Política
Contra la anestesia de la simulación
Por Facundo Enferri
26 de junio de 2025
Hay un estado de ánimo generalizado entre opositores a -o no contenidos por- el gobierno nacional actual y su signo ideológico global. Decimos perplejidad, estupor, desmovilización, parálisis o incomprensión para nombrar una actitud anestésica que, en cualquier caso, no es inmediata, sino más bien una constante que varía poco entre momentos de cierto ímpetu y un pesimismo pleno e irreversible. Las categorías políticas conocidas suenan y se ven impotentes, cansan. Y este es un problema para todo el imaginario de lo político, desde los debates y argumentos de discursos públicos hasta los representantes, sean jefes de militancia, legisladores, candidatos, etc. Entonces, forzados o convencidos hacia la tarea de imaginar políticamente, o a pensar en formas afirmativas de reflexión frente a esta situación, ¿es saludable insistir en buscar donde se ve la falta, es decir, en el vacío de contrapropuestas serias al modelo de país que se impone, y en la cartelera de personalidades que destacan por no elaborar ni saber transmitir esas contrapropuestas?
Motivado por alguna pregunta parecida, y en busca de un enfoque externo pero metafórico para pensar en ese estado de ánimo, me concentré en la idea de simulación. Pero no en su variante de teorías que plantean la vida como una farsa holográfica controlada por algún tipo de entidad mental totalizadora. Tampoco en el sentido de que alguien o algo simula, es decir, altera su verdadera índole o la de su accionar. Me fue mejor con la aproximación al concepto que hace el francés Jean Baudrillard: simplificando mucho, sería pensar la simulación como una etapa de agotamiento consumado de la relación entre los signos y lo real. En su trabajo Cultura y simulacro (1978), este autor advertía la desmaterialización del valor en términos económicos y productivos como consecuencia del avance del capitalismo financiero sobre el modelo capitalista industrial en declive. Pero también veía desmaterialización en el plano del lenguaje, en cuanto las metodologías de la comunicación social ya privilegiaban la efectividad de las palabras ante su carácter de verdad.
“Hoy en día, la abstracción ya no es la del mapa, la del doble, la del espejo o la del concepto. La simulación no corresponde a un territorio, a una referencia, a una sustancia, sino que es la generación por los modelos de algo real sin origen ni realidad: lo hiperreal. El territorio ya no precede al mapa ni le sobrevive. En adelante será el mapa el que preceda al territorio y el que lo engendre, y si fuera preciso retomar la fábula, hoy serían los jirones del territorio los que se pudrirían lentamente sobre la superficie del mapa, los que todavía subsisten esparcidos por unos desiertos que ya no son los del Imperio, sino nuestro desierto. El propio desierto de lo real.”
Baudrillard toma “los desiertos del Imperio” y la metáfora del mapa y el territorio del relato “Del rigor de la ciencia”, de Borges. En el cuento, los cartógrafos de un imperio crean un mapa tan perfecto que ocupa al propio imperio, pero los pobladores posteriores consideran que no sirve y deciden descartarlo, o entregarlo “a las Inclemencias del Sol y de los Inviernos”. Aunque Baudrillard se vale de la alegoría de ese texto, no cree que la metáfora sea aplicable al momento o situación que él se propone caracterizar. El problema sería el siguiente: los cartógrafos pueden hacer coincidir su representación con un territorio que conocen, y los pobladores pueden decidir qué hacer con el mapa en función de una valoración negativa respecto al territorio original, lo que implica como mínimo distinguir que se trata de una imitación; en cambio, nosotros -dice Baudrillard- ya no percibimos “la magia del concepto y el hechizo de lo real” porque la simulación absorbió el aspecto imaginario de la representación, que necesita de la diferencia entre la abstracción de un signo y la sustantividad de su referente. En definitiva, Baudrillard veía una tendencia a la inversión del valor referencial entre los simulacros y su objeto, es decir, los simulacros precederían lo real, y ya no al revés, y sobre ese estado de cosas funcionaría la simulación.
Si pensamos los simulacros en el marco de la experiencia material (fuera de la ficción literaria) podríamos definirlos como experimentos controlados que intervienen lo cotidiano y suspenden la normalidad con el objetivo de emular un escenario. Participé de varios simulacros de terremoto durante mi escolarización en Mendoza. En las primeras horas del día se nos avisaba que en un momento aleatorio pero prefijado por las autoridades sonaría un timbre más largo que el de recreo, y que desde entonces habría que seguir una coreografía de cuidados a incorporar para actuar con fluidez en caso de evacuación por un sismo real. El banco que antes era soporte de trabajo pasa a ser protección contra escombros; la cancha de fútbol deja de ser campo de juego para fungir de punto de encuentro, etc. La excepcionalidad se basa en al menos dos certezas: una, aceptamos la sustitución de lo real por una referencia previsible pero eventual (accidentes, destrozos); dos, las sustituciones implicadas en la coreografía son circunstanciales, y todo vuelve a la normalidad después del último timbre, cuando el procedimiento termina.
En estos años, y con aceleración diaria desde que Milei es presidente, las expresiones más determinantes de la discursividad política han alimentado una especie de excepcionalidad crónica que sobrepasa al escenario político y a la vez lo define. La primacía de domar por sobre argumentar, propia de los modos de circulación y compensación algorítmica de las redes sociales, y que supone un grado alto ya no de deshumanización sino de infrahumanización, no es un invento de la ultraderecha ni de los libertarios argentinos. Sí es un efecto inoculado por ese signo político a los niveles de la comunicación estatal (virtual y no virtual) como no se había hecho antes. La retina puede recomponer un montaje de lo virtual: Milei musculoso, Milei Terminator, leones gigantes destruyendo cosas o encarcelando zombis y ratas, el virus Ku-K-12, etc. Si miramos lo no virtual también hay un ejemplo muy concreto a mano: leer una transcripción en serie de los discursos presidenciales en sesiones de apertura del Congreso bastaría para confirmar que tratar a adversarios políticos de mandriles es un exabrupto, un fuera de lugar; no obstante, leer una transcripción en serie de declaraciones públicas de Javier Milei nos haría notar que ese tipo de formulación es más que esperable, y que esa animalización en particular está inscripta, a su vez, en una serie de metáforas vinculadas a la fijación anal pública del Presidente.
Observaciones morales aparte, al considerar cuánto influye el lenguaje de la cúpula estatal en los discursos sociales y observar que el exabrupto y la degradación se han vuelto expresiones normales, irrestrictas y efectivas desde ese ejercicio, podemos decir que (como mínimo) la sociedad política ampliada está envuelta en una dinámica de sustituciones: lo cotidiano por excepcional, lo violento por aceptable, lo mesurado por impotente, lo cordial por débil, lo central por marginal, y así con más significaciones de valores que forman parte del funcionamiento democrático. En el camino queda la pregunta de si esas supuestas novedades para lo normal, irrestricto y efectivo de ahora no serían excepcionales, restringidas e impotentes en cualquier otro contexto histórico imaginable, con cualquier otro gobierno, con otras reglas del discurso público, en otra crisis económica. Esté o no formulada la pregunta, quizá haya una respuesta en la frecuencia de reacciones del estilo “esto no puede ser real”. Y si la respuesta es sí, la impresión inmediata dice que ciertas excepcionalidades son toleradas debido al hartazgo y la defraudación con las alternativas a Milei, pero esa justificación es incapaz de reflexionar sobre el desplazamiento de lo excepcional hacia lo tolerable. Si esto es así, y si la configuración política de realidad que se establece en la relación entre lo normal y lo excepcional es sensible a la distorsión continua de límites desde la discursividad del Estado, ¿no transcurre este presente político en una dinámica de lo hiperreal, como la simulación de Baudrillard? ¿No adopta la forma de una “copia que carece de prototipo”?
Sujetos de la aleatorización
En la convivencia altamente tecnologizada que nos toca, tanto la pérdida de referencialidad de los signos como el efecto de borramiento de las fronteras de atención pueden ser coordenadas para comprender el estado de ánimo colectivo. Nuestras civilidades posmodernas se parecen cada vez más a identidades híbridas entre lo real y lo digital. En ese marco, la virtualización de las relaciones está haciendo desaparecer las competencias de la relación entre cuerpos en la medida en que esas competencias son cada vez más intervenidas por la hiperconectividad. Fiel a los desplazamientos hacia la abstracción que necesita la simulación, esta transición se manifiesta en muchos planos donde los valores se ponen en juego: vínculos afectivos y sexuales, formación ideológica, histórica e intelectual, consumos culturales, entre otros, pero sobre todo en el trabajo, donde las transformaciones de las asignaciones de valor moldean la experiencia cotidiana y los cursos de supervivencia, pero además desafían las posibilidades de identificación política en una subjetividad como la del trabajador.
Franco “Bifo” Berardi retoma el abordaje de Baudrillard para caracterizar la etapa capitalista del siglo XXI, que llama semiocapitalismo. Si hasta la segunda mitad del siglo XX la solidaridad social y el producto del trabajo se habían organizado sobre la alianza conflictiva entre burguesía trabajadora y trabajadores industriales en el marco de los estados de bienestar, en adelante ese proceso sucumbió a la desrealización financiera. Avanzado ese estadío, nos dice Bifo, la matriz de explotación no solo se cierne sobre los cuerpos, sino también, y cada vez más, sobre su componente cognitivo, que encuentra límites para la productividad en la atención, la energía psíquica y la sensibilidad. Para Berardi, el nuevo sistema “transformó la realidad concreta de la civilización social en una abstracción: figuras, algoritmos, furia matemática y acumulación de la nada en forma de dinero”, es decir, el intercambio de signos abstractos sustituyó los procesos generales de acumulación material que antes se ordenaban en el intercambio entre capital y producción. “La sublimación de la realidad que tiene lugar en el simulacro es la característica por antonomasia del semiocapitalismo, el régimen de producción contemporáneo en el que la valorización del capital está basada en la constante emanación de flujos de información. En la psicoesfera, la realidad es sustituida por la simulación”, teoriza este autor en Héroes: asesinato masivo y suicidio.
En lo relacionado al trabajo, las reflexiones de Berardi apuntan a cómo la aleatorización del valor ha desdibujado el vínculo entre producción inmaterial y trabajo cognitivo, y de qué manera esto impacta en las relaciones sociales y la ética. Si los valores económicos y discursivos se determinan en terrenos de abstracción como el mercado financiero y los espacios comunicacionales de internet, el lenguaje, la imaginación y la información se vuelven flujos inmateriales que funcionan al mismo tiempo como fuerzas de producción y espacio general de intercambio. Bajo este régimen, el tiempo de cada individuo deviene en “vórtice despersonalizado” o “sustancia fragmentaria que puede ser adquirida por el capitalista y recombinada por la red-máquina”. Para traducir esto a nuestra cotidianidad basta pensar en la doble espacialidad de las redes sociales: por un lado, espacio de ocio supuestamente gratuito que se cobra con cantidades irrecuperables de atención imposibles de cuantificar en likes, reposteos, comentarios y otros insumos de alimentación de algoritmos; por otro, espacio de confluencia de producción intelectual y material estabilizado por el régimen de publicidad, sea monetizada o no, pero siempre ultra direccionada a la atención.
La dirección de las dos espacialidades conduce a fortunas absurdas y control de las reglas del discurso público en manos de un puñado tecnoempresarial, pero también en la descomposición de la relación entre la subjetividad del trabajador y la materialidad su objeto de producción. A fines de la década del 50, Hannah Arendt pensó la relevancia existencial o constitutiva de esa relación a partir de la distinción entre trabajo y labor. En su conferencia “Labor, trabajo y acción”, plantea que la labor es repetitiva, sincrónica al proceso vital, y por lo tanto no conduce nunca a un fin mientras dura la vida a diferencia del trabajo, “cuyo fin llega cuando el objeto está acabado, listo para ser añadido al mundo común de las cosas y de los objetos”. Desde esta perspectiva, es la durabilidad de las cosas la que les asigna objetividad frente a la subjetividad del humano, que recupera esa condición en tensión con los objetos, llegando así a una estabilización identitaria frente a la indiferencia de la naturaleza.
Ahora bien, situados en la vorágine abstracta y aleatoria de la simulación, es posible detectar un sujeto identificado con los procesos de abstracción y aleatorización, aunque estos no se traduzcan en mejoras materiales en su beneficio. Pienso en el espectro del “mejorista”: desde el repartidor de Rappi hasta el criptobro, entre otros arquetipos que se constituyen desde el rechazo a cualquier noción de defensa, protección o promoción de iniciativa estatal. Estas identidades reniegan del uso del espacio público como activo político o de protesta, pero sostienen la necesidad de disputar ese dominio para destinarlo exclusivamente a garantizar la tarea laboral; abrazan la máxima de la competencia extrema regida en oposición a las formas colectivas o colaborativas de conseguir mejoras salariales y de condiciones laborales; y enaltecen las nociones de esfuerzo, mérito y educación financiera como activos exclusivos para la multiplicación inmaterial del dinero. En el margen de ese imaginario, si nuestra subjetividad se descompone ante la pérdida de materialidad del trabajo con su consecuente explotación sensorial y cognitiva, la aleatorización del poder adquisitivo en función de la primacía financiera, y la desterritorialización que confluye del aislamiento del home-office y la sangría de representación sindical, ¿qué fundamentos de identificación hay para imaginar una subjetividad trabajadora capaz de constituirse políticamente en oposición a las tendencias de precarización actuales?
El palco de Ezeiza.
Simulación, distopía y utopía
Si este tren de pensamiento puede servir para contrarrestar el estado anestésico en el que transitamos la simulación y recuperar sentido de donde parece no haber, entonces habría que ubicar las zonas de lo hiperreal para pensar cómo desactivarlas desde alguna forma de identificación política, como la que parece abierta para la subjetividad organizada (o no) por el trabajo.
Antes conviene enmarcar la falta de sentido más en términos de saturación que de ausencia: no estamos ante la nada, sino ante todo, a toda velocidad, todo el tiempo, y cuando algo sobresale de ahí o eclipsa el resto, la disposición de su impacto es distópica, es decir, impacta por parecer de un orden posterior a lo que entendemos como real. El efecto de saturación se puede verificar en el modo constante en que difusión de comunicaciones sobre ajuste del salario y las cuentas públicas, despidos con sesgo de disfrute, destrucción de valores simbólicos de adversarios políticos, golpizas semanales a jubilados, señalamiento compulsivo de enemigos del campo cultural y mediático, como otros capítulos característicos de la praxis gubernamental se enuncian en los mismos niveles que imágenes con autorreferencias mesiánicas, burlas, festejos desmesurados y humillaciones a propios y disidentes. En ese cauce de saturación comunicacional que ocupa la realidad por voluntad del poder estatal, el efecto de distopía aparece espontáneamente, como pasó con el caso LIBRA o pasa con los anuncios por altoparlantes al estilo 1984 durante paros y manifestaciones opositoras.
En nuestras dos metáforas, el final de la simulación refiere a un retorno a lo real. En la escolar, el simulacro termina con el timbre que cierra la coreografía de seguridad, restaurando la disposición habitual de actividades; en el cuento de Borges, el mapa sucumbe ante la voluntad de volver a poblar el territorio original. Ahora bien: ¿cómo sería el final de la simulación libertaria en la Argentina semiocapitalista? ¿Hay un retorno para preferir o, lo que es más complejo, inducir? Que la interrogación no se entienda como una invitación a hipotetizar sobre el fin del gobierno. Primero porque, tarde o temprano, va a llegar, y nada garantiza que ese momento también sea de final para el proyecto de país y las identidades políticas de esta ultraderecha (más bien todo lo contrario, si consideramos las experiencias contemporáneas de Brasil y Estados Unidos, aún con los matices que corresponda en cada caso). En segundo lugar porque, en general, para imaginar la caída del gobierno se parte de asociaciones con la crisis de 2001 y la debacle de los modelos menemista y macrista, y se entrecruzan análisis de recurrencias en la política macroeconómica que opacan variables menos computables pero igual de determinantes para el estado de ánimo social como las transformaciones en el mundo laboral, la relación entre tiempo de trabajo y tiempo de ocio, la dificultad del acceso a la vivienda, la calidad de las experiencias con lo público, la privatización de las expectativas de progreso y demás. Estas preocupaciones son intensas en sí mismas y también puestas en perspectiva, dado que las entendemos desde un presente saturado, perpetuo, comprimido y vertiginoso. La intensidad es mayor, cabe insistir, cuando la búsqueda de alternativas en la representación política cae en el vacío.
Mientras tanto, la promesa de recuperación macroeconómica es la dimensión material de la máquina de simulación libertaria. Como parte de ella, también funciona mediante sustituciones derivadas de la destrucción continua del valor referencial, pero en beneficio de un efecto de sentido anterior: quien festeja el fortalecimiento del Banco Central después de haber votado por quemarlo expresa el deseo de que termine la inflación; quien votó dolarización y apoya el despilfarro de dólares para sostener el fortalecimiento del peso y un tipo de cambio barato expresa que quiere acceder al dólar sin restricciones.
En paralelo, la dimensión simbólica de la simulación se organiza desde la dualidad esperanza-batalla cultural. La relación entre los dos aspectos es contradictoria si entendemos que la esperanza se sostiene más por rechazo a los fracasos anteriores que por novedad del intento actual, y que la batalla cultural en los términos macartistas y anti woke en que se la plantea es, para la mayoría de quienes apoyan al gobierno, un conjunto de obsesiones marginales desvinculadas del objeto de la esperanza, que es la recuperación económica, y por lo tanto puede ser enarbolada siempre y cuando no interfiera con lo prioritario. Las exaltaciones del estilo “es exactamente lo que voté”, “mejor gobierno/ministro/presidente de la historia”, o “ajuste más grande de la historia de la humanidad” expresan un determinismo sin grietas que carece de ironía. Son expresiones que quieren mostrarse sólidas sobre un sesgo de actualidad perpetua que les impide evocar pasado alguno al sintetizar 120 años de historia argentina como “lo mismo de siempre” y, a la vez, ignorar la lección que muchas experiencias políticas del pasado tienen para todo futuro.
Volviendo a la pregunta sobre el final de la simulación, y sin perder de vista este carácter ahistórico: si el presente está saturado y el pasado está hecho de referencias absorbidas por lo hiperreal, quizá haya que buscar la respuesta en el futuro, lo que no es menos problemático.
En uno de sus ensayos de La sombra de un jinete desesperado, Juan Mattio piensa en cómo el género ciencia ficción contrajo su potencial de reflexión sobre el futuro hasta el punto de proyectar escenarios (todavía) distópicos, pero en clave realista y cercana al tiempo histórico de su producción, como es el caso de Black Mirror, Dark o similares, que proyectan sus distopías desde los elementos históricos, sociales y económicos de su presente de producción. Bajo esta hipótesis, que retoma la tesis de Frederic Jameson sobre el realismo capitalista, la preocupación ideológica de corto alcance que dejan estas ficciones se relaciona a que el advenimiento del fin del mundo es cada vez más real, a que el futuro “se volvió opaco, y de esta manera, la literatura, aunque se inscriba en estos casos en el campo de lo fantástico, participa de manera brutal en el realismo capitalista, en su imposibilidad de imaginar futuros postcapitalistas que no sean, precisamente, de colapso”. Aún considerando que la ciencia ficción es una clave de proyección del futuro que tiene sus límites, el estado de ánimo anestésico puede leerse como indicio del mismo problema que la afecta como modelo de pensamiento histórico: lo que entró en crisis es la imaginación política como práctica social para encontrar futuros alternativos al colapso, y el problema que lleva a esto no es la existencia de la distopía en sí, sino la atrofia del pensamiento histórico en un presente en que los componentes distópicos forman parte de lo real, lo que está a la vista y constituye lo cotidiano. No hay poca evidencia de esto fuera del foco de la realidad política, económica y social argentina.
El efecto anestésico de la simulación es el resultado de que tanto la abstracción de los lazos de solidaridad como las utopías vacías sobre la libertad y el progreso ilimitado, que forman parte del realismo capitalista, se imponen como narrativa dominante de la época. Son más efectivas que verdaderas: seducen, y para eso se alimentan de sustituciones que desplazan el potencial de valores consensuados en el pasado: “La justicia social es una aberración”. Aún así, ahí están, con su vocación de invocar un pasado como castigo del presente en nombre de una supuesta reparación que logra instalarse como futuro deseable.
Posiblemente, la raíz de las utopías que neutralicen ese efecto esté en una relación menos mimética y más imaginativa con el pasado. En el gesto de indagarlo, sí, pero ya no en busca de explicaciones sobre un presente colapsado, sino para encontrar fundamentos en otros futuros posibles, no restringidos a lo hecho hasta ahora. En este sentido, un impulso utópico debería relocalizar las relaciones imperantes entre pasado, presente y futuro para recuperar el pensamiento histórico. “La pulsión distópica es el reverso de la imaginación política, y podríamos preguntarnos si nuestra época encontrará el camino de regreso al impulso utópico o, lo que es lo mismo, a la historia”, propone Mattio. Si se pudiera dar más precisión a ese desafío, probablemente sería ubicando al sujeto capaz de protagonizar, conducir, catalizar esa conquista epocal de regreso a la potencia de la utopía. Hay motivos para verlo en la figura colectiva del trabajador por su potencial cohesionador de identidades políticas fragmentadas ante la crisis de representación, pero también como vehículo de respuesta política y organizacional frente a las lógicas de explotación de la capacidad sensible e imaginativa.
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