ARTIFICIOS

Los tomadores profesionales de sol

Por Mati Segreti
7/12/2021

La tarde del domingo fue espléndida. La expresión del viento que alternaba entre ruidoso e insensible, se sintió mejor en el parque Los Andes que en el resto de los espacios verdes de mi ciudad. No es necesario entrar en debate, no se trata de una exageración, sino de una afirmación irrefutable. De las nubes ni noticia.

Hay que ver la cantidad de gente que estaba haciendo cosas: beber mate, comer facturas, poner cara de cansados, enojarse con la vida, hamacar criaturas, vender pochoclo, jugar con perros, retar perros, tocar perros, husmear en las orejas de sus acompañantes, sonreír con soltura. Vi dos hombres que se dedicaron durante gran parte de su estadía a utilizar sus ojos como periscopios, cada vez que un estímulo femenino y curvaceo entraba en su radar. Vi como un hombre canoso maldecía a unos niños, que en su intrepidez y estupidez, persiguieron despóticamente a unas palomas que el mismo hombre alimentaba. Vi una parejita que se refugió en las sombras de un sauce viejo, para hundirse las manos en el cuerpo como si fueran personal de seguridad en las puertas de un estadio.

Pero lo que observé con detenimiento, acaso precisión, fue a un grupo de personas que comparten algunos rasgos espirituales y en los que quiero puntualizar algunas cualidades. Hablo, por supuesto y a esta altura el lector lo habrá deducido, de los “tomadores profesionales de sol”.

Paso a describir algunos detalles:

No se trata de “ocasionales”, es decir, de seres humanos que frente a la exposición solar o a un cambio brusco de temperatura por haber realizado algún tipo de ejercitación, sudan y se quitan la blusa de manera es pon tá nea. Este apartado trata, como lo dije anteriormente, de profesionales.

Aunque hablo en plural, por lo general, suelen desplazarse de manera individual ocupando pequeñas porciones de territorio verde, esto es importante, la porción es pequeña, jamás toman posesión de superficies amplias. Cultivan el don imperceptible de la solidaridad.

Utilizan la tecnología acumulada en miles de años de desarrollo humano-cultural-productivo al servicio del placer, y por lo tanto, incorporan a su estancia alguna silla reposera o una tela absorbente.

Sienten desprecio por el color de piel blanco, marfil, lechoso, pálido, vainillesco.

 

Aeropuertos 2000

 

Concentran genéticamente un grado importante de melanina, que les impide convertirse en una ampolla ambulante.

Son gente de principios higiénicos y naturistas, y tienen la virtud de recorrer todo el arco narrativo de las ideologías. Los prejuiciosos dirán que aquellos que toman profesionalmente sol se encuentran parados en la áspera cordillera del fascismo o en las cómodas franelas del jipismo. Pero eso solo es envidia, envidia y pedantería de lechosos.

Suelen ingerir bebidas con poderes secretos que los convierten en los verdaderos domesticadores de la naturaleza, haciendo frente a la estrella de nuestra galaxia con el mínimo esfuerzo que implica rotar su cuerpo.

Conocen con exactitud al astro mayor, lo enfrentan con humillación durante veinte o treinta minutos, para luego darle la espalda en señal de arrogancia. El sol, orgulloso e impávido, al darse cuenta de la provocación, suele enviar seis o siete veces más radiación ultravioleta, pero el tomador de sol profesional, apenas percibe la irritación infantil de sus rayitos.

Son de una rama intergeneracional e intercultural, Betty y Raúl, el Brian y la Elisa, Johnny y Flopi, nombres que no tienen un pingo que ver en la escala métrica temporal, pero que los convoca la pasión irrefrenable de absorber vitaminas cuando el cielo está despejado.

Se multiplican en diciembre, porque saben que San Clemente, la pelopincho de Marta y Floripa están prestos en enero y febrero.

Los tomadores de sol profesionales funcionan mejor que cualquier artefacto mágico bendecido en Mar del Plata con forma de concha marina o de lobito. La virgen de plástico puede mostrarse en color azul y tal vez, permaneciendo en ese tono, el universo se nuble, pero jamás se verá a uno de estos tomadores cuando una sombra de agua interrumpa el firmamento.

Son personas que desarrollan tareas importantes pero ninguna trascendental. Son el engranaje de la maquinaria humana, pero sustituibles. De los menos imprescindibles, los más importantes.

Está comprobado que el 90% de los tomadores de sol profesionales no han generado juanetes en sus pies, pero padecen de dolor de muelas al llegar a la mediana edad. También son proclives a sentirse atractivos y estimular las células cancerígenas.

En definitiva, esta especie solar, que suele habitar con nobleza pequeños territorios verdes, ofrece al visitante algo de tranquilidad y en la misma medida, temor. Se sabe que cuando desaparezcan, también habrá desaparecido nuestra estrella mayor y por lo tanto la vida de cualquier especie en la tierra.
Al igual que los esteros y las calesitas, los potreros y los bosques patagónicos, es un deber ético de la ciudadanía argentina, salvaguardarlos, alejar a los niños que patean cerca de sus mantas, ahuyentar caninos que se disponen al meo cercano, sonreírles cuando levantan la vista, y tal vez, seducirlos, para que nos revelen el secreto placentero de mirar de frente y con soberbia al universo desconocido.

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