CULTURA

GET BACK: EL TIEMPO SE VUELVE TEMPO.

Por Luciano Grinberg
23/04/2022

“La música en sí es un tiempo que no se mide”

-Pedro Aznar

Estamos en épocas en las que el documental Get Back nos deja ver a la mejor banda de la historia en una intimidad casi atemorizante. Nos permite volver a un tiempo y a un espacio en el que no estuvimos, pero en el que ahora parece que sí. Es uno de esos archivos que modifican el pasado. Nuevamente los Beatles nos demuestran su actualidad. Es por eso que es pertinente pensar uno de los episodios que modificó para siempre su música y su mirada, un destino que nos permite relacionar arte, política y psicología: la India.

En febrero de 1968, los cuatro músicos viajaron a Rishikesh, en el norte hindú, para asistir a una sesión de entrenamiento avanzado de Meditación Trascendental, una técnica de meditación basada en la repetición de mantras, sonidos o palabras que para ciertas creencias tienen un poder psicológico o espiritual.

Paul y Linda McCartney en la India.

Los recibieron con mucha alegría. A la India no le importó que antes del viaje Lennon dijera “somos más famosos que Jesús”, porque tenían otros 29.999 dioses que no se ofendieron. A partir de ese viaje, Lennon inició una fase más política, con críticas a la guerra de Vietnam. Así fue que compuso “Revolution”, luego de meditar una mañana con sus compañeros.

En un principio, todos meditaban veinte minutos a la mañana y otros veinte a la noche. “Te llevaba de vuelta a la infancia, a cuando eras un bebé. Por algunos minutos me sentía tan liviano, flotando, tan completo”, confesaba entonces Paul McCartney.

Esa liviandad fue lo que quizás les permitió superar las discordancias que ya venían apareciendo en el grupo. El sentirse parte de otra cosa les ayudó a dejar los egos de lado. Tenían que quitarse el peso que implicaba ser los Beatles. Tuvieron que alejarse de ellos mismos para componer. Irse para volver. La única forma de no interponer sus problemas en sus canciones.

Sin embargo, sus composiciones nos dejan ver el momento por el que estaba pasando cada uno. Solo por dar un ejemplo del Álbum Blanco, en la canción “I’m So Tired” (“Estoy Tan Cansado”) Lennon canta «Te doy todo lo que tengo por un pedazo de mente”, por el insomnio que tenía y porque extrañaba a Yoko Ono. Una frase que bien puede ser el resumen de lo que fue el viaje para varios integrantes de la banda. Una letra que podría ser el resumen de nuestra actualidad.

 

Pero para entender la transformación que tuvieron, deberíamos adentrarnos en alguno de los conceptos básicos de la meditación y la cultura hindúes. La importancia de esto no solo radica en la influencia que tuvo en ellos, sino que nos aporta una perspectiva distinta sobre la realidad occidental.

En primer lugar, hay que entender por qué hay tantos libros escritos sobre la meditación, tantos gurúes y pensadores que debaten al respecto. ¿Qué tiene de revolucionario un tipo sentado respirando? ¿Por qué se lo asocia con la religión? ¿Por qué hay tantos músicos y artistas a los que los interpela?

Pedro Aznar: músico, compositor, sommelier y fotógrafo.

Uno de los músicos argentinos influenciado por lo que hicieron los Beatles es Pedro Aznar, quien además encontró ahí un puntapié para preguntarse sobre la conciencia y la religión. Pedro conoce muy bien la meditación trascendental y, cuando tuve oportunidad de hablar con él en mi programa radial Sonido Consentido, le pregunté sobre el tema:

– ¿Cómo fue que entraste al mundo de la meditación trascendental?

 

– Había escuchado hablar sobre la meditación trascendental, un poco por los Beatles que viajaron a la India. (…) Me acuerdo que cuando salí de la primera sesión sentí que tenía una herramienta para conectar con lo mejor de mí. Como una tarjeta Sube para acceder a la divinidad.

 

– ¿Está presente en la meditación la idea budista de concebir a la conciencia de forma colectiva?


– Sí, exactamente. Una especie de internet del alma.


– ¿Y cómo describirías lo que es meditar? ¿Cómo lo vivís vos?

 

– Yo siempre digo que la mente es como un lago, y los pensamientos son un viento que agita el agua. Nuestra cabeza es un torbellino de preguntas, ideas, recuerdos, cosas de lo cotidiano. Es lo que en budismo se llama “la mente-mono”. Y la meditación es como cesar el viento sobre el agua. Cuando el agua se queda quieta, empieza a reflejar. Empieza a ser como un espejo. La mente tiene esa misma capacidad. (…) Uno se da cuenta del parloteo constante. Es como cuando hay un ruido monstruoso de fondo y para de sonar. (…) Te ves siendo consciente de tu consciencia, por paradójico que parezca. Sabes que estás vivo, pero no te lo estás diciendo. Así aprendí a percibir los ruidos como pequeños guijarros que caen en el agua. Hacen una onda que se expande, se disuelve y desaparece. En la pandemia, cuando había ese silencio pesado, medio fantasmagórico, y escuchaba un ruido a la distancia, eran guijarros hermosos. Los ruidos eran piedras semipreciosas más que guijarros. Porque era la sensación de estar acompañado. Era la belleza de estar en ese momento de conciencia y a la vez no sentirme solo.

 

– Me acuerdo que una vez me dijiste que cuando meditabas, empezabas a dejar de pensar en horas o minutos, y empezabas a escuchar tu propio ritmo. A veces cuando uno está muy inmerso en la música, el tiempo mismo se vuelve tempo. ¿En qué momentos te sucede eso?

 

– Bueno, tocando por supuesto. Cuando uno se mete en la música entra en un tiempo que no es el de los relojes. Y esa sensación de pulso, ese ondular y hamacarse no suele llevarse bien con lo mecánico del metrónomo. La música en sí es un tiempo que no se mide. Lo disuelve al tiempo y hace con él lo que quiere. Te habrá pasado de estar una hora escuchando música y no saber cuánto tiempo pasó. No estar a merced de los relojes es un gran reaseguro para no volvernos locos.

 

– ¿Y crear o jugar con instrumentos es una forma de meditación?

 

– Sí, absolutamente. Hay una frase hermosa de San Agustín que es “quien canta ora dos veces”. Bellísima, porque es muy cierto. Qué mejor mantra que cantar una hermosa canción. Cuando vos cantás te vibra todo el pecho. Eso es curativo. Pero a eso sumale escuchar tu propia voz, como una comprobación de que estás vivo. La voz es como tu firma ontológica. No por nada tener voz propia es una metáfora de tener un pensamiento propio. Además, está la melodía, las palabras, la poesía siendo emitida. Todo eso va junto, ¿cómo no te va a cambiar la vida?

Sin aparentar solemnidad, Pedro me respondió lo que experimentaba. La idea que trae Pedro Aznar sobre la “mente-mono” es similar a lo que dijo John Lennon sobre el significado que tuvo para él la meditación: dejar de sentirse como monos en una jaula. Tanto Pedro como John buscaban detener el parloteo constante de su cabeza. Salieron de su jaula y se reflejaron en el agua. Y al lago, a diferencia de un mono, no se lo puede enjaular.

En todo esto parecería haber un pasaje hacia la contemplación. Observar desde adentro, no desde afuera. Para lograr eso hay que darle palmaditas al reloj y dejarlo lejos. Por eso, no es casual que tantos músicos busquen escaparle a ese tic tac indetenible, sea con meditaciones o con otras cosas. La inspiración no conoce relojes ni agendas. Los lagos tampoco. 

Cuando aparece la creación y Paul, John o Pedro se sumergen en los sonidos, se empapan de otro tipo de meditación. Es el famoso concepto de flow que significa que llegamos a un nivel de compenetración tal con lo que sea que estemos haciendo que el tiempo de las agujas se nos desvanece. Pasamos a regirnos por nuestro reloj. “El tiempo mismo se vuelve tempo” le dije a Pedro Aznar cuando hablábamos sobre esto en la entrevista. 

Aeropuertos 2000

El filósofo Byung-Chul Han.

Parecería que la filosofía oriental pone al presente en donde nosotros ponemos a la suspensión. Para una persona que vive en el capitalismo, sentarse, cerrar los ojos y respirar es en el mejor de los casos una interrupción del ordenamiento social. Está haciendo el no-hacer. Que no es lo mismo que cuando estamos en nuestro tiempo libre, en el que muchas veces somos menos libres que cuando estamos ocupados. Como dice el filósofo Byung-Chul-Han: «El ocio se ha convertido en un insufrible no hacer nada». 

Todo tiempo es laboral, siempre estamos consumiendo o produciendo. La pandemia no ha hecho más que profundizar la constante necesidad de hacer, rendir y producir. La frontera entre lo virtual y lo presencial está tan en disputa como los límites de Ucrania o Palestina. Allí radica la importancia de la meditación, en cualquiera de sus formas. Sea creando o contemplando, con meditación trascendental o meditación intrascendente. Hay que escaparle a la idea de que la explotación es una forma de realización. Nos matamos para explotar más y más rápido. En medio de una crisis global y en un momento en el que todos nos encerramos en una nueva normalidad, terminamos acelerando aún más. En un presente que siempre busca lo siguiente, no podemos experimentar la duración. Por algo la palabra alemana para meditar, sinnen, «darle vueltas a algo», significa originalmente «viajar». Por eso los Beatles viajaron meditando. Por eso le dieron vueltas al mundo. Porque la revolución empieza en las ideas. Porque “Revolution” comenzó en un viaje. Y la “mente-mono” busca siempre una jaula en la que refugiarse. 

YPF
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