Política
El Rumbo
Por Santiago Mitnik
19 de diciembre de 2023
El análisis histórico sobre eventos del pasado suele pecar de “normalizar” lo que pasó. En un par de años, el último resultado electoral nos va a parecer algo lógico, ya asumido. Así que aprovechemos este poco tiempo que nos queda para sorprendernos de lo que vivimos. Argentina le dio a un liberal-libertario, por primera vez en la historia humana, el mandato del ejecutivo de un país. Lo predecible o no de ese resultado es otra cuestión. Sobre todo el hecho de si, sabiendo cómo terminaba el asunto, se hubiera podido o querido hacer las cosas distintas.
El peronismo llegó a la elección golpeadísimo, más allá de lo económico. En primer lugar, carcomido por una interna, pacífica pero insidiosa, que lo paralizó durante años. Además, cargó con una pésima gestión, que en muchos casos no se le puede señalar como responsabilidad de la interna, simplemente de la comodidad de funcionarios y políticos.
Por otra parte, hizo muy poco por resolver ciertos estigmas sociales que tiene como movimiento político. Es difícil medir el impacto de eventos como el conflicto por Vicentín, la foto de Olivos, el escándalo Insaurralde, etcétera, pero lo cierto es que la grieta no se cerró ni mucho menos. Y, en el ballotage, eso fue un hecho más que evidente.
Por fuera del oficialismo también se dió una situación excepcional. El candidato “natural” fue activamente saboteado por su propio partido y el hartazgo social se lo llevó puestos a ellos también. El bajo apoyo a Larreta es un fenómeno a estudiar en mayor profundidad. No parece ser algo que se explique con una sola causa. El bajo carisma quizás aportó, pero hay una cuestión ideológica más profunda. La lectura antikirchnerista parece haber girado en torno a que la razón del fracaso de Macri entre 2016 y 2019 fue que no hicieron el suficiente macrismo. Así Larreta y las palomas representaban continuismo y dialogismo, mientras que los halcones eran la profundización del modelo. Es como si en 2015 Cristina hubiera jugado fuerte por Randazzo, con todas las diferencias.
Y en ese hueco, pero ayudado por las ideas que circulaban, apareció un outsider. La idea de que la candidatura de Milei “ayudaba” al peronismo en las elecciones es bastante cómica en retrospectiva, pero no está claro cuán errada. En primer lugar, la enorme división de votos ayudó muchísimo en los resultados electorales de los territorios no desdoblados, como la provincia de Buenos Aires. Con la oposición unificada, la cosa hubiera sido muy distinta. Quizás Kicillof podía ganar igual (no estaría seguro), pero es seguro que se habrían perdido muchos municipios.
A escala nacional… es medio imposible saberlo. De nuevo, en retrospectiva, “Milei” va a ser el nombre que se entiende como síntoma de la etapa, que no va a poder pensarse separada de él. Sacando el síntoma, no es tan claro ver cuál es la enfermedad.
El mandato del cielo
Dicho todo esto, no se puede ni se debe despreciar el propio esfuerzo político de Milei y su espacio para llegar a donde llegaron. Se bancaron la marginalidad muy firmemente, fueron el hazmerreír de la política en un principio y durante ese tiempo casi ni se movieron de sus posiciones, sino lo contrario.
Hace una década, cualquier clase de ideología liberal era paria total. Solo con Massa y su “renovación” y Macri y su “cambio” empezaba a surgir cierta alternativa consolidada a la hegemonía kirchnerista. Sin embargo la vanguardia mileísta no viene de ahí, sino de un trabajo ideológico de hormiga de una hiper-minoría intensa. Quizás haya que hacer un trabajo histórico de reconstruir ese proceso en más detalle. Y seguramente corresponda a alguno que verdaderamente haya estado adentro en esos tiempos contarlo.
Por otro lado, las maniobras políticas del sector fueron bastante acertadas en retrospectiva. Empezando casi como una línea interna del macrismo, decepcionada, se plantaron como alternativa propia en 2019 con Espert, y en parte con Gómez Centurión también. En la pandemia supieron encarnar muy bien el espíritu de “resistencia” y abrirse camino al mainstream. La figura de Maslatón fue un mascarón de proa cultural del liberalismo desde hace mucho, y en ese período cobró una gran importancia.
En 2021, con un buen resultado electoral se consolidaron como una fuerza política realmente existente: sus candidatos a diputados en CABA serían exactamente la fórmula ganadora en 2023. Después vinieron las internas, donde lograron purgar a todo lo que no estaba alineado, con un rol central de Karina Milei como gran armadora.
Durante el propio 2023, fue muy cuestionado todo lo que hizo Milei, especialmente su decisión de despegarse de las elecciones provinciales, donde sus candidatos fueron aplastados y él ni siquiera fue a acompañarlos. Y finalmente, en el filo de la hora electoral, cuando incluso algunos daban por ganador a Massa, pactó con uno de los grandes sectores políticos, el macrismo, para arrimar lo último que le quedaba para ganar el ballotage.
Contra todo conformismo ideológico, o manual de como “se debe hacer política”, por acierto o por suerte, Milei triunfó en una gran marcha forzada que lo llevó de la nada a la Rosada, en poquísimo tiempo. No sorprende así que la frase de que “la victoria no viene de la cantidad de soldados sino de la fuerza que viene del cielo”, sea tan asimilada por su militancia.
Pero, lamentablemente para las democracias, la potencia electoral no se traslada en buena capacidad de gestión. Una buena fórmula no es un buen gobierno: si no, pregúntenle a Alberto y Cristina.
Hay un concepto fascinante en la filosofía política china que es el “mandato del cielo”. Es la idea de que los gobernantes están bendecidos y su legitimidad deriva de los dioses, pero esta bendición es revocable. Así como se otorga, puede ser quitado. La revocación del mandato del cielo es un hecho que se prueba retroactivamente, y solo lo puede demostrar el próximo “bendecido”. Era una buena forma de explicar cómo podía ser que un monarca fuera destronado por otro. Simplemente, la anterior dinastía había perdido el mandato del cielo. Una señal común de la pérdida del mandato eran las plagas, los desastres naturales, las hambrunas y las rebeliones. No casualmente, son los motivos que suelen hacer derrumbar las dinastías.
En democracia es bastante más simple: “vox populi, vox dei”. La voz de la divinidad o del cielo es reemplazada por la voz del pueblo. Pero el mandato popular, como el celestial, es bastante caprichoso y frágil.
El mandato político de Milei es extremadamente complejo. La situación económica básicamente no tiene salida. No parece haber ninguna “solución” que no implique una piña, sea un ajuste brutal, una hiperinflación, o algún otro tipo de shock que acomode las variables macro. La gran ventaja que tiene es que asumió el gobierno prometiendo algún tipo de ajuste, cosa bastante poco común.
Pero los tiempos de la democracia son cortos, la sociedad está harta y los mandatos son cada vez más débiles. El mejor ejemplo es Chile, donde elección tras elección el pueblo se empecina en decirle NO a las distintas propuestas de constitución. Rechazar lo anterior no es un cheque en blanco, ahora menos que antes. La cuestión del hambre, como ejemplo principal, es una línea roja, que ninguna explicación económica puede apaciguar.
El otro lado
La pregunta entonces que queda es la de siempre: ¿qué hacer? ¿Cómo pararse frente a este gobierno entrante, específicamente desde el peronismo? Supongo que los otros lo estarán pensando también, pero desde otras coordenadas.
Una alternativa es directamente el colaboracionismo, integrando el gobierno. Varios sectores peronistas están en eso, como algunos funcionarios del peronismo cordobés o Randazzo. Por más rechazo que pueda generar, esto tiene sentido, político y práctico, por muchos motivos. En primer lugar, porque está el espacio. Este parece no ser un gobierno tan antiperonista como el de Macri, al menos en cuestión de repartición de cargos. Es la primera vez en muchísimo tiempo donde los peronistas antikirchneristas y que no sean parte del PRO pueden entrar a un cargo ejecutivo. Especialmente para el peronismo cordobés, que volvió a probar su potencia de fuego, la oportunidad de ejercer el músculo de la gestión nacional es clave. Por otro lado, la realidad es que entrar al gobierno no es más que seguir el mandato popular mayoritario. El espíritu neo-menemista de esta gestión puede tener su encanto, especialmente para los neo-menemistas.
La otra vía de reacción va a ser la “resistencia”. El plantarse firmemente como oposición al gobierno, tanto en el congreso, como en medidas de fuerza y manifestaciones callejeras. Al menos un sector del viejo oficialismo ya está en esta sintonía. Hay también varios motivos para esto. El primero, quizás obvio, son las propias políticas que Milei quiere impulsar. Sea en cuestiones puramente económicas, de interés nacional, de la línea de reivindicación histórica o temas de derechos de las minorías, es claro que el mileísmo prometió un giro de 180° grados contra el paradigma vigente. Prepararse para estar en contra de eso, en defensa propia, aunque sea sin certezas de que vaya a cumplir, parece más que razonable.
Pero también hay un aspecto práctico a esta postura. La realidad es que, si el gobierno sale muy muy mal (cosa bastante posible), quién más se oponga será quién tenga la legitimidad social de haber sido oposición. Eso puede llegar a ser un activo en un tiempo.
Seguramente haya, entre estas dos posturas, un amplio abanico de intermedios. Empezando por el gobierno de la provincia de Buenos Aires, que en su lugar de gestión no se puede dar el lujo del combate sin cuartel sin pagar costos altos. Las organizaciones sindicales casi seguro tendrán que plantear posturas más combativas si el gobierno avanza sobre sus intereses estratégicos sin dialogar.
También un gran sector del casi-existente massismo va a tener algunas posiciones encontradas con este gobierno. La lectura de que cierto tipo de ajuste económico es necesario y que el viejo paradigma kirchnerista es insostenible muy probablemente “tire” para no ser tan crítico con el mileísmo como otros sectores.
Cual de todas estas alternativas es la óptima no es una duda trivial ni obvia. Es el debate principal que se abre. Pero no tiene que ser lo que esté ahora mismo en la cabeza de los militantes. Sería muy equivocado no aprovechar el golpazo que le dio la sociedad al peronismo para parar la pelota y reflexionar. Sin tener en claro para qué, simplemente ponerse a pensar. No solo “¿qué salió mal?” sino “¿qué sería hoy hacer las cosas bien?». Reordenar la concepción para poder tener una mínima claridad de acción.
Al menos un tiempo breve, hay que hacer el duelo. No el sentimental de estar tristes por una derrota electoral, sino el político, el ideológico. No nos puede ser indiferente un sismo ideológico de estas características.
Especialmente en un mundo cada vez más violento y peligroso, pero también con avances tecnológicos increíbles en tiempo real, el espacio a la creatividad política es cada vez más grande. Si vemos los movimientos políticos, electorales o no, tanto en el mundo como en América Latina, no podemos encontrar una descripción única. No hay ni “giro a la derecha” ni “nueva oleada progresista”, no hay “crisis de las democracias” ni “colapso de los autoritarismos”. Hay desorden y gente que lo sabe aprovechar.
Pero la creatividad no aparece de la nada, requiere esfuerzo, valentía y ganas de romper la inercia. Y el “piloto automático” con el que se venía chocó, así que mucha otra no queda, que ponerse a pensar en el nuevo rumbo. Porque la victoria en el campo de batalla no depende de la cantidad de soldados, no, pero tener buenos generales ayuda bastante, y el mandato del cielo requiere sacerdotes y profetas, que lo sepan interpretar.
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