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¿Qué m*erda es el capitalismo tardío?

Por Dante Sabatto.
16/04/22

Si tuviéramos que definir la época en que vivimos, ¿cómo empezaríamos? Tal vez por una referencia a los espacios digitales por los que nos movemos con cada vez mayor frecuencia. Tal vez por una noción de la caída de los grandes relatos, utópicos y distópicos, que organizaron la imaginación política durante décadas. ¿Y si nos tocara ponerle un nombre a la generación que hoy es joven, digamos, que tiene entre 18 y 30 años? Podemos emplear la nomenclatura fashion: generación X, con una pizca de millennials y algo de gen Z. O, más localmente, desde el kirchnerismo, se habló de la generación del Bicentenario, con aquel 2010 como año fundante.

Situémonos en Argentina, 2022. Vivimos hace cinco años con una inflación muy alta (por encima del 40% anual) pero que no llega a híper. Hace más de una década, con una inflación alta (por encima del 25%). La generación de empleo no se detuvo durante el kirchnerismo, y luego de entrar en franca regresión durante el macrismo, volvió a ampliarse en estos últimos meses. Pero el piso de 30% de informalidad parece completamente impenetrable.

La acumulación sucesiva de estadísticas oscuras a las que, parece, debemos simplemente acostumbrarnos no puede más que contribuir a una forma particular de ver el mundo, que puede adoptar luego distintas formas. Por ejemplo, me siento tentado de describirlo como “sensación de derrota”, pero es probable que esto se encuentre teñido de mi cosmovisión política propia. Podríamos hablar de “presentismo”: la lenta cancelación del futuro, en términos de Mark Fisher, o la sensación de que el campo de las expectativas tiene cada vez menor amplitud.

La pregunta que abre esta nota, ¿qué mierda es el capitalismo tardío?, es una pregunta por cómo nos ubicamos, espacio-temporalmente. La noción de “capitalismo tardío” está ganando un uso cada vez más frecuente para describir este éter desalentador en el que nos movemos. Pero no es nuevo: fue usado por primera vez para referirse al comienzo del siglo XIX; más tarde, para hablar del período de entreguerras; luego, en la década del 60… Para las izquierdas, el capitalismo es un sistema que más tarde o más temprano estallará, por lo que en todo momento podemos encontrarnos en su parte “tardía”.

Pero hubo períodos en los que se dejó de usar: no se hablaba en “capitalismo tardío” en la era dorada del keynesianismo de posguerra, o durante la revolución conservadora de los años 80 que impuso el neoliberalismo en todo el globo. ¿Por qué vuelve, en este momento, una vez más, la idea de que estamos en el atardecer de un modelo que ha organizado la vida social de casi toda la población humana desde hace siglos, y que se ha repuesto a miles de crisis?

Hay un meme que tal vez resume mejor que nada la experiencia del capitalismo tardío. Es un diagrama de Venn: un círculo dice “apocalipsis”, el otro “tener que ir a trabajar”. Nosotrxs estamos en la intersección. Creo que la palabra “tardío” es mejor para definir la época que “fin del mundo”, porque en realidad se trata de la falta misma de un final. El apocalipsis siempre pospuesto. El sol bajando eternamente sin ocultarse nunca.

Es que si hay algo que el capitalismo tardío es, es una experiencia, una forma de sentir el mundo, el aire a tu alrededor. La vida, el trabajo, la política, el arte, el amor son campos obturados por glitches, pequeñas fallas que se retroalimentan en el orden caótico de una sociedad con cada vez menos sentido. Capitalismo tardío es el nombre que le daría Neo a su mundo en la Matrix si la pastilla roja y la pastilla azul hubieran tenido el mismo efecto.

Una vieja anécdota apócrifa de la primera Guerra Mundial comienza con un mensaje de los alemanes a los austríacos: “en nuestro frente, la situación es seria pero no catastrófica”. La respuesta de los austríacos fue: “en el nuestro, la situación es catastrófica… pero no es seria.” Con esa última frase definiría yo el capitalismo tardío.

Algo se está rompiendo

Pero estos atardeceres pueden ser nombrados. ¿En qué ámbitos experimentamos estos desacoples, estos anuncios de un final que, sabemos, no termina de venir?

El primer caso es el cambio climático. El tema del apocalipsis ambiental es crecientemente el tema del que la cultura occidental se ocupa, la sustancia que le da nombre a la era. Con menor (Don’t Look Up) o mayor (Inside) efectividad, el arte vira hacia la experiencia del fin del mundo desde una lectura ecológica. Y allí miran también la economía (véase el debate por el desarrollismo) y la geopolítica (la idea y vuelta de Alemania sobre la energía nuclear).

Un segundo término es representado por el movimiento feminista. ¿Estamos en el patriarcado tardío? ¿Cómo juega la frase trillada sobre la facilidad de imaginar el fin del mundo o del capitalismo si sustituimos este último término por “el orden patriarcal”? La radicalización de una política emancipadora en este ámbito es innegable.

En tercer lugar, el mundo del trabajo. ¿Hasta qué punto avanzará el proceso de automatización? ¿Qué ocurrirá con los roles que no pueden ser reemplazados? A medida que cambia la materialidad de los procesos de trabajo en el marco de una cuarta revolución industrial, se producen cambios en las representaciones sobre lo que el trabajo es.

El cuarto eje es el orden geopolítico global. La invasión rusa sobre Ucrania no es más que un nuevo episodio en una transformación que tiene al menos veinte años de historia, y que se ve marcada por la evidente retracción de Estados Unidos como hegemón global. Como en todos los casos tratados, no es fácil apresurar un “qué ocurrirá”: multipolaridad, nueva hegemonía China, división en bloques, todas son alternativas posibles.No se vive en medio de estos cambios sin consecuencias subjetivas. Pero hay algo más: lo específico del momento histórico es la sensación constante de que la moneda está en el aire, de que en cualquier momento podemos estar cruzando un punto de no retorno. Es la sensación de inmovilidad de la caída en vacío.

¿Quiénes somos?

Esta nota sigue una pregunta: ¿cómo podemos nombrar esta época? ¿Qué experiencia unifica los cambios que estamos viviendo? La sensación de cierta derrota que nos atraviesa puede vincularse a los distintos ejes recién mencionados, pero también habla de una cuestión vinculada a lxs sujetxs. Es la idea de que estamos ante el fin de la era de las grandes hazañas heróicas: tal vez no para siempre, pero temporalmente atravesamos un tiempo débil de la historia. Es posible que, desde Argentina, eso responda a la reciente muerte de nuestro principal héroe nacional, el más fuerte del panteón, Diego Armando Maradona.

Podemos dar un ejemplo, también, del mundo de la música: hace cuatro discos que el Indio Solari no hace más que despedirse. Como el anticipo de un fantasma al que no queremos dejar ir y que no quiere dejarnos ir.

¿Y nosotrxs, mientras tanto? Quienes no estamos forjados en hierro y sangre, las personas comunes en peregrinaje lento por esta época gris. ¿Qué vamos a hacer con lo que el capitalismo tardío hizo de nosotrxs.

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Quiero esbozar una pequeña tipología de posiciones que podemos adoptar. Son perfiles no necesariamente estáticos: es probable que nos movamos de uno a otro. También es probable que prefiramos más regularmente alguno de ellos. En una era que se basa en sucesivas profecías del fin de todo que nunca terminan de cumplirse, el modo temporal sobre el que ponemos nuestros afectos nos define.

1- Postapocalípticxs

La idea base de esta posición es que hay que aceptar la llegada del Fin. Ya estamos en el proceso de descomposición de todo lo que hemos conocido: no se trata de resignarse, sino de no mentir ni mentirse a unx mismx. Esta postura pone el acento en el futuro, y no es necesariamente pesimista (pero puede serlo). Se trate de asumir que el colapso ecológico es inevitable o que el desarrollo tecnológico llevará más temprano que tarde a una Singularidad y una nueva era tecnohumana, la posición postapocalíptica es en sí misma mesiánica: convoca a vivir el mañana, hoy.

2- Neopolitizadxs

Si para lxs postapocalípticxs el foco estaba en el futuro, para esta categoría el presente es el ámbito inescapable sobre el que hay que trabajar. Contra el consenso del fin de la historia noventista, lxs neopolitizadxs cargan nuevas armas, ideas y proyectos. Esta posición no es necesariamente progresista: puede ser igualmente reaccionaria. Su utopía puede ser, en el lenguaje de Ezequiel Gatto, una retroutopía, una búsqueda de retorno a un pasado mítico. Pero lo más importante es la acción, la praxis. Es posible imaginar una primera generación neopolitizada bajo el kirchnerismo y una segunda, más de derecha, en la crisis macrista; pero el auge del feminismo rompe ese esquema lineal: es, sin duda, el mayor ejemplo de este tipo en el presente.

3- Retromilennials

Las dos mitades de este nombre pueden parecer redundantes, pero no lo son: no se trata de millennials (la generación joven durante los 90) sino de personas que actúan como ellxs aunque no lo sean. Ante los sucesivos glitches del capitalismo tardío, este grupo opta por una mirada al pasado. La idea es que todo sigue igual, o que todo puede volver a ser normal, o que podemos aplicar soluciones viejas a problemas que parecen nuevos (pero no lo son). ¿Conservadurismo? Tal vez: ellxs dirían que se trata más bien de sensatez. Y en tiempos de destiempo y creciente incertidumbre, ¿podemos culpar a alguien por querer agarrarse de algunas coordenadas conocidas?

Esta breve tipología no quiere agotar las múltiples posiciones que pueden tomarse en un tiempo tormentoso. Es posible aplicarlas, por ejemplo, a los distintos ejes que mencionábamos más arriba: un retromilennial puede considerar que las nuevas formas de trabajo se estabilizarán, más tarde o más temprano, en los paradigmas que conocíamos. Una postapocalíptica considerará que EEUU es ya un actor secundario, e invitará a pensar el nuevo paradigma de dominación con eje en China o multilateralidad de bloques continentales. Unx neopolitizadx desarrollará proyectos para el despliegue de la transición energética.

El siglo de las catástrofes que no son serias. De enterrar héroes temiendo que no nazcan nuevos. Donde el apocalipsis ya ocurrió, o, como la utopía, está siempre un paso más allá. Cuando siempre llegamos tarde. No creo que ninguna de las tres posiciones que enumeré más arriba sea condenable. Lo único prohibido ante la trampa del capitalismo tardío es la inmovilidad: dejarse llevar por la corriente. 

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