Artificios
De Borges a Everything Everywhere All At Once
15 de junio de 2023
La metafísica siempre (o casi siempre) ha sido un intento por estudiar la experiencia en su totalidad. Desde Aristóteles con “el ser en tanto que es” hasta Henri Bergson y la “experiencia integral”, la filosofía siempre ha intentado conseguir una manera de trascender la propia subjetividad para obtener un conocimiento certero de la realidad. La idea de conocer el sustrato de todo se remonta a la Antigua Grecia, donde el ser inequívoco de Parménides y la oscuridad siempre cambiante de Heráclito nos dio como resultado las Ideas platónicas. En la Edad Media fue Dios el que se disfrazó del ser indeterminado (que de ser tanto ya no era, porque nada se podía decir de él), y mediante distintos procesos teológicos nos daba nuestros límites que nos permitían atravesar la realidad. La modernidad se vio regida por la discusión empirismo-racionalismo, donde el sujeto cartesiano nos hizo dudar de nuestra capacidad de conocer más allá de nuestra subjetividad. Pero lo que a mí me interesa es una idea posterior, la que postula a la metafísica como un estudio sobre el tiempo.
El caso mas conocido sea probablemente el del alemán Martin Heidegger y su obra Ser y Tiempo, pero su enfoque fenomenológico no apuntaba a entender la realidad en su totalidad, sino mas bien de qué manera nuestro ser particular (ser-ahí) es una constante dinámica de, dicho mal y pronto, apropiarnos de nuestro tiempo. Henri Bergson, en cambio, buscó la “experiencia integral”, y tuvo como su concepto clave a la “duración”. El francés creía que no existían problemas filosóficos sin solución, sino más bien problemas mal planteados, y la cuestión metafísica era uno de ellos. Explica que, a su manera de ver, los filósofos confundieron siempre los conceptos sobre el ser con metáforas espaciales, cuando tendrían que expresarse en términos de temporalidad. También explicaba que los conocimientos metafísicos sólo podían darse por intuición intelectual inmediata, o sea que era una ciencia que debía prescindir de símbolos, y que solo podía aspirar a generar la predisposición necesaria para recibir el conocimiento de una manera no científica. Como tantos otros pensadores, creía en la necesidad de mecanismos simbólicos para la obtención de todo conocimiento que vaya más allá de la física (meta-física), aunque haya que trascender estos mecanismos.
Acá en Argentina tenemos la suerte de contar con, en mi opinión, el tipo que dijo todo lo importante que había para decir: Jorge Luis Borges. No es novedad que sus cuentos estaban cubiertos y atravesados de densa filosofía y que gran parte de su obra está marcada por un mismo deseo, el de obtener la Totalidad. Intelectual y erudito como él solo, con una prodigiosa memoria llena de conocimiento. Pero con ello y todo, Borges sabía que nunca lograría intuir un Absoluto. Es por eso que una de sus tantas obsesiones fue la de imaginar una ficción en la que sea posible reunir todo lo que había para reunir. “La biblioteca de Babel”, “El Libro de Arena”, “El Aleph”, “La Escritura del Dios”, “El Congreso”, son distintos ejemplos de ello. Pero hoy quiero centrarme en “El Inmortal”.
Esta historia trata sobre un hombre que, al beber de un río con cualidades místicas, consigue la inmortalidad, y descubre así a toda una raza de Inmortales, entre los que está Homero, el poeta griego, que ya casi no recuerda escribir La Odisea por su extremadamente longeva vida. Borges nos pasea de reflexión en reflexión, tocando la preciosidad de la muerte como dadora de sentido de la vida humana y la imposibilidad de la repetición en una vida limitada. Así se acerca mucho a la filosofía heideggeriana, que nos dice que la posibilidad más radical del hombre es la de la muerte, y que en base a esa mortalidad futura es que nos adueñamos constantemente de nuestro presente, teniendo en cuenta nuestro pasado. También hay mucho de Nietzsche en ello. Pero lo que me interesa remarcar es que Borges aquí plantea la posibilidad de la experiencia total.
“Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea. Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy.”
Jorge Luis Borges, El Inmortal (1947).
Este no ser, que se da gracias a la falta de determinación, a la posibilidad irrestricta, era a lo que apuntaban los medievales con la obtención del cielo. La nada es aquello que carece de límites, y que por tanto es el todo. Muchos han sido los tratados místicos que nos enseñaban maneras de estar tan vacío que solo había lugar en nosotros para Dios, y así alcanzar la conexión con el Ser (en mayúsculas). Tanta fue la influencia de aquellos trabajos, que, por ejemplo, Eckhart Tolle, autor de “El Poder del Ahora”, eligió su seudónimo por Meister Eckhart, místico cristiano del siglo XIV y gran representante de este tipo de pensamiento. Era una suerte de proto-nihilismo.
Borges encuentra aquí una ficción que nos propone pensar en este ser indeterminado. Nos plantea qué efectos prácticos atañerían al hombre si tuviera la posibilidad de conseguir el conocimiento absoluto. Como Bergson, busca acercarnos lo más posible a la disposición necesaria para pensar metafísicamente; y también como él, nos plantea que este saber absoluto solo puede darse con una cantidad de tiempo sin fin, dado que es en la dimensión temporal donde se juega esta posibilidad gnoseológica.
Pero hay otra idea borgiana que, por lo menos para algunos físicos teóricos, no es tan fantástica, y es la de la existencia de distintas líneas temporales. Borges lo trata principalmente en “El jardín de senderos que se bifurcan”, pero es un tema recurrente de su literatura. Defiende que nuestro presente depende de una infinita concatenación de eventos que nos permitieron y nos obligaron a encontrarnos aquí, y que de haber ocurrido un mínimo cambio, todo podría ser distinto. No son pocos los cuentos en los que el autor nos da un final ya marcado desde el principio, como si los hechos ocurridos allí conduzcan inexorablemente a ese final, aunque ese desenlace dependa de mínimas circunstancias (“La muerte y la brújula”, “El muerto”, “Tema del traidor y del héroe”, por nombrar algunos). Y es justamente de esto de lo que trata Everything Everywhere All at Once.
En esta película, Evelyn (Michelle Yeoh) se ve envuelta en un conflicto interdimensional, donde una versión alterna de su esposo, venido de otra línea temporal, necesita de su ayuda para vencer a un peligroso enemigo. Para ello poseen un dispositivo que les permite, mediante acciones aparentemente aleatorias, acceder a las habilidades y conocimientos de sus versiones de otras temporalidades. Es así como mediante actos simples, como comerse un moco, los personajes generan la disposición necesaria para recibir, mediante el dispositivo, la habilidad que necesitan, remitiendo quizás a la filosofía bergsoniana. Pero Evelyn es especial, ya que solo ella y el antagonista son capaces de reunir en sí absolutamente todas las líneas temporales sin colapsar. La cuestión principal de la película reside entonces en que frente a esta totalidad, como tantos filósofos antes, sólo puede concluirse la nada.
Los personajes se ven entonces enfrentados a dos posturas nihilistas caracterizadas por Nietzsche. Una es la del nihilismo decadente, que ante la falta de sentido y fundamento, encuentra la realidad vacía, indiferente, y por ello se resigna en la inacción, la destrucción de todo reducido a su nada esencial. La otra, la del nihilismo creador, es aquella en la que frente a esa nada el hombre no se deja abrumar, se apropia de la realidad generando para sí mismo el sentido y el fundamento que le permita vivir siempre con la esperanzadora posibilidad de no tener razón en sus convicciones, lo que le permite compartir y vivir en comunidad al no buscar dominar al Otro (en mayúsculas) y reducirlo a su experiencia subjetiva. Estas dos posturas se ven representadas por el círculo que llevan los “malos” en la frente, y los ojos de plástico con el que la protagonista juega toda la película. En los dos vemos una circularidad, una realidad cerrada y completa, total, absoluta. Pero la diferencia recae en que una está vacía, mientras que la otra tiene un pequeño punto que está en constante movimiento y que toma nuestra atención gracias a no estar fijo.
A pesar del tono de la película, oscilando demasiado entre una de Marvel y un TikTok muy largo, me parece muy interesante que siga habiendo lugar para estos planteos metafísicos sobre los que la humanidad se debate hace miles de años. Está muy bien representada la discusión en sus términos contemporáneos, en los que la filosofía es consciente de la necesidad de ficciones útiles para dar sentido a la ilimitada realidad en la que vivimos, y abandonando la pretensión de un conocimiento verdadero sobre la Totalidad, busca solamente una manera de ordenarla en la que todxs podamos ser parte. Pero aún quedan preguntas por hacernos.
Vimos cómo, en estos dos ejemplos, un río que concede inmortalidad y una tecnología que nos comunica con otras dimensiones son los dispositivos que nos permiten acceder a cosas que, en una vida mortal, común y corriente, serían imposibles. Pero en la época en la que vivimos se nos presenta un nuevo paradigma que nos dice que no debemos buscar realidad detrás de la apariencia, que las sombras de la caverna de Platón son nuestras para hacer con ellas lo que queramos pero sin aspirar a conocer la verdadera luz del sol. Eso nos obliga a resignarnos a un conocimiento mas débil, pero nos da una fuerza creadora que nos ayuda a vivir frente a este abismo. Pero con esto viene también la conciencia de la finitud de estas ficciones, que más que verdaderas son verosímiles, lo que nos da la libertad de reinventarnos cuántas veces queramos.
En la época donde lo único real es lo que se nos aparece, nuestro ser está marcado por como nos aparecemos al Otro. ¿No son entonces las redes sociales un nuevo dispositivo, esta vez real, de obtener la posibilidad radical de la Totalidad? Si puedo mostrarme como se me ocurra de un momento a otro, si armar mi personalidad depende de los mismos factores que la formación de una marca, ¿no tengo entonces la posibilidad hipotética de representar todos los lugares posibles? El desarrollo de las inteligencias artificiales profundiza aún más la cuestión de la realidad como criatura ficcional humana, pero el paradigma actual, que todavía no aprendimos a teorizar del todo, ya nos plantea un mundo en el que la inmortalidad borgeana no es tan fantástica. Queda ver de qué manera la filosofía atravesará estas posibilidades.
El mito del poeta negro
Melina Varnavoglou | El protagonista de Un poeta se niega a dar clases porque...
La noche de la ausencia
Manuel Martín | Antes de que los románticos lo codificaran, los poetas ya...
Crítica, opinión y paranoia
Iván Horowicz | Para cierto intelectualismo de moda, la política es siempre...
La excepcionalidad sexual norteamericana
María José Grillo | Añorar el feminismo de 2016, revivir a Maradona cuando...
La nostalgia es una trampa
María José Grillo | Añorar el feminismo de 2016, revivir a Maradona cuando...
Los caballos lo han sabido desde siempre
Mariela Belmar | Cada vez que Mariela y Martín se cruzan con los caballos de...
Habitando el interregno de los monstruos
Javier Waiman | Los mercados financieros dejaron de anticipar el futuro para...
Intuiciones para una amistad extraña
Milagros Porta | El 77% de los argentinos desconfía de quienes piensan...
Comprender mal, o tarde, o nunca
Belén De Franceschi | Facebook preguntaba "¿en qué estás pensando?". ChatGPT...









