el primer carpincho
Por Mati Segreti
24/08/2021
Son las siete de la tarde y me encuentro al lado de un carro de pasto seco. Varios son los que me acompañan y en el centro de la ronda, una mujer que parece hecha de arcilla habla.
La noche es una fiesta larga y solitaria y las personas hacemos lo posible por llenarla. Un fueguito que tiembla y tiene el hambre de un cachorro pretende devorar todo lo que le arrojemos. Nos vamos turnando dándole yesca de quebracho y espinillo. El atardecer combina con la luz del fuego y devuelven un fulgor rojizo dejando ver las arrugas de la mujer que abre la boca para continuar con la historia.
Trabajo con recuerdos de la infancia – dice la doña que tiene nombre del litoral y un apellido que me anuda la garganta – es probable que haya algún olvido.
Nadie se mosquea, la precisión es inútil para los presentes, un vino pasa de mano en mano. La mujer acomoda las palabras como si fuera un poema bueno y continúa.
Antes de que hubiese palomas y barcazas, almacenes rosados y patrones, corralones y mataderos. Aún antes de las sirenas y el tigre, cuando el monte solo era monte y vivía rodeado de un espejo marrón y ondulante, el sol brilló como nunca antes y como jamás se vio después.
A diferencia de los dioses que castigan, nuestro Tupa y los dioses que habían creado la Tierra Sin Mal protegían a los seres vivos para que cuiden del monte. Pero tan grande era el amor que cierta vez Karaí, el dueño del fuego solar, quiso besar a la tierra y un daño enorme provocó en la selva, devorando árboles y matas.
Buscando escapar del fuego algunos hombres y mujeres se arrojaron al río y se transformaron en carpinchos. Capiíva les dicen más al norte, vigilantes de la tierra, roedores de agua. Su presencia aleja los hechizos que dañan al monte.
La historia se deshace en los labios de la mujer. La oscuridad es casi total, las sombras que habían entrado con vergüenza se extienden abrazando todo. El fuego se consume y las dos o tres charlas que se mantenían prendidas se apagan. Cierro los ojos, el mundo nocturno es indescifrable y se completa con metáforas.
El alba me despierta, alcanzo a guardar mis cosas antes de que mis compañeros abran sus ojos y parto en silencio. Tuve un sueño y las imágenes que intento prolongar en la conciencia me confunden, no sé si se tratan de lo que realmente soñé o una fábula que armé para no salir herido de mis pensamientos. Pero lo que veo es preciso, se trata de un animal blanco, uno de esos que relató la mujer.
Saludo a la señora, única despierta entre los que aún permanecen atados al descanso horizontal. Está avivando el fuego para calentar agua, me devuelve un gesto de despedida. Tal vez debí mencionarle el animal blanco, sin embargo, no lo hago. Camino barranca abajo en dirección al destartalado muelle del 1900, una construcción insólita para el despoblado paraje donde pasé la noche. Espero unos minutos y aparece la embarcación a motor que me llevará a la tosquera de Bella Vista, algunas millas antes de llegar a la provincia de Santa Fe. Voy dejando el País del Río.
El barco lleva el nombre de “Mba Epoti”, que significa flor y algo más que no me han dicho. Los hombres y mujeres que tripulan no tienen descanso, ni café a donde ir, ni plaza donde echarse al sol. Sus catreras son el responso del día y de la noche, porque tampoco entra en su rutina las ocho horas laborales. Siempre que se comanda un barco se trabaja, esté el sol o la luna al frente.
El día pasa mientras intento acomodar algunas ideas para el libro que estoy escribiendo. Reviso mi lapicera que parece no querer desangrarse. No me olvido, todas las palabras escritas en mi viaje están hechas de agua. Cae la tarde y con la primera niebla aparece el grito de un pasajero, tiene el timbre centroamericano, lo reconozco por el cantito caribeño. Señala la orilla del serpenteante río y con la voz arriba dice, ¡un chigüiro! Sonrío y escribo la primera y única palabra del día: chigüiro.
El hombre se acerca y comienza una breve charla. En mi país le decimos así, o perro de agua. Darwin, ¿sabe? el gringo los confundió con cerdos, a mi me parecen más perros que cerdos.
Asiento con una sonrisa de cortesía.
Los cuerean, sobre todo a las crías que tienen sabor menos duro ¿me entiende? no tan salvaje. El hombre no espera mi reacción y continúa.
No soy de creer mucho en supersticiones, pero lo que se dice se dice y a veces hasta se jura. Verá, esos animalitos son descendientes de una pareja de mariscadores del norte que fueron devorados por un incendio. No sé si es verdad, pero así lo dicen ¿me entiende no? Asiento con el rostro templado, con la incredulidad del extranjero.
Usted no me entiende -dice con una sonrisa- se la voy a contar mejor. El hombre acomoda su torso para que la voz retumbe mejor:
Cuenta la leyenda que cerca de los esteros
Un hombre era mariscador
En un rancho pobre con su esposa vivía
Austeramente de nombre Martín Lopez
En su canoa llevaba cueros de yacarés
Pieles de víboras, plumas de garza
Un día cualquiera cargó la canoa
Se despidió y se fue a trabajar
Pero al volver lo agarró una tormenta
El viento agitaba la embarcación
Y Don Martín murió ahogado en el pajonal
Caía la noche y el hombre no regresaba
Mujer ¿qué hacés con ese farol?
Como tantas veces antes había hecho
Salió a buscarlo en el ventarrón
Antes de llegar a la orilla tropezó en el camino
Y la lámpara comenzó a arder
Prendieron malezas y los pajonales
En un instante el monte ardió
La luz del sol desprendió una aureola
En la mañana al clarear
Y en el agua dos roedores se vieron andar
¿Ahora me entiende no? El hombre se despide dándome la mano, como si hubiera cumplido una misión.
Algunas personas gustan de sufrir para luego contar historias, por eso el litoral se llena de extranjeros melancólicos, luego viene el problema. Tengo la obligación de decir que en el País del Río no hay páramo de Rulfo. Las campanadas de agua, la espesura del matorral, el enigma del monte y nombres de arroyos en lenguas antiguas que se ramifican como venas del Paraná, insectos y alimañas que tiñen hojas, el calor desbordante, la humedad intacta. Todo es dominio de las pequeñas bestias, todo una oportunidad para evitar el lamento y dejarse llevar por la sensación del agua, por el Aruharý y no palidecer.
El barco avanza lento. En mi ciudad no hay carpinchos, perros de agua o capibaras, pero hay sueños de animales blancos, es una lástima.
90 kilos de aire
Julieta Hermo | ¿Qué pasa cuando escalar y hundirse son la misma cosa? Marty...
Notas sobre la pavada
Camila Jorge | El mundo como lo conocíamos ya no existe, y esperar que pase...
La fiesta está en otra parte
Magdalena Macías | A veces, la vida puede sentirse como un constante "casi"....
Los diarios de Thoreau
Felipe Ojalvo | ¿Por qué seguir leyendo a autores de hace dos siglos? Porque a...
Terraplanistas vs CEOs
Emilio Méndez | Terraplanistas, antivacunas, negadores del cambio climático:...
Un robot creativo
Zul Bouchet | El ensayo analiza las posibilidades creativas de una IA a partir...
Sostener el corazón entre ausencia y razón
Zul Bouchet | ¿Quién no le tiene miedo a la muerte? A la propia, a la ajena:...
¡Viva ¿qué libertad?… carajo!
Marco Mallamaci | Este ensayo busca describir el escenario coyuntural del...
Retórica de la lista
Nicolás Ghigonetto | Este es un ensayo sobre listas. A partir de Umberto Eco,...









