Urbe

el alma del hombre bajo el poscapitalismo

Por Dante Sabatto
01 de diciembre de 2022

Quiero explicar el título de esta nota. El 30 de noviembre de 1900, hace 122 años, el escritor irlandés Oscar Wilde murió, enfermo luego de los trabajos forzados a los que había sido condenado por sodomía (léase homosexualidad). Diez años antes, había escrito uno de los ensayos más hermosos y enigmáticos de la historia moderna: El alma del hombre bajo el socialismo.

Allí, Wilde examinó una dialéctica secreta, la que conduce del socialismo al individualismo. No hay, para Wilde, individualismo posible sin socialismo. Y no puede decirse que no tuviera claro de qué estaba hablando, porque lo deja muy claro: habla de la conversión de la propiedad privada en pública, de la coacción del sistema laboral, de comercio, industria y abolicionismo. Y dice: la propiedad privada ha aplastado el verdadero individualismo y colocado en su lugar uno falso.

El resultado es un socialismo tan utópico como el de Fourier o Saint Simon, y con algunas preocupaciones mucho más actuales. Wilde saluda, por ejemplo, la abolición de la familia y el matrimonio. Considera la posibilidad de un socialismo tiránico (un cuarto de siglo antes de la Revolución Rusa) y añade con su humor habitual que el despotismo es injusto “también para el déspota”, que probablemente tenga mejores cosas que hacer.

Pero la palabra más importante es “alma”. Wilde era un artista y había teorizado ampliamente sobre el esteticismo. Es triste, por esto mismo, ver su legado convertido en el de un simple hedonista, sobre todo cuando su obra más famosa, El retrato de Dorian Gray, es precisamente una exploración sobre los pliegues oscuros del goce estético, sobre la corrupción de lo bello y la belleza de lo corrupto. Estos tópicos forman el fondo de El alma del hombre bajo el socialismo: al fin y al cabo, Wilde no va a preocuparse por la logística o la misma legitimidad de la vida organizada en común, sino por las almas que esta requiere y las almas que esta produce.

122 años más tarde, todos los problemas que Wilde trató (el autoritarismo en el socialismo, la propiedad privada como impedimento de la libertad genuina, la limitación implícita en la familia nuclear tradicional) han sido objeto de infinitas reflexiones. Sin embargo, el carácter esencialmente estético del problema nunca ha sido planteado con tanto cuidado como en su obra. Hoy, la palabra “socialismo” ha sido deformada hasta el paroxismo, ¿qué nos queda para las almas del futuro? ¿Cómo podemos volver a pensar el alma en el capitalismo tardío?

1. Un sublime apocalipsis

Vivimos en tiempos del fin del mundo. Existen diversos lentes para observar la crisis existencial en que se ve sumida la humanidad: política, ética, técnica. Pero ninguno es tan privilegiado para dar cuenta del apocalipsis como la estética. Quiero decir: el modo en que el fin del mundo se nos aparece como un evento definitorio de la contemporaneidad, la forma en la que condiciona nuestra vida cotidiana, la manera que tiene de seducirnos, fascinarse, obsesionarnos, lo convierte en un objeto estético absoluto.

Podríamos pensarlo a través de la categoría de lo “sublime”: a diferencia de lo hermoso, lo sublime es aquello que es trascendentalmente grande, un objeto inconmensurable sin forma ni límites que supera nuestros sentidos y nos somete a su influencia, aquello que se presenta como absolutamente verdadero y sobrepasa nuestros sentidos y nuestra experiencia. Un hiperobjeto, diría Timothy Morton. El apocalipsis es, así, algo a la vez inmediato (porque se aparece como inevitable ante nuestro sentir) y suspendido, retraído, incognoscible.

Soy consciente, cuando escribo estas líneas, de que lo sublime se acerca a lo divino (o más bien, se ubica en un lugar indeterminado entre la experiencia estética y la religiosa). Podría discutirse que el apocalipsis climático es un fenómeno estudiado científicamente, y que, en todo caso, el discurso religioso debería asociarse a las “irracionales” reacciones anti-científicas que niegan su realidad. Sin embargo, no creo que sea correcto negar todo estatus trascendental a la experiencia que tenemos del fin del mundo como una realidad cierta pero aún no actualizada. En pocas palabras, un elemento crucial de los tiempos que corren es la noción de un apocalipsis por venir en el que está en juego no solo nuestra vida sino nuestra alma. Las respuestas posibles (pánico, negación, depresión) son muchas, pero parten de esa comprobación.

Pero el apocalipsis no se reduce al cambio climático y sus efectos devastadores, y los dilemas ético-políticos que trae consigo, sino que involucra algo mayor, de lo que la catástrofe ambiental no es más que una capa. Se trata de la inviabilidad trascendental de la organización de la vida colectiva en el capitalismo tardío. Y es precisamente en este sentido que se trata de una experiencia estética: porque la promesa de una reorganización de la sociedad, la promesa utópica de las revoluciones y las vanguardias, es una promesa estética. Este es el dilema que atrapa al alma bajo el capitalismo tardío, y es nuestra puerta de entrada para pensar un “después”, porque justamente el apocalipsis es la muerte del “después”. Si quisiéramos pensar en el alma humana en el poscapitalismo, tenemos que dar cuenta del modo en que, hoy, esta se ve capturada por el pensamiento del fin del mundo.

YPF

2. El alma del ¿hombre?

El título de esta nota dice «hombre», porque así lo escribió Wilde en su ensayo original hace más de un siglo: «the soul of man…». Por supuesto, hoy en día no aceptamos que esta palabra aplique transversalmente a la humanidad, que una mitad (o ni siquiera eso) de su nombre a la totalidad.

El mundo en el que vivimos hoy es uno en el que muchas sociedades han realizado una serie de descubrimientos, porque así se experimentan, sobre el carácter no necesario de las identidades sexogenéricas. Una ruptura paulatina: que no hay un único modelo de atracción sexual; que no hay una necesaria correspondencia entre un binario sexual y uno genérico; que estos dos pueden romperse, el primero al reconcebir el cuerpo humano como una pluralidad, si bien bimodal, donde los sexos muchas veces son producidos y no naturales; el segundo, al considerar la identidad de género como una performatividad no necesariamente voluntaria pero sí pasible de mutaciones y cambios.

En este mundo, el lazo entre el pensamiento apocalíptico y el resurgir de un biologicismo furioso no ha sido lo suficientemente pensado. Contra este surgimiento de posibilidades de vida menos determinadas, se alza un neoconservadurismo que hacía décadas no crecía con la misma potencia. En el momento bisagra en que vivimos, se expande en el aire un discurso mesiánico que lee el futuro colapso planetario como un castigo ante las desviaciones contemporáneas.

Una fuerza de choque contra la transformación del alma humana bajo el postcapitalismo. Creo que lo importante de la proliferación de nuevos nombres es que se constituya como una búsqueda sin final determinado. Por supuesto, en el camino cuajarán nuevas identidades y sistemas de nomenclatura, pero en el momento en que creemos que hemos llegado por fin a un esquema autotransparente, fallamos.

Podríamos hacer un juego de prefijos: transgénero, postgénero; transhumanismo, posthumanismo (cuyas diferencias explicábamos hace unas semanas). La idea de que el transhumanismo es una especie de estadío posterior de la Agenda LGBT es una hipótesis bastante extendida entre los grupos reaccionarios del siglo XXI. En realidad, el movimiento transhumanista es hegemónicamente cismasculino y heterosexual, con notables excepciones. Es probable que el prefijo post, ya que hablamos de postcapitalismo, nos sea más útil.

Y sin embargo, si bien existe un posthumanismo, no parece haber un pensamiento postgénero. ¿Dónde radica el problema? ¿Es más fácil pensar el fin del mundo que el fin del binario genérico? Tal vez se trate, más bien, de que la sospecha de que la abolición potencial de ese sistema se presente inmediatamente como una nueva norma. Si queremos imaginar el postcapitalismo como un terreno de mayor libertad, podríamos empezar por no imaginar las formas que nuestras identidades y deseos puedan tomar en él. En lugar de ello, abrirnos (estéticamente) a la construcción contingente de lo nuevo.

Interludio:  El alma del hombre bajo el socialismo real

Cuando Wilde escribía su texto, el socialismo era un proyecto utópico difuso, si bien con claros desarrollos teóricos y traducciones políticas a lo largo de Europa. Pero tan solo unas décadas más tarde, el del alma se volvió un problema efectivo, material y cotidiano para los socialismos reales. A lo largo de los años, los Stalin, Mao, Ho, Ceaușescu, Tito, Castro del mundo tuvieron que enfrentarse directamente con esta cuestión. El “hombre nuevo” de Guevara es el intento más conocido de sistematizarlo en nuestro continente. Y no sólo ellos: el lugar del Alma en un proyecto de reorganización total de la vida humana en pos de la justicia absoluta es uno de los temas centrales de gran parte del arte moderno y contemporáneo, del realismo socialista hasta Silvio Rodríguez. 

Y es en este sentido que los socialismos reales realizan un descubrimiento que resulta crucial para nuestra búsqueda: que el problema del alma es a la vez estético y técnico. Lo abordan, simultáneamente, la proletkult de Bogdanov (promoción oficial de una cultura a la vez proletaria y vanguardista en la URSS) y el cybersyn de Allende (proyecto de construcción de una inteligencia artificial de planificación centralizada).

Para el poscapitalismo, ya no podemos confiar en sistemas de vigilancia total (hace tiempo que el panóptico clásico ha evolucionado a las nuevas formas estudiadas por Bifo Berardi y Byung Chul-Han), ni tampoco en una conducción vanguardista del arte popular (sobre las posibilidades de formar un modernismo popular, dirigirse como siempre a Mark Fisher). Pero sí podemos tomar una lección del socialismo real: la producción de un orden nuevo es un proyecto estético-técnico, o más bien uno que se encuentra suspendido entre estas dos dimensiones. Es por esto que una imaginación determinista sobre el colapso produce una retroalimentación, obturando a la vez las soluciones científico-tecnológicas a los problemas ambientales como las condiciones de surgimiento de subjetividades capaces de llevarlas a cabo.

3. El alma sin cuerpo, el cuerpo sin alma

¿Dónde nos deja esto? No alcanza repensar qué es la humanidad, sino también qué es el alma. Es evidente que no podemos quedarnos en viejos dualismos que la separan del cuerpo como su mitad inmaterial. Tampoco podemos pensar que es algo puramente natural y etéreo, frente a una existencia producida en línea. No, hoy en día sabemos que el alma puede ser una síntesis artificial.

Una teoría del poscapitalismo debe ser, por necesidad y urgencia, una teoría de la singularidad. Así es como se denomina el punto crítico del desarrollo tecnológico, el instante en que la máquina supera al ser humano, la creación de Skynet o la Matrix. En el contexto de aceleración financiera que define a la economía global contemporánea, con tendencias como la High-Frequency Trading o el nacimiento y colapso diarios de nuevas criptomonedas, así es como podemos concebir el pos del poscapitalismo.

Pero nuestra noción de la singularidad ha cambiado: ya no lo podemos pensar como un punto sino como una curva. Es el modelo tendencial. Esto implica que no podemos establecer un corte trascendental entre la humanidad y la máquina, entre la inteligencia “natural” y la artificial. El modelo cyborg de la fusión entre hombre (o mujer, o lo que sea) y robot ha quedado anticuado: la artificialidad ya está dentro nuestro. Ya hemos empezado a transicionar.

La pregunta por el alma humana se vuelve, entonces, también una pregunta por la propiedad de ese alma. Nuestra imbricación en sistemas algorítmicos que nos usan para la extracción de recursos (datos) pero a la vez definen los sistemas con los que nos manejamos en la vida cotidiana tiene serias condiciones sobre nuestras subjetividades. Una primera lectura que puede establecerse es la pesimista, la que abunda en los textos de Éric Sadine, Byung Chul-Han y otros best sellers actuales. Es la lectura de la captura absoluta, la que sostiene que bajo el poscapitalismo (imaginado como algo peor que el capitalismo, en términos de McKenzie Wark) no habrá más alma humana.

¿Podemos, todavía, plantear una segunda lectura, menos determinista? Creo que sí. Wilde concebía al socialismo como la superación del reino de la necesidad y la conquista, por lo tanto, de la libertad individual. Hoy, no faltan ideas similares, como el Comunismo de Lujo Completamente Automatizado que propone Aaron Bastani. Pero estas nociones no son menos deterministas que el pensamiento apocalíptico. Nuestra imaginación sobre el poscapitalismo debe lidiar tanto con la colectivización forzada bajo el neoliberalismo (nuestra subsunción en burocracias y algoritmos opresivos) como el empleo que este hace de un individualismo pavoroso.

En otras palabras: no habrá poscapitalismo que libere nuestra alma de sus necesidades. De hecho, la crisis climática no es más que una reafirmación de nuestra dependencia absoluta de un Afuera, y a la vez de nuestra capacidad para entrar en interacción con ese objeto. Tal vez de lo que se trate, entonces, sea de una recuperación de la Agencia. De la posibilidad de elegir, colectiva además de individualmente, los procesos maquínicos en los que entramos, las fusiones cyborg a las que nos sumamos, las simbiosis tecnológicas con las que nos aliamos. Esto solo puede nacer de admitir que nuestra alma ya es, siempre, un poco sintética, que somos ya en parte creaciones artificiales, que ya estamos jugando este juego.

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