Artificios
DEL LADO DEL NO
Por Bárbara Vicenti
09 de diciembre de 2023
Esto no es un ensayo.
Esto no es un ensayo.
Esto no es.
En su obra Ceci n’est pas une pipe pintada en 1929, el artista francés Magritte niega a la imagen el poder de existir fuera de lo visual, es decir a la manera en que lo hace el objeto en sí mismo. Es una pipa que no podemos cargar de tabaco ni fumarla, argumenta. Si lo pensamos unos segundos, es algo bastante obvio: una imagen por más idéntica que sea al objeto que copia, no es capaz de tener las mismas funciones. Hay quienes consideran esa obra de Magritte arte conceptual, a pesar de estar él identificado con el movimiento surrealista. Me gusta pensar en la posible frustración del artista que busca representar la realidad tal y como es y descubre que eso nunca será posible porque la propia definición de representación rechaza la realidad, a pesar de imitarla. Tal vez para Magritte haya sido un juego, o un descubrimiento trascendental o las dos cosas a la vez: no importa cuán perfecto pinte nunca haré algo tan real como la realidad misma.
En general, me resulta más fácil pensar en la definición de una cosa por lo que no es e ir encerrándola dentro de los límites de sus posibilidades. Existen respuestas prefabricadas que niegan para afirmar. Por ejemplo, a una pregunta tan sencilla como: ¿te gustó la novela?, hay una variedad de respuestas que niegan: “no está mal”, “no es mi tipo de lectura pero (…)”, “no la recomendaría aunque (…)”. Incluso si quisiéramos halagarla podríamos acercarnos desde la negación, diciendo por ejemplo, “no pude dejar de leerla hasta que la terminé” o “no puede estar más buena”.
No
No.
No.
¿La negación se volvió tendencia?
Si tomamos la idea de Giorgio Agamben de que lo contemporáneo es aquello que mantiene una relación de distancia con su propio tiempo y no son sujetos contemporáneos “quienes coinciden de una manera demasiado plena con la época”, entonces negar algo es una manera de mantener la tensión. Tomar la distancia necesaria para andar por sus bordes. Recurrir a obras clásicas, contarlas, reescribirlas y al final romperlas, alejarse, volver a mirarlas, volver a entrar.
¿Necesita el ser contemporáneo desdoblarse para pertenecer (y a la vez no) a su tiempo? Rane Willerslev escribe sobre los yukaghir, una comunidad rusa de cazadores de renos. Cuenta que, para conseguir sus presas, lo hacen de una manera muy particular: se vuelven reno. No se disfrazan de renos para camuflarse, nada más alejado, si no que se convencen de serlo, se “renifican”. ¿Son renos? No, pero casi. Lo mismo podría pasar con los personajes de ficción cuando se escribe, uno tiene que estar seguro de que existen, sabiendo a su vez que no. En esa tensión, una cuerda floja sobre la que se busca el equilibrio, nace el arte. Aparece la pipa de Magritte que es y no es, los personajes que no existen pero sí, que al lector le recuerdan a alguien porque seguramente quien lo escribió lo armó de partes, seres que los personajes son pero no. Las historias que viven dentro de nuestra memoria, individual y colectiva, el original múltiple que habita a cada uno y cada una.
El personaje fuera de lugar del que habla Shklovski ayuda a pensar esta idea de la definición de algo por lo que no es. ¿Qué es una persona fuera de lugar sino la negación de todo aquello que debiera ser según su contexto histórico y cultural? El cuento “El nadador” de John Cheever, nos muestra un hombre que va quedando en los márgenes de su sociedad y de su propia vida. De la mano de una decisión concreta (“Se quitó el suéter que colgaba de sus hombros y se zambulló”), la de cruzar a nado todo el condado, atravesarlo, el tiempo se acelera y pasa a través suyo. Envejece en esa alegoría de su vida, donde la vejez lo alcanza y las cosas que pasarían le van ganando de mano, él llega tarde a su propia decadencia. Me gusta especialmente su conexión con la vejez, el paso de los años que nos gana de mano. ¿Hay acaso algo más fuera de lugar que un viejo en nuestra sociedad de descarte?
El cuento “La carne” de Virgilio Piñera muestra un panorama apocalíptico desde el absurdo. Las personas se devoran, van perdiendo su calidad de humanos, no sólo por la incapacidad de sentir el dolor, sino también por la pérdida de conciencia de la muerte. En mi cabeza resuenan las enfermedades autoinmunes o el cáncer, el cuerpo que lucha contra sí mismo, se ataca, se devora. La condición no humana y humana a la vez, la negación y la contradicción, otra vez.
Siguiendo esta idea de algo definido por lo que no es, quiero pensar un poco en qué pasa con lo místico, la fé, la inspiración y todas aquellas cosas que no son asibles desde la razón. El cortometraje soviético Erizo en la niebla, muestra una interrupción en el devenir del erizo, la niebla espesa en la que, a pesar del miedo, decide sumergirse. Allí encuentra el caballo blanco, su caballo blanco, suyo sin serlo. Son esos lugares de la mente tal vez, donde la posibilidad de penetrar el espacio se abre y la decisión de ingresar es voluntaria e inevitable a la vez. Olvidar el sentido, volver a encontrarlo, perderse como el erizo y salir al mundo de siempre transformado. No es necesariamente regenerar el mundo, sino entrar a lo mismo desde distintas puertas.
La vida, el arte, la literatura. Lo que no es pero sí, la contradicción.
A su vez, la repetición en un texto puede llevar a la pérdida del sentido. Pienso en el cuento “Caída de viejitas” de Daniil Jarms. Que una viejita se asome por la ventana y caiga puede verse como una tragedia. Que lo hagan dos, tres, cuatro, una tras otra parece imposible, se torna absurdo. En especial cuando hay un testigo, en este caso el narrador, que se aburre con el “espectáculo”. Provoca una risa que incomoda, que no debería estar ahí, está mal pero… contradicción y negación, sí pero no. La “excesiva curiosidad” de las viejitas, la misma que lleva al erizo a adentrarse en la niebla.
En este contexto de desconcierto, difícil no pensar en Clarice Lispector. En su cuento “Felicidad clandestina” una nena anhela un libro. Otra niña, diferente al resto, fuera de lugar, lo tiene pero no se lo da, se lo promete y extiende la promesa cada vez un poquito más, la hace esperar. En ese imposible el deseo crece, tanto que una vez que la niña obtiene su libro, juega a no tenerlo, a perderlo: “A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.”
La bailarina y cineasta estadounidense Yvonne Rainer escribió en 1965 su Manifiesto del no: “No al espectáculo/ no al virtuosismo/ no a las transformaciones, a la magia y al hacer creer (…)” Cada una de las frases del manifiesto empieza con una negativa de lo que el espectáculo, en particular la danza, no debe ser. Pero, ¿qué sí debe ser? ¿Cómo podemos definir lo correcto para su tiempo en materia de arte si a medida que se reinventa vuelve a mutar? Si me opongo a algo, abro infinitas posibilidades. Justamente lo contemporáneo es una sucesión de capas de lo que no es y, a su vez, se reinventa una y otra vez. La misma historia que se rehace cada vez más vacía, con un poco menos de carne, como los protagonistas del cuento de Piñera. Cada vez más cosas que no somos, hasta que un día no estamos más.
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