OPINIÓN

POCO NUEVO BAJO EL SOL

Por Santiago Mitnik
01/06/2022

A veces el problema de los análisis políticos tanto de actualidad como de proyección no está en lo que se dice en sí, sino en el momento. Leí en algún lugar que no puedo recordar que “ser moderno es estar un instante adelantado a tu tiempo”. Hay un ligero margen de tiempo para contar algo y ser novedoso, pero al tiempo empieza a ser viejo o falso. Cuánto se extiende esa ventana de oportunidad depende en gran medida de si el proceso que se describe sigue vigente o ya terminó.

Pasando a lo concreto, hay un género de comentario político que habla sobre los “nuevos fenómenos” que no puede admitir el hecho de que dejaron de ser nuevos hace como 5 años. Como todos los nacidos a fines de los 80 o principios de los 90 que no pueden entender que ya pasaron más de 30 años. Para los que nacimos más cerca del 2000 la matemática es más simple.

Con la crisis del 2008 en Occidente se sacude fuertemente el status quo y se empiezan a descascarar ciertos consensos generales sobre los límites establecidos en la política y economía. Comienza un ascenso en paralelo de una nueva izquierda y una nueva derecha, con discursos antisistema pero sin un modelo nuevo económico-político al estilo de los partidos revolucionarios del siglo XX. Estos movimientos tienen algunos orígenes en común en términos sociales pero también enormes divergencias.

Si en algún momento notaron que reflexiones del estilo de “el ascenso de las nuevas derechas” empezaba a cansarlos no se preocupen, no es que sean en secreto reaccionarios, sino que venimos escuchándolo desde hace más de media década. Es increíble como aún se habla de Trump como “novedad” política cuando hace más de un año y medio que dejó de ser presidente, ni hablar de los 6 años desde la elección en que ganó por primera vez. Un EEUU post-Trump, una Inglaterra post-Brexit y un posible Brasil post-Bolsonaro, ese es el contexto actual.

Estos procesos dan un balance bastante complejo. El trumpismo, por ejemplo, fue un terremoto político que desconcertó a la intelligentsia estadounidense. Pero lo cierto es que no está claro que haya transformado radicalmente la estructura social norteamericana. Al final, sus muy buenos números económicos no alcanzaron a contener las protestas raciales del Black Lives Matter, la crisis por el Covid y un potente aparateo electoral (que en EEUU es moneda corriente, por todos los partidos).

El Brexit es quizás el más irreversible de los fenómenos surgidos en esos años, por la deriva casi tectónica que generó. Hace muy pocos días, en una muestra en práctica del efecto mariposa, vemos al Sinn Fein, el partido nacionalista irlandés, saliendo primero en las elecciones del norte de Irlanda. Pareciera ser que los efectos más duraderos son los que derivan en conflictos geopolíticos, que siempre tienen más inercia y son más difíciles de arreglar y pacificar.

Es interesante esta perspectiva temporal porque aporta cierto protagonismo y responsabilidad a las demás fuerzas políticas que ya no aparecen como simples espectadoras de la realidad. La “resistencia” terminó: es hora de hacerse cargo. La posible vuelta al gobierno del partido republicano en una línea más o menos trumpista ya no se puede ver con el mismo lente de 2016, ahora toda la responsabilidad estará en si los demócratas pueden hacer un buen gobierno.

Algo similar sucede en países donde no ganaron esta clase de partidos. Por ejemplo en España, donde Vox toma fuerza pero aún no tiene los números para lograr una coalición de derechas que pueda gobernar. La historia de los años anteriores da lecciones sobre cómo actuar.

Pero esto no es todo sobre las ya no tan nuevas derechas, sino también sobre las nuevas izquierdas y movimientos sociales.

El progresismo en el gobierno

Los diversos activismos que más o menos se pueden resumir en los que hoy se conoce como “progresismo” vienen tomando fuerza desde hace varios años ya. No es que no sean novedosos, pero definitivamente ya no son un evento insurgente antisistema.

Veamos algunos ejemplos. El antiracismo en EEUU tiene una historia larguísima, pero es claro que durante el gobierno de Obama y Trump empieza a aparecer con una nueva retórica y potencia. El feminismo de cuarta ola, el movimiento LGBT+, el ambientalismo como activismo político, entre otros.

EEUU funciona como caja de resonancia, pero también en el resto de occidente estas cuestiones toman mucha fuerza. Es claro que en general estos reclamos están identificados con la izquierda o la centroizquierda pero muchas de estas reivindicaciones, que quizás eran marginales hace 10/15 años, están hoy muy firmemente instaladas en los centros de poder.

La discusión de la paridad de género en las gestiones no solo está en los gabinetes de países como Canadá, Alemania o España, sino cada vez más en los directorios de las empresas. Lo mismo ocurre con diversas políticas de inclusión racial. En cuestiones ambientales también se avanzó muchísimo, con propuestas serias de descarbonización de las economías de Europa, el Green New Deal en EEUU, etc.

Estos breves ejemplos sirven como muestra de que más allá de la utopía futura igualitarista enunciada por el progresismo de izquierda, hay efectivamente transformaciones materiales hechas, ya hace un par de años. El balance a sacar sobre los éxitos o no de estas políticas es algo muy difícil y delicado de hacer. 

En el plano de las políticas de inclusión, las estadísticas son muy difíciles de hacer en muchos casos, al tratarse de fenómenos muy subjetivos. Algunas políticas alcanzan un grado de emocionalidad, a favor o en contra, que hacen bastante difícil discutirlas desde un plano “objetivo”. En las políticas ambientales, por ejemplo, cualquier discurso optimista va en contra de la propia retórica general que impulsa a las políticas (sobre este fenómeno en las políticas ambientales hay un muy buen video de Kurzgesagt que apunta a un optimismo ambientalista We WILL Fix Climate Change!). Recomiendo, como todo ese canal.

Pero en todos estos casos a veces enunciar “victorias” suena contraproducente. Por ejemplo, cuando se enuncian ciertos avances en políticas de género es muy común la respuesta que señala los enormes déficits o retrocesos en otras áreas. Para quedarse tranquilos: no es algo que solo pase en Argentina.

No ayuda el hecho de que los gobiernos de centro-centroizquierda que surgieron en los últimos años no estén pudiendo hacer mucho para paliar los efectos del deterioro de las condiciones de vida generales de la población. Hacer la conexión entre aquellos triunfos y los otros fracasos es bastante fácil para las fuerzas opositoras. Que esto sea efectivamente así o no depende de la perspectiva.

El punto en general es que nuevos progresismos y nuevas derechas ya se pegaron bastante en el primer round. Ambos encajaron victorias que parecían imposibles en los estándares de hace una década. Ambas fuerzas lograron que el centro de la discusión política pase por otros temas y se de en otros códigos muy distintos.

También es cierto que los sueños de “tirar por la ventana” a las viejas jerarquías no anduvieron. Para dar un ejemplo práctico, en España, por ejemplo, Podemos comenzó como una fuerza que buscaba romper el bipartidismo y desplazar tanto al PP como al PSOE. El bipartidismo se rompió, si, pero hoy gobierna en seguidismo a las políticas de un PSOE, que es es cierto que está “a la izquierda” en algunos aspectos.

En la derecha parece haber pasado algo similar. Si miramos bien los viejos referentes y partidos siguen estando en la escena, solo que acompañados de nuevas figuras y retóricas que de a poco se van consolidando.

Si miramos con atención no hay tal cosa como un “antisistema” exitoso en esta última oleada de cuestionamientos al status quo. El liberalismo imperante, en sus versiones de derecha, centro o centro izquierda, generó canales de transmisión muy efectivos para incorporar a todos esos reclamos o retóricas en la propia estructura del sistema político, del estado o de las empresas.

Aeropuertos 2000

El próximo round

Poniéndolo en términos de EEUU, la potencia hegemónica que marca un poco el ritmo al que baila el mundo libre, la era Obama y los conflictos que se dieron ahí fueron el precalentamiento, donde las diversas fuerzas que analizamos empezaron a aparecer. En Occupy Wall Street había de todo, desde Zizek hasta el germen de parte del Trumpismo. Algo de esto voy a retomar en otra nota en el futuro.

El primer round lo podemos poner en las elecciones de 2016. Donald Trump y Bernie Sanders. Actores nuevos sociales que irrumpen y transforman, más allá del resultado. El 2020 fue el segundo round, en otro contexto, las mismas fuerzas volvieron a chocar, con un resultado diferente. Trump fue expulsado del poder, el establishment volvió a marcar su dominio.

En 2024, dentro de no mucho, va a volver a haber elecciones y estas fuerzas políticas van a llegar ya no tan jóvenes. Ambas, desgastadas por haber sido gobierno, sin que ninguna parezca que vaya a tener enormes éxitos para mostrar.

Pero, esta vez, la pelota está en la cancha del progresismo, que en la mayoría de los estados occidentales tiene hoy más resortes institucionales que nunca. Podría decirse que está más fuerte que nunca. También es cierto que a la interna de los frentes socio-liberales, las líneas más de izquierda vienen perdiendo las internas. Bernie pierde en EEUU, Podemos saca menos que el PSOE, Corbyn pierde las elecciones, etc, etc.

Del lado de las derechas tampoco es tán simple todo. Los grupos más tradicionales y vinculados al establishment siguen manteniendo enormes cuotas de poder a la interna. Dentro de las potencias, solo Boris Jonson parece representar ese espíritu disruptivo en un puesto de gobierno, pero con una situación política de gran crisis. Trump mismo está peleando estado por estado las internas republicanas para definir los candidatos a diputados y senadores, y no le está siendo tan fácil.

En resumen, los “nuevos” movimientos políticos de la década anterior, que parecían destinados a barrerlo todo están bastante empantanados. Ni son tan nuevos ni alcanzaron una plena hegemonía en los espacios que disputan. Pero también es cierto que corrieron la vara de lo posible y forzaron a los grupos del establishment a cambiar su posición en un montón de aspectos. El viejo equilibrio político se mantiene firme, apoyado en el tira y afloje de estas dos fuerzas, de forma mucho similar al viejo esquema bipartidista clásico.

Una posible incógnita (una pregunta que puede hacerse tanto para las izquierdas como para las derechas), es qué triunfará: ¿la voluntad de acelerar la discusión y romper el equilibrio, o las ganas de “cuidar las conquistas” y los espacios conseguidos? En la primera opción se corre el riesgo de perderlo todo, pero en la segunda el peligro es fosilizarse y perder la identidad disruptiva en una época donde eso suma mucho. 

La otra posibilidad es que el “centro” político siga domando a las fuerzas más centrífugas, y el desequilibrio del orden liberal de la década pasada pase a la historia simplemente como un mal momento, un reacomodo. Como siempre, la situación abre muchos destinos posibles. Contra todo determinismo, es la política y las apuestas que tenga cada actor la que determina cómo se sigue.

Aeropuertos 2000
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