URBE

PROHIBIDO INCLUIR EN LAS ESCUELAS PORTEÑAS

Por Juan Manuel Valdés, Licenciado en Letras y Legislador de la Ciudad de Buenos Aires.
12/06/2022

El primer tratado de gramática de la lengua española data de 1492. Antonio de Nebrija, su creador, dedica el prólogo a Isabel la Católica, a quien revela: “siempre la lengua fue compañera del Imperio y de tal manera lo siguió, que juntamente comenzaron, crecieron y florecieron, y después junta fue la caída de entrambos”. Eran los tiempos de la reconquista y reunificación española, tras 780 años de dominación musulmana sobre la península. La necesidad política de tener una sola lengua, para ordenar la convivencia de las diversas naciones que se encuentran en su territorio y en sus colonias, es una huella que llega hasta nuestros días. La figura de Nebrija y su frase de la lengua como “compañera del imperio” serían retomadas por la dictadura franquista, que prohibió en pleno siglo XX la enseñanza y uso oficial del catalán, el vasco y cualquier otra lengua distinta del castellano.

Saussure, padre de la lingüística, dice en su Curso de Lingüística General (1916) que la lengua es un conjunto de convenciones adoptadas por el cuerpo social para permitir el ejercicio de la facultad del lenguaje. Si bien ningún hablante puede alterarla por sí mismo, también admite Saussure que la “masa hablante” podría, conforme al paso del tiempo, producir cambios en los signos. Basta con leer el español antiguo en que Nebrija dictó su Gramática para ver las distintas mutaciones que las lenguas pueden recibir en su evolución.

Quien quiera una clase abierta del uso político que tiene el idioma debería ver una escena de la película “Malcolm X” de Spike Lee. Allí se retrata el momento en el que el gran luchador por la igualdad racial descubre en la cárcel cómo enumeraba el diccionario los sinónimos para las palabras “blanco” y “negro”. Mientras que la primera reunía toda la valoración positiva (brillante, lúcido, puro), para la otra solo estaba reservada la negatividad (carente de luz, oscuro, sombrío). No hay lenguas neutrales y transparentes, siempre estamos creando jerarquías, incluyendo o excluyendo algún aspecto de nuestra realidad.

Dicho esto,  me resulta inaudita la resolución que anunciaron Soledad Acuña y Horacio Rodríguez Larreta, que prohíbe la utilización del lenguaje inclusivo en las instituciones educativas de la Ciudad de Buenos Aires. Este es un nuevo ejemplo del autoritarismo y la frivolidad que caracterizan la gestión. Para la ministra, el objetivo de la función pública no es mejorar las condiciones materiales sobre las que chicos y chicas adquieren sus contenidos pedagógicos, sino una oportunidad para llamar la atención y posicionarse en la tapa de los diarios. Mientras ella y Rodríguez Larreta hacen campaña, los resultados de las últimas evaluaciones fueron alarmantes en cuanto a la calidad del aprendizaje en CABA, uno de los cinco distritos que paga peores sueldos docentes en el país según cifras oficiales.

El presupuesto educativo sigue reduciéndose año tras año y lo vemos reflejado en edificios en pésimo estado y comida de mala calidad, entre tantas otras cosas. No existe un solo anuncio de parte de la responsable de la Cartera dedicado a resolver alguno de estos problemas, pero se las ingenia para aparecer semana tras semana con alguna frase disparatada o planteo reaccionario.

Personalmente, no suelo utilizar el lenguaje inclusivo. Reconozco que me es difícil, pasados los treinta años, cambiar mi forma de hablar, aun cuando creo necesario revisar conductas para vivir en una sociedad mejor. De ninguna manera puede interpretarse que esta resolución brinde a los chicos y chicas las herramientas que necesitan. Lejos de eso, lo único que se genera es una mayor tensión en la comunidad educativa. Mientras se siga usando la educación como escenario para campaña electoral no podremos construir el progreso hacia una sociedad más igualitaria. Para lograrlo no hace falta prohibir, sino ser mucho más inclusivos.

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