nuevamente los científicos a decir que el beso no contagia.
Existe Klimt que nos regala un beso reproducido millones de veces en stickers y cuadros. Y estan las frases cursis y los afiches que se venden en el Puerto de Frutos o en la feria de Solano, y también entra la iglesia y te ofrece la cruz para que la beses y se horroriza cuando sucede entre personas del mismo sexo.
Besos negros y blancos, marrones, besos desvergonzados y besos acuosos. Está el beso de Madonna y Britney, y de las pibas que fueron denunciadas en un bar y, ¿cuántos besos olvidamos? ¿Nadie va a decir nada de los que se dan con una mirada o con sueño? ¿y de los que nunca van a llegar? Sepamos que hay besos que anticipan un desenlace, besos de despedida y de llegada, de aliento y de angustia, y una banda en la que suena la voz de Paula Trama.
Un día fuimos recluyendo nuestro cuerpo al encierro, y un pedazo de tela sobre la boca, y recién ahí, en la incertidumbre de lo invisible, nos dimos cuenta de que el primer beso puede ser tan aterrador como el último.
Sé de Juan que no pudo besar a su mujer durante meses porque venía de la guardia con preocupación y en los noticieros decían que se mantenga distanciado, y me hablaron de Etelvina que no pudo despedirse de la tierra besando a sus hijos, y Jennifer que tuvo miedo de besar al chico que conoció chateando, y también sé del arrepentimiento de Pablo, que beso a su madre cuando todos le decían que no lo haga y casi la alcanza la muerte. Y me acuerdo de mí, cuando dejó la casa que compartíamos y lamenté no encerrar en una botella alguno de sus besos para ir bebiendo de a poco algo más que su ausencia.
Cuando se acercó la oportunidad encontré un “manual para besar mejor” y lo leí, una especie de biblioteca de metáforas donde la poesía parece estar durmiendo. Leí para no atragantarme de desesperación, ni para correr a chocar diente contra diente, ni volver a mi lengua una foca que no ha comido en años. Leí para divertirme y olvidar.
El mundo giró de otra manera. Hace poco volví a besar, a besar con entusiasmo y con cuidado, con pasión e incluso con la reserva de la pregunta, y recordé a Octavio Paz que escribió casi sin esfuerzo que “un mundo nace cuando dos se besan”.
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