OPINIÓN

Día del/a periodista | ¡Queremos saludar!

El 7 de junio es el día de les periodistas. No sabemos bien qué significa eso en el presente pero seguro es una discusión que nos debemos. Estamos a la intemperie de una lluvia informativa que tiende a aislarnos. La inercia del sistema nos arrastra río abajo mientras vemos a la honestidad, el compromiso y la veracidad alejarse en la orilla. Esta es una opinión sobre el estado actual de la comunicación, pero también una invitación a convencernos de que otra forma es posible, y necesaria.

Por Cristian Cimminelli
7/6/21

¿A quiénes saludamos?

El concepto sobre qué es ser periodista se torna cada vez más amplio y difuso. A veces, hasta se recuesta en la autopercepción. El hecho comunicacional sucede sin que le importen las definiciones y, del otro lado, parte de la sociedad valida y replica. No todo es chequeado como corresponde: una fake news de twitter puede ir al noticiero sin escalas. No todo es veraz, como corresponde; con deshonestidad se suelen inventar todo tipo de “informaciones” para satisfacer otros fines que no son periodísticos.

El mercado está muy concentrado y es un doble peligro. Por un lado, se construye un discurso único desde los medios más poderosos y que llega casi sin fisuras a un inmenso sector de la sociedad. Por el otro, las posibilidades de trabajar por fuera de ese sector son consecuentemente pocas, lo que resulta en la reproducción sistemática de algo con lo que, tal vez, ni siquiera se está de acuerdo. [1]

Desde que se empezó a consolidar el sistema de concentración actual el poder político probó diferentes alternativas. Las privatizaciones, la competencia, el enfrentamiento, la legislación, la propuesta de tregua. Nada parece frenar el crecimiento de verdaderos planetas comunicacionales que funcionan en tándem. El periodista Julio Black le dijo a Fernando Rosso que ellos (por Clarín) habían hecho periodismo de guerra y eso es “mal periodismo”. Se refería a la disputa con el kirchnerismo, pero el modus operandi se puede ver antes y después de ese ciclo político. ¿Qué consecuencias tenemos socialmente cuando los principales grupos mediáticos -principales en todo, también en volumen de audiencia- persiguen un fin que nada tiene que ver con la profesión que dicen ejercer? Y más aún, ¿qué podemos hacer para recuperar la esencia de una profesión que demanda, por sobre todas las cosas, honestidad.

La oreja al lado del parlante

“Es como si yo tuviera un megáfono para decir lo que el Gobierno hace y enfrente tengo el sonido de Metallica”, le confesó Alberto Fernández a Pedro Rosemblat hace unos días en referencia a la realidad comunicacional Argentina. No fue únicamente el Presidente quien se refirió a la gravitación de los medios. Sólo en la última semana, el Ministro del Interior Wado de Pedro señaló que critican infundadamente al gobierno “para esconder el quilombo que tiene Cambiemos”, mientras que la Ministra de Salud tuvo que fatigar horas de su madrugada para salir a desmentir a la banda que rockea distorsionada en nombre de Pfizer.

Lo más grave no es que funcionarixs de primera línea tengan que alertar sobre esta situación, sino que una gran parte de la sociedad no escucha lo que ellxs dicen y se quedan con lo que les dijeron de ellxs.

Rodolfo Walsh, un periodista incansable en su honestidad y compromiso, ejerció en un contexto completamente distinto en sus formas, pero con resultado análogo al final de la ecuación. En sus partes clandestinos, donde intentaba burlar la censura de la última dictadura cívico-militar, afirmaba que “el terror se basa en la incomunicación”[2]. Pese a estar en la clandestinidad, motivaba a que la gente rompiera el aislamiento haciendo circular de mano en mano la información que él lograba recabar. Hoy, paradójicamente, la incomunicación no llega a través del silencio de la censura sino de la mano del ruido de la sobreinformación. Ese ruido al que estamos expuestos constantemente nos mete en un cóctel de rumores, falsedades y griterío que termina por incomunicarnos. Paradójicamente, hacer circular la información no sólo parece no romper el aislamiento al que hacía referencia Walsh, sino consolidarlo.

Volver a las fuentes

En algún punto de nuestra historia reciente se empezó a transitar el camino de definir al periodismo y a la militancia como dos cosas separadas y hasta antagónicas. El movimiento es efectivo: adjetivar a una persona como militante la ubica en el la órbita del fanatismo. El resultado: imposibilidad de ser “independiente”. Esta falacia ad hominem niega la propia historia de la profesión, que es lo que nos lleva a celebrar este 7 de junio.

La fecha se estableció en 1938, en el Primer Congreso Nacional de Periodistas, en Córdoba. Los colegas de aquel tiempo conmemoraron -y con razón- la publicación del primer órgano de prensa patrio. La Gazeta de Buenos Ayres, con impulso del Secretario de la Junta Mariano Moreno, salió a la luz apenas 13 días después de instalado el gobierno. “El pueblo tiene derecho a saber la conducta de sus representantes”, reza en el primer número, dejando claro que no hay posibilidad de consolidación de un poder político emanado de la soberanía popular sin contar con una forma de comunicación pública eficaz.

Todos los diarios surgieron para defender una idea o un sector. La honestidad radica en hacerlo explícito. La tergiversación se consolida cuando los medios se pretenden como un lugar neutral, objetivo, desideologizado. Héctor Magnetto, el CEO del Grupo Clarín, señaló hace tiempo que “piensa que la argentina no está preparada para que los medios de comunicación comuniquen a su público sus preferencias electorales: aumentaría la desconfianza y las dudas sobre su imparcialidad”[3]. Bien podemos creer todo lo contrario. Ya corrió mucha agua bajo el puente; no solo estamos preparados sino que es indispensable que se haga. La profesión, y la sociedad toda, lo necesita.

Todo muy lindo pero ¿qué hacemos?

“Un rumor no debe ser publicado como noticia. Ni siquiera cuando es difundido desde ámbitos gubernamentales o instituciones privadas”. [4] Tildenme de conformista, pero con cumplir esto que señala el Manual de Estilo del diario Clarín creo que estaríamos avanzando bastante. Sin embargo, parece fácil pero no lo es. En la era donde un motor de búsqueda señala cómo titular para obtener más clicks y la inmediatez demanda publicaciones nuevas constantemente, ese compromiso social indispensable a la hora de transmitir información se ve relegado.

Es clave que nos demos, como sociedad, organismos que puedan auditar qué es lo que se comunica, no para censurar previamente sino como herramienta para ayudar a comprender qué intereses mueven a tal o cual título y cada individuo pueda decidir qué creer. No quiero volverme un fundamentalista del Manual de Estilo de Clarín pero “este Manual de estilo es, también, una oportunidad más de difundir nuestro compromiso con la sociedad. Está descrito en nuestra Declaración de Principios pero no se agota allí; impregna todo el manual. De esta manera queremos ofrecer más elementos para transparentar nuestro trabajo y para que nos puedan juzgar por él y pedirnos cuenta”, dijo y me conquistó.

Tal vez no haya que inventar la pólvora. Puede ser cuestión de copiar a los países “serios” y sus regulaciones como se hizo con la Ley de Medios, de avanzada en todo el mundo. También hablar hasta el hartazgo de este tema porque tiene que haber un consenso social que apoye a esas legislaciones y comparta que el estado actual de la comunicación no puede seguir así: nos afecta en todos los niveles posibles al ser la información una materia prima de debate, opinión y acción. Y, sobre todo, apoyar a los medios que se construyen por fuera de estas lógicas y que están demostrando que hay una manera de hacer un periodismo más honesto y con una calidad inmensamente superior a esta orquesta de cirujanos que parece tocar Nothing Else Matters a un volumen ensordecedor. A quienes nadan contra esa corriente, construyendo información veraz, contextualizada y comunicada con la honestidad de decir desde qué lugar se habla, les decimos feliz día!


1- Recomiendo esta nota sobre el clickbait y la precarización laboral
2- El Violento Oficio de Escribir, Ediciones de la Flor, pág. 424.
3- Clarín, La era Magnetto, Espejo de la Argentina, pág. 437.
4- Manual de Estilo, Clarín. Hay algunas páginas subidas Recomiendo acá

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