OPINIÓN

“Sos muy chiquita para pensar tanto”

Por María Sztajnszrajber
05/09/2021

Ilustración: @_lara_lars_

Cursaba el cuarto año del colegio secundario en una escuela privada y de educación religiosa en la Ciudad de Buenos Aires. Un día uno de los docentes llegó a dar su clase. Cuando entró al aula lo primero que nos pidió fue que cerráramos las cortinas para que no se pudiera ver por las ventanas hacia adentro. Lo segundo fue que no le contáramos a nadie lo que íbamos a ver. Acto seguido dispuso un televisor con un reproductor de dvd en el frente del aula y nos comentó que nos iba a pasar fragmentos de un documental llamado “La Educación Prohibida”, que sus creadores habían subido a Youtube de forma libre y gratuita para quien deseara verlo. Puso play y lo próximo que recuerdo es estar en la oficina de los preceptores llorando desconsoladamente el resto del día mientras intentaban calmar toda la angustia que tenía.

En la página web, los creadores definen a la película como un “documental que se propone cuestionar las lógicas de la escolarización moderna y la forma de entender la educación, visibilizando experiencias educativas diferentes, no convencionales, que plantean la necesidad de un nuevo paradigma educativo. La Educación Prohibida se propone alimentar y disparar un debate de reflexión social acerca de las bases que sostiene la escuela, promoviendo el desarrollo de una educación integral centrada en el amor, el respeto, la libertad y el aprendizaje”.

A través de varias entrevistas a educadores y estudiantes llevan a cabo una crítica al sistema educativo muy fuerte que en su momento me interpeló al nivel de que hubo algo en mi forma de ver el mundo, pero sobre todo a la escuela, que cambió para siempre. Fue un puñal directo al corazón. Hubo algo que se rompió, algo que cambió, un paradigma entero que se desvaneció y una bronca que creció tanto en mi interior que terminó por convertirse en angustia y llanto prolongado por varias horas. Me sentía completamente engañada y todxs eran cómplices.

Esa sensación, la de sentir que todxs saben algo que vos no y que ese algo tiene repercusión directa en vos, en tu cuerpo y en tu cabeza, es una sensación dolorosa. Es cierto que cuando sos adolescente todo se siente mil veces más, todo es super determinante, muy profundo y extremo. Por eso, cuando recuerdo ese día revivo más que nada los sentimientos que se me hicieron carne, pero también veo una puerta que se abrió y que no sabía ni que existía en mi cabeza.

Desde ya, agradecida toda la vida con ese docente.

Dime contra qué luchas y te diré quién eres

La historia de la película se dio en simultáneo con un momento de mi adolescencia en el que había empezado a participar activamente de reuniones políticas con estudiantes de otros secundarios. Nos juntábamos los viernes a la tarde-noche en un colegio, hacíamos
una gran ronda y cada delegadx contaba en qué situación estaba su colegio y que actividades se llevaban a cabo desde sus centros de estudiantes.

A esa incipiente conciencia política se le sumó ese cachetazo de realidad sobre el sistema educativo general que fue un poco lo que, creo, me terminó por llevar a ese sentimiento tan extremo de que todo lo que me rodeaba cada vez que iba al colegio era un poco un horror. Especialmente porque, con algunos compañerxs, veníamos intentando formalizar un centro de estudiantes, pero a los directivos no les cerraba mucho la idea. Poco tiempo atrás se había sancionado la Ley Nacional de Centros de Estudiantes, la Ley Nº 26.877, y básicamente queríamos ejercer nuestro derecho. No aspirábamos a mucho, simplemente a tener un espacio dentro del colegio en el cual encontrarnos entre estudiantes a compartir pensamientos, pensar actividades que pudieran interesarle al estudiantado y no mucho más; nada demasiado amenazador pensaba yo.

Cuando nos reunimos con los directivos de la institución la idea no cayó para nada bien. Fueron meses de tener reuniones tras reuniones donde se daban ofertas y contraofertas pero nada avanzaba ni se concretaba jamás. Fue después de una de esas reuniones que uno de los señores directores del colegio, mientras me acompaña por el pasillo de regreso a al aula, me dijo: “sos muy chiquita para pensar tanto”. La frase me quedó tatuada directamente en lo más profundo de mi ser. Buenísimo: una gran frase para que el director de un colegio le enuncie a una de sus alumnas.

En algún momento, en medio de todas estas cosas que me estaban pasando, me
cayó la ficha. El tema era que, más que directivos de una institución educativa, ellos se
manejaban como empresarios, como CEO’s de la educación. Y, mientras que para algunos conlleva una visión bastante negativa, para otros decir CEO’s de la educación significa todo lo contrario; consideran que la educación está en buenas manos en la medida en que son las manos de aquellos que saben cómo llevar a cabo una buena administración.

El problema residía en que, para tener una administración eficaz, no colaboraba el hecho de que hubiera un grupo organizado que pudiera cuestionar o ir en contra de esa lógica. Eso significaba necesariamente un borramiento de cualquier instancia o noción política que implicara, en este caso, a la cuestión educativa: Pensaban que si se metía lo político en la educación era difícil poder tener la objetividad pertinente que requería un accionar casi económico desprendido de la idea de una administración eficaz.

Estas ideas no nacen de un repollo, ni de los pocos señores con los que me juntaba cada quince días a hablar: son parte de un paradigma neoliberal que prima y se expande en todos los ámbitos de la vida, que funciona como una matriz o una base sobre la cual luego se estructuran las diferentes cosas. En este caso las nociones pedagógicas que van en favor de una mercantilización de la educación y los saberes. Eso tiene consecuencias directas en la formación de pibas y pibes, y un anclaje directo en la idea que el alumno es una tabla en blanco sobre la cual se imprimen los saberes.

Siguiendo esta matriz, estos saberes tienen que ser los que mejor rindan, convengan y sirvan para que la máquina de reproducción del capital, propia de nuestro sistema capitalista, no se detenga nunca. Y se produce un problema cuando se subestima la necesidad y capacidad de lxs pibes de poder llevar a cabo una práctica de pensamiento crítico. Porque al sacar de la ecuación la variable en la que los pibes piensan por si solxs y por fuera de los contenidos preestablecidos, al apuntar a generar con la máquina de la educación un alumnado homogéneo y acrítico que no cuestione, que no se pregunte cómo y por qué las instituciones educativas funcionan de la manera que funcionan, lo que se quita es al mismo tiempo algo super necesario para cualquier pibx: llevar a cabo ese ejercicio mental de comprender la vida y el mundo, pero también su lugar en la vida y el mundo.

La identidad se construye en ese ejercicio de pararse frente a lo otro que no soy yo para, justamente, entenderme a mí mismo en esa observación y comparación. Yo entendí y construí gran parte de mi identidad, de lo que soy y lo que quiero, por oposición. Por todas esas personas que fueron poniendo trabas y mostrándome lo más nefasto del sistema capitalista y del sistema educativo. Y eso que hoy en día puedo recuperar y resignificar como algo bueno, en su momento fue puro padecimiento. Las cosas podrían haber sido más amenas y copadas si aquel entorno escolar, que clausuraba y prohibía cualquier tipo de ideas o pensamientos que no fueran los que les eran funcionales al colegio (y al sistema en general), hubiese tenido espacios donde se permitieran expresar esas inquietudes.

No hablo de bajarle línea partidaria a lxs pibxs, ni obligar a que tengan que comprometerse políticamente; simplemente ubicar que hay una cuestión de base que funciona desde siempre, donde la educación no está pensada en términos de poder acompañar y habilitarle a lxs pibxs espacios donde puedan emanciparse y llevar a cabo elaboraciones críticas, entendiendo a los estudiantes como sujeto político. Apunto al ejercicio de repensar lo básico, lo que se nos da por sentado como verdades universales, y que eso no vaya en detrimento de los saberes que cualquier pibx tiene que incorporar para poder salir al mundo. Una convivencia donde se pueda complementar, a la currícula que sea, la posibilidad de que, para quienes lo deseen, haya espacios cuidados donde se lleven a cabo reflexiones que puedan enriquecer a lxs pibxs en vez de configurarles la cabeza solo para que funcionen lo mejor posible.

No está de más decir que, por suerte, este no es el único paradigma que existe. Hay miradas de la pedagogía y la educación contemporáneas donde se valora la diversidad y se fomentan las particularidades de los alumnos que sí tienen un horizonte mucho más
emancipador. Aunque fantasear con un cambio en el sistema educativo de forma general
será siempre una utopía, pienso que sí se puede aspirar -por ejemplo- a tener un Estado que acompañe y fomente políticas que vayan en línea con mejorar las condiciones preexistentes. Creo que el caso de la Ley de Centros de Estudiantes es un buen ejemplo pero como Argentina parece ser un país donde cada unx obedece la ley que quiere, los derechos conseguidos no siempre son respetados.

Vivir no es otra cosa que arder en preguntas

Otra característica que parecemos tener como país es una tradición donde, cada algún tiempo, vuelve a estar en agenda la cuestión del adoctrinamiento en las instituciones educativas. Si revisamos la historia de la educación y la pedagogía en general -pero sobre todo en nuestro país- vamos a encontrarnos siempre con cosas que podemos leer en clave de adoctrinamiento si quisiéramos casarnos con ese término. Algunas más literales y directas como “Mamá y papá me aman, Evita y Perón me aman” pero también, si nos remontamos a la época de Sarmiento “el padre del aula”. La utilización de la escuela como una herramienta o dispositivo para homogeneizar y producir ciudadanos argentinos en serie, que respondan a los valores y símbolos del país, borrando singularidades en pos de la creación de una identidad nacional común para todos.

Antes de comenzar a escribir esto me propuse buscar en Google “adoctrinar definición” y el resultado arrojado es el siguiente:

1. Enseñar los principios de una determinada creencia o doctrina, especialmente con la
intención de ganar partidarios.
2. verbo transitivo: Dar instrucciones a alguien sobre cómo tiene que comportarse u obrar.

Más abajo aparecía un link a Wikipedia donde hay un artículo entero dedicado a la palabra
“adoctrinar” cuyo segundo párrafo dice lo siguiente: “El adoctrinamiento es en cierto grado inevitable en la enseñanza padre-hijo, pues los seres humanos son animales sociales que inevitablemente se ven afectados por el contexto en el que se desarrollan. Sin embargo, esto puede ser mitigado por prácticas que favorezcan el libre pensamiento y el uso de la razón crítica, siendo esta la principal diferencia entre el adoctrinamiento y la educación: el primero, a diferencia de la educación, nunca pretende convertir al sujeto en un individuo autónomo con juicio propio, sino que se caracteriza por la fe ciega y la ausencia de pensamiento crítico.”

Más allá de un montón de cosas que se pueden pensar y decir sobre usar a Google y Wikipedia como fuentes confiables, no dejan de ser el recurso más utilizado por la mayoría de las personas para buscar definiciones. Así que, afianzando nuestro vínculo de validez con ellas, las tomo para concluir un poco esta reflexión. Encuentro a estas definiciones muy cercana a la frase “sos muy chiquita para pensar tanto”, cuyo autor enunció llevando a cabo un razonamiento propio de una lógica en la cual la politización de lxs pibxs es algo que no debería ser parte la escuela porque amenaza a la educación.

Aunque no definiría como adoctrinamiento lo que cuento, sí pienso que hay que tener presente que, cuando este tipo de debates vuelve a la agenda de nuestro país, la cuestión es mucho más compleja que la manera en la que se nos presenta. Si realmente queremos dar el debate o reflexionar sobre esto hay muchas aristas por dónde encararlo y, una vez más, es el pensamiento crítico el que puede ayudarnos a hacerlo. Hoy más que nunca valoro a la adolescente que recibió esa frase y la usó como motor para seguir pensando y cuestionándose las cosas. Entendí que ese ejercicio no solo es importante para cualquier pibx de esa edad, sino también una forma de existir y de estar viva.

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