Artificios
ENTRE EL ADENTRO Y EL AFUERA
Por María Abadi
27/09/2020
Septiembre 2020. Buenos Aires. Pandemia.
Hola María, soy Matías, me pasó tu contacto Elisa, te dan ganas de escribir algo para la revista?
Respondo con un audio de 4 minutos, soy eso que a veces odio.
¿Y de qué hablo? No soy escritora, no soy periodista. Soy actriz, doy clases de actuación y ahora también astróloga.
Tengo fascinación por la mitología griega desde muy chica, la astrología me hizo llegar a Jung y eso me disparó una sensación de: “ ah, esto me está hablando a mi”. Eso que nos pasa cuando encontramos un lenguaje que antes nos conmovía desde lo invisible.
La ASTROLOGÍA es un lenguaje circular. No es lineal, no hay un principio y un final. Da la posibilidad de nombrar distinto, de encontrar palabras que junten lo que hasta ese momento parecía o se sentía separado.
2013. Buenos Aires. Invierno.
Me reencuentro con mi novio de la adolescencia. No nos veíamos hace muchos años y no sé si Facebook o qué, pero el deseo de encontrarnos aparece, tomar unos mates, escuchar en qué anda cada une. Sabía que era músico y que en algún momento había empezado la carrera de psicología, no mucho más. Resultó que era astrólogo.
-Ay! ¿No querés mirar mi carta?
Le dije con esa pulsión ingenua que genera la astrología ante la posibilidad de que alguien te diga como sos, qué tenés que hacer o qué camino es el correcto para llegar a tu meta.
Le di mi data de nacimiento y buceó en su programa de computadora mientras yo esperaba ansiosa que me revelaran mi verdad. Mi realidad era parecida a la actual, estaba en un momento de transición, intentando entender qué quería hacer con mi vida.
– ¿Cual soy yo? ¿Esta o la otra? ¿Cuál es la verdadera?
– Las dos, María, sos las dos.
Su lectura fue bastante simple, sin embargo para mi fue una revelación. No tenía que elegir con qué María quedarme. No había una más verdadera que la otra. No había un camino correcto y otro incorrecto. Tenía que ver con poder pensar todo junto algo que para mi, hasta ese momento, estaba separado.
Sincronicidad
En 1952, Carl Jung acuñó el concepto de “sincronicidad” para definir «la simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido pero de manera acausal». Es decir, la coincidencia temporal de dos o más eventos, que guardan relación entre sí, pero que no son uno causa del otro, sino que su relación es de contenido.
Jung remite la génesis de su concepto de sincronicidad al estímulo recibido de Einstein cuando se hallaba elaborando su teoría de la relatividad y que lo hizo reflexionar acerca de cuál podría ser el lugar de la psique dentro de una posible relatividad tiempo-espacio.
Jung lo explica así: ¨Sincronicidad significa las ocurrencias simultáneas de un cierto estado psíquico con uno o más acontecimientos externos, que aparecen como paralelos significativos del estado subjetivo momentáneo y, en ciertos casos, viceversa”
Noviembre 2016. Buenos Aires. La Boca.
Faltaba poco para mi cumpleaños. Siempre me angustiaron los días previos. Durante muchos años lloré en algún momento del día. Los cumpleaños tienen eso de balance, como el 31 de diciembre, día en el que también suelo llorar. Un encuentro cara a cara con el tiempo cronológico, con los relojes, con lo objetivo… algo de eso.
Estaba angustiada y no sabía bien por qué. Me sentía ansiosa, frustrada, girando en falso. Intentando salir de ese estado encuentro en internet una publicación de un director de teatro que me gusta mucho. Daba una charla sobre dirección en el auditorio de un museo. Era domingo. La charla era a las 5 de la tarde y ya eran las 3. Junté mis cosas, en el medio hablé con una amiga que se quería sumar al plan y arranqué hacia el sur de la ciudad. Tenía los ojos vidriosos de haber llorado y la atención dispersa. En la charla el director contó que trabajaba con la teoría de Jung en sus clases de teatro. Nombró el lugar en el que había estudiado, ese que yo ya venía buscando y no encontraba. En fin, dijo lo que yo estaba necesitando escuchar. Me aceleré, como si algo hubiera querido irse de mi cuerpo. Sentí urgencia y alivio a la vez. Lloré un poco también. Cuando terminó la charla me acerqué a saludarlo. Temblaba. Intenté compartirle algo que explique mi estado, pero no me salió. Me imaginé que en ese instante él debe haber pensado: “que freak esta piba”. Pero yo no me sentía así. Había experimentado en el cuerpo la sincronicidad y estaba pasmada. La sensación inconfundible de que ese hecho no era fortuito. Que tenía un significado y que algo me revelaba. Escribo esto y parece algo enorme. Como si la revelación tuviera que ser la escena clave de una película o el momento del libro donde sale a la luz quien es el asesino. Pero no. Es algo mucho más chiquito, más íntimo. Y a la vez rotundo. Como cuando te enamorás. No hay gris, al menos para mí.
Septiembre 2016. Buenos Aires.
“Los mitos son sueños públicos, los sueños son mitos privados” Joseph Campbell.
Empecé ese año un curso de astrología con quien fuera mi novio de la adolescencia y que a esa altura ya era mi astrólogo, amigo, y profesor. Lo arranqué porque me daba curiosidad y porque tenía ganas de estudiar algo que no tuviera nada que ver con lo que hacía. “ Un hobbie”, pensé, solo eso. Poner la cabeza en algo que no sea ¨mi trabajo”. Delgada línea para mí.
El curso era por la mañana, en una librería esotérica de una galería bastante “cool” sobre la avenida Santa Fe. Ese día me despertaba muy temprano porque hacía gimnasia antes, y de ahí directo al curso. Volvía al mediodía, cansada pero sobreestimulada. No podía parar la cabeza y me ponía a leer libros sobre astrología que me compraba en el mismo lugar donde hacía el curso.
Una vez, mientras leía en la cama, me quedé dormida y tuve uno de esos sueños que no te olvidas y que te dejan tambaleando un par de días. Esos que necesitas escribir apenas te levantás porque la sensación es que tu inconsciente te regaló una información imprescindible. No me voy a poner a contarles todos los detalles del sueño en este texto, sería aburrido para ustedes que lo están leyendo y demasiada exposición para mí. Pero sí quiero compartir esto: en el sueño me encontraba con una mujer llena de velos, como un fantasma o una novia a punto de casarse. Yo se los sacaba. No era fácil, sin embargo le quitaba uno tras otro. Cuando terminé, la que estaba debajo de los velos era yo, o alguien muy parecida a mi, no sé. En términos oníricos era lo mismo.
Lo escribo y me da un poco de pudor. Lo veo un poco burdo, obvio tal vez. Pero la vivencia que tuve era esa, que algo se había develado. Sentí una vitalidad insólita, una sensación novedosa de espacio en el cuerpo, que incluso, duró unos días. Después la sensación se fue, claro. Y volvieron las dudas, los miedos, lo de siempre. Pero la información estaba. Había aparecido, y ya no se iba a ir, aunque quisiera.
Inconsciente colectivo o arquetípico
“Jung se percató que con frecuencia en los delirios y alucinaciones de sus pacientes psiquiátricos, así como en los sueños de las personas en general, emergían de manera espontánea temáticas, historias y personajes que, una vez examinados e interpretados, llegaban a guardar una similitud sorprendente con las narraciones mitológicas que han acompañado a la humanidad en diferentes tiempos y lugares. Jung argumentó que dicha similitud no puede ser siempre atribuida a un contacto directo o indirecto entre el individuo y estas ideas durante sus actos cotidianos, por lo que infirió que estos relatos y símbolos emergen de una fuente creativa común, a la cual denominó lo inconsciente colectivo.
Los motivos típicos de las narraciones mitológicas, de los delirios y los sueños son para Jung expresiones simbólicas de patrones universales de comportamiento y significado que heredamos los seres humanos como especie, a los que denominó arquetipos”
Septiembre 2020. Buenos Aires. Pandemia.
“Ayer soñé con los hambrientos, los locos, los que se fueron, los que están en prisión. Hoy desperté cantando esta canción que ya fue escrita hace un tiempo atrás”
Charly García, inconsciente colectivo.
El inconsciente colectivo es un lugar de creatividad y potencia infinito, y es justamente eso, colectivo. No sé si Jung lo pensó así, tampoco tengo interés en atarme a ninguna teoría establecida, me importa cómo lo resignifico yo ahora, cómo funciona esa información atravesada en mi singularidad y en mi contexto.
Hace unos días Elisa Sanchez escribió una nota, para esta misma sección, en la que planteaba que “la única salida a este laberinto es colectiva.” En el mito del minotauro Teseo sale del laberinto con el hilo que le lleva Ariadna. A veces, ni los inicios ni los finales de los textos, ni siquiera los laberintos son solo nuestros, pero sí la necesidad de que cualquier salida sea siempre con otres.
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