Artificios
El poder contranostálgico de las poéticas cyborgs
Este es un texto mestizo, donde la prosa deviene poesía. Yanuva León parte de la fascinación estética que le produjo, de niña, el encuentro con el lenguaje, para rastrear las huellas de una poética cyborg. Junto a Donna Haraway, Josefina Ludmer, y escritoras como Xitlalitl Rodríguez Mendoza y Diana Moncada, recorre este territorio incierto y mutante.
Por Yanuva León
30 de septiembre de 2025
En el centro de mi irónica fe,
mi blasfemia es la imagen del cyborg
Donna Haraway
Usa la literatura para entrar
en la fábrica de realidad
Josefina Ludmer
*
*
a Lenin Brea
a César Panza, in memoriam
La niña
¿Ves el poema?
la niña en la jaula
semilla de buitre
creciendo contra el día
¿ves?
desde niñas (y donde digo «niñas» digo también «niños») experimentamos una relación especial con el lenguaje y lo poético. Para cada quien es distinta y también parecida. En mí esa experimentación se expresó de tres modos. Primeramente, seducción y maravillamiento sensorial, a través de sonidos y significantes que oía y leía por vez primera, que me penetraban, edificando arquitecturas muchas veces exentas de sentido, pero siempre efervescentes de belleza. En aquel tiempo, no tenía consciencia de estar sintiendo una fascinación estética.
Aún así, casi de inmediato, empecé a percibir el efecto cognitivo que implicaba tal fascinación y sucumbí a su hechizo: yo iba siendo otra no solo ante las palabras sino en el mundo. Mi mundo chiquito crecía un poco de plop en plop. El espacio donde apenas cabíamos mi familia y yo, se iba poblando de espectros, figuras hologramáticas, protoconceptos con unas patas en la realidad física y otras atravesando un espejo hacia lo inmaterial. En mi mundo aparecían listas de instrucciones para operar programas de mí misma que desconocía. Una cosa plana pasaba a tener profundidad y también uno o más fantasmas, ecos, réplicas de frecuencias y sintonías propias. Y esa secuencia de acontecimientos, cuyo lugar era mi subjetividad, me hacía expeler cierta energía siniestra que me esforcé en gestionar y que hoy puedo asociar sin ninguna vergüenza a una noción de poder.
Lo interesante, por perverso, es que cada programa, cosa, fantasma, eco y réplica tenía capacidad de agencia en mi afuera, si hacía un buen trabajo intermedial, si afinaba la instrumentación de esa especie de superpoder. Madre, abuelo, abuelas, padre, tías, maestras, en general la adultez de mi entorno, demostraban admiración por mi gusto lector y por mi manera de incorporarme al lenguaje, de arrebatar todo lo que podía y volver cargada de artefactos que les compartía o que accionaba contra ellos. Yo entendí pronto que eso me favorecía con respecto a mi hermana, por ejemplo, pero también en mi condición de estudiante, amiga, vecina, enamorada o enamorante.
Desde niña atisbé mi dimensión de animal político y no me negué a aceptar sus posibilidades. Por el contrario, en la precariedad y carencia donde crecí, en la Venezuela que tragó cable en los años ochenta y noventa, en el lado oscuro y piojoso de un país que desde su fundación ha sido escenario de groseras desigualdades y apellidazgos, como una nena mutante, me valí de mi ponzoña metafísica para sobrevivir.
¿ves?
no la mujer
siguiendo el pitido en su cabeza
buscando una larva con el pico
incorrecta
inestable
sentada sobre un punto y coma
inguinal
públicamente suspensa
interrumpiendo el cielo cuando la tarde es bella
cuando una máquina recién inventó el árbol sin fruto sin raíz sin sombra
no la anciana
como un navío extraño
calculando el tiempo que tomará volver
cuánto daño causará el giro
abandonando en mitad del parque al animal que parió
¿ves el poema?
Ese estado de explosión creativa, esa reacción constante entre exterioridad e interioridad, esa suspensión funámbula en la cuerda del sentido sobre el vacío seductor del absurdo, va perdiéndose a medida que perdemos la infancia. El poema se va borrando. Si entendiéramos la subjetividad como un músculo, podríamos decir que se atrofia no solo por la inacción sino también por la sobreactividad que le exige el entramado telecomercial que nos ramifica al parásito del capital. La niña, única entidad que puede sentir el temblor del poema, se pierde
¿ves?
no el voraz augurio
envuelto en barrotes y signos
destinado a comer matriz
a roer las patas del sillón nacional
a babear palabras símbolos memorias
condenado a falos de nostalgia
porque respirar ya no es igual que vivir
hay que romper
sentir el crack
la electrocución nerviosa.
La escritora
La literatura aún emerge de subjetividades con cuerpos. La literatura la escriben hombres y mujeres sometidas (como el resto de hombres y mujeres) a un sistema. La literatura es invento humano, sustancia de humanidad.
Siempre iré por la humanidad
parásito
pegado a la historia
de ciclos intestinos
te tuerces
te doblas
en el área lumbar te enroscas
¿el devenir será el mismo pulso torturante
para la misma banda?
¿la extensión aburrida de un carcinoma?
Me detengo en la escritora (y donde digo «escritora» digo también «escritor») que nace en la periferia de los centros acelerados del capitalismo, en vías de un hiperaceleracionismo de pronósticos tanto utópicos (por inexistentes) como distópicos (por materialmente góticos). Hablo de la escritora con afectación provinciana en el modo de mirar, oler, en la capacidad de asombro (todavía) ante el vuelo animal y maquínico, en la forma de imaginar y sentir. Pero en especial, la escritora demasiado en la tierra, cubierta de sus dificultades. Tierrúa, marginal, sudaca, chilanga, caliche, cotorra, chola, chicana, morocha, veneca.
Hablo de la escritora que apenas tiene conexión a internet descarga compulsivamente todo el contenido pirata que permite su estrecho de banda, antes del próximo apagón eléctrico.
Hablo de la escritora que vende su energía vital en alguna actividad que nada tiene que ver con la escritura (aunque la escritura tenga que ver con todo) y por las noches se roba tiempo a sí misma para leer y escribir. En el texto «Poesía y desempleo», la poeta Xitlalitl Rodríguez Mendoza reflexionó a propósito de la relación entre una y otro, en pleno contexto pandémico: «Por lo general, los escritores debemos subsistir desempeñando todo tipo de labores. Tenemos empleos, algunos duraderos y otros temporales, según la crisis económica que nos toque, pero todos nos dedicamos a cualquier otra cosa de manera paralela: dar clases o talleres de literatura, o bien desempeñarnos en tareas como traducción, periodismo, edición o publicidad. Sin contar las consabidas jornadas en casa. Hay algunos remanentes renacentistas que trabajan es hospitales, panaderías o que se dedican a la ingeniería, la psicología, la administración o en cualquier otro campo que, en principio, creeríamos que poco tiene que ver con la poesía».
Hablo también de la escritora que debe traficar su dominio del lenguaje y redactar contenidos para portales web de empresas, instituciones y corporaciones, entrampada en una situación que la poeta Diana Moncada describe con bella afectación en su ensayo «Doble escritura y la mancha que no deja escribir»: «En mí escriben dos. Una para ejercer la atención, intentar comprender y buscar un cierto grado de libertad; otra para vender, convencer, engañar. Son dos quienes se disputan el tiempo. Una engaña a la otra. Una somete a la otra. Las dos se manchan y la mancha no deja escribir».
Hablo de la escritora que baja y sube escaleras con bidones de agua para poder cocinar o lavarse o hacer que por fin desaparezcan sus inmundicias corporales, demasiado inmundas, demasiado corporales, y lograr escribir sin la presión infecta de su sobrevivencia agriando el clima de lo escrito.
Esta escritora verdaderamente extranjera, migrante absoluta, forastera del territorio que anhela, foránea, discriminada de todas las burbujas tecnócratas, que solo halla modo y lugar en su escritura, que solo puede construir un cuarto propio a partir de palabras, es la misma escritora en cualquier latitud, y piensa
parásito del desánimo
quieres la sal de mi caldo
te apetecen los pliegues
las rosáceas blanduras
te apetezco
afirmativa
moviendo el sí a sombra de flequillo
permitiéndote
justo cuando más oscuro brilla
este esplendor de líderes
en rumba perpetua
¿me tienes?
parásito de la banalidad
¿me habitas ya?
parásito de la abulia
vas descuajándome
cuajándome
descuajando la espesa nata del desprecio
¡cuánto repudio el tenor empresario!
la bacanal de primerísimos actuales
rige la era del renacer económico
que es igual al remorir
señores míos
al recontramorir
señoras mías
las escritoras precarizadas (y donde digo «escritoras precarizadas» digo también «escritores precarizados») escribimos con el desesperado apremio de saldar las deudas del mes. No hay que obviar que un texto (aún y quizá más que nunca) equivale a un tanto de carne, pan, huevos, agua, matrículas escolares, pastillas abortivas, cigarrillos, toallas sanitarias…
Las escritoras, por más cibernético que pinte el mundo, y por mucha que sea su potencia inmaterial, espiritual, intelectual, estamos contenidas en cuerpos cada vez más caros de mantener
la luna sigue creciendo y menguando
vaciándose de plomo
llenándose de plata ajena
¿quién resiste tanto conticinio?
parásito del ensueño
la verdad es un perro de autopista
la verdad es un salón de locas
la verdad es una mentira abierta
por cuchillas carniceras
la última selva en llamas
un piélago
hay un punto salvaje del tormento
la calamidad sin retorno
parásito del engaño
¿soy tu huésped?
Hoy es posible medir la clase social, el estatus de las personas en megabytes por segundos. Cuanto más rápido e ilimitado es este flujo, más cerca de los centros de poder se está. Más acceso a privilegios en uno y otro registro (físico y digital). Más posibilidad de penetración, movimiento y fluidez en el plasma de la virtualidad que lubrica las relaciones tecnológicas de existencia. Más acceso a información, a productos culturales, a ruedos de disputa de poder.
Por otro lado, mientras más estrecho el ancho de banda, más biomecánica toda la experiencia vital, en consecuencia, más dura (en sentido físico y metafísico), más oscura y amurallada.
Finalmente, quien no cuenta con acceso a internet ni a dispositivos móviles, está sometida (y donde digo «sometida» digo también «sometido») a un sufrimiento ciego. Le toca padecer el impacto de las violentas acciones de ese otro mundo en que no es, en esa esfera de la cual no tiene parte, siguiendo la noción de Rancière.
El parásito
«En los últimos años vivimos con Internet una nueva experiencia global: el tiempo cero, la travesía del espacio en no tiempo, lo que se llama tiempo real. El resultado de la aniquilación temporal es la simultaneidad global, clave para los mercados financieros, que cambió la experiencia de la vida y la naturaleza del trabajo convirtiéndolo en trabajo inmaterial», así lo advirtió la escritora y crítica literaria Josefina Ludmer a principios de siglo en su obra Aquí América Latina. Una especulación.
Somos comunidades mestizas de tecnología y consciencia, productoras de riqueza para el goce de un porcentaje ínfimo de capitalistas y actores políticos de élite.
En palabras del filósofo «Bifo» Berardi, traducido por César Panza: «El cuerpo social y afectivo de los trabajadores cognitivos ha sido separado de su actividad diaria de producción. La nueva alienación se basa en esta separación, en la virtualización de las relaciones sociales. La nueva alienación toma la forma de sufrimiento psíquico, pánico, depresión y una marea suicida. Este es el carácter afectivo de la primera generación de personas que han aprendido más palabras de una máquina que de la madre».
Tal panorama parece irreversible. Pero la humanidad resiste y con ella la literatura;
recuerdo la promesa de un futuro
no te abultarías en tripa alguna
ninguna entraña te consentiría
recuerdo
permití tu muñón tentacular
dentro de mi juventud
creí
como creen los humanos chiquitos
el alba era una bráctea distinta
peciolada
rubicunda
rebosante de colágeno
casi aniquilo la serpiente de la duda
creer para siempre creer
¡qué embeleso!
en cambio robé sus huevos
les di calor
las inteligencias detrás de las inteligencias artificiales trabajan sin descanso para lograr que estas últimas perfeccionen la escritura creativa y produzcan «obras» literarias, sensibles, bellos constructos lingüísticos, inútiles prodigios ya no de la imaginación sino del análisis de datos, la combinatoria y el cálculo profilácticos. ¿Qué pasará?, ¿empezaremos a leer poemas de Apple y novelas de Tesla?
Es muy probable que la insaciable hambre metafísica de la humanidad no halle buen manjar en esos platillos, ni siquiera en el estado de morbidez en que se encuentra. El fundamento de mi intuición no es mero optimismo antropocéntrico. Me vale hacer un ejercicio de comparación con otros contextos donde las IA ya dejaron muy atrás la intelección humana; el ajedrez, por ejemplo. ¿Por qué aún en los torneos de todo nivel siguen batiéndose organismos conscientes, colmados de subjetividad, sueños, traumas y cuentas pendientes con el destino?, ¿por qué no nos entusiasma el duelo entre dos grandes cerebros artificiales?, ¿por qué aún, justo cuando levanto este andamio de discursos, el campeón mundial es un hermoso ser vivo, nacido de matriz humana? Y desplazando un poco el asunto hacia la potencia material, ¿por qué persisten las competencias entre cuerpos biológicos con consciencia de sí que luchan nuevos récords a músculo, hueso y pulmón?, ¿por qué tanto rigor por parte del arbitraje, a estas alturas de la era aceleracionista, en prohibir la intervención que expande las posibilidades «naturales» de los atletas?
Quizá porque no hay emoción ante el triunfo de una máquina. Lo puesto en juego tanto en el arte como en el deporte es el deseo, de lectores, espectadores, fans, hinchas. Deseo. Misterio estrictamente humano que no ha podido aún replicar ni producir ningún entramado neuronal cibernético. El capitalismo succiona, transa, vende, sodomiza, subsume, implosiona, promete y se expande vorazmente a partir de la mercantilización del deseo; sin él, se extinguiría, como un parásito al morir su huésped. Por tanto, hay que disputar con furia el reino del Deseo, ese donde hace milenios la poesía es Soberana
parásito del delirio
puedes entrarme por la boca
por las córneas
parásito de la alienación
puedes mover mis manos
intentar escribir con ellas
discursos de hombre legislador
ensayos de académica en leche de almendras
puedes poseerme horas
días
gozarme la garganta
con algorítmica tracción
es inútil
escribo como una mujer que anida dudas viperinas
escribo lluvia
y las gotas suenan a carne cruda
contra carne cruda
a gorgoteo de burda vitalidad
porque vine a manchar lo blanco
parásito de la angustia infértil
siempre iré por la humanidad
imaginemos que sí adviene la obra cibernética parteaguas que arrastre lectores humanos en multitudes; finalmente, ¿sería un modo de separar al autor de la obra? ¿Qué pasaría con el juego morboso y voyeur de acecho a la «vida privada» de escritores y escritoras, de venderla y comprarla, ese afán de idealizar o la tendencia a juzgar, escrachar y cancelar con regusto vengador? ¿Nos quedaríamos con el hipoalergénico producto de una agencia sin sujeto?
Tal vez surgiría una legión de escritoras humanas (y donde digo «escritoras humanas» digo también «escritores humanos») inventando vidas de autores algorítmicos, narrando sus vergüenzas y desvergüenzas primitivas, sus amores de barro y sudor, sus fantasías putas. Historias que luego una voz electrónica compartiría en entrevistas y demás cápsulas massmediáticas. Porque, insisto, la energía material y económica –el plusvalor y la demanda que mueve todo este circo, enredo espectral de presente y futuro– surge, atraviesa y culmina en el deseo humano. Si no, ¿dónde están las máquinas que compran, que pagan, que consumen en centros comerciales? ¿Cómo subsistirá el capitalismo sin humanos deseando? «Érase una vez en que el poder reprimía el placer. Ahora se publicita y se promete, y simultáneamente se pospone y se defrauda. Esta es la característica pornográfica de la semio-producción en la esfera del mercado», dice Bifo.
Incluso, si adviniera una época de Olimpiadas Androides, corporaciones versus corporaciones echando chispas en coliseos ultramodernos, quienes sostendrían la feria desde las gradas a golpe de corazón, babeantes de pulsión erótica y tanática, pagando la fusta con moneda y con tracción de sangre, serían seres humanos, entes hinchados de deseo.
El pulso de nuestro tiempo
En la edad cartesiana la compulsión del homo scientia fue desintegrar. Extremar hasta el paroxismo y el absurdo la atomización de lo real y lo abstracto a partir de lógicas taxonómicas más que neuróticas, con la intención de abarcar lo absoluto. Desde hace décadas, el evento alcanzó un punto de implosión, como una ola que se recoge hacia sí, y empezó a emerger un afán de integración, conexión de fragmentos, amalgama de trozos sin respeto de categorías o rutas de asociación, bajo la premisa de que nada es estable ni definitivo; los gatos, en la inefable Caja, están vivos y muertos a la vez.
Arribó el tiempo de la tensión desproporcionada de todo límite y, en consecuencia, un desbordamiento de nociones como espacio, tiempo, realidad, verdad, ficción, cuerpo, máquina. Pero en especial la institución Hombre-Sujeto entró en crisis, sus certezas, sus universos sólidos…, no solo en términos de género (femenino, masculino, queer…), sino que en la dimensión nuclear del concepto, la crisis propende a sustraer la consciencia humana. Sin embargo
provoca decir que cruzar es seguir
que romper la crisma resulta
que no alcanzan los mendrugos
provoca decir que los mismos son los mismos
que están desgraciando
la cosa está violada por lados inimaginables
la oreja de la cosa mana bermellón
el agujero de atrás escurre un mineral precioso
laguna de plasma
derramándose desde esta Cosa multipolar
aprovecha la tinta
escribe
provoca decir
piensa
provoca decir
inventen
nuestros cuerpos expuestos constantemente a dispositivos tecnológicos permanecen conectados a procesos hipersubjetivantes, pero de subjetividades, por lo común, tremendamente infértiles. Las sociedades conectadas a redes algorítmicas modeladoras y catalizadoras de sentidos mantienen en caos la empatía del sujeto. En el tiempo cero, sobre el que reflexionó Ludmer, la inmediatez signa nuestro ritmo de percepción, digestión y regurgitación de imágenes. La lógica del scroll atraviesa el sentir y pensar contemporáneo.
Las diversas dinámicas de redes sociales y de lectura infoacelerada nos mantienen desovando embriones no evolutivos, huevos no fertilizados en series descomunales de publicaciones yóicas que a nadie importan, que a nadie afectan. Neuróticas expulsiones de materia egocéntrica cuyo verdadero valor es la producción y tráfico de datos que nutren el sistema. Esto cuando no estamos sometidas (y cuando digo «sometidas» digo también «sometidos») a actividades físicas zombificadoras.
No me refiero solo a las publicaciones personales en redes sociales donde alguien muestra su intimidad de mujer que hace yoga matutino para fortalecer el suelo pélvico, ofrece su ano desnudo al sol con fe terapéutica, reflexiona sobre las obreras calcinadas en una fábrica textil a principios del siglo pasado y captura la imagen de su croissant gluten free. No me refiero solo a la compulsión del pana que necesita demostrar el tamaño de su güevo intelectual con rebuscados y rimbombantes circunloquios, relatos de su última conquista, fotografías de vino y poemas pavosos de su propia inspiración. Dijo Ludmer: «La imaginación pública fabrica realidad pero no tiene índice de realidad, ella misma no diferencia entre realidad y ficción. Su régimen es la realidadficción, su lógica el movimiento, la conectividad y la superposición, sobreimpresión y fusión de todo lo visto y oído. Esa fuerza creadora de realidad, la materia de especulación, funciona según muchísimos regímenes de sentido y es ambivalente: puede darse vuelta o usarse en cualquier dirección».
El alcance del fenómeno tiene su expresión sofisticada en un ámbito editorial que navega bastante bien los flujos cibernéticos del momento. Las gallinas cluecas de la posmodernidad empollamos discursos higienizados, políticamente hipercorrectos o de una incorrección impotente, empaquetados y distribuidos por montones en novelas, cuentos, diarios, crónicas, bitácoras, revistas, poemarios y artefactos transgenéricos ultrapalatables. Hoy gran parte de la humanidad lee y escribe, pero ¿a qué costo? Parece que a cambio de la consciencia de sí.
La mixtura de géneros y discursos, la superposición de disciplinas, el collagismo de categorías y conceptos, se han intensificado hasta comportar el signo distintivo no únicamente del arte, sino de los centros de pensamiento científico y académico. Pero no todo cuerpo armado de retazos respira, no todos los doctores Frankenstein logran hacer que sus monstruos tengan consciencia. La estrategia del popurrí sirve en la mayoría de casos para anular el rigor de las estructuras en los trances de creación por mor de la pereza, sin una clara compensación ni intelectual ni estética ni mucho menos política; se demuestra un canibalismo del yo, reiterativo, inofensivo y estéril, deserotizado
provoca decir
inventen
¡hordas sin dientes de aquí y de allá
muerdan como puedan!
¡formen una arquitectura insolente!
provoca
parásito del cinismo
para joderte desde abajito
parásito de la enajenación
para incomodar al cómodo
agresividad biológica ¡levántanos!
la Ciencia en auxilio del tumulto
la idea
el dato
el verso
el número
la onda y la partícula en auxilio del tumulto
una literatura que escriba y a la vez despierte el deseo, una literatura libidinal tiene como principio incomodar, doler, arder, amoratar, lo mismo que emocionar, acelerar, deslumbrar, humedecer, erectar y contraer todas las crestas posibles del entendimiento; debe dar ganas. Más allá de su cualidad metafórica, los efectos tendrán necesariamente su correlato físico: un eros violento y contranostálgico.
Mientras que la memoria es materia fundamental de la literatura, la nostalgia es un deambular narcótico en lo que fue (o pudo ser) y ya no. La memoria es la retención significativa del pasado, de la experiencia y sus registros, con una potencia articuladora de sentidos que se actualizan constantemente. La nostalgia, en cambio, es la negación del presente y los posibles futuros, un goce enfermizo ante la pérdida y, en consecuencia, la ruptura entre Eros y Psique. Es la cárcel que confina al pensamiento y al lenguaje en un modo subjuntivo de no-ser y no-estar. No hay nada menos sexy que la nostalgia.
La literatura, para realizar su cualidad disruptiva, debería erotizar todo a su paso. El asunto no es lograr solo fulgor y ruido (fuego de artificio) sino fulgor, ruido e impacto material (shock nervioso).
Las poéticas cyborgs
Es inútil aferrarse a la nostalgia por la evanescencia del pasado. Política y estéticamente inútil. ¿Por qué escribir literatura a partir de un yo senil que vaga como cadáver viviente, un yo condenado a la maldición de ver la cara de su hijo muerto en el rostro vivo de su bisnieto? La literatura debe resistirse al penar nostálgico, evitar la repetición llorona de contenido aburridor en caminos baldíos que solo capturan a uno que otro caminante perdido. También debe resistirse a la servidumbre politicorrectista y a la mansedumbre del like, a la prostitución farandi. Debe arremeter contra el yo esclerótico que lleva décadas en crisis. Tal vez la violencia de poéticas mutantes sea la única posibilidad de abrir puntos de fuga hacia escenarios contrahegemónicos en dimensiones materialmente políticas
si nuestras piernas no quieren
descoyuntarnos ambas
desde las ingles
diseñar prótesis canguras
con los despojos ingeniar
rápidas
mecatrónicas
que muelan a patadas los tronos
las grupas de la Corte reventadas
por la coz de una Zaratustra mestiza
Zaratustra de favela
cuando el resultado es una criatura que echa a andar, que pone en cuestión todo límite, que indaga, que vive aunque esté muerta y que mata a pesar de su auténtica ternura, que avanza en la búsqueda de sentidos, que odia porque ama y no encuentra qué hacer con tanto soplo vital, cuando el resultado es un aparato sensible y sensibilizador, entonces la flexibilidad e incluso ruptura de normas y protocolos es además de justificable, imperativa; estamos ante una poética cyborg.
Me refiero a poética no solo en una dimensión aristotélica, sino que sigo el pensamiento de Mark Fisher, hondamente influido por el concepto de «máquinas abstractas» de Deleuze y Guattari, y las trato como dispositivos que «actúan en los agenciamientos concretos», máquinas «abstractas, singulares y creativas, aquí y ahora, reales aunque no concretas, actuales aunque no efectuadas» (en palabras de los pensadores franceses) que impactan y modifican la realidad. De manera que las poéticas serían métodos para entender el funcionamiento de algo y serían a su vez el algo, ese que atraviesa y anima el invento humano que la modernidad dio en llamar literatura.
A partir del desafiante planteamiento teórico-ficcional que desarrolla Fisher en Constructos Flatline, juego con las posibilidades metafóricas de sus tesis, las enredo con perspectivas de otras mentes –filósofas, crítico-literarias, narrativas, cinematográficas y especialmente poetas– que surfean el flujo hiperacelerado de acontecimientos en las últimas décadas, en lugar de dejarse arrastrar por la inercia o fijar durezas ortodoxas, obsoletas.
Me interesan los efectos increíblemente políticos, éticos y estéticos de las poéticas mutantes, proteicas, de naturaleza provocadora, que no se mantienen estáticas, sino que fracturan las nociones de mero hueso, extirpan órganos muertos del entendimiento y revolucionan el cuerpo creativo con aleaciones multidisciplinarias, con fundamentos que responderían bien al adjetivo «alienígena» incluso cuando formalmente no son transgresoras. La literatura que fagocita cuanto puede para resignificar subjetividades presentes y futuras.
El resultado es para mí una entidad simbólica cyborg, tal como la postuló la impresionante Donna Haraway en los años ochenta del siglo pasado, en procura de una teorización del feminismo «capaz de mantenerse en sintonía con posicionamientos políticos e históricos específicos y con parcialidades permanentes, pero sin abandonar la búsqueda de vínculos poderosos». En palabras de Haraway, «los cyborgs son entes híbridos posteriores a la segunda guerra mundial compuestos, en primer término, de humanos o de otras criaturas orgánicas tras el disfraz –no escogido– de la «alta tecnología», en tanto que sistemas de información controlados ergonómicamente y capaces de trabajar, desear y reproducirse. El segundo ingrediente esencial en los cyborgs son las máquinas, asimismo aparatos diseñados ergonómicamente como textos y como sistemas autónomos de comunicación».
Articulando las ideas de Haraway con las de Deleuze y Guattari, Fisher, Ludmer y Berardi, concibo una máquina sin cuerpo cuyo poder se opone tanto a la materia abúlica de la nostalgia como al nihilismo gafo del cínico
una Zaratustra de barrios y cantones
que atraviese leguas filosóficas
que fecunde al Ser ingobernable
por fin un esternón de titanio y cartílago
un aguijón orgánico y metafísico
nerfeando el timoratismo
bugeando el sistema
creciendo el margen se achicará el centro
una Zaratustra
de villas y guetos
invadiendo células reales e imaginarias
replicándose
estas máquinas sin sujeto, estas poéticas, activan voluntades deseantes, despiertan el eros individual y colectivo, como la reacción de la piel ante el contacto del beso fantaseado, desbordan energía libidinal susceptible de corroer, como un ácido, el entramado político-moral.
El pensamiento literario debiera ir más adelante y veloz que el devenir tecnocrático del momento, contagiar todos los cuerpos que pueda: cine, arte, música, papers académicos, danza, protestas estudiantiles, universidades, levantamientos campesinos, foros digitales, redes sociales, manifestaciones de enfermeras, preescolares, cenas familiares, jueves de panas y citas de amor. Penetrar los dispositivos tecnológicos, como un virus, y agenciar subjetividad desde ellos hacia la materia orgánica humana, en un proceso contrario, pero igual de intenso al del sistema. Sus propuestas tienen que poner en cuestión estructuras éticas y morales, con imaginerías violentas.
Una literatura que estimule el deseo, que lo conquiste y lo alebreste en contra del orden actual de cosas, implica necesariamente un eros politizado, encabritado por una violencia que amenace el aquí y el ahora. Las poéticas de esta literatura tienen como principio estético además de incomodar, reconocer y aprovechar la intermediación actual de una consciencia humanoalgorítmica. Romper el bucle del poder que tortura y narcotiza a multitudes, a partir de la misma inmanencia desbordada del capitalismo. Hackear las lógicas computables e inocular libido en la parte maquínica que desde hace años nos conforma. La literatura animada por un numen radicalmente poético es capaz de fragmentar líneas y abrir en cada vacío un espacio para la resemantización del yo, para la reconstrucción de la empatía y para la desintoxicación del inconsciente. Capaz de luchar la vida.
Hay un gusto intelectual por las paradojas, especialmente cuando se trata de interpretar y analizar la complejidad socio-cultural, que apunta a cierto nihilismo snob, como si fuese preferible morir de aburrimiento, antes que morir pugnando por alternativas hacia realidades menos sádicas. En contraparte, la poesía, incluso la derrotista, por su propia naturaleza edificante de universos simbólicos y sensibles, es esencialmente antinihilista, comporta siempre un gesto disruptivo, el salto impertinente del pie que nos arranca del sueño, y para decirlo con Berardi: «La poesía abre las puertas de la percepción a la singularidad. La poesía es el exceso del lenguaje: la poesía es lo que en el lenguaje no puede ser reducido a información, y que no es transable, pero que provee un camino hacia un nuevo suelo común de entendimiento, de significado compartido. La creación de un nuevo mundo».
Quien escribe con rigor creativo, quien bosqueja y eleva burbujas de significantes con un afán estético, consciente o inconscientemente encarna una voluntad política que desafía el pulso zombificador de todo tiempo, y el nuestro no tiene que ser la excepción. Si desde este milenio puede considerarse la ligazón irreversible de la tecnología con los cuerpos biológicos, ¿de qué modo la literatura sirve de cable-tendón entre ambos para invadir todo de humanidad? No me refiero tanto a los temas como a la eficacia de sus discursos en términos formales, arquitectónicos, imaginantes. ¿A quiénes se dirige, a qué tipo de lectoras seduce (y donde digo «lectoras» digo también «lectores»)?, ¿lectoras analógicas o ciberlectoras?, ¿lectoras nostálgicas o lectoras mutantes?, ¿qué leen las juventudes e infancias latinoamericanas?
El desafío es producir poéticas que envenenen la realidad a través de la literatura. Estas poéticas serían decididamente cyborgs porque lejos de negar o rechazar las ideas y agenciamientos cibernéticos, se proponen explorar maneras de superar el despecho político, y transformar el modo de operación y captura de subjetividad. En la actualidad una poética potente no puede atascarse en purezas, ni del cuerpo orgánico ni de la máquina. Debe arriesgarse a una inmersión profunda en el plasma del siglo en curso, imaginar artefactos que arrebaten las posibilidades liberadoras inherentes al rizoma cibernético-capitalista. El capitalismo, y su enquistamiento en los Gobiernos nacionales, subsiste gracias a la apropiación del deseo humano, y hoy todos los Estados del planeta funcionan bajo esquemas de producción capitalistas, incluso aquellos cuyos líderes políticos predican discursos socialdemócratas, socialistas o comunistas. Como máquinas abstractas las poéticas cyborgs vienen a agenciar recodificaciones radicalmente humanizantes, a hackear sentidos.
Que la literatura escrita en Venezuela y América Latina se propase, se extralimite, abuse y explore fuera del conjunto, que sea una verdadera entidad migrante. Que no sea una literatura somnífera, con solo dos cabezas tristes. Que no sea una literatura ensopada en nostalgia o un lindo cascarón vacío. Son tiempos para invocar una literatura de poéticas cyborgs, invocarla así
haz que chille la ciudad
sé tecnología de ataque
desparrama la rabia primera
hija percusia del derecho negado
no seas fresa
sé un enredo de cables
sé un despropósito
cortocircuita zonas duras y blandas
no seas buena
sé un shock
que deslobotomice al imbécil
un punzón estimulante
en el lóbulo frontal de la imbécil
sácame el parásito de la complacencia
extráeme el parásito del espejo
mutila mis extremidades bobas
modélame un cuerpo
panoplia sensual quiero
doler quiero
siempre ir por la humanidad
brutalizar al bebé rozagante de la aquiescencia
apuñalar el hígado de la palabra resignación
mojar mi lengua con tu lengua
mi sexo con tu sexo
quiero escocer
que nadie sea ósculo en la frente del decoro
que nadie empolle el embrión víctimo
que ningún hijo se acomode
entre los rieles del tren
mi voluntad es puerca
sucia y tuya
es mi voluntad.
La nostalgia es una trampa
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Los caballos lo han sabido desde siempre
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