Eppur si muove
Presagiando lo que vendría, desde ceremonial y protocolo se acompañó rigurosamente la búsqueda trágica, un arreglo de banderas propio de aquel famoso hilo de Twitter de cumpleaños de 15 fallidos y un aparente quite de colaboración en presencias ministeriales fue el marco estético de otra desafortunada expresión presidencial.
El hecho en sí bien podría haber sido intrascendente (o definitivamente menor) de no ser por la aparente preocupación vital que supone para el presidente que nadie piense ni por un instante que podría haber incurrido en alguna forma de racismo, o estupidez. Decidido a no dejar que sus actos hablen por él (teniendo en su haber desempeños cruciales para la estabilización democrática de la región mucho más significativos que una estrofa de Lito Nebbia) Alberto Fernández se encargó de estirar la vitalidad del tema en agenda por todos los medios a su alcance.
Sus motivaciones personales para hacerlo pertenecen al ámbito del psicoanálisis, pero las estructurales (la falta de defensa, o incluso inexistencia de “los propios”; el deterioro universal de su imagen; la falta de peso simbólico en la investidura presidencial) pertenecen a la política.
La dinámica posible del Frente de Todos arrastra una falla en el origen. Cual Estrella de la Muerte en Star Wars con su insólito conducto de ventilación expuesto, la composición misma de la coalición parece haberse pactado sobre una condición que la torna impotente al sacrificar su capacidad ejecutiva al altar de la coexistencia política.El trauma radica en una decisión paradójica del propio Alberto Fernández: la renuncia a armar el albertismo. Por incapacidad, convicción, lealtad, imposición, o una mezcla de todas las anteriores, el ahora presidente interpretó que su anómalo rol histórico -ser ungido por la poseedora de los votos- solo podía realizarse a costa de renunciar al fomento del poder propio. El problema es que la diferencia entre gobernar y vivir administrando tensiones radica justamente en la consolidación ejecutiva de ese poder que renunció a construir, haciendo de su falta de espalda la prenda común de los acreedores del Frente.El análisis sobre si Cristina pretendió esto desde un primer momento, si está decepcionada, o si presiona diariamente para que la dinámica de poder permanezca así, pertenece al campo especulativo o del mero entretenimiento; los rumores son siempre múltiples y se contradicen. Desde los hechos importa poco, en un sistema tan presidencialista como el argentino (y como la propia Cristina se encargó de señalar en una de sus misivas) la responsabilidad, por acción u omisión, es del presidente.
En igual sentido, especular con cómo habría sido un gobierno donde Alberto condujese un sector alineado a su dirección en vez de arbitrar entre actores cuál Primer Ministro es contrafáctico, pero bien podría suponerse que no habría sido necesariamente más sencillo (o eficaz). La tensión podría haber devenido en rupturas y la temprana deposición de la nueva bandera justicialista: la unidad.
Lo que en cambio es empíricamente corroborable, son los daños materiales e inmateriales que produce un poder que renuncia a reproducirse. Sea desde la filosofía de Spinoza o desde la biología molecular, todas las cosas quieren preservarse en su ser (es decir trabajar activamente para su permanencia o pervivencia) salvo Alberto Fernández.
Un nestorismo evocativo, de teoría pero jamás de praxis, donde la acumulación de poder propio era la condición vital para poder Gobernar. El resultado es palpable, la devaluación sin precedentes de la palabra presidencial. En otros términos, un presidente al cual se puede ignorar, sin consecuencias graves. Todo fruto de la decisión del propio Alberto Fernández al tejer el nudo que sostiene el frente sobre su cuerpo, amordazándolo hasta restringir sus propios movimientos bajo la garantía de su inacción. La paradoja desnuda: la existencia de un Frente que depende de la inexistencia de su presidente.
Y sin embargo, a pesar de todo catastrofismo de análisis, indicador social en rojo, condiciones geopolíticas de una adversidad jamás vista, y factores internos de resolución imposible, la coalición persiste y avanza obteniendo logros concretos que, de lograr abstraerse del clima de fastidio e impotencia que reina en la coyuntura política argentina, serían auténticos motivos de orgullo para cualquier gestión de gobierno.
El desempeño en la campaña de vacunación, las gestiones de cara a la fabricación nacional de la misma, y el proceso de renegociación de deuda; solo son agigantados a la sombra de una gestión anterior cuyos índices de actividad industrial llegaron a ser incluso peores que los de una economía en pandemia. Además, aunque difícilmente pueda leerse como “buena noticia” la ausencia de un estallido social, la realidad devastadora y sus indicadores económicos permiten al menos señalar que existen condiciones objetivas para “un 2001″ y sin embargo no sucede.
Ni los vaticinadores de tormentas, cuyo pronóstico siempre está en catástrofe y como buen reloj roto (que siempre acierta dos veces al día) nuestro país les regala buenas chances de convertirse en gurúes; ni la oposición con su deriva entre internas sin destino y el empecinamiento en hacer de la insólitamente refutable “falta de vacunas” su línea principal; logran hacer pie en una realidad asfixiante cuyo denominador común oscila entre el hastío y la impotencia.
Es difícil medir si esto es un triunfo del oficialismo, un pésimo desempeño opositor o el resultado desconcertante entre un planteo tácticamente heterodoxo de la coalición de gobierno frente al peor equipo imaginable. Al igual que el River de Gallardo, el Frente de Todos juega con su Enzo Pérez de arquero al poner a un histórico operador (y arquero) de Presidente.
Y sin embargo, se mueve.
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