Política
El peronismo necesita más armadores
Por Federico Mochi
21 de mayo de 2025
“Peor que la traición es el llano.”
Chueco Mazzón
Se sabe poco del Chueco Mazzón. Su verdadero nombre es Juan Carlos, pero nadie le decía así. Militó en Guardia de Hierro en los 70. En democracia, trabajó con Menem, Duhalde, Néstor y Cristina. Formó figuras clave de todas estas etapas del peronismo: José Manuel De la Sota, José Luis Manzano, José Luis Gioja, Eduardo Fellner.
Mazzón atendió en la Casa Rosada de manera ininterrumpida entre 2002 y 2015. Estaba a cargo de la “Coordinación de Asuntos Político Institucionales de la Unidad Presidente”: bajo ese cargo, se ocupó de rosquear para cuatro gobiernos peronistas consecutivos. Su método no era pura técnica: hacía un lugar en su política para el afecto, para lo humano. Eso lo habilitaba a hablar con todos los sectores. Como dice un entrevistado por Jorge Luis Ferrari y Nicolás Barrera, que le dedicaron un libro: “su oficina era una peregrinación constante, como un curandero.”
Hoy, ante un peronismo que busca renovarse, la figura de Mazzón cobra una importancia singular. Por eso es necesario que reconstruyamos su legado.
I. Historia de un Chueco
“A la política no se viene a hacer amigos, se viene a construir poder.”
Chueco Mazzón
Juan Carlos nació en la localidad de San Javier, en Santa Fe el 8 de enero de 1944. Su padre era carnicero, y de joven él fue docente rural. En 1963 viajó a Mendoza, donde estudió Ingeniería en Petróleo. Adoptó esa provincia como propia: siempre se consideró mendocino. Fue allí que recibió el apodó “Chueco”, por su osteomielitis, una enfermedad causada por una infección en los huesos. Sus problemas de salud lo llevarían a tener que colocarse una prótesis de cadera en 1986.
Además, las tierras cuyanas le abrieron las puertas de la militancia universitaria. Su agrupación en la Universidad Nacional del Cuyo (UNCUYO) se llamaba “Línea Nacional”, y fue generando vínculos con otros espacios políticos: la Federación Nacional de Estudiantes (FEN), que viró de la tendencia revolucionaria al justicialismo ortodoxo, y a Guardia de Hierro. Juntas, formaron la Organización Única del Trasvasamiento Generacional (OUTG). Desde allí se vinculó tempranamente con un cura jesuita llamado Jorge Bergoglio.
Allí conoció también a José Luis “Chupete” Manzano, que en 1983 se convirtió en diputado nacional. El Chueco apostó fuerte a su figura, quizás su primer acierto político, y se fue con él a la Cámara Baja. En la gran interna del peronismo, el Chueco jugó con Antonio Cafiero, pero luego supo ubicarse con facilidad en el armado de Carlos Menem. Cuando el riojano llevó a Manzano al gabinete, como Ministro de Interior, Mazzón se convirtió en su viceministro.
En 1987 había conocido, por intermedio de Manzano, a un joven intendente patagónico: Néstor Carlos Kirchner, que acababa de ganar Río Gallegos, pero se llevaba muy mal con el gobernador de Santa Cruz, Arturo Puricelli. Mazzón empezó a oficiar de mediador entre ambos. Rápidamente comprendió cómo funcionaba el cerebro de Kirchner: “él te pelea y después te busca”, decía.
Kirchner, que ya había llegado a Gobernador, tenía una relación compleja con Domingo Cavallo, y una vez más el Chueco se ofreció para recomponer el lazo entre ambos. Del mismo modo, asesoró al santacruceño en la Convención Constituyente de 1994, estrechando más todavía el lazo entre ambos.
Fue uno de los armadores enviados por Menem para buscar que el Congreso del Partido Justicialista habilitara su intento de ir por la re-reelección en 1999. La jugada era imposible, y fracasó. Mazzón reforzó sus vínculos con Eduardo Duhalde e hizo campaña por él, mientras el presidente se desentendía y se dejaba comer votos por Cavallo, que jugaba con su propio partido.
Duhalde perdió esa elección, pero después de la crisis de 2001 llegó al poder nombrado por la Asamblea Legislativa. El Chueco volvía a la gestión pública: el nuevo presidente lo nombró Coordinador General de Asuntos Político-Institucionales de la Unidad Presidencia, y le entregó una oficina del cuarto piso de la Casa Rosada. Ese despacho se convirtió en su segundo hogar: lo ocupó hasta el día de su muerte.
Cuando Néstor Kirchner llegó a la presidencia en 2003, heredó esa estructura y mantuvo a su viejo aliado en el cargo. De hecho, le dio aún más centralidad, y lo convirtió en uno de sus laderos imprescindibles. De todos los líderes peronistas con los que trabajó Mazzón, su relación más cercana fue con él. Fue un armador incansable en las sombras, que recibía en su despacho a dirigentes de todo el país.
En 2007, tuvo un rol clave en la estrategia electoral que le permitió a Cristina Fernández de Kirchner ganar muchas provincias del interior y asegurarse la victoria. Pese a que él decía que tenía un “estilo distinto”, la presidenta lo mantuvo en el cargo durante sus dos mandatos.
Sumó un nuevo proyecto en 2010: la creación del Instituto Gestar, un espacio de pensamiento y formación política para el peronismo, que creó junto a Néstor Kirchner y Diego Bossio, entonces una joven promesa K a cargo de la ANSES. En la presentación del instituto, en el teatro El Nacional, Néstor dio un discurso clave para pensar ese momento del peronismo y los desafíos que se planteaban, y que siguen estando vigentes:
“Gestar tiene que construir cuadros políticos, técnicos y dirigenciales para profundizar el proyecto. Esto no tiene que ser un club de amigos, sino una usina generadora de cuadros para transformar la Argentina. Ya llegará el momento electoral. No me interesa la construcción electoral donde no se debatan las ideas o donde no se abran las puertas a nuevos cuadros”.
Fue uno de los últimos discursos del Pingüino.
El año siguiente, el Chueco volvió al ruedo electoral. Estuvo a cargo de construir la estructura que diera sustento a la reelección de CFK. Una vez más, se ocupó de que el Frente para la Victoria fue un espacio amplio, en el que convivieran sectores diversos y todos fueran respetados. Sin embargo, no tenía la misma cercanía con la presidenta que había llevado con su predecesor.
Las cosas venían mal, pero empeoraron en 2015. En medio del cierre de listas en Mendoza, se enfrentó fuertemente con Cristina y fue desplazado de su cargo. Se acercó al espacio de Daniel Scioli, pero no llegó a participar demasiado de su campaña. Falleció el 20 de agosto de 2015, en mucho silencio.
II. Transversalidad vs ortodoxia
“Yo no necesito salir en la foto,
con que salga la obra me alcanza.”
Chueco Mazzón
Para entender cómo pensaba el Chueco Mazzón, hay que reconstruir brevemente el contexto político ideológico del primer kirchnerismo. En ese momento se dio un debate, una división interna, que ha sido algo olvidada: era un enfrentamiento entre los partidarios de la transversalidad y los que preferían la ortodoxia.
El concepto de “transversalidad” nace, para el peronismo, en 2004. El espacio político de Néstor Kirchner se empieza a desprender del armado de Eduardo Duhalde, que lo llevó al poder. El problema es que el de Banfield sostiene todavía la mayoría de los apoyos en el Partido Justicialista. El nuevo presidente lanza entonces una apuesta política inmensa, con la astucia que lo caracterizaba: promueve una alianza que trascienda al peronismo y que vaya contra los “aparatos” heredados del menemismo.
La transversalidad a la que apunta Néstor se apoya, principalmente, en dos elementos:
a) Los movimientos sociales surgidos al calor de la resistencia a las políticas de desguace del menemismo: el Movimiento Evita (liderado por Emilio Pérsico), la corriente Patria Libre (de Humberto Tumini), la Federación de Tierra, Vivienda y Hábitat (de Luis D’Elía), entre otros.
b) Los nuevos espacios y dirigentes políticos de tendencia progresista: partidos como el Polo Social, dirigentes como Miguel Bonasso y Aníbal Ibarra, entre otros.
Esta formación tendrá como hitos dos eventos. En 2004, el Partido Justicialista realiza un congreso en Parque Norte, que termina en crisis: Hilda “Chiche” Duhalde acusa a CFK de querer llenar de zurdos el peronismo. El año siguiente, las dos mujeres se ven cara a cara: en las elecciones para senadoras de la Provincia de Buenos Aires. Los cierres de campaña lo reflejan: la “nueva política” K en La Plata contra la “vieja política” duhaldista en la quinta de San Vicente. La historia es conocida: Cristina arrasó, duplicando a Chiche Duhalde en votos.
Pero esto no fue el fin de la historia, sino sólo el principio. Con el fin de la disputa por el poder, el debate por el sentido estratégico del peronismo se trasladó al interior del kirchnerismo. Desde entonces, la línea de la transversalidad adoptará distintas formas, pero será hegemónica: la representaba principalmente Alberto Fernández, entonces Jefe de Gabinete. En paralelo, otros dirigentes continuaban impulsando un peronismo clásico, no tan cercano al progresismo: un referente era Julio De Vido, y allí participaba también el Chueco Mazzón. Era, de alguna manera, una grieta entre la centro izquierda y la centro derecha.
Néstor Kirchner se quedó con la conducción del Justicialismo, pero se mantuvo firme en la postura de la transversalidad. Consideraba que había un nuevo viento político, representado por ejemplo por lo que se consideraban los “tres intendentes progresistas” de las tres principales ciudades del país: Aníbal Ibarra en Ciudad de Buenos Aires (técnicamente Jefe de Gobierno), Hermes Binner en Rosario y Luis Juez en Córdoba.
En esa línea, el presidente lanza en 2006 la Concertación Plural, en un acto en Plaza de Mayo donde se sumaron a los movimientos sociales otra base fundamental del kirchnerismo: las Madres y Abuelas, y otros organismos de derechos humanos. Además, envió a Carlos Zannini a armar “Compromiso K”, el origen de la militancia kirchnerista. Este movimiento tuvo su punto máximo en 2007, cuando se logró sumar el apoyo de cuatro de los seis gobernadores radicales, entre ellos Gerardo Zamora, de Santiago del Estero, y Julio Cleto Cobos, de Mendoza.
Este último se convirtió en vicepresidente de Cristina, lo que implicó un problema para Mazzón. Recordemos que, pese a su nacimiento en el Litoral, el Chueco se consideraba mendocino, y había construido siempre en la vereda contraria del hombre que terminaría dando su “voto no positivo” a las retenciones, en medio del conflicto con el Campo.
III. Estrategia y praxis política
“Los éxitos se preparan.”
Chueco Mazzón
Durante todos estos años, Mazzón sería un operador clave en la resistencia a esta política de transversalidad, sosteniendo los vínculos directos con gobernadores y dirigentes que provenían del duhaldismo. Lo hizo sin sacar los pies del plato, pero sin claudicar tampoco: cuando tenía que enfrentarse a las decisiones de la conducción, lo hacía sin temor.
De hecho, en las elecciones de 2007 lo hizo en varias oportunidades. En algunos casos, acercó a amigos al Frente para la Victoria, y jugó un rol clave en sus campañas, con apoyo orgánico del kirchnerismo: es el caso de José Luis Gioja en San Juan, Walter Barrionuevo en Jujuy, José Alperovich en Tucumán, entre otras. En Buenos Aires, fue fundamental su participación para ordenar a los intendentes atrás de la candidatura de Daniel Scioli.
Pero, en otros casos, se enfrentó a los candidatos oficiales. En Córdoba, el kirchnerismo apoyó a Luis Juez, que había construido un vínculo con Alberto Fernández. El Chueco jugó con José Manuel De la Sota, que se impuso por un punto: 37% a 36%. En Mendoza, armó con el peronista Celso Jaque contra el radical K y sucesor de Cobos, Sergio Biffi. El candidato de Mazzón venció por 38% contra 30%. Su única derrota fue en Río Negro, donde se enfrentaban el radical Miguel Ángel Saíz contra el peronista Miguel Ángel Pichetto; por la transversalidad, el FPV apoyó parcialmente a ambos, pero el Chueco jugó fuertemente por el segundo, que perdió por 47% contra 41%.
De este modo, el Chueco se convirtió en un actor central del PJ Federal, algo que el kirchnerismo necesitaba. No es que negara completamente la transversalidad; ni siquiera se oponía al progresismo sólo por razones de ortodoxia ideológica, sino más bien de visión estratégica. Lo que comprendía el Chueco es que nada existe sin estructura territorial, y eso necesita al Partido Justicialista.
Esa tensión entre transversalidad progresista y ortodoxia federal se puede ver expresada en la deriva del peronismo en el llano (el peor lugar, para Mazzón), después de 2015. Alberto Fernández, la opción por la que se decantó el movimiento, es un claro representante de la primera opción. Pero había otro camino que se intentó, el de reconciliar al kirchnerismo con el armado de De la Sota. Esa posibilidad, más cercana a lo que imaginaba el Chueco, quedó obturada por el fallecimiento trágico del dirigente cordobés en el 2018.
Mazzón usaba como una de sus principales armas una pequeña libreta negra, una bitácora o diario donde se anotaba todo. Nada quedaba fuera del registro, algo que puede verse como un resabio de formas políticas que ya no existen, pero también como una representación de la importancia del valor de la palabra. Por eso se movía tan bien en la inmediatez de los cierres de listas, ahí donde sale “lo peor del ser humano”, como en el medio plazo de los acuerdos políticos, como en el tiempo largo de la estrategia y la visión política de futuro.
¿Por qué hablar hoy del Chueco Mazzón? Porque el peronismo está enfrentando una crisis. Y, entre las cosas que nos hacen falta, hay una que no se puede olvidar. Quizás muchos no estén pensando en esto, pero hoy necesitamos más armadores, más estrategas, más gente que se dedique a resolver cosas y a juntar voluntades. Gente sin intereses de más y con más ganas de hacer que de salir en la foto. Hay que hablar más del Chueco Mazzón para construir el peronismo que viene.
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