URBE

JUSTICIALISMO DE PLATAFORMAS

Por Dante Sabatto
28/05/2022

Tal vez hoy las plataformas no sean la novedad que eran hace cinco o seis años. Es probable que hoy suene más actual pensar un justicialismo de criptomonedas o de IA. Pero tal vez de eso se trate: de no abandonar las ideas porque no se adaptan a la última tendencia: en política, como en tecnología, los procesos son de duración extensa y lo que había caído en desuso muchas veces vuelve a resurgir.

Este texto es una invitación a pensar en clave nacional las transformaciones del capitalismo tardío y asumir su desafío. En estas líneas busco trazar un borde y abrir una puerta. Es una introducción, una hiperstición, una convocatoria a una Justicialismo De Plataformas.

Peronismo y logística

“Solo la organización vence al tiempo” es una de las máximas más importantes del movimiento peronista. Es algo así como la cuarta bandera o la vigésimo primera verdad. Pero ¿en qué sentido se emplea el término “organización”? ¿Se trata de la Organización con mayúscula, las instituciones políticas, sociales, gremiales? Es posible, pero el justicialismo siempre fue reacio a reducirse a un partido o a permitir la autonomía funcional de los espacios institucionales. Resulta más probable que se trate de la Comunidad Organizada o el “Estado organizado” de la verdad 19: un todo concreto cuyas partes se mueven armónicamente.

El término es, hay que admitirlo, bastante vago. La organización es una categoría clave del pensamiento peronista, y tal vez la más infrateorizada. Guarda una relación compleja pero muy interesante con la noción de justicia: la comunidad organizada es, por definición, una sociedad justa. Ambas ideas se vinculan por el sentido de la adecuación y la armonía.

Debido a esta amplitud conceptual, no hace falta abandonar esta terminología para proponer otra idea: la organización en el sentido más bien literal de “disposición eficaz”, de logística. El peronismo está muy preocupado, desde su etapa prehistórica en la dirección-secretaría-ministerio de Trabajo y Previsión, por la logística. Probablemente esto halle su raíz, como tantas cosas, en la educación militar del líder. En un sentido, la organización de los trabajadores es un problema sociopolítico, pero en otro sentido más básico es una cuestión de lógica.

Ya desde el gobierno, esa cuestión se va a trasladar al campo más amplio del Estado en términos generales. En la concepción mecanicista (eventualmente más bien organicista) del general Perón, todo es considerado desde la óptica de las relaciones virtuosas entre distintos elementos que conforman un todo complejo. Este es el abordaje sobre las relaciones entre las clases, tanto en el primer gobierno como en el Pacto Social; es la mirada que guía la conducción del líder sobre las distintas ramas del movimiento; es la forma en la que se concibe la cuestión territorial y la relevancia del ferrocarril.

Detengámonos en este último punto. La logística forma la base de la filosofía peronista, sin duda, pero también es una cuestión absolutamente material. Se refiere a vías de acero, cables de teléfono y rutas de asfalto. Es una cuestión que obsesiona a Perón desde el exilio: ¿cómo deben disponerse espacialmente las personas para que la maquinaria funcione?

Como de costumbre, el justicialismo tiende a optar por una tercera posición. Rechaza tanto la organización formalmente libre del mercado tanto como la centralización vertical del comunismo. Es estatista, sin duda, pero el Estado organizado siempre es una herramienta para la constitución de una comunidad organizada. Lo que no debe confundirse con una opción por una descentralización desde abajo, que Perón pudo patrocinar en alguna etapa particular (como la primera resistencia “cookista” del 56-57) pero jamás habría adoptado plenamente.

No, el peronismo quiere que la armonía de la comunidad sea ley. Está atrapado, entonces, entre una versión descriptivista de su pensamiento (el pueblo es esencialmente una comunidad organizada) y una prescriptivista (la comunidad organizada es algo que debe producirse mediante la acción política concreta).

Pero dejemos de lado, por un tiempo, la historia. Volvamos al presente: ¿no tenemos, en el siglo XXI, nuevas herramientas para pensar la logística justicialista?

Estado y aceleración

En 2016, Nick Srnicek, en ese entonces famoso por su “Manifiesto Aceleracionista”, publicó Capitalismo de plataformas, probablemente su obra más interesante. En ella, Srnicek propone un análisis económico sobre la sociedad contemporánea considerando como actor central a las plataformas, definidas simplemente como “infraestructuras digitales que permiten que dos o más grupos interactúen” e “intermediarias que reúnen a diferentes usuarios: clientes, anunciantes, proveedores de servicios, productores, distribuidores e incluso objetos físicos”. Uber, Amazon, Airbnb pero también Siemens o Microsoft funcionan hoy en día parcial o totalmente como plataformas.

La mirada de Srnicek tiene mucho en común con gran parte del pensamiento de izquierda contemporáneo en el norte global: la consideración de que la extracción de datos como actividad privilegiada transformar en su base al capitalismo, la preocupación por la relación entre escasez y trabajo, el lazo difuso con movimientos populistas de centroizquierda, etcétera. Pero dentro de esta tradición no tecnófoba del pensamiento progresista, se destaca por la identificación de las plataformas como un nuevo modelo productivo y logístico que se coloca en el centro del capitalismo presente.

Resumamos el argumento del libro:

  • Hay cinco tipos de plataformas: publicitarias (basadas en la extracción de datos, como Facebook); de la nube (dueñas de software y hardware de negocios, como Amazon); industriales (que convierten la producción industrial tradicional en procesos por internet, como Siemens); de productos (que transforman bienes tradicionales en servicios, como Spotify); y austeras (que reducen sus activos y costos, como Uber).

  • Estas plataformas, sobre todo las austeras, se sostienen en base a un boom tecnológico y su rentabilidad es endeble en el mejor de los casos. Su creación se debe a que sirven como “salida para el capital excedente en una época de tasa de interés ultrabajas y pésimas oportunidades de inversión”.

  • Hay tres principales tendencias: la profundización de la extracción de datos de los usuarios; la expansión mediante segmentos de actividades; y la canalización de la extracción hacia plataformas aisladas. Esto se da en un contexto de competencia entre grandes plataformas, creación de monopolios y de convergencia: las plataformas tienden a parecerse cada vez más entre sí.

  • La principal consecuencia del boom de las plataformas es la creación de servicios premium para los más ricos.

Pero, por supuesto, este no es un tratado que solo busca describir las transformaciones del capitalismo en la última década. Es un manifiesto que trae un programa: el Estado debe combatir la monopolización y la extracción de datos pero, y esto es más importante, crear plataformas públicas, colectivas y democráticas, plataformas poscapitalistas.

Nick Srnicek no volvió a preocuparse demasiado por las plataformas. Sus últimos trabajos giran en torno al ingreso básico universal y la utopía de un mundo sin trabajo. Pero la preocupación que aparece al final de Capitalismo de plataformas por la posibilidad de una nueva clase de organización vuelve a traer a escena una cuestión fundamental para todo pensamiento político popular: la conflictiva relación entre lo estatal y lo público. Las plataformas poscapitalistas de Srnicek deben ser controladas por el pueblo y separadas del sistema de vigilancia estatal, pero a la vez es necesario el poder del Leviatán para crearlas, administrarlas, financiarlas.

El movimiento que hace el libro, pese a no nombrar jamás el manifiesto, es eminentemente aceleracionista. Las plataformas son una realidad que debe ser aceptada. No hay vuelta atrás. A su vez, es preciso un pensamiento crítico que considere las condiciones materiales de su surgimiento y expansión así como sus limitaciones intrínsecas. Y un pensamiento utópico-político que parta de la aceleración de los procesos capitalistas más allá de sus fronteras, hacia una sociedad más justa e igualitaria.

Aeropuertos 2000

¿Por qué plataformas? Precisamente porque establecen nuevas formas de vincular a personas, tanto individuales como colectivas, institucionales como humanas, más allá de fronteras. Las plataformas pueden unir a consumidores y productores (por ejemplo, los servicios de streaming: Spotify conecta a artistas y públicos); a usuarios entre sí (por ejemplo, las redes sociales); a personas con diferentes necesidades que pueden compensarse. El lazo no es solo planificado, ni solo formalmente libre, ni solo descentralizado: es un poco de todas ellas, y es principalmente algorítmico.

Ese algoritmo, el que nos recomienda videos en YouTube o departamentos en AirBnb, no está de ninguna manera exento de sesgos ni prejuicios humanos, que pueden ser programados, incluso inconscientemente, en el código. Incluso si no lo son, el algoritmo no es infalible y puede ser explotado por actores interesados. Como si esto fuera poco, el algoritmo parece evitar todos esos problemas, por lo que puede ser más difícil comprender sus potenciales fallas.

Pero, si estas se reconocen, es posible corregirlas. La logística de plataformas no está a salvo de problemas, pero sería un gran error dejar de lado su potencial. La tecnofobia y el ludismo no construirán una sociedad más justa: no es posible volver el tiempo atrás. La comunidad organizada no debe convertirse en una retroutopía, localizada en un pasado mejor que nunca existió. ¿Y si pensamos un Justicialismo De Plataformas?

Pueblo y plataformas

A lo largo de las décadas, el peronismo se ha adaptado a las idas y vueltas del capitalismo global. Solo en los años 90, con la consolidación global del neoliberalismo, esa adaptación implicó un alineamiento con las tendencias dominantes y una suspensión del proyecto de igualdad y desarrollo que caracterizó al movimiento. Tanto el nacionalismo estatista de la posguerra como el neokeynesianismo de los 70 y el progresismo populista del siglo XXI representaron más bien la ecuación peronista: un diagnóstico realista y un modelo de no alineamiento basado en la consideración de que la construcción de una comunidad organizada con eje en el trabajo y la producción es el único modelo viable para la Argentina.

La propuesta de estos últimos párrafos es situar algunas coordenadas para lo que es proyecto podría implicar en esta nueva etapa, la del capitalismo de plataformas. Como vimos al comienzo de la nota, el problema de la organización societal ha sido un problema trascendental del peronismo: ¿qué respuestas pueden surgir de este nuevo tipo de estructura digital?

Pensemos en la tipología de Srnicek. Es evidente que las plataformas publicitarias y las austeras están fuera del juego: las primeras, porque su funcionamiento gira en torno a la extracción de datos; las segundas, porque se basan en reproducir escasez, un paradigma opuesto al de nuestra búsqueda. Las plataformas de la nube, industriales y de productos, en cambio, ofrecen tres alternativas claras para el proyecto nacional popular.

Con respecto a las primeras, la logística es su modelo de negocios. En la Argentina, tenemos un ejemplo claro, nuestra principal empresa nacional: Mercado Libre. En 2019, Alejandro Galliano y Hernán Vanoli argumentaron convincentemente acerca de la posibilidad de una estatización de la empresa de Marcos Galperín. Hoy, un proyecto de ese tipo parece financiera y, sobre todo, políticamente irrealizable. Pero la posibilidad de una empresa estatal de logística no tiene por qué ser abandonada.

Las plataformas industriales y de productos, por otra parte, se relacionan directamente con los desarrollos en economía del conocimiento que ya se están dando en nuestro país. El desarrollo de empresas estatales o de iniciativas público-privadas en este sentido puede ser un eje clave para los próximos años.

Sin embargo, esto implica solamente replicar en forma pública esquemas que ya han sido desarrollados en el sector privado. Con un Estado crecientemente pobre, con poca capacidad burocrática y cada vez más deslegitimado, ¿tiene sentido pensar meramente en este tipo de políticas?

Una alternativa es considerar una función distinta para este tipo de organización. En 2020, Ezequiel Gatto y Juan Pablo Hudson propusieron una economía popular de plataformas. Nuevamente, el desarrollo de plataformas públicas es la base de este modelo, pero su fin es la construcción de redes laborales que eviten la precarización de las herramientas privadas y sirvan para profundizar la organización de los sectores desplazados. Y, al fin y al cabo, ¿por qué detenerse ahí? Retomemos el proyecto filo-corporativista del peronismo: ¿puede pensarse todo el modelo gremial en perspectiva de plataformas? La masificación del trabajo remoto en el contexto de la pandemia hizo sonar una alarma para los sindicatos, que requieren el despliegue territorial para su organización; pero, ¿y si pudiera expandirse por los nuevos terrenos digitales?

Cuando se escribe esta nota, la inflación anual proyectada roza los sesenta puntos, los vencimientos de deuda parecen inabarcables y los dos planes de estabilización en pugna dentro del oficialismo son la espera indefinida de que algo se calme o una sobreactuación izquierdista que no convence a nadie. En este contexto, la imaginación política está obviamente obturada. Esta nota no tiene ningún ejemplo concreto de lo que podría hacerse de verdad.

Pero sí tiene un programa. El modelo justicialista debe estar a la altura de los desafíos del capitalismo de plataformas, y debe asumir la oportunidad que implica el desarrollo de nuevas formas organizativas que pueden ser recuperadas desde una perspectiva que valore lo popular y lo público. Las vías del JDP parecen ser dos: el desarrollo “por arriba” de plataformas estatales que piensen una logística federal a la altura del siglo XXI y el despliegue “por abajo” de plataformas públicas que sirvan para la organización gremial de la sociedad civil en torno a un proyecto socioeconómico inclusivo.

Una comunidad organizada es un todo cohesivo de partes disímiles cuyo funcionamiento se basa en la articulación virtuosa. Pero no es lo mismo organizar a la comunidad argentina de posguerra, una sociedad estratificada pero ya ordenada en torno a la industria nacional, que la actual: más estratificada, más desigual, organizada en torno a trabajos cada vez más precarios pero con una clase media que aún subsiste. Allá las plataformas.

Como una nota final, el pensamiento político peronista se ha basado en una noción organicista de la sociedad: ese “todo cohesivo” es un cuerpo en el que los diversos “órganos” cumplen funciones. Este punto de vista, algo anticuado, debería ser actualizado con nuevos modelos que tomen en cuenta la contingencia de los procesos y los ciclos de retroalimentación que todo sistema requiere para su regulación. El pasaje del organicismo a la cibernética, una necesidad del justicialismo de plataformas.

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