Los centauros de eva
29/06/2021
Era joven y al contrario de los espíritus de mi generación un descreimiento generalizado me invadía. Ni las artes, ni la política, tampoco los eventos sociales que cautivaron a mis pares me sedujeron. Las razones de mi apatía no abundaban, el deslumbramiento por la vida se postergaba sin más argumento que el simple desinterés por lo mundano. Transité la juventud con una disconformidad inexplicable, vacía.
Tuve (acaso) la dicha de que algunos infortunios familiares lograsen lo que en mi mente no cabía, que la ciudad me expulse hacia una pequeña localidad llamada Saldungaray, al sur de la Sierra de la Ventana, un paraje desprovisto de intranquilidad donde mi padre había dejado como herencia una pequeña cabaña. Al tiempo ingresé en el correo, un trabajo modesto que me otorgaba una comodidad tediosa. Sin muchas atracciones en el lugar, me había adueñado de una costumbre permanente casi diaria: rondar por el único bar del pueblo, un trago y quedarse a lo que venía después, escuchar a los que hacían públicas sus infidencias, sabiendo que las historias circulaban al resguardo de anonimatos ahogados en alcohol. A veces las historias tienen un efecto narcótico, algo que en ese entonces necesitaba.
No tengo certezas pero intuyo que en esas mismas cantinas, en la cofradía de charlas y ginebra se originó el refrán: “se dice el pecado pero no el pecador”. No porque existiera una falta de intencionalidad en nombrar a los protagonistas, sino que el exceso de bebidas provocaba borracheras desmedidas haciendo olvidar algunos detalles como por ejemplo la identidad de las personas. Además, ¿quién no es pecador? si hasta el más santo de los vivos suele pecar de infelicidad.
Fue en el bar del Progreso, única cantina nocturna, con seis mesas de estilo pobre, campero. El azar no es otra cosa que una maquinaria dispuesta a sacrificarse en propósito de su espíritu, que es la causalidad. La debilidad invita a imaginar que las cosas pueden ser eventuales, la fortaleza a despejar las coincidencias. Yo pensaba en ese momento que se trataba de alguna suerte especial, como si el relato al que accedí en aquel bar me hubiera llegado fortuitamente. Años después entendí que esa noche donde corrió primero el vino y luego la caña tenía un objetivo: reproducir la historia tal como me la contaron.
Llegando a las tres o cuatro de la madrugada (¿quién tiene precisión a esa hora?), Leopoldo Illich se presentó. Primero dijo con firmeza su nombre, luego su último trabajo, portero de Azopardo, edificio central de la CGT. Se arrimó despacio a mi mesa, casi tambaleando sobre un vaso de bebida opaca. Esa presentación ridícula y sin peso, sobre todo por el desinterés político de nuestro poblado, (voy a ser sincero) me alegró. Abrió la boca sin que le preguntara nada y comenzó a hablar pausado, con una voz recta sin los juegos del paladar que provoca la ebriedad. Sus palabras eran familiares, algo antiguas. Una de sus manos se apoyó en mi hombro, lo tomé como símbolo de confidencia. Le dije que también era de la Capital, pero pareció no importarle.
“La vida es una experiencia con el lenguaje. El hombre que detestó a los nuestros sentenció: no hablaras a menos que puedas mejorar el silencio. Yo, aunque también desprecio a ese hombre, tomé prestada su idea. Mire joven, le voy a contar algo que es más importante que usted y que yo, y probablemente no quepa en su razón, tal vez así sea mejor”.
El ex portero se enderezó sobre su silla y bajó la voz. “Esto se trata de los seres más imponentes que hayan pisado nuestro suelo, hablo de los centauros”. Inmediatamente busqué una conexión metafórica que explique aunque sea en parte qué relación podía tener el relato de esas figuras mitológicas en la voz gastada de un obrero emigrado de la capital. Sin prestarme atención, al viejo Illich se le prendieron sus ojos cobrizos y continúo: “Tal vez no sea tan correcto porque las batallas cambian, pero así como Güemes tuvo sus Infernales, Eva tuvo a sus Centauros Descamisados”. La frente arrugada y el tono vivo parecían seguros de revelar alguna verdad, los míos temerosos de perder el tiempo escuchando los alaridos de un loco.
“Todo comenzó una noche de mayo, templada a fresca como son las noches de otoño. Digo que todo comenzó aunque no es completamente cierto, esa noche fue cuando yo me enteré de la vida de esas bestias, pero el origen de esa amistad entre los Centauros y nuestra patrona es un secreto al que solo accedieron muy pocos y aún no ha sido revelado.
Del viaje que hicieron hasta Buenos Aires no se sabe mucho, yo sé lo que vi y también lo que me contaron los compañeros. Fue hace bastante tiempo, pero tengo el recuerdo fijo acá en el medio del pecho, el único lugar donde la memoria sobrevive.”
Se golpeó el esternón con fuerza, dos parroquianos entretenidos en su jerga miraron al viejo. Con la cabeza les hice un gesto de saludo y siguieron en la suya.
“Esto creo, no es una historia feliz, aún no lo sé. Lo que le voy a contar se parece más a un cuchillo sin empuñadura que al cobijo de un buen relato.
Esa noche con Osvaldo, mi compañero, estábamos de serenos en Azopardo. Se imaginará que después de tantos años de trabajo, uno prefiere dormir que disfrutar la nocturnidad. Dicen que el ruido de las luces es para los jóvenes, el silencio de oscuridad de los sabios. No seré sabio, pero tampoco joven.
Andábamos recostados sobre unos sillones de cuero, pegaditos al acceso del estacionamiento. Serían las dos de la madrugada cuando apareció Benitez acompañado de unos cuantos muchachos. Nos indicó con un gesto que abriéramos las puertas del garage. Lo hicimos con rapidez. Benitez no se comportaba como patrón aún siendo jefe de mantenimiento y, por lo tanto, por encima nuestro. En perfecto orden entraron tres camiones de los metalúrgicos. Se acomodaron de manera paralela, uno al ladito del otro. Benitez ordenó que abrieran las compuertas para descargar y vimos cómo los muchachos bajaban unas enormes cajas de hierro y madera. Tuvieron que usar el montacargas, porque resultaban extremadamente pesadas. Cada caja necesitaba de al menos unos diez hombres para moverla.
Nos llamó la atención que los muchachos casi no hablaran, como si alguien se los hubiera prohibido. Imagínese, acá cuando los compañeros trabajaban no había silencio, siempre bromeando ¿me entiende?, bueno, esa noche nuestro sindicato era un sepulcro.
Cansados de mirar ese espectáculo que no entendíamos se nos ocurrió acercarnos con Osvaldo para intentar ver qué eran esas enormes cajas, pero Benitez nos dijo que tengamos cuidado cerrándose al paso. En ese instante fue cuando escuchamos.
Desde el interior, válgame dios, unos alaridos monstruosos que parecían ser de osos, y al mismo tiempo oímos ese paso tan bien distinguible de los caballos. Benitez nos miró preocupado y nos pidió con calma que nos retiráramos. Lo hicimos con el temor de lo desconocido, corriéndonos unos metros mientras el despliegue de los hombres continuaba. Esa noche bajaron siete cajas, todas del mismo tamaño, todas haciendo el mismo ruido.
¿Para qué carajo quieren caballos? me dijo Osvaldo. No son caballos, le contesté.”
¿Eran los Centauros? Mi interrupción, casi jovial, sirvió para que Illich bebiera un poco de su vaso. Las historias en Saldungaray se repetían circularmente, desamores, empleos mal pagos, algún sueño con muertos. Illich me ofreció otra cosa. Sin responder siguió.
“La cosa no termina ahí. A las cajas las mandaron al sótano y cuando acomodaron todo, otra sorpresa. Un golpe se escuchó desde afuera del garage. Lo vimos a Benitez ordenar que abran. Primero vimos la luz que desprendían los faros, luego el ingreso de un coche negro, un automovil oficial, que entró directo y estacionó sobre la playa. Los compañeros se dispusieron en orden y bajaron la cabeza. Del auto descendieron dos hombres de traje oscuro, luego un hombre que cargaba un maletín. Y usted quizás piense que exagero, pero la luz de ese estacionamiento cambió cuando la mismísima Eva descendió en último lugar de ese coche. Con el Osvaldo no lo podíamos creer, imagínese. Era la primera vez que la teníamos tan cerca. Benitez la recibió, casi nos tiramos de cabeza para saludarla, pero inmediatamente bajaron al subsuelo. Media hora más tarde la vimos subir nuevamente al auto para marcharse.
El Osvaldo estaba desorbitado, ¿y quién no? Usted no sabe lo que era esa mujer en persona, era como si flotara, como si el aire la protegiera. La belleza es un misterio indescifrable que se siente con todas las partes del cuerpo. Eso nos pasó cuando la vimos.
Al rato nos mandó a llamar Benitez. Todavía recuerdo la palidez de su rostro. Miren compañeros, nos dijo, esto es un secreto. Nadie tiene que saber lo que hay en esas cajas, es una orden de la compañera. Osvaldo preguntó si eran caballos. Benitez le dijo que no. Cuando intentó volver a hablar, Benitez fue claro: es un secreto, ustedes ya saben demasiado.”
¿Entonces?, pregunté con un ánimo encendido.
“Entonces ese podría haber sido el fin de la historia. La mayor parte de los compañeros que conocían el secreto han perecido por diferentes motivos, perseguidos, asesinados, enfermos, desaparecidos. Solo quedamos dos. Y si no fuera por la insistencia de mi querido compañero Osvaldo esta historia hubiera muerto antes. Él se encargó de averiguar, de meterse en los sótanos de nuestro sindicato, de interrogar a Benitez y de ser recibido en audiencia por la mismísima compañera Eva Perón.”
Illich tragó saliva, cerró los ojos y respiró profundo como si estuviera en otra parte. Luego habló.
“Es que la compañera estaba obsesionada con el futuro y la enfermedad, bueno, la enfermedad le imponía urgencia ¿me entiende? Ordenó que fuera un secreto y a su muerte se quemaran las evidencias.”
¿Las evidencias?
“De sus órdenes. Después del intento de golpe del 51, la compañera Eva determinó que dos fuerzas, además del ejército regular, cuidarían a la revolución. Dos fuerzas que le serían profundamente leales bajo su estricta dirección. La primera sería el Comando urbano, coordinado por la CGT y milicias, todas asistidas y supervisadas por la misma Evita. Esa es historia conocida, se sabe de la compra de armas y de que Perón no estaba de acuerdo. Pero la otra fuerza, la que se desconoce, descomunal e ignorada por los mandos golpistas y también por los demás compañeros peronistas, sería aquella que tocó tierra argentina por primera vez en el estacionamiento de la CGT. Estoy hablando de las bestias que fueron trasladadas en esas enormes cajas de madera y hierro, a las que no vimos con nuestros ojos pero la sentimos. Hablo del glorioso Comando rural al mando de Jasón, hijo de Quirón, héroe de la batalla con los Lápitas y jefe de los centauros.
Esas dos fuerzas custodiarían al General ante cualquier intento de revancha y destitución, sobre todo si Eva muriera.
Jasón, amigo personal de nuestra querida compañera, sería quien conduciría una fuerza indómita sobre el ámbito rural. Su fuerza haría temblar los llanos y las sierras, las montañas y el litoral, haciendo recular cualquier avanzada destituyente a campo abierto. Su destreza con la tacuara, sus flechas con punta de hierro, la piel invulnerable los hacía invencibles.
Sabíamos que llegarían alrededor de cien bestias más, así nos dijo Benitez una noche en que se mostró más confidente que otras jornadas.
Todo estaba preparado para su recepción. Los muchachos de la UOM armaron una estructura en el sótano de la sede con forma de caballeriza, donde los centauros podían correr y descansar. Gastronómicos se encargó de satisfacer el apetito y no despertar la perpetua fuerza del malestar. Los centauros preferían, por encima de cualquier presencia, a los compañeros de Textiles. Percal y seda para cubrir sus pectorales, una combinación ordinaria, pero ¡ay! lo bien que se sentían las bestias. Por eso adoptaron su nombre, Los Centauros Descamisados, por ese atuendo de obrero argentino en un cuerpo de bestia antiguo.”
Illich exhaló con fuerza, luego bebió el último trago del vaso.
“El peronista siempre ha luchado para hacer fuerte a su tribu, pero lo que le pasó a nuestra jefa espiritual fue un golpe demasiado duro. Su muerte paralizó cualquier apuesta con las bestias. La responsabilidad menguó por terror o desconocimiento. Los muchachos dejaron de asistirlos. Algunos por temor a comunicar a esos seres la muerte de Eva y despertar una reacción indomable. Otros por desidia y perdición, la mayor parte por no entender qué hacer con ellos. Algo de nuestra alma se murió también con Eva. Luego llegaron las ordenes de casa de gobierno. Los textiles recibieron la indicación de no volver, aunque antes de retirarse les dejaron camisas nuevas de percal.
Aún recuerdo, y disculpe si mis ojos se empapan, a Benitez dando la orden en esa noche fatídica para el movimiento. El General siempre estuvo celoso y se decía, bueno, vaya a saber quién lo decía ¿no?, que la compañera Eva y Jasón eran amantes. Nadie lo puede afirmar, pero tampoco negar. Perón ordenó que los centauros fueran recluidos al sótano y a dos bóvedas de la sede hasta que las bestias mueran. El mismo Benitez se encargó de sellar los portones y ordenó que se soldaran en hierro unas trabas inquebrantables. Esa noche y durante toda la jornada posterior escuchamos como Jasón, el jefe de los Centauros hizo crujir los portones. Las paredes temblaron pero no tuvo éxito.
Solo Eva y sus colaboradores más próximos sabían de dónde habían venido, nadie cómo devolverlos. El pesar se transformó en olvido y la suerte de los Centauros cayó en desgracia.
Los meses pasaron y los ruidos eran cada vez menos frecuentes. Hasta la nochebuena del ´52. Unos gritos distintos, como de vitoreos, venían del subsuelo. Luego golpes que provenían del subsuelo y al fin un silencio ensordecedor, como si las almas se hubieran evaporado. Lo llamé a Benitez para contarle y aunque fue reticente al comienzo, decidió bajar con algunos muchachos. Esa misma madrugada, aún con la esperanza de no ser víctimas de la furia centaura, se decidió romper las trabas. El trabajo duró algunas horas y cuando finalmente accedimos, el espectáculo fue inmenso. Una red de túneles se multiplicaban como raíces y se perdían bajo el subsuelo del centro porteño. Extensiones subterráneas de miles de metros que nunca previmos. Decenas de caminos ramificados que se perdían en la oscuridad y el silencio. Una ciudad debajo de nuestra metrópoli, una salida para estos seres indomables. Algunas horas más tarde, de Casa de Gobierno llegó la orden: la clausura definitiva del sótano. Benitez procedió a derrumbar la estructura, tapiándolo con cemento y hierro.”
El hombre suspiró.
“Bueno, creo que ha sido suficiente”
¿Suficiente? No entiendo, ¿nadie los buscó?
“Empecé afirmando que era probable que mi relato no tendría alojamiento entre sus razonamientos. Usted no manifestó ningún inconveniente al principio, ni siquiera interés. Quizás algo de todo esto sea posible, incluso para usted mi buen muchacho. La realidad es un lugar horrible, tenebroso y muchas veces nos refugiamos en la ficción, en una narrativa que circula y si tenemos suerte penetra hasta hacernos parte de una nueva realidad.”
Illich sonrió por primera vez y retomó la historia.
“La sudestada de verano fue letal. Se cree que las bestias sucumbieron en el barro, bajo la fuente de Plaza de Mayo. El descubrimiento azaroso de algunas huellas y camisas de percal cautivaron a la audiencia. Se anunció la muerte de un mito, sin embargo esto no paralizó a Osvaldo, que insistía en que no estaban muertos, como si su destino estuviera atado al de aquellos centauros.
Días después del hallazgo en Plaza de Mayo desapareció. No tuvimos más noticias de él, no supe nada, ni siquiera algún comentario de otro compañero que lo referencie. Simplemente se esfumó. Antes de convertirse en un fantasma decía que los centauros habían abandonado su forma humana para esconderse en su otra mitad, la del caballo. Nadie le prestó atención. Loco, lo llamaron. Fue un buen tiempo sin saber en qué andaba. Todo eso hasta hace una semana en que un telegrama llegó a mis manos.”
El viejo buscó en su bolsillo y sacó un papel.
“Algunos creen que aquellas bestias representan la batalla entre la barbarie y la civilización, ubicándolos en un lugar de desposeídos sin alma, arrogantes monstruos carentes de empatía, sediciosos, pasionales. Pero Eva supo siempre que esa idea había sido un argumento para destruirlos. Y sólo Osvaldo, mi querido compañero, fue el único que entendió que estos seres permanecerían ocultos hasta que el llamado de nuestra jefa espiritual los vuelva a convocar y defender a la patria de cualquier amenaza”
Illich se estiró para que alcance el documento del correo argentino. Lo tomé con delicadeza y leí:
“Sierra de la ventana. Proximidades. Tropilla de caballos cimarrones galopa sin rumbo.
Llevan en sus patas lienzos trapos blancos de percal y seda. Estoy con ellos.
Firma: Osvaldo G.”
Devolví el papel e Illich que lo guardó en el mismo bolsillo, luego se levantó y sin dejar que le pregunte otra cosa, extendió la mano para saludar. Sus dedos se desvanecieron en los míos. Dejó unos pesos en la mesa y desapareció, el bar desapareció. Esa misma noche me despedí para siempre del viejo sereno de Azopardo.
La juventud es el único cuento del presente al que todos estamos obligados a renunciar en algún momento. Han pasado tantos años del encuentro que las imágenes que lo antecedieron ya se han borrado. Nada de esto es casual, el legado me ha sido entregado. De a poco me he convertido en un ser extraño ante los ojos de la gente de Saldungaray. Mi residencia está en ninguna parte, aunque suelo dormir en el bosque de pinos que florece en los márgenes de las sierras. Escribo notas y las escondo bajo piedras, esta es una de ellas. No recuerdo mi nombre, tal vez yo sea Osvaldo o quizás Illich. La imagen de lo que fui está desapareciendo y camino entre caballos y yeguas salvajes que rehúsan la domesticación. Aún conservan jirones de tela blanco en sus patas. Cada tanto les susurro el nombre de Eva esperando respuestas y los miro fijo hasta descubrir quién de ellos es Jasón.
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