Internacional
El laberinto europeo
Por Santiago Mitnik
22 de febrero de 2025
Las cumbres y declaraciones públicas de los últimos días parecen indicar que, a menos que ocurra un evento sorpresivo, finalmente comienza a encaminarse el fin de la Guerra de Ucrania. Si bien es mala idea discutir sobre un acuerdo de paz casi negociado, es un buen momento para mirar algunas dinámicas a largo plazo del conflicto.
De los muchos temas que hay para explorar, en esta nota no quiero hablar ni del conflicto militar en sí, ni de las dinámicas internas de Ucrania ni Rusia, ni de EEUU. Este proceso de acuerdos está siendo leído en gran medida como una “puñalada en la espalda” por parte de EEUU a Ucrania y a Europa. Me quiero centrar simplemente en Europa y su crisis de proyección estratégica y como explica en gran medida la situación en la que se encuentra hoy.
Opa, opa, América y Europa
Es hasta cliché a esta altura, pero no hay forma de entender el eje del conflicto sin conocer la historia y el sentido de la OTAN en Europa y su expansión hacia oriente desde la caída de la URSS. La famosa frase “keep the Americans in, the Germans down and Russians out” explica bastante bien la idea. La OTAN es un producto de la época de mayor tensión de la Guerra Fría y la búsqueda de Europa Occidental de un marco de alianzas defensivas frente a una posible invasión soviética. La incorporación de EEUU al marco de alianzas no es más que la muestra de una realidad objetiva, que es la ocupación militar real de EEUU sobre Europa al final de la Segunda Guerra Mundial y el proceso de partición y desnazificación de Alemania.
Si bien esta ocupación fue abiertamente celebrada (no por todos, obviamente) en su momento, la hegemonía norteamericana sobre Europa no vino sin cortocircuitos con sus aliados. Especialmente Francia (y en mucha menor medida Inglaterra) que aún mantenía ciertas aspiraciones soberanistas con De Gaulle y sus proyecciones colonizadoras sobre África y Medio Oriente.
Con la consolidación de EEUU como potencia hegemónica en Occidente y la lenta entrada en decadencia de las viejas potencias europeas, la OTAN se convirtió en una proyección de poder de Estados Unidos y en el principal pilar de su política de seguridad en Occidente. La caída de la URSS (y la reunificación alemana), en lugar de poner en crisis a esta estructura, la sobrecarga, y comienza la incorporación de los territorios antes pertenecientes al Pacto de Varsovia. Mucho se habló sobre esa expansión, pero no tanto sobre las consecuencias sobre la propia Europa.
La Unión Europea es una estructura política compleja y contradictoria. Su nacimiento se da como reacción al horror de las guerras intraeuropeas y al fin de la época de los imperios y colonias. Sin embargo, hacia adentro, nunca terminó de quedar en claro cuál es el objetivo final. Dos tendencias claramente opuestas son la “Europa de las Naciones” y el “Federalismo Europeo”.
Las dos Europas
Ambas tendencias son, a su manera, a la vez “soberanistas” y “globalistas”. Básicamente, podemos llamar “Europa de las Naciones” a la tendencia a solamente conformar un bloque de alianzas abierto, del que es posible entrar y salir, y dónde, fundamentalmente, el núcleo de la soberanía se mantiene en los Estados nacionales miembros. En la idea de la “Federación Europea”, en cambio, podemos ver una imagen de una UE soberana por sobre los Estados nacionales miembros, con instituciones ejecutivas, proyecciones de intereses y autonomía estratégica propia. La pregunta es, entonces, qué entendemos por soberanía en esta etapa histórica y cuál es el sujeto histórico de esa soberanía.
Paralelamente, Europa tiene una “interna” entre su centro (Francia y Alemania) y su periferia (Inglaterra y Polonia suelen ser ejemplos). Además están las tensiones entre los partidos del pacto europeo contra los “euroescépticos”.
La resolución de todas estas tensiones fue, no sorprendentemente, tibia y parcial, y no se llegó a ningún desempate. Y esa falta de una perspectiva clara es en gran medida lo que termina de detonar en estos últimos tres años. En esta falta de claridad hay dos puntos fundamentales, la cuestión de la energía y el eje militar, que muestran la debilidad y contradicciones del Proyecto Europeo.
En lo relacionado a la energía, bajo la influencia del Partido Verde Alemán (y según las malas lenguas, de dinero oscuro de la empresa rusa Gazprom, pero no sorprendería que haya otras fuentes también), Europa comenzó un proceso de suicidio energetico. Las políticas ambientalistas de cerrado de plantas de carbón y otros tipos de combustibles fósiles se dieron junto con el cerrado de las plantas nucleares, pasando a importar gas ruso.
En un ya archifamoso discurso en la ONU en 2018 Trump advertía (aunque no fue ni de lejos el primero en hacerlo) en como esto volvía a Europa dependiente de Rusia y los riesgos que eso implicaba, frente a risas burlescas de la delegación alemana. Los gobiernos demócratas también advirtieron a Alemania de no continuar con los proyectos de construcción del gasoducto Nord Stream 2 y amenazando con actuar por cuenta propia. Y fue también un gobierno Demócrata el que, en plena guerra de Ucrania, voló el gasoducto en una operación comando (la idea de que fueron los ucranianos actuando por cuenta propia es ridícula). En esta nota del 27/07/2022 decíamos que “Las bombas caían sobre Donetsk y Luhansk, pero el verdadero objetivo eran los Nord Stream”; dos meses después, esas bombas cayeron de verdad. Es claro el caso Nord Stream porque, aunque ridiculizado desde EEUU (y con razón), muestra un claro intento de proyección estratégica soberana por parte de Alemania, a pesar de las presiones de EEUU (y de países como Polonia).
El caso militar es más paradigmático aún. La idea de un “Ejército Europeo” o una “Fuerza de Acción Rápida Común” sobrevoló el entorno europeo durante décadas. La conformación de aquella fuerza hubiera significado muchas cosas. En primer lugar, un debilitamiento de los estados miembro y un fuerte avance de la idea centralizadora y federalista. Por eso mismo este proyecto fue opuesto por partidos euroescépticos y países periféricos, además de la cobardía e indecisión de los líderes alemanes y franceses, por lo que el plan quedó estancado.
Pero, ¿qué hubiera implicado un Ejército Europeo? En primer lugar, un dolor de cabeza para cualquier potencia mediana de fuera de Europa con ganas de morder algún territorio. Pero, lo que es mucho más importante, habría sido una rebelión abierta al orden occidental. De existir un ejército europeo fuerte, la arquitectura de la OTAN dejaría de tener sentido, volviéndose algo más parecido a un pacto entre dos “iguales” (imaginando una inversión real en las capacidades de esta fuerza). Que no sorprenda entonces que la política norteamericana para la OTAN de “keep the germans down” se haya transformado en “keep the europeans down”.
Por eso es irónico que el gran reclamo trumpista a Europa es que no “pagan su parte” del presupuesto de defensa. Es claramente cierto, pero en gran medida la causa radica en la imposibilidad (o incapacidad) de las élites europeas de construir un proyecto soberano. Ante ello la respuesta europea fue, en cambio, aceptar a pleno el orden estadounidense y recostarse en él haciendo el menor esfuerzo posible. La desmilitarización europea es sólo posible y entendible bajo la hegemonía imperial norteamericana.
Esta desmilitarización tiene consecuencias catastróficas hoy en día, porque Europa ha quedado sin stock militar y sin capacidad de producir nuevo, tanto para el conflicto actual como para sus propios ejércitos nacionales, generando tal dependencia de EEUU que hasta llega a ser un problema para la propia potencia norteamericana.
Continente sonámbulo
Pero quizás el punto central de la agenda europea de las últimas décadas sea la proyección ideológica. Europa se entiende a sí misma como el gran modelo a seguir por el mundo, como el núcleo fundamental de un nuevo orden global donde los conflictos militares y la competencia estratégica son cosa del pasado. Ideas similares se pueden ver en muchos académicos y políticos que, incluso sin saberlo, son europeístas. Todo esto ignora la realidad insoslayable de que todo ese andamiaje está soportado por el poder militar norteamericano, no por la retórica ideológica y tampoco por un poder propio europeo.
Vemos entonces dos Europas “posibles” y una real.
La primera es una Europa totalmente dependiente de EEUU, fragmentada hacia adentro, sin ninguna proyección estratégica propia y con una capacidad industrial y económica limitada.
La segunda, casi inimaginable a esta altura, es una Europa integrada con Rusia y Eurasia. Es interesante que hay varios patrones de enorme complementariedad entre las economías europeas y las economías del bloque euroasiático (similares al del gas). Casi podríamos decir que, quitando los otros factores decisivos, la orientación “natural” de Europa es hacia el Este, asegurando su retaguardia y conformando un bloque de escala global, capaz de competir directamente contra China y EEUU. Esta Gran Eurasia, de Vladivostok a Lisboa es el sueño del Duginismo y sectores de la Nueva Derecha europea. Por supuesto que es, también, inadmisible para EEUU y quizás incluso más importante, para las propias élites liberales europeas.
Entre estas dos vías, las élites francesas y alemanas optaron por no hacer nada, y continuar el rumbo intermedio sin mayores reflexiones ni preocupaciones al respecto. Esta es la Europa realmente existente: un continente a la deriva estratégicamente, pero profundamente soberbio en su indecisión. Este sonambulismo político terminó de reventar con el conflicto Ucraniano, repetidamente en 2014, 2015, 2022 y 2025.
El fin del sueño
De los detonantes del conflicto ucraniano en 2014 hemos hablado repetidas veces en este mismo medio, pero el principal para la cuestión europea que aquí se trata es el tironeo entre la Unión Europea y Rusia por la vinculación económica con Ucrania. El hecho fundamental es que estaba dentro de los intereses estratégicos europeos llegar a algún acuerdo de largo o mediano plazo con Rusia para diagramar el modo en que se iba a dar la relación tripartita UE-Ucrania-Rusia y sin embargo no pudo. Quedará a la historia de la diplomacia terminar de descifrar si fue por ceguera ideológica, debilidad en la ejecución o abierta interferencia estadounidense en el terreno (o una combinación de las tres).
El conflicto militar iniciado por Rusia en 2022 tiene, en detalle, diversos detonantes mucho más relacionados a la dinámica interna de Ucrania y las tensiones entre la OTAN, EEUU bajo el gobierno demócrata Biden y Rusia, con un rol menor de Europa como bloque.
Para este análisis, lo identificable del rol de Europa en el conflicto es un grado de extremismo ideológico en el apoyo a Ucrania que no condice con la realidad de su capacidad de producir ese apoyo materialmente. Sus stocks militares están prácticamente agotados, su capacidad de producción militar no se incrementó ni de cerca lo suficiente, etc. Este juego de “ladrar pero no morder” gracias a tener a EEUU detrás (específicamente, el Estados Unidos de Biden) no podía durar mucho.
El punto central es mostrar que Europa es el gran perdedor de esta guerra, incluso antes de que haya empezado. Por eso mismo no sorprende que su final sea también con otra gran humillación diplomática a Europa. Esta “puñalada por la espalda” de Trump, no es un fenómeno aislado y sorprendente, sino un desarrollo en cámara lenta, donde Europa, por su falta de firmeza en un rumbo y diplomacia propia se construyó su propio laberinto.
La guerra arrojó a un continente acostumbrado a las proclamas ideológicas y las maniobras burocráticas a la frialdad y la crueldad del realismo militar, político y comercial. Un entorno donde Rusia y Estados Unidos, especialmente bajo un gobierno republicano, se sienten mucho más cómodos.
En la ronda de negociaciones en Arabia Saudita se sentaron “los grandes”, EEUU y Rusia, relegando a los europeos (y ucranianos) a un mero rol de espectadores. Días antes J.D. Vance, vicepresidente de EEUU en la cumbre de seguridad en Munich pronunció un potente discurso con una fuerte retórica contra la hegemonía europea actual. Hay claramente cierto schadenfreude presente en la actitud frente a Europa, pero no debe sorprender demasiado. La actitud sonámbula de la élite europea estuvo combinada con una profunda soberbia y desprecio a los “bárbaros” que no entendían la inevitabilidad del “orden” liberal-europeo, hoy quebrado.
La pregunta es, entonces, cuál va a ser la respuesta. ¿Entenderán los líderes europeos estas maniobras estadounidenses como una “excepción trumpista” que se resolverá sola con la vuelta de los demócratas a la Casa Blanca o verán los problemas sistemáticos en su estrategia? ¿Se avanzará hacia una fractura definitiva de la OTAN? buscará Europa cierta orientación estratégica propia y si es así, vinculada a quién, ahora rodeada de enemigos? aceptaran el nuevo orden impuesto por EEUU y Rusia y bajarán la cabeza? Y por último, y esperemos que no suceda, ¿intentarán compensar la humillación con mayor militarismo y movilizarán tropas propias hacia Ucrania, poniendo en riesgo una espiralización militar aún más peligrosa que la actual?
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