Música
Esos giles están buscando guerra
Little Boogie, indomesticable
Boogie incomoda porque no parece ser domesticable: cuando se lo quiere encajar, se escapa de las manos. Esta reseña recorre su nuevo disco como una experiencia estética atravesada por la bronca, el resentimiento y una música de batalla que se mueve hacia el sur de lo político.
Por Nicolás Pohl
1 de septiembre de 2026
Desde finales del 2024 que no dejo de escuchar a Little Boogie. Es la experiencia musical —y eso que nunca lo vi en vivo— que más autenticidad me transmite en su expresión. Una de las cosas que más me gusta de su arte es que me incomoda profundamente. Mi ideología política sobreescolarizada me lleva a pedirle a los artistas que caigan de mi lado, de este lado, más si vienen de Sarandí, del monoblock, como el Boogie. Pero no: su arte está comprometido con otro sentido, y camina hacia el sur de lo político. En todo caso su vínculo está con la cumbia, la cultura del hip hop, el punk, la sensibilidad en la que se expresa la vida de los rotos.
Es, como dice su socio artístico El Doctor con el que formaron el duo de “los mas odiados”: «ni Macri ni Kirchner». De esto se trata en gran medida la experiencia estética del Little Boogie, suena a rap, se ve como cultura hip hop, y legítimamente lo es, pero tiene algo que no cierra. Hay algo terriblemente punk en la operación política que no politiza, solo hay ruptura, solo deja piezas rotas de un sistema mientras el fenómeno camina y deja los muertos del trap a un costado.
Para quien no lo tenga ubicado: Boogie es un pibe de la zona sur del conurbano, que viene laburando hace años con el productor El Doctor y con Stereo bajo el sello GIL, agotó Niceto y The Roxy, y este año fue telonero de Milo J en estadios. Pero la escala no explica el fenómeno.
Boogie no parece ser domesticable: cuando lo querés encajar se te escapa de las manos. Y no lograr encajarlo —ni siquiera para mi propia tranquilidad ideológica— fue lo que me hizo estar aún más interesado. Empecé a ver todos los videos, las entrevistas que fue dando, y ahí noté su crecimiento: un nivel de reflexividad profundo, la conciencia de que él tampoco está cómodo ni siquiera con su propio sueño. Hay un estado constante de conciencia del pasado, de la historia propia, del relato en el que se refugia su identidad. Ese relato del dolor lo forja y lo fortalece, pero lo deja siempre girando en un circuito trágico donde el artista, como persona, no se basta a sí mismo. Ese éxito, esos sueños cumplidos, no valen del todo sin los otros que lo acompañaron en el camino. Venir de abajo no vale nada si no suben todos. El artista odia muchas cosas, como bien dice, pero en particular muestra un hartazgo con el mainstream cuando tratan de colocarlo como insignia del underground: ¿cómo no le va a romper las bolas hablar de under cuando solo están fetichizando la marginalidad?
Boogie no solo nos hace vivir una incomodidad: también deja ver un odio muy fuerte, nacido del resentimiento. Ahí me sentí cerca de él, y sospecho que no soy el único: hay una bronca de generaciones dando vueltas. No hace falta haber nacido en una villa para estar resentido y sentir que la realidad social te escupe en la cara. Las cosas no andan bien, la vida es injusta para las mayorías y las palabras no alcanzan para describir lo que nos está comiendo por dentro, de ahí nace la música de batalla del Boogie. Es el hecho maldito de la música suburbana.
En «Billie Jean» (2024), el tema que grabó junto a El Doctor, esa bronca queda en un verso: «mejor que no se regalen, a esos chetos yo voy a robarles». No es casual que el estribillo gire sobre el robo: Boogie y El Doctor se proclaman «los más odiados» y convierten esa etiqueta en amenaza.
No es casual, tampoco, que haya un diálogo constante con Okupas, la serie del 2000. En 2025 Boogie hasta compuso un tema que se llama así, y ahí queda clarísimo que performa el rol del Pollo: el que viene de la marginalidad y entra, por asalto, al mundo del otro. Lo hace doble, en su propio origen biográfico y en la performance. Hay un detalle que profundiza el gesto: el tema samplea «Más o Menos Bien», de Él Mató a un Policía Motorizado —la misma banda que Netflix eligió para reemplazar la banda sonora original de la serie en su reestreno, después de que los derechos de los temas de los Rolling Stones, Bob Marley y The Doors se volvieran impagables. Boogie no sólo cita la serie: cita la banda sonora que la serie tiene ahora, en su versión streameada. Ahí, en ese campo de batalla entre lo cotidiano y lo digital, la trayectoria que va del gil laburante a la estrella del underground no funciona como le gustaría al público porteño bien pensante. Las piezas no encajan, aunque entran todas las piñas. La maquinaria de lo cultural funciona como quiere. Es un Taunus hecho mierda andando entre los baches que siempre llega a destino.
Boogie anuncia que no es rapero solamente: también viene a robarte. Robarle a la escena, a la industria, al caretaje —por eso nos invita a no perder de vista el corazón de su proyecto: la falta de trabajo, de techo, de educación, una crisis que para muchos ya tiene gusto a final de época. Las fugas narrativas a otros elementos culturales son inmensas: en «Negro Monoblock», el título se vuelve consigna identitaria, y la base es un sampleo de «Ageispolis», de Aphex Twin —el mismo break que usó Die Antwoord en «Ugly Boy» (2014). La canción cierra con una de las preguntas más trascendentales de la cultura contemporánea, donde Boogie se calza el traje de Morfeo del conurbano: «¿la azul o la roja, cuál se te antoja?».
Hace poco hablaba con un amigo (o con varios, da igual) sobre el fenómeno que está generando el artista. Gran parte de su protagonismo y su genialidad se la atribuyen a los productores. Es cierto que Stereo es genial para el sampleo: se nota una escucha honesta y una reapropiación de paisajes sonoros impecables, de Isao Tomita a Radiohead, de Michael Jackson a Aphex Twin. Pero esa genialidad es incompleta: el sentido final de los detalles y los matices sonoros recién adquiere forma cuando el artista los conjuga en una dinámica de pura autenticidad. Hay una sonoridad conflictiva en la ecuación, una musicalidad política de la reapropiación, una estética que se roba los beats que fueron robados de origen: esos sonidos que están domesticados por la cultura dominante.
Por último, insisto: Boogie es lo político que incomoda en la política del statu quo, encarna el conflicto en forma de dialéctica al interior del género de la música urbana (sea lo que sea que eso signifique): contra el mainstream del trap, contra el pendejo cheto que juega al rapero y se llena de brillantes, el Boogie se roba el significado del underground y lo deja en el suelo. La cultura del hip hop parece haber encontrado en nuestro país un genuino negro que esté a la altura de todas nuestras promesas incumplidas. El verdadero robo, al final, es el nuestro: la lógica se invierte, él nos roba la pretensión de poder domesticarlo.
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