Literatura

El silencio de las sirenas

Melancolía y porvenir en La Odisea

Una de las escenas más significativas de La Odisea es aquella en la que Odiseo  su tripulación logran burlar a las sirenas sellándose los oídos con cera. El héroe les ordena remar sin detenerse, pero también exige que lo aten con firmeza al mástil: quiere ser capaz de escuchar el canto prohibido y sobrevivir para contarlo. Se ofrece, así, como testigo de un mundo que está a punto de desvanecerse.

Por Sasha Hilas
11 de septiembre de 2026

La Odisea marca muchos finales y diversos cambios en la mentalidad griega, al tiempo que anuncia la abrumadora ventaja que tendrá el ser humano por encima del mundo mítico. El episodio de las sirenas es apenas un ejemplo. Una y otra vez, el astuto hijo de Ítaca burla a dioses y criaturas mediante una fuerza curiosa, casi clandestina. No me refiero solo a la inteligencia , sino a ese arte de la trampa y el ardid que inaugura una nueva estirpe de héroes. En su figura se advierte un cambio de rumbo profundo, un corrimiento del heroísmo hacia la astucia como principal motor de la supervivencia.

Pero hay un cambio aún más inquietante. Cuando Odiseo, atado al mástil, vence la tentación y engaña a las sirenas, ellas se arrojan a la muerte incapaces de soportar la humillación de haber sido derrotadas por un mortal. Con su muerte, se corre el último velo del mundo antiguo: el de las criaturas terribles, los dioses caprichosos y los misterios que daban espesor al mar. Odiseo escucha un canto, cuya belleza se dice que contenía los secretos del mundo; pero con ello también lo despoja de su poder.

Las sirenas ya no sembrarán terror en los mares y, si hubieran sobrevivido, posiblemente terminarían convertidas en una atracción turística más del Mediterráneo dominado por los barcos helenos. Con su muerte, el mundo mítico se repliega en la oscuridad del más allá y el ser humano victorioso tendrá que vérselas con el vacío de un mundo sin magia.

Más de dos mil años después, el escritor checo Franz Kafka compone uno de sus mejores relatos, “El silencio de las sirenas”, hacia 1917, en el umbral entre el expresionismo y el modernismo. Gran parte de su obra se nutre de personajes literarios, parábolas del Talmud, mitos antiguos y tradiciones orales. En ese cruce singular, la escritura de Kafka convive con criaturas de todo tipo: desde animales diminutos hasta seres informes y monstruos arcaicos. A este último linaje pertenece su versión del mito de las sirenas, una reversión deslumbrante que, como si convocara espectros, extrae el sentido profundo del encuentro entre Odiseo y aquellas figuras amenazantes y ominosas.

El cuento de Kafka presenta a Odiseo como un mortal astuto pero confiado, ignorante de que las sirenas poseen un arma aún más letal que el canto: su silencio.

Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.

Dos breves párrafos más adelante, cierra el cuento:

La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.

Resulta llamativo el desplazamiento que el propio cuento traza sobre Odiseo: de una ironía casi burlona pasa a una admiración por su modo de engañar al destino, moviéndose por debajo del radar de dioses y criaturas. Ya no se exalta el coraje frontal de los héroes antiguos, sino la astucia que esquiva el peligro. Odiseo, el más lúcido entre los griegos, recurre a tretas y artimañas.

Pero hay algo más. Me pregunto si ese espectáculo que monta Odiseo está dirigido solo a dioses y monstruos o si también lo ejecuta para sí mismo. Para autores como Walter Benjamin, Kafka inaugura una nueva forma de narrar tras la muerte de la narración oral –aquellos rituales domésticos de historias contadas por madres y abuelas–. En Kafka, la astucia se vuelve una forma de combate contra el mundo de los dioses y sus criaturas. Frente a la lógica mítica, regida de punta a punta por un destino ineludible, la astucia introduce trampas y desvíos que permiten a los mortales torcer la senda fijada de antemano.

Si el mito clausura la agencia humana, el cuento maravilloso revela en cambio la alianza entre los mortales y la naturaleza, y la potencia de los “pequeños trucos” para resistir la dominación. Kafka, heredero de esa tradición, la llevó a una maestría singular.

La astucia de Odiseo no consiste, como suele pensarse, en vencer a las sirenas atándose al mástil. Kafka altera el relato: Odiseo se ata, sí, pero también se tapa los oídos con cera; y, al mismo tiempo, dota a las sirenas de un arma mucho más letal que su canto: el silencio. Ellas descubren la treta y la victoria se vuelve fracaso. Odiseo sabía que su ardid acallaría el canto, que la seducción ya no tendría fuerza ni amenaza. Atarse al mástil es una metáfora del avance técnico y de su dominio sobre el antiguo mundo de criaturas divinas y fuerzas indomables.

Sabiendo que las sirenas callarían, Odiseo se tapa los oídos para soportar la carga de esa destrucción: podía consolarse imaginando que seguían cantando.

La conclusión es inevitable: Odiseo se vuelve el primer melancólico de la mitología. Sabe que el encanto del mundo mítico se ha perdido para siempre y que, ante el silencio de las sirenas, su ensimismamiento no es vanidad, sino duelo por un mundo despojado de magia. Di Pego señala que su simulacro no solo lo protege de la tristeza –permitiéndole imaginar un canto que ya no existe–, sino que también resguarda a las sirenas, que simplemente “se esfuman de su horizonte personal”, como dice Kafka.

El episodio revela el desencanto del mundo: la magia se retira y el mundo queda entregado a los humanos. En este sentido, Odiseo es el umbral entre el mito y el cuento de hadas: su astucia perfora los secretos del mundo mítico y desactiva su amenaza. Pero incluso en su simulacro persiste una esperanza pequeña. El Odiseo de Kafka encarna la experiencia melancólica del desencanto occidental sin recaer en la nostalgia del “todo tiempo pasado fue mejor”. Frente a las pérdidas y desencantos conserva una única esperanza: recordar aquello que nuestro presente ha olvidado.

Toda su odisea concluye en el regreso Ítaca y la redención. Su piel curtida y experimentada, tanto en la guerra como en la supervivencia, descansa en el encuentro con su familia y, en especial, su hijo. Si el mundo de monstruos y terribles criaturas ha dejado caer el último velo sobre el mundo humano, su reencuentro con el joven Telémaco puede deslizar un último signo para el mundo que vendrá: por favor, inventa un mundo nuevo.