Opinión

TODOS LOS VERSOS DEL METAVERSO

Por Ignacio Muruaga
10 de diciembre de 2022

Empezó con un mensaje de LinkedIn, que es como empiezan normalmente las peores aventuras laborales.

“Estamos creando un proyecto NFT y estamos buscando alguien que nos ayude a diseñar toda la comunicación en redes. Vimos tu perfil y quizás sos lo que estamos buscando, nos gustaría entrevistarte”.

Dos llamadas por Zoom más tarde ya era parte del equipo que estaba diseñando un nuevo lanzamiento NFT. En el equipo había otros argentinos (la mayoría viviendo en Miami) y un ilustrador pakistaní al que nunca le conocí la cara porque nunca activaba la cámara.

Eran los primeros meses del 2022. El bitcoin seguía midiendo masomenos bien y en internet había un furor por unos JPG no fungibles que las estrellas de Hollywood compraban por cientos de miles de dólares. Todo ese mundo me generaba una curiosidad enorme. Y más qué curiosidad, un FOMO indescriptible. Lo peor de trabajar en internet es sentir que hay gente haciendo más plata que vos con cosas que no entendés.

“Los NFT van a cambiar el mundo, Nacho, te juro que te estoy ofreciendo la oportunidad de tu vida” me dijo el líder el proyecto en una de las primeras reuniones usando un tono que era espiritualmente indistinguible al de Leonardo Cositorto, que por esos días seguía siendo tratado en las redes como un emprendedor más.

Acepté el laburo porque los dólares que me ofrecieron no me venían nada mal. Y porque tenía curiosidad. En algún momento me dijeron que los NFT iban a ser de gatitos que hacían viajes interdimensionales al estilo Rick y Morty. Ese detalle tambien me compró. ¿Qué podría salir mal en un proyecto inspirado por Rick y Morty?

La filosofía no fungible de la nueva era en internet.

Para entender que hubo detrás del fenómeno NFT hay que retrotraerse a los orígenes mismos de internet y del mundo de la informática en general. A las origins stories de los grandes jugadores que hasta hoy dominan el mercado como Jeff Bezos, Zuckerberg o Bill Gates. Cocheras llenas de cables y olor a humedad, un par de pibes que dejaron la universidad para dedicarse a desarrollar sus locas ideas, la narrativa de los self-made men que marcó a fuego la edad de oro de lo digital.

¿Si ellos pudieron porque vos no? Es la pregunta que se repite en libros de autoayuda y en la mente de millones de pibes que llegaron a internet quizás un poquito tarde, o al menos lo suficientemente tarde como para que triunfar ya no sea un camino tan accesible.

“Airbnb no tiene propiedades y es la mayor inmobiliaria del mundo, Uber no tiene autos y es la mayor concesionaria del mundo, vos también podés, solo necesitas una buena idea y mucho ‘hustle’ para hacerla realidad” dice un video irritante que hasta el día de hoy se sigue viralizando en todos lados. Ese berretismo new age está en el corazón de la filosofía NFT. La firme convicción de que a pesar de que el mercado digital está saturadísimo, de que a pesar de que tres o cuatro plataformas concentran la inmensa mayoría del tráfico y las descargas, igual sigue siendo posible tener una idea millonaria.

Luego de meterme en el proyecto entré a distintos foros en Reddit y canales de Discord. La filosofía NFT estaba presente en todos lados. Todo era una propuesta de venta: “aposta por nuestro proyecto y en 6 meses nuestros tokens te van a hacer millonario”.

La lógica de venta era bastante sencilla: comprar un NFT es básicamente comprar una obra de arte, la clave es comprarla bien barata, guardarla hasta que aumente su precio y luego venderla por miles de dólares. El mismo Bill Gates lo explico mejor: todo el mercado NFT está basado en encontrar a alguien más estúpido que uno mismo.

Y aunque era una lógica básica, durante esos primeros meses de furor fue bastante real. Entrando en esas pequeñas comunidades descubrí historias de muchas personas que compraron NFTs baratos y luego los vendieron caros, sacando diferencias astronómicas en el medio. Cada historia era una invitación a sumarse al nuevo mundo de la Web3. Generación ZOE pero en inglés y con criptomonedas de verdad.

Las cripto eran la otra parte del corazón filosófico de todo este mundillo. Todas las transacciones se hacían con criptomonedas, principalmente Ethereum. Todas irrastreables y anónimas. La cobertura perfecta para el que sabe que está vendiendo algo que no vale lo que dice la etiqueta.

“En unos años, hasta los títulos de propiedad van a ser con NFTs, nosotros somos los pioneros de ese proceso” dijo el líder de proyecto en un Zoom. Todos asintieron en sus cámaras menos yo, que solo me limitaba a sonreír, y el pakistaní claro, que nunca mostraba su rostro y hablaba bastante poco. Sospechaba que el también era bastante escéptico con todo esto y lo hacía solo por los dólares, pero no llegue a tener la complicidad necesaria como para preguntarle.

Todas las estafas necesitan un lenguaje propio.

“Creo que te tenés que empapar más de la cultura NFT, en tu tiempo libre deberías pasar mucho tiempo en Discord conversando con la gente, tenés que hacer eso para mostrarme tu compromiso con el proyecto, Nacho” me dijo el Project Manager un día. Ya habían pasado algunas semanas desde mi incorporación y se empezaba a notar que era un sapo de otro pozo. Cuando me pidió que comprometa mi tiempo libre, por fuera de las horas de trabajo pactadas originalmente, aparecieron un par de red flags bastante complicadas.

Pero decidí seguirle la corriente y le dediqué una noche a intentar encontrar los códigos comunes que quizás me seguían siendo esquivos. La comunicación muchas veces es sobre entender cómo interpelar al otro, descubrir cuáles son las palabras, expresiones o ideas que movilizan a determinada persona. Estaba claro que yo seguía sin entender cómo empatizar con todos esos pibes que creían que estaban cambiando el mundo con unos JPGs serializados.

“GM”: Good Morning. Lo suben TODOS a la mañana en los canales de discord. Se saludan.

“LFG”: Lets Fucking Go. Una especie de aliento, lo comentan cada vez que un proyecto NFT saca alguna novedad.

“To The Moon!”: creo que se lo robaron a Elon Musk, una metáfora de que algún día los precios de las cripto en general y los NFT en particular van a subir hasta la luna.

“Hustle”: verbo que usan para decir que van a trabajar todo el día hasta desmayarse. El Project Manager lo usa cuando insinúa que no estamos trabajando lo suficiente.

“Crushing it”: la estás rompiendo, creo.

Empecé a anotar en un Google Doc todas las expresiones que me iba cruzando y las usaba luego en las propuestas que le hacía al Project Manager. Se puso un poco más contento con mi trabajo. A mí todo me parecía demasiado surreal.

En los chats de Discord nadie mostraba su rostro, todos usaban de foto de perfil la imagen de algún NFT que habían comprado y algún nickname extravagante. Eso al menos me resultaba familiar, era exactamente igual a cuando los foros estaban de moda y todos entrabamos a Taringa a hablar de descargas ilegales y Ubuntu. Un pequeño resabio de la cultura originaria de internet de principios de los 2000.

Pero todo era mucho más intenso que en esas épocas. Se la pasaban chateando y haciendo spaces en Twitter. Comentaban los proyectos que les gustaban, intercambiaban NFTs, se manijeaban entre ellos 24/7. Me resultaban insoportables.

En el medio además descubrí que la burbuja era mucho más grande de lo que imaginaba. Había dos o tres proyectos NFTs que habían logrado volverse mainstream, como el Bored Ape Yacht Club, que eran básicamente ilustraciones de monos que lograron popularidad gracias a que Justin Bieber, Madonna y otras estrellas compraron uno y se lo pusieron de foto de perfil. El monito comprado por Bieber tenía un precio original de 1,3 millones de dólares.

Pero por fuera de esos proyectos más populares todo era una jungla. Había proyectos de lo que se te ocurra: NFTs de mangas, de autos, de perritos tristes, de perritos felices, de globos 3D, de dinosaurios, etc. Cualquiera con un presupuesto de 500 dólares podía entrar a Fiverr o a Upwork y contratar a un ilustrador que le hiciera 100 o 200 dibujos para luego venderlos como NFTs. En un ecosistema tan saturado hacer algo distinto era muy difícil, y el aspirante a Steve Jobs que era mi Project Manager se empezaba a dar cuenta de ello.

“Necesitamos que nos ayudes a entender que es lo que hacen los otros proyectos para volverse populares, ese es tu trabajo, no entiendo porque no lo haces” me dijo el PM un día en el que estaba visiblemente irritado. La buena onda y el “ambiente de trabajo millenial” que me prometió los primeros días ya empezaban a quedar atrás.

Yo le respondía siempre lo mismo, todos los proyectos que había investigado dependían de dos tácticas para crecer: pautado digital y hacer sorteos de NFTs en Twitter. Pero él no quería hacer ninguna de esas dos cosas. Según él porque estaba convencido de que había otra cosa y que yo “no era lo suficientemente inteligente” como para descubrirla. Yo estaba bastante seguro de que en realidad ya no tenía más plata para invertir y no quería admitirlo.

Como jugar a Los Sims pero con imágenes de monos.

Estaban todos hipnotizados por el metaverso. Nadie sabía muy bien que era o como iba a funcionar, pero todos lo amaban, era el futuro prometido, la tierra de las mieles y la leche, el horizonte de Galeano que se corre cada vez que te acercas a el. El metaverso era todo y a la vez era nada, o sea que básicamente podía ser lo que vos querías que sea.

Un día Bored Ape lanzó unas “tierras digitales aptas para el metaverso” que llevaban el concepto a un nuevo nivel. Cuando escuche sobre ellas la primera vez me imagine que seguramente eran algún tipo de software, un plugin descargable que vos podías guardar y luego “instalar” en el metaverso de alguna forma. Pero no, eran más JPGs, literalmente ilustraciones de pequeños pedazos de tierra que podías comprar.

Y sorprendentemente se agotaron las primeras horas después del lanzamiento. Mi Project Manager nos contó que gastó unos 5000 dólares de su propia plata para comprarse dos piezas. “Cuando Zuckerberg lance el metaverso las voy a vender 50 veces más caras, van a valer más que mi casa en Miami”. Yo ya no me esforzaba demasiado por sonreír en los Zooms. El pakistaní directamente ni aparecía, según el Project Manager era porque estaba dibujando “24/7”.

Y todos seguían hablando del metaverso a pesar de que las únicas imágenes disponibles en ese momento mostraban algo parecido a Los Sims 2 un poco bajado en agua. Su usabilidad dependía de que te compraras un equipo que no bajaba de los 500 dólares. No tenía sentido. Nada tenía sentido. Sentía que no había que ser un experto en internet para darse cuenta de que eso no iba a funcionar. Pero ellos seguían convencidos, gastando miles y miles de dólares en comprar “propiedades digitales” de proyectos que ni siquiera estaban afiliados oficialmente a Facebook.

Cositorto al menos fue un día a Jujuy a filmarse entrando en una de sus supuestas “minas de oro”. Esto otro ni siquiera tenía la delicadeza de intentar mostrar algo de realidad. Quizás, precisamente el punto era que nada de todo esto era real y a nadie le interesaba que lo sea. Quizás eso es lo que yo no estaba entendiendo.

Ninguna burbuja dura para siempre.

Me di cuenta que todo estaba terminando apenas le vi la cara al Project Manager en el Zoom. Su rostro estaba totalmente demacrado. No tiró su clásico “Good Morning” y arrancó preguntándome si había visto las noticias. El 4 de mayo la cotización del Bitcoin empezó a caer, y con el cayeron también el Ethereum y todos los proyectos NFTs.

En esos días la FED había subido sustancialmente la tasa de interés y todos los capitales que habían inflado el precio de las cripto volvieron a su lugar seguro de siempre: el dólar. La economía financiera le recordaba a la burbuja cripto quien manda. El dinero real le gana siempre al dinero de mentirita.

En los chats de Discord parecía el fin del mundo. Decenas de proyectos desaparecieron en el aire quedándose con los capitales de quienes habían comprado los NFTs y ahora querían recuperar sus ETH. No había con quien quejarse, Las transacciones eran todas anónimas e irrastreables. A llorar al campito dibujado en un JPG que ahora valía centavos de dólar.

El Project Manager nos dijo que había que tener paciencia, que era solo una caída y seguramente la cotización del Bitcoin se recuperaría en algunas semanas. Yo ya no tenía más ganas de perder tiempo. Al otro día le dije que me iba del proyecto, negocie el pago de lo que me debían y a otra cosa. Un mes después la cuenta de Twitter del proyecto anunciaba que cancelaban el lanzamiento. Nunca llegaron a vender ni un solo JPG. La burbuja se rompió antes de que eso fuera posible.

Lo único que todos queremos: un poco de humanidad.

Hace unos años Coca Cola lanzó en Estados Unidos una campaña bastante curiosa. Ponía en sus botellas nombres de personas random e invitaba a quienes las compraban a “tomarse una Coca” con alguien que tuviese el nombre que te tocará. Esa misma campaña también llego a Argentina pero no tuvo ni de cerca la misma repercusión que en EEUU.

En el mundo de la publicidad, la explicación que muchos le daban a la campaña era bien sociológica: Coca Cola había detectado en algún estudio que los estadounidenses sufrían de soledad, que les costaba hacer amigos nuevos y relacionarse con los demás. Y la campaña buscaba capitalizar ese trauma social.

Fue de las primeras cosas que note apenas me metí en los canales de Discord. Por debajo de todas las conversaciones de finanzas, Hustle y Elon Musk había una insoportable necesidad de contactarse con otros, de construir relatos en común, de pasar tiempo juntos incluso digitalmente.

Organizaban para ver películas juntos los viernes a la noche usando Discord, creaban equipos para jugar al LoL y al Fortnite, algunos pocos que vivían en las mismas ciudades incluso organizaban juntadas “en la vida real”.

Esa no era gente que buscará de verdad  hacerse millonaria o tener “la próxima gran idea”. Lo único que querían era hacer amigos. E igual que Coca Cola con sus envases, alguien descubrió la forma de explotar esa soledad y transformarla en plata. Como si los inocentes foros en los que entrabamos en los early 2000 hubiesen querido cobrarnos tickets de entrada.

El mismo sistema que había generado esa soledad tan sistemática y estructural ahora la explotaba de las peores formas posibles. Capitalismo puro y duro, del más inhumano que sea posible.

Al escribir esta nota intenté buscar si alguien había estudiado cuánta gente perdió plata gracias a los NFTs. No encontré demasiadas cosas. Supongo que es lógico, debe ser difícil investigar la cuestión tomando en cuenta que las transacciones eran anónimas y que además no mucha gente debe estar dispuesta a admitir que compró JPGs por miles de dólares.

El NFT de un mono aburrido que Justin Bieber compró por 1.3 millones de dólares hoy vale menos de 70 mil. Todas las cosas recuperan su valor real tarde o temprano. Y el capitalismo siempre gana.

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