Urbe

Un viaje en La Claudia

Por Mayra Caiza
07 de diciembre de 2023

Javier Suñé orienta su mano en el volante secundario de La Claudia, alza su pierna y sube. El guía sostiene la bicicleta. Javier descansa un pie en el asfalto y el otro en el pedal. Espera la voz del coordinador de ciclismo adaptado para salir de la costanera de Vicente López. Llueve y hace viento. Una crónica de la travesía ciclista de personas con discapacidad visual que viajan desde La Quiaca al Obelisco.

A los 10 años, Javier perdió la visión del ojo izquierdo. A los 48, quedó ciego. A los 52 inicia una travesía desde La Quiaca a Buenos Aires en La Claudia, una bicicleta tándem con dos asientos, dos pares de pedales y dos manubrios. Solo el primero lleva frenos y cambios de marcha. Viaja con un grupo de siete ciclistas con pantaloneta ceñida al cuerpo y camisetas con la leyenda Atre – verse.

El sudor se mezcla con la lluvia en el rostro de Javier. El coordinador del grupo de ciclismo grita ¡Vamos! Estamos, responden. Javier y su guía presionan el pedal. Las llantas empiezan a rodar, las gotas de lluvia caen como granizo. Las tres columnas de bicis se desdibujan mientras avanzan por la avenida del Libertador. En una hora llegarán al Obelisco, casco urbano de Buenos Aires.

Foto: Héctor camina hacia las bicicletas estacionadas en la vía. Javier coloca su mano sobre el hombro derecho de Héctor. Lo sigue. Carlos reposa su mano sobre el hombro de Javier. Lo sigue. Los tres forman una cadena humana.

Javier, 18 años, amante de las bicis y de la música, empaca pantalones, remeras y camperas en su maleta. Se va. Es 1988. Es la primera vez que vive lejos de casa. Muda toda su vida a Villaguay, a cuatro horas de la provincia de Buenos Aires. Quiere estudiar el terciario. Cuatro años después se recibe como técnico de turismo, hace pasantías en la provincia de Entre Ríos y trabaja en un hotel, pero a las pocas semanas tiene que dejarlo. Su ojo derecho empieza a nublarse, le cuesta andar y más en la calle. Vas a otra velocidad y tienes que anticipar la distancia.

La ceguera de Javier es una enfermedad congénita y hereditaria. Sus dos hermanas tampoco ven. Él es el segundo hijo de Daniel y Blanca. Nació en Buenos Aires el 20 de marzo de 1970 y desde niño archivó en su memoria colores y figuras hasta que su ojo derecho también empezó a ver borroso. Tenía 22 años y trabajaba en un hotel, pero al perder la visión renunció. Readaptó su vida. Volvió a estudiar, esta vez aprendió a usar computadoras con lector de pantallas y a dar masajes. Perfeccionó su cocina en Gallito Ciego Móvil, un restaurante a oscuras arriba de un colectivo. Trabajó en un quiosco en la Facultad de Medicina; tocó la tuba en la Banda Sinfónica Nacional de Ciegos por 22 años y en el 2019 retomó la bicicleta en el circuito cerrado de Vicente López.

Era una rutina que no le entusiasmaba, misma distancia, misma intensidad, misma vuelta. Era lo que había. Hacía ejercicios físicos y corría para salir de la monotonía. Pero en el 2020 llegó la pandemia de covid-19, cerró el circuito y confinó a Javier y a 45 millones de argentinos a quedarse en casa. Un año después, las restricciones por la pandemia disminuyeron. Javier junto a sus compañeros de pista volvieron al circuito, recuperaron algunas bicicletas tándem y empezaron a pedalear, pero esta vez en la ciudad. Cada sábado recorrían la costanera de Vicente López con el colectivo Tándem Norte, grupo de amigos y personas con discapacidad que pedalean junto a ciclistas, que hacen de guías voluntarios.

Cuando Javier pedalea escucha las cuchillas que cortan el pasto, el rastrillar de la escoba, la risa de los chicos en la calle, el chirrido de las hamacas en el parque, el graznar de los pájaros. El sol en su rostro. El viento en la bitácora de un vehículo no los percibís y en un circuito cerrado tampoco.

Cuando llegó la invitación para participar en la travesía Atra – verse se emocionó con la idea de conectar a La Quiaca con Buenos Aires, a 2200 kilómetros de distancia en bicicleta.  Pero también se preocupó, era una prueba. La estructura ordenada de su casa al café, al banco, a la carnicería, a la verdulería, a la Biblioteca Argentina para Ciegos, a los recorridos turísticos por el centro histórico… se rompía. Sus horarios ya no serían suyos, sino del grupo. Todos los días llegaría a un nuevo lugar, ya no dependería de sí mismo. Ahora conviviría con unos desconocidos.

Lo meditó. Lo conversó con sus amigos y familiares. Entrenó seis meses y el viernes 9 de septiembre de 2022 estaba listo.

Foto: Javier Suñe junto a Ariel, camiseta color naranja con una franja blanca y negra bajo la leyenda de la travesía, sonríen al llegar a la costanera.

YPF

Es mediodía en La Quiaca – Jujuy, ciudad fronteriza con Bolivia. A la mañana hace 3 grados bajo cero y ahora el calor llega a 30. Javier, Carlos y Sofía están en La Quiaca llegaron un día antes con sus guías para aclimatarse. Carlos tiene 61 años, quedó ciego al sufrir una miopía. Sofía viaja con su compañero de vida y ahora de ruta, su guía. Ella tiene baja visión desde que nació. Solo ve un 20%. Tiene 40 años. Los ciclistas están en la plaza central de la ciudad. Al frente, un chamán armoniza la travesía con flores, hojas e inciensos. Pide permiso a la madre Tierra para recorrer sus tierras. Pide que les acompañe en el camino. Son doce ciclistas, pero solo ocho terminarán el recorrido. Javier toma una barra de cereal, una banana y un termo con un litro y cuarto de agua, lo guarda en un bolso en el portaequipaje de La Claudia, lleva ese nombre en honor a la primera esposa de Maradona. El nombre lo dio José, dueño de la bicicleta tándem que la compró para otro grupo de ciclistas. Después le donaron dos bicis más. A ellas las nombró Dalma y Giannina como las hijas del ídolo.

Solo La Claudia llegó con nombre propio a la travesía, las otras se ganaron el nombre en el recorrido. Carlos viajó en La llorona,  no hubo forma de parar su chirrido al pedalear. Sofía en La Robotina, sus resortes en el asiento molestaron más de una vez, a la final lo sacaron. 

Javier se sube a la bicicleta.

¿Tú confías?pregunto.

Claro. Se trata de total y absoluta confianza en el otro, en el guía. Son nuestros ojos, conversamos todo el tiempo, casi.

Adelante se ve un auto parqueado con las maletas de 25 kilos de cada ciclista. Atrás, ellos se preparan para salir de La Quiaca. Cuando arrancan a pedalear, el auto avanza abriendo camino para la bicis. Lo hace solo hasta La Viña en Salta, luego las maletas pasarán a cada bicicleta o a las camineras, en algunos tramos del recorrido.

Son 2200 kilómetros, 33 ciudades, 8 provincias, 37 días de recorrido.

En cada pueblo, la gente del área de discapacidad o de Deporte del Municipio, del Gobierno o de la sociedad civil los recibe. Salvo en Ojo de Agua. El contacto lo hizo el coordinador de ciclismo adaptado, en la mayoría de lugares les dan alojamiento; a veces, alimentos y casi siempre se hace la experiencia tándem en la plaza central o en escuelas de la ciudad.  La experiencia tándem es una actividad en la que una persona con discapacidad visual o una persona vidente – con los ojos cubiertos por una venda –  se sube a una bicicleta tándem y es guiada por los ciclistas.

¡Uy! ¡Qué bulla!

El choque de las ramas de los árboles. 

Las bocinas de los autos.

Nunca me he subido a una bicicleta, ni cuando podía ver.

Son las líneas que Javier escucha cuando los guiados regresan con los ciclistas y se bajan de las bicis. Javier dice que esta experiencia no lo hacen solo las personas con discapacidad. También lo hacen las personas videntes. Se les coloca un cinto en los ojos y no pueden ver nada. Es para que despierten otros sentidos y tomen conciencia. Dice que la experiencia también busca dar confianza a las familias que tienen un familiar con una discapacidad. Hay jóvenes que no han tocado ni un tomate, ni una bicicleta, ni han salido solos, pero que otra persona ciega lo haga, genera que comiencen a pensar que sí es posible.

Pedalean tramos de 50 a 80 kilómetros por día con dos paradas de abastecimiento; eso si no se pincha la goma, se zafa la cadena o se rompe la cámara.  Toman agua, deslizan por sus labios la barra de cacao y se colocan protector solar. El recorrido lo sienten en el cuerpo. El hielo de Abrapamba como escarcha en las manos. El silencio de las quebradas de Humahuaca. Los 30 grados de Cafayate. La brisa helada de El Infiernillo. El silbido de los camiones de Termas de Río Hondo… 

Foto: Dos ciclistas de Tándem Norte abren el camino a la travesía Atre-verse. Ingresan con sus bicis por la calle Roca a la costanera de Vicente López. En la segunda fila Enrique, Héctor, Juan y Tito, guías de la travesía, pedalean hacia la penúltima parada de la ruta.

No hay letreros, ni casas cercanas. El sudor moja sus rostros. Paran, se estacionan con sus bicicletas. Han pedaleado 55 kilómetros, el calor sobrepasa los 25 grados. El coordinador de ciclismo adaptado se baja de la bici. Camina. Habla con la gente del lugar. Están entre Loreto y Ojo de Agua en Santiago del Estero, donde los pobladores están acostumbrados a asistir a los viajeros. Hacen fletes y tienen repuestos de mecánica de bicicletas, motos y carros. A cien metros de donde Javier estaciona la bicicleta  hay un centro poblado y alojamiento. Pero, ellos deben avanzar a Ojo de Agua. El coordinador contrata un flete. El encargado de la camioneta sube las bicicletas tándem y la bici individual al balde del carro. Las arrejuntan y apretados se acomodan en el balde de la camioneta. El sol cae vertical mientras avanzan por las Salinas de Ambargasta, que quema la piel como el hielo seco.

En el camino a Ojo de Agua, el coordinador llama al Intendente. No responde. Pero la camioneta avanza. En su ingreso a la ciudad de Ojo Agua nadie les espera. Van directo al terminal. Almuerzan unas empanadas. El Intendente no responde. Caminan  a la plaza cargando las bicis y las mochilas. El Intendente sigue sin responder. Alguien les dice que el Intendente está en un evento, en un festival. El coordinador y el grupo toman sus bicicletas y pedalean. Hay decenas de personas en el lugar, entre ellas la secretaria del Intendente que busca a su jefe, pero no lo encuentra. Envían a los ciclistas a una estación de servicio. Ellos se mueven para allá, el Intendente no está.  Son las siete de la noche en Ojo de Agua, en Santiago del Estero, quinta provincia y quinceava ciudad a la que llega la travesía Atre-verse. El Intendente no responde.

El coordinador y el grupo toman sus mochilas, las bicicletas y caminan en busca de un hotel. Están agotados, les duele la cola. No hubo la experiencia tándem y no conocieron a la gente de Ojo de Agua. Fue un bajón, dice Javier desde el living del hotel de ruta donde se alojan esta noche. Su voz suena como un susurro. Luego hay silencio. No tengo buena conexión. Cuelga. Cada noche lo entrevisto por WhatsApp o llamada telefónica, a veces las charlas son cada dos días.

Se alojan en clubes deportivos, federaciones, casas familiares, hoteles de ruta, escuelas especiales. Ahí cocinan cuando pueden. Tienen un fondo común para los gastos. Compran pasta, empanadas, pizza, medialunas para la cena. Fruta y verduras. Ceban mate. Cortan salamín en rodajas, tomate, queso; a veces con dos tapas de pan o con una. Duermen en camas individuales, en colchonetas, tarimas o una vez en el piso. Envían las remeras y camperas al lavador. Javier lava su ropa interior en la ducha esperando que el sol de la tarde lo sequé.  Es una travesía que se tejió desde marzo de 2022, es un  conjunto de voluntades, dice Javier mientras sale de la habitación. A veces se aleja del grupo para no hacer ruido o para evitarlo cuando tiene una llamada de su hijo o de algún periodista. Aprendemos a convivir.

Amanece en Ojo de Agua, última ciudad de Santiago del Estero. Son las 7:30 y como cada mañana el grupo alista su equipaje. Esta vez van a Córdoba. Allí les recibirá Lucas Rodríguez, cordobés, 41 años, goleador y exfutbolista de la Selección masculina de fútbol para ciegos de Argentina más conocida como Los Murciélagos. Separan las cosas, entre lo que llevarán en sus bicicletas y lo que irá en la camioneta de la Policía de Córdoba, provincia que recibe por segunda vez a la travesía de ciclismo adaptado. La primera fue Rueda conmigo tándem 2021, que se desarrolló  con otros ciclistas y sólo el coordinador participó en este recorrido de Córdoba a Santa Fe y a Buenos Aires.

El día está fresco. Lucas Rodríguez los recibe en Córdoba. Desde los 16 años fue parte de la Selección Nacional de Fútbol para Ciegos. Ganó tres medallas paralímpicas, dos Mundiales y tres Copas Américas, pero más allá del logro deportivo, lo que le emociona es que la sociedad sepa que hay personas con discapacidad y que son capaces de hacer cosas.

Los guiados y los ciclistas se alojan en la Federación de Deportes. Unos visitan a sus familiares, otros salen a caminar por el centro de la ciudad o van al cajero del banco hasta que el mecánico revise que las bicis estén en buenas condiciones para continuar la travesía a Buenos Aires. Chequea el ruido de la caja pedalera, las gomas de las llantas. Las desarman. Cambia los frenos. Mientras tanto, Javier se aleja de la Federación. Camina apresurado hacia el colectivo que lo lleva a la casa de sus invitados para el taller de cocina. Se sube al bus y anuncia al conductor la parada en que se baja: Los Químicos, por favor. Desde allí, Javier y dos invitados comparten tips sobre el manejo del fuego y las carnes para cocinar una parrillada. El taller es vía zoom. Unas treinta personas se han inscrito. Antes de la pandemia, las clases eran presenciales, pero ahora también son virtuales. Arrancan el taller con una pirámide de carbón, algodón y alcohol. Escuchan como se prende la llama…

Cae la noche, Javier regresa a la Federación en un remix, sus compañeros han terminado de cenar y aún faltan unos repuestos para las bicis, en la mañana estarán listas.

La mañana amanece fría, ellos visten como una cebolla y en el camino se sacarán cada capa. Javier coloca su mano sobre el hombro de su guía y camina. Llegan a La Claudia.  Apoya su mano en el segundo volante de la bici, alza su pierna y sube. Su guía lo sigue y toma el control del primer manubrio, prueba los frenos y el cambio de marchas. Uno, dos, tres: pedalean, sincronizados. Se alejan. El recorrido lo sienten en el cuerpo. Los baches de las carreteras de Villa María. Los truenos amenazantes de Marcos Suárez. El pitido de los camiones en Santa Fe. El ruido de Buenos Aires. Las rieles del tren. El viento en el rostro. Los labios resecos. El viento en subida, presión en las piernas. El viento en bajada abanica al cuerpo.

Foto: De derecha a izquierda. Segunda fila, los ocho ciclistas que han pedaleado desde La Quiaca: Juan, Sofía, Héctor, Enrique, Tito, Javier, Carlos y Ariel. A su lado los ciclistas de Tándem Norte.

Llueve en Buenos Aires. La avenida Corrientes está cerrada. Se tenía previsto que se realizará La noche de las librerías, pero la lluvia la descartó. El tráfico circunda el Obelisco, en su plazoleta está Blanca, campera café impermeable, pañuelo y un paraguas, esperando a su hijo Javier. A su lado está la familia de Carlos y un grupo de treinta personas del Tándem Norte. Les esperan con regocijo en medio de una lluvia torrencial. No hay autoridades de la ciudad. 

En la Av. Cerrito hay un policía dirigiendo el tráfico. Levanta su mano, los autos paran. La fila de ciclistas de la travesía Atre -verse cruza y entra al Obelisco. Es 15 de octubre, Día Internacional del Bastón Blanco, símbolo de independencia para las personas ciegas. Vienen con los pies cansados y el corazón lleno se escucha. Les rodean. Les abrazan. Les aplauden bajo una lluvia de primavera.

Mayra Caiza

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