Artificios
Los textos enterrados
Por Facundo Rocca
21 de junio de 2025
I.
Hacer teoría a campo abierto, abandonar el enclaustramiento de los textos, aceptarnos traductores improvisados de dialectos urgidos e inconsistentes; todo para intentar salvar algo de lo que se quema alrededor. Esa parece ser, como decía en otra crónica, la dirección en la que se mueve cierto pensamiento contemporáneo. Un camino que no pocas ni pocos nos proponemos seguir con un extraño entusiasmo desesperado.
Pasar del texto a lo viviente podría ser la consigna. Salir, al fin, de la cárcel del lenguaje para pisar el paisaje vivo de los problemas. Abandonar el regodeo narcisista en el espejo de los símbolos humanos, demasiado humanos, y aprender a pensar y a hacer con todo eso otro que vive y que significa sin palabras.
Sospecho sin embargo que, sofocados por los ritos cansinos de la ciudadela de las humanidades, quizás nos inclinamos demasiado rápido, con una precipitación algo irresponsable, hacia el exterior.
Olvidamos, en primer lugar, que eso que se guarda en los templos de la Teoría o de la Crítica tiene que ser algo más que su repetición ritualizada, automática, esclerótica. Que si se guardaron y todavía se adoran es porque fueron algo importante para un buen número de personas. Que no son sólo ídolos pétreos, sino también un acervo de problemas: el archivo de lo que importó.
¿Los dejamos atrás tal vez sin pensarlo demasiado?¿Quizás abandonamos un repertorio de herramientas que, refuncionalizadas, pueden aún servirnos? De todas formas, en ese preferir la defección a la iconoclasia, en el hecho de elegir abandonarlos antes que romperlos, estaba implícito ya un cierto reconocimiento. Podríamos volver a eso que dejamos atrás, si quisiéramos, si hiciese falta…
La sospecha insiste, a pesar de todo: ¿acaso la historia que nos contamos sobre nuestra huída del encierro textualista hacia el territorio vivo de las cosas, los gestos con que la efectuamos y la simbolizamos, son también un paso en falso? ¿Una mala traducción de lo que nos importa al dialecto de la época? ¿O, al menos, un equívoco?
Hace tiempo que algo así como esas preguntas rondaban mis propios recorridos por el paisaje teórico contemporáneo. De todas maneras, cuando me tocó organizar un seminario alrededor de la nueva escena postextual de la teoría no dudé en elegir, para darlo a conocer, una serie de imágenes que cautivaban mi imaginación teórica. Imágenes que sugerían la posibilidad de otro tipo de iconoclasia: la de un suave asilvestramiento del pensamiento.
En algunas de esas imágenes había árboles creciendo sobre carteles, engulléndose las palabras. Otras mostraban una instalación donde pilas y pilas de libros fueron dejadas en un bosque, ordenadas como un laberinto, para ser cubiertas por el moho y los helechos y para que fructificasen, de entre sus páginas, los hongos. También esas fotos de las aulas abandonadas, luego de la catástrofe de Chernobyl, en Prípiat, en las cuales se ve el bosque radioactivo irrumpiendo en el salón de clases donde todavía cuelgan, como si nada hubiese sucedido, los retratos de mirada severa de los padres del comunismo. Otras imágenes documentan la instalación de un colectivo de artistas en la que las obras de Hegel –él mismo un tipo de padre severo– son puestas a descomponerse, colonizadas por las esporas, recubiertas del micelio. En una de esas imágenes, de la Phänomenologie des Geistes deformada brota un grupo dispar de, creo, pleurotus eryngii. En otra, de la cabeza de un Hegel que ilustra la portada de una edición francesa de bolsillo de las Lecciones de Estética crecen otros dos o tres hongos.
Me interesaba esa figura del compostaje de los textos y de las tradiciones críticas. La posibilidad no de abandonarlos sin más, no de destruirlos con el martillo iconoclasta, sino de llevarlos con nosotras y nosotros, mezclarlos con los territorios por donde andamos y dejarlos transformarse en algo distinto y, de nuevo, vivo.
Se me hacían, éstas, imágenes de unas humusidades a campo abierto –para retomar esa expresión de Donna Haraway– fertilizadas con aquellos textos que habríamos sustraído de los claustros anquilosados de las humanidades. También figuras de una posible aceptación del origen no humano del pensamiento y, al fin, de su finitud. Formas para encontrar, quizás, también otras maneras de su recomienzo, de su trasmisión o de su filiación.
La pregunta rondaba, sin embargo. Algo insistía: ¿es este un gesto adecuado? ¿Tenemos ya no que escupir, como quería Carla Lonzi, sobre Hegel (y el constructivismo social, y la fenomenología y el materialismo histórico y la deconstrucción y el postestructuralismo), sino compostarlo?
La pregunta persistía así cuando Agustín Berti, al enterarse de aquel seminario que yo estaba por dictar, me escribió: “no sé si conocés el proyecto de La Biblioteca Roja… Creo que está muy pero muy alineado con lo que venís pensando: desenterramos libros escondidos en los setenta y habían devenido otra cosa”. Me mandó también la imagen de un libro que apenas se distinguía de la tierra de dónde había sido recuperado.
A partir de ahí, la pregunta insistente (¿tenemos que enterrar sin más nuestros textos?) se volvió su propia serie de imágenes ya no promisorias sino perturbadoras. Bibliotecas enterradas, no como gesto de liberación del pensamiento y de reconexión con todo eso no-humano que lo antecede, sino como una respuesta aterrorizada, como reacción instintiva frente a la persecución. El eco de una orden silenciosa de las dictaduras que resuena todavía sobre el suelo como restos o como cenizas: “¡desháganse de sus textos!”
Enterrar, entonces, como intento de salvarse de la cárcel o de la muerte, y de salvar algunos de los textos del fuego: otra salida posible a aquella del pozo húmedo y del escondite. Otra salida: rápida, eficaz, pero irreversible. Veo así también las bibliotecas quemadas por sus propios cultivadores atemorizados, la hoguera de libros subversivos, ese ritual purificador del general Menéndez, los libros arrojados al fuego de un lado y otro de la cordillera. Pienso también en una cierta biblioteca de la que sólo me queda una historia sobre su desaparición…
Recuerdo, casi de golpe, que el campo abierto de los problemas vivientes al que queríamos precipitarnos es también un cementerio. Pienso que lo que hay allá afuera bien puede no ser tierra virgen sino acaso un camposanto que pisoteamos inevitablemente. En definitiva, cuando salimos, no encontramos sin más la Naturaleza o la Realidad o la Vida –lo sabíamos–, sino un terreno que crece, muere y renace acechado todavía por espectros. Fantaseamos querer ser exigidos sólo por las cosas, pero cuando estamos en medio de ellas quizás no podemos evitar sentirnos, otra vez, deudos de no pocos fantasmas.
Tal vez haya que escribir, con palabras, las historias de algunos de esos fantasmas y de esos textos enterrados. Quizás el entusiasmo por un nuevo materialismo de la vida tenga que atravesar también su propia hantologie, aún si esta espectrología viene más manchada de barro pampeano que disimulada, con misterio, detrás de la niebla danesa de aquel otro tiempo fuera de quicio.
II.
Cuando Agustín me habló de una biblioteca roja, me pareció que sabía de lo que hablaba. Aquella no había sido la única biblioteca enterrada y recuperada, ni perdida para siempre, en los setenta.
Me confundí con las imágenes de libros a medio descomponer que ilustraban la tapa de un libro de Bruno Bosteels: Marx y Freud en América Latina. Libros claramente setentistas: el clásico de Frantz Fanon y La revolución teórica de Marx de Louis Althusser, entre otros; todos con la estética y las tipografías de las editoriales vanguardistas de aquella década.
Esa no era la biblioteca roja, sino otra, desenterrada luego de casi veinte años, en Mar del Plata, del jardín de Nélida Valdez y Oscar Elissamburu, por parte de sus hijos. El artista Marcelo Brodsky –exiliado en Barcelona en el 76 luego de abandonar él también, seguramente, sus propios libros– los haría formar parte de su serie Nexos bajo el título de “Los condenados de la tierra”. Dice Brodsky en el texto que acompaña la obra: “muchos nos vimos obligados a quemar nuestros libros, a enterrarlos, a dejarlos abandonados en bolsas de residuos en cualquier esquina, por miedo a ser descubiertos con ellos en nuestro poder”.
Los libros deseados se habían vuelto una carga peligrosa, un talismán atemorizante. Enterrarlos, como lo hicieron los Valdez-Elissamburu, era una forma de neutralizar su recientemente adquirida función de signos ominosos, pero también de conservar la posibilidad de leerlos de nuevo alguna vez, de no perderlos del todo.
Al recuperarlos, dos décadas después, del escondite arcilloso, estos libros también se habían vuelto otra cosa. Algo más reconocibles que aquel otro que me había mandado Agustín, casi mimetizado con el ocre y el rojizo del suelo, estos libros tampoco podían transmitir ya lo que supieron significar en otro tiempo. Las ideas que contenían se volvieron, en su mayor parte, ilegibles. Dice Brodsky: “estos libros no pueden cumplir la función para la que fueron concebidos. Sus hojas, palabras y signos se han convertido en la memoria de lo que fueron y en testimonio rescatado por una nueva generación”. El libro-crimen se ha vuelto libro-testimonio. Antes y después de la tierra, los significados se vuelven casi exclusivamente símbolos: índice de peligrosidad o memoria del peligro.
Marcelo Brodsky, Nexo 8: Los condenados de la tierra.
Si no era esa biblioteca condenada a la tierra lo que yo creía recordar, ¿qué era la Biblioteca Roja?
Se trataba de un proyecto, algo más cercano en el tiempo, en el que Tomás Alzogaray Vanella (junto a Agustín Berti, Gabriela Halac, su familia, antropólogos forenses voluntarios y el fotógrafo Rodrigo Ferro) desenterró del patio de la casa familiar de Villa Belgrano, Córdoba, una biblioteca escondida, también en el suelo, antes de partir al exilio mexicano, por sus padres: Liliana Vanella y Dardo Alzogaray. De ese suelo familiar “brotaron las ausencias de la tierra como un geiser”, dice Tomás. Cuando excavaron, en el verano de 2017, emergieron en forma de bultos de libros irreconocibles, recobrados finalmente más de cuarenta años después.
“Biblioteca Roja” es el nombre que eligieron para identificar el sitio y registrar los hallazgos, tal como se haría con cualquier excavación forense. Pusieron en juego así una arqueología simétrica que trata indistintamente cuerpos y objetos para intentar reconstruir los estratos de violencia impresos incluso sobre las cosas. Así lo explica Agustín Berti en el ensayo que escribió para aquel libro que compiló el registro de entrevistas, textos, fotografías y fichas forenses del proyecto. Un libro-escena que se sitúa, como dice Gabriela Halac, “entre la biblioteca y la fosa común”.
En las entrevistas, Liliana y Dardo hablan sobre la importancia y el deseo de los textos, de ese “juntar libros y hacer bibliotecas”. Recuerdan con anhelo el eclecticismo de esas bibliotecas que no se limitaban a la teoría o a la doctrina sino que incluían la música, la poesía y la literatura de los pueblos insurrectos de todos los dialectos, e incluso a veces los saberes del enemigo; insisten en el hambre de novedad, de vanguardia y de mundos con el que esas bibliotecas se hacían. Cuentan, también, cómo ellas, más que acumularse, circulaban en una economía del don propia de un tiempo sin fotocopias pero saturado de organización. La represión, cuenta Dardo, las hacía circular de otra manera: cuando alguien caía preso en una manifestación o en una protesta, sus compañeros y compañeras “limpiaban” su casa de los libros para evitarle a esa persona ser aun más incriminada en un posible allanamiento, diseminando y mezclando todavía más las bibliotecas.
Subrayan, ambos, que poner los textos bajo tierra era un intento de protegerlos. “Los enterramos porque eran los libros que queríamos salvar”, dice Liliana. Enterrarlos “era pensar que los iba a recuperar” porque “quemarlos estaba duro, no lo podía entender, me costaba”, dice él. Aprovechando el jardín y la construcción de la casa que estaba en curso, intentaron envolverlos cuidadosamente y armar un recinto de cal, ladrillos y arena que permitiera la filtración y los protegiera de la humedad excesiva. Pero al idear el dispositivo no habían calculado la magnitud de la catástrofe ni los años que duraría el exilio. Lo pensaban transitorio, breve, como el entierro de esos libros. Dice Dardo: “no había pensado que el golpe había sido tan severo y tan duro y tan bien armado que nos iba a dejar tantos años sin poder acceder y volver a eso”.
Enterrarlos, según Dardo, era también una forma de “abonar ese jardín”. Pero estos textos enterrados no buscaban ser compostados, transformados en otra cosa, sino preservados en el tiempo, guardados como un tesoro secreto bajo el suelo. Eso será lo que la tierra frustre: los recaudos fallan y el jardín familiar deglute los textos.
Cuando vuelven, casi veinte años después, a poder cavar en el punto exacto de esa equis, entre dos pinos, que sólo ellos recordaban, “lo que encontramos fueron despojos”, dice Liliana. Y agrega: “encontramos restos de libros y restos de bolsas de nylon. Estaban como podridos. La tierra, el tiempo, la lluvia los habían ido consumiendo. No fue suficiente para protegerlos de la humedad, de la acción de la naturaleza. La tierra se los fue tragando. Pero sí los encontramos en el sentido de decir ‘aquí estaban’, los libros no desaparecieron, lo cual era importante”.
Lo que devolvía la tierra no era eso que había querido guardarse sino la tranquila tristeza de que algo seguía ahí. Esa vez decidieron no seguir cavando. Dardo recuerda: “es muy feo cuando metés la pala y sacás un montón de papel picado. Es como andar desenterrando muertos y esto era bien cadáver”. Parecía que, si no podían recuperarse esos textos, alcanzaba con saber dónde estaba su sepultura. Un lugar, en el jardín, para recordarles y rendirles homenaje.
“Un libro desaparecido es un libro que se sigue escribiendo, deja de preservar el contenido de sus páginas para dar lugar a la memoria sobre los hechos que llevaron a su destrucción”, dice Gabriela Halac en su ensayo de La Biblioteca Roja. Perdidas las ideas de esa biblioteca, lo que queda, entonces, es una memoria en el suelo. Una memoria que siguieron escribiendo los bichos y los procesos naturales que descomponían las páginas. Así, algo resta: libros-despojos que serán exhumados, al fin, en 2017. Se habrán transformado de forma más plena en otra cosa: un monumento entre lo viviente y lo inerte, o una serie orgánica de testimonios de la magnitud de la catástrofe que fue, también para los textos, la dictadura genocida.
También en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos de Santiago de Chile, mientras se sube por la escalera desde la planta baja, se puede observar, detrás de la pared de vidrio, una serie de libros y discos enterrados, entre escombros, por debajo de la línea del suelo del primer piso. La muestra se titula “La emergencia del silencio” y reproduce algunas de las obras censuradas que muchas chilenas y chilenos escondieron, de distintas formas, donde podían, para salvarlas de las quemas de la dictadura pinochetista.
III.
Detenerme en todas estas bibliotecas que fueron enterradas para huir de la represión y del fuego me hizo pensar, desde el primer momento, en otra biblioteca: la de mi abuelo, Héctor Hugo Rocca. Una biblioteca que no conocí. O, más bien, una biblioteca que me fue legada sólo como un fantasma.
Al reparar en que el placer de conocer la lectura sucedió casi al mismo tiempo que su padre quemaba buena parte de su propia biblioteca y los Alzogaray Vanella enterraban la suya, Gabriela Halac piensa: “fuimos niños que, además de tener una biblioteca convencional en sus casas, teníamos una biblioteca ausente”. Y agrega: “esos libros devinieron sin cuerpo, objetos de la desmaterialización, imágenes de la violencia, símbolos de la utopía y víctimas del deseo de nuestros padres por sobrevivir”.
La biblioteca de mi abuelo, sin embargo, ya le había sobrevivido. Como a sus libros perdidos, fantasmales, ausentes, a él tampoco lo conocí. Murió el 28 de noviembre de 1974, quinientos diez días antes del golpe del 24 de marzo de 1976. Había sido el primer concejal socialista del municipio de Moreno por el Partido Socialista Argentino (PSA), elegido en 1963 y depuesto por el golpe de Onganía en 1966. Su partido, luego de escindirse en 1958 del ala liberal –y libertadora– de Ghioldi, agrupaba a históricos como Alfredo Palacios o Alicia Moreau de Justo con no pocos sectores juveniles crecientemente radicalizados. Entre esa primera gran división y el golpe del 76, el partido conocería una serie intensa de controversias y escisiones acusadas por la necesidad de repensar la relación del socialismo con el peronismo de la resistencia y del retorno, el fracaso del proyecto modernizador de Frondizi, el impacto de la Revolución cubana, los procesos de liberación nacional o la estrategia insurreccional. Una parte considerable de la Nueva Izquierda setentista surgiría de ese proceso y de aquella organización.
Sin embargo, no tengo cómo reconstruir las ideas de mi abuelo; en qué corrientes de aquellas escisiones participaría, con quiénes acordaría o a quienes enfrentó. Me pregunto si habrá sido un fidelista convencido o un defensor de los recurrentes retornos a Justo. No puedo saberlo, en gran parte, porque no puedo revisar sus libros ni su archivo.
Lo que condenó a esa biblioteca y a esos papeles que él ya había dejado atrás no fue entonces su deseo de sobrevivir, sino el temor de mi bisabuela el 23 de junio de 1976.
La noche anterior, un comando del Ejército asaltó la casa donde, en el barrio Arca de Paso del Rey, vivían María Cristina Cournou y Claudio Nicolás Grandi. Los secuestraron frente a la mirada aterrorizada de su hija de dos años, Yamila, a quien luego arrojaron envuelta en frazadas por la ventana de la casa de otros vecinos, los Padín. María Cristina era docente, delegada gremial y estaba embarazada de cuatro meses. Ella y Grandi eran militantes del PRT-ERP. Hasta hoy, el hermano o hermana de Yamila, Cristina y Nicolás siguen desaparecidos. Vivían en Ciudadela al 353 hoy Concejal Rocca 149, la misma calle donde estaba la casa de mi familia.
Luego de que la noticia del secuestro corriera por el barrio, mi bisabuela, bastante adepta de por sí a la limpieza radical, vació la biblioteca roja de su yerno, la llevó, esa otra noche, al fondo de la casa, y la prendió fuego sobre la tierra, sin dar demasiadas explicaciones.
Las cenizas de aquella biblioteca abonarán desde entonces el suelo de ese jardín sin que sea posible recuperar ningún despojo de los textos que ahí se perdieron para siempre.
IV.
¿Qué hacer con los fantasmas de esos textos condenados a la tierra o al fuego? ¿Cómo seguir fantaseando con el compostaje de todo eso que importó luego de haber metido las manos en estos entierros desesperados?
Nuestra intención no era prender fuego ninguna biblioteca, aun cuando el automatismo de ciertos gestos críticos, mientras todo se quema alrededor, ya nos fastidien.
Antes de compostar sin más los textos que heredamos, enterrándolos en el campo abierto de la teoría para hacer brotar lo viviente, quizás convenga primero mirar –intentarlo, al menos, una vez más, antes de seguir– lo que se guarda aún en la ciudadelas de las humanidades, lo que se mueve en la superficie del campo y lo que se intentó proteger bajo la tierra. Volver a pensar lo que importaba en esos textos que los hacía peligrosos y preciosos, dignos de condena y salvación, para tantas personas.
Si vamos a avanzar hacia otros paisajes, si vamos a enterrar parte de nuestras bibliotecas para que fructifique otra cosa, tal vez tengamos que hacer los ritos correspondientes, escenificar el sacrificio, erigir los monumentos para recordar todas las bibliotecas que se perdieron no para que se multiplicaran nuevas esporas del pensamiento, sino para volverse cadáveres y cenizas junto a aquellos para quienes importaban.
Antes de seguir, habrá que ensayar una arqueología, también simétrica, de nuestros propios gestos críticos: de eso que hicimos, hacemos y podemos hacer, todavía, con los textos, además de enterrarlos.
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