ARTIFICIOS

Caza de brujas en Buenos Aires
La señora de San Telmo vs la Brigada Antiadivinas

Por Mati Segreti
05/10/2021

El doctor Estanislao Vasconcelo, ilustre vecino del barrio de San Telmo y destacado conocedor de las ciencias médicas, explicó al señor Comisario Eduardo Rivas y a sus prominentes colaboradores de la naciente Brigada Antiadivinas de qué se trataba el asunto: “la necromancia, señores, distinguidos y inexcusables hombres de ley, es un procedimiento que se centra en el componente adivinatorio, es decir, que se intenta, a través de métodos de dudosa procedencia, predecir el futuro mediante la invocación de los espíritus de aquellas personas que han finado. Las personas dedicadas a esto ya tienen reservado un lugarcito en el infierno”.
Ante la pregunta de si existía por la zona algún practicante del culto, el doctor Estanislao Vasconcelo, susurró: “sí, a sólo unas cuadras de mi residencia. La nigromante es una mujer y lleva el nombre de Juana, puede ser bruja, pero también es un encanto”.

Hasta el 5 de octubre de 1901, sobre la calle Defensa y a la altura del almacén de los Vascos, la cosa funcionó sin problemas. Los peregrinos de la tristeza llegaban a la casa de Juana Lerete después de haber intentado sin éxito el contacto espiritual con sus seres queridos. Todos los que se estrellaban en la casa habían probado diferentes métodos para alcanzar el diálogo con sus muertos. Ritos poco sanguinarios pero de dificultad para el aseo: el sacrificio a través de sustos de una gallina de tres colores, la muerte por aburrimiento de un gato pardo, oraciones en lenguas persas sobre el palo mayombe. También había otras ceremonias menos sofisticadas, como arrimarse a La Chacarita y prender una vela en el arca oeste del camposanto. Esto último, aunque sin dificultad aparente, revestía el riesgo de ser devorado por una jauría de perros cimarrones que recorría la zona y atacaba a parejas desprevenidas que solían ir a besarse en la confidencia que sólo dan los difuntos. Ninguna de estas artesanías daba resultado, aún acompañadas por magos de oriente y sacerdotes africanos. La mayoría, como era esperable, se trataba de chantas, rufianes y habladores.
Por eso Juana era la última oportunidad y la redención. La señora, conocedora de la eficacia de sus poderes, abría su bolsa de terciopelo azul y pedía al solicitante una espesa gratitud en plata, oro o billete.

Esta historia sale a la luz más de cien años después de acontecida. Lo que sigue a continuación son testimonios que me han sido revelados. Las voces de los protagonistas de esta curiosa e inmaterial historia, son transcritos con exactitud para el lector.

Testimonio I Comisario Eduardo Rivas

“Luego de interrogar con amabilidad a algunos ilusos creyentes de los procedimientos nigrománticos; de cotejar sus dichos con los conocimientos de Vasconcelo Estanislao, hombre, de profesión doctor; y de acuerdo a las pericias de mis subordinados oficiales he decidido, con el apoyo del Juez Gallegos y la fuerza pública que me ha otorgado el ilustrísimo señor intendente de nuestra Capital Federal, proceder a la constitución de la Primera Brigada Antiadivinas del país, con el fin de someter mediante la fuerza necesaria a aquellas personas que irresponsablemente convocan a los espíritus y diezman los bolsillos de los desprevenidos. Nuestra misión es, en origen, la de garantizar que los problemas de la fe sean resueltos donde se debe, que no es otro lugar que la casa de nuestro señor Jesucristo o el despacho de nuestro queridísimo Intendente de la Capital Federal, seno de la grandeza de la patria. Pero bueno, a veces las cosas no salen como uno quiere”.

Testimonio II Anselmo Rodriguez, comerciante

“Y es que usté no sabe lo que yo quería a mi viejita. Yo me despertaba y estaba ahí con su café con leche y las medialunas recién horneadas. No sabe usté el esfuerzo que hacía mi madre, tenía 89 años y todos los días me despertaba, me preparaba el desayuno, me hacía el almuerzo, la merienda y la cena, todos los días señor, y usté no sabe con qué amor me lo hacía, todos los días sin una queja. Ni le quiero decir cuando yo volvía medio mamado. Mi viejita me llevaba hasta la cama y me tapaba. Usté no sabe lo que esa madre era. Yo le pedía que me lustre los zapatos todos los días y ella se dormía una hora después que yo para que me despierte y los encuentre relucientes. Sí, señor, yo tenía 44 cuando se la llevó Diosito. Y entonces comencé a rezar para ver si mi viejita me escuchaba porque, esto entre usted y yo, me había dejado una platita, pero no la encontraba, entonces se imaginará ¿no? un hombre grande como yo necesita dinero. Pero bueno, la viejita se murió de un día para el otro. Y así llegué a lo de Juana Lerete. Un milagro, señor, esa misma noche la viejita se me apareció y me dijo dónde estaba la tarasca. Bueno, claro, le tuve que dejar un 30 por ciento a la señora Juana. Por suerte zafé la última noche en que cayó la policía».

Testimonio III Ricardo, canillita

“Por favor le pido que esto no se publique en ningún lado. Yo le digo la verdad, pero usted hágame el favor, si esto se difunde, mis amigos me van a tomar de punto y eso no se lo deseo a nadie. Bueno, lo cierto es que a mí no se me había muerto nadie, ni mucho menos tenía pensado hablar con un espíritu, yo soy, como se dice en criollo, un cagón.
Lo que pasa, señor, es que, y se lo digo sin titubear: la señora Juana me parece un hembrón.
Yo la traté con la distancia de nuestra relación comercial. A las siete de la mañana le dejaba el diario debajo de su puerta, ahí en la calle Defensa. De hecho, no sabía que vivía ahí hasta que una buena mañana el diario se trabó y no pasaba, así que yo intenté hacer entrar las hojas y sin querer fui rompiendo el papel. Tanto lo deshice que tuve que tocar la puerta para pedir disculpas y ahí salió esa mujer que usted no sabe, me enamoré a primera vista. Esas piernas y esos labios, y perdón que lo diga así, una pechuga que jamás había visto.
Sí, es cierto que todavía soy muy joven, pero bueno, desde ese momento empecé a frecuentar la casa simulando que quería hablar con mi tía Nora, que en paz descanse. Pero por suerte nunca lo logré porque la tía era más mala que la diarrea, y yo en realidad lo que quería era ver a Juana, aún poniendo en su bolsita de terciopelo el salario del mes. Incluso le digo sin vergüenza que me endeudé. Pero bueno, después vino la policía, me agarró contra una pared y me obligó a denunciarla. Ellos dicen que todos los testigos hablaron de buena fé, pero tendría que haber visto cómo me dejaron la trompa, me ligué una paliza inolvidable”.

Testigo IV – Juez Servando Gallegos

“Es cierto, yo dispuse de mi firma. Con mis propias manos libré la orden para la detención de esa mujerzuela y su infame comparsa de malas mujeres que la ayudan y asisten. Yo que había definido a dicha persona como terrorista de la fe, hechicera diabólica, encomendé al Comisario Eduardo Rivas y a su inaugural comando, la llamada Brigada Antiadivinas de nuestra dichosa Capital Federal, la tarea de arrestar a esa mujer de nombre Juana Lerete y demorar en la Comisaría 7ma a todas las personas presentes por atentar contra los preceptos cristianos, la fe católica, la familia y el orden establecido.
Hice lo que estaba a mi alcance para derrotar a esta perpetradora, pero lo que vino después fue una tragedia que aún no logro concebir”.

Testimonio V – Oficial Gimenez, miembro de la Brigada Antiadivinas

“Y bueno, yo entré a los bastonazos, sacudiendo palos para todos lados. La orden era desarmar esa reunión y se imaginará que no me detuve a ver si había pibes, mujeres, gatos o perros. Yo entré a revolear palazos. Atrás mío venía Sosa con una mano en el bufoso y la otra en un crucifijo que le había pedido al curita de la taquería porque, para decir la verdad, estábamos un poco asustados.
Y como le decía, comenzó la escaramuza y del otro lado se escuchaban quejas de dolor. Porque a mi cuando me dan una orden yo me enceguezco un poco ¿me entiende? Lo único que me dijeron era que no lastime a la bruja, pero a los demás que le mande palo para que no vuelvan nunca más. Y ahí creo que metí la pata porque había una persona de baja estatura que, al rato de sacudirle el marote, advertí que era mujer y no sólo eso, era también la señora esposa del juez Servando Gallegos. Y así las cosas, ahora estoy comiendo calabozo con todos los que reventé a bastonazos. Ni le digo con la cara que me miran”.

Testimonio VI Doña Erminda Flores de Gallegos, esposa del Juez Servando Gallegos

“Esto lo voy a decir por única vez y no me pida más explicaciones de las que le voy a dar. Porque a mí lo que me faltaran ahora serán dos dientes, pero no coraje para afrontar la verdad. Y si mi esposo tiene que enterarse por este medio, será lo que tenga que ser.
A la señora Juana la visité por un solo motivo: volver a hablar con Expósito Fernández, mi único e inolvidable amor de toda la vida. Un amor intenso pero corto, porque la tragedia de la existencia se llevó a mi Expósito siendo muy joven, tan joven que ni pelos tenía en la quijada. Pero eso no es importante, así que omitalo. Luego de haber transitado esa experiencia tan vital y apasionante, vino sin mi consentimiento, la desdicha de mi matrimonio.
Sí señor, porque Servando será mi esposo y ha sido dueño de mi cuerpo, pero jamás de mi corazón. Y después de esto, ni siquiera será locador de las uñas de mis pies. Y no solo por tener la responsabilidad de que mis dos paletas se hayan perdido en la calle Defensa, sino porque por su orden interrumpió la ceremonia justito antes que pueda ver a mi amado Expósito”.

Testimonio VII Juana Lerete, acusada de nigromancia y brujería

“Pero por favor. Qué ganas de romper las guindas. ¿Sabe lo que pasa? si me llamaría Carlos y no tuviera estas dos, bueno, usted sabe a lo que me refiero, nadie me hubiera roto la casa. Todo el mundo conoce al Santón del Riachuelo y nadie lo molesta, es más, por su altar desfilan políticos y modelos. No lo voy a meter en el asunto, pero esto es demasiado. Yo espero que mañana mismo el señor Intendente se disculpe por la beligerancia del asunto y tome medidas, o… o, mire, dejémoslo acá. Mejor no meter en el medio a los muertos”.

Testimonio VIII – Señor Intendente de la Capital Federal

“Estimado señor periodista. Viendo los sucesos del día de la fecha y habiendo tenido conocimientos de todas las partes he decidido, muy a mi pesar, la suspensión por tiempo indeterminado de la naciente Brigada Antiadivinas y encomendar al Comisario Rivas a compensar con los arreglos necesarios el inmueble perteneciente a la señora Julia Lerete, ubicado en la calle Defensa. Prohíbo también de manera determinante que se divulgue la historia so pena de prisión por un mes, incluido y sobre todo usted, señor reportero”.

Testimonio IX – Vicente Segreti, reportero

“Debido a la advertencia oral del ilustrísimo mandatario de la Capital Federal y de la amenaza física de tres de sus guardaespaldas, quienes en un acto de evidente compromiso con la expiración de adversarios me han colocado con destreza varias pistolas en el cráneo, me veo obligado por una razón ineludible a sellar esta nota bajo un sobre que será abierto exclusivamente por mis familiares directos en el año 2021.
Sin más, y con gratitud hacia los matones que me han dejado vivo de casualidad, mando saludos a una futura descendencia y dejo testimonio de la existencia de Juana Lerete, bruja de San Telmo y nigromante eficiente.”

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