Milei y la pregunta por el poder
Por Pantera
20 de marzo de 2024
En mayo de 1935, el ministro de relaciones exteriores frances Pierre Laval convence al líder de la Unión Soviética, Joseph Stalin, de firmar un pacto de no agresión. Lo que acerca a ambos regímenes, hostiles entre sí, es la amenaza alemana. El acuerdo viene con un ida y vuelta de información militar y, tras intercambiar cantidad de divisiones operativas, Laval salta con un tema de su agenda: le pide a Stalin un cambio en sus políticas represivas sobre los católicos rusos, que, según él, ayudará en su relación con la Santa Sede. Stalin, en su estilo ácido y sarcástico, responde tajante:
“Ah, el Papa. Y, ¿cuántas divisiones tiene el Papa?”
La anécdota pasa a la historia y no como alegoría, sino como clara imagen de un problema real y eterno: el poder es polivalente. Y no opera en abstracto sino que existe en una realidad cuyos puntos de presión son variados y, en momentos históricos claves, encuentran catalizadores que ponen en jaque todo su orden. Stalin no desprecia el poder político del Vaticano, sino que su aguda visión comprende correctamente ya en 1935 que el elemento de poder determinante, necesario e indispensable para la supervivencia será el militar. 4 años después, la segunda Guerra Mundial confirmaria sus sospechas. Hoy, tras la cada vez más clara imagen de la década del 2020 como una bisagra central para la reconfiguración de los resortes de poder en Argentina, la pregunta por el mismo se presenta como la más importante. Sobre todo, para el presidente. Démosle un par de vueltas.
Poder, estructura y contingencia
La definición de poder es sin duda la más escurridiza. Capacidad, potencia, acción, el poder es el elemento estructurante y jerarquizador que atraviesa todas las relaciones humanas. En la acción política, el poder es el capital central y determina la acción y la agenda política: que hago y que intento hacer. Operan en el mismo campo la acción y la potencia, condicionando mutuamente a los actores políticos. Para poder pensar esta estructura en el gobierno de Milei, tenemos que hacer una distinción en 2 temporalidades del poder en la acción dentro del Estado: por un lado su momento potencial, el poder estructural, el conjunto acumulado de acuerdos, presupuestos y legitimidades construidas por las instituciones del Estado, y por el otro, su momento de acto, el poder contingente, la concentración temporal y extraordinaria de elementos de poder que habilita una acción política. La estructural es poder de control y árbitro sobre todos los actores de la sociedad, la contingente es la que aparece como núcleo de la acción política y politizada por el resto de la sociedad. Estructural fue el poder que sostuvo a Macri y su agenda política pese a protestas, que permitió la reforma del ANSES, que hizo que Alberto Fernandez termine su mandato. Contingente fue el poder que impulsó a Cristina a intentar pasar la 125, a Alberto realizar y sostener la cuarentena, y ahora habilita a Milei a tratar de llevar un plan de gobierno que ignore el poder legislativo. Estas 2 dimensiones del poder confluyen y aparecen de manera intermitente en toda gestión pública, y tienen estrecha relación con la noción de poder constituido y poder constituyente de Toni Negri: el poder de la autoridad y el poder de la acción política. La primera existe como precondición de la segunda, pero operan de maneras diferentes. Un gobierno normal sostiene el primero mientras juega con el segundo: construye su base de legitimidad en la ley y de ahí establece su agenda, tanteando su capacidad para cambiar las cosas según el interés de sus miembros. Pero un gobierno también puede sostener todo su ímpetu en el poder contingente y buscar que su acción política sea constituyente: que cree precedente, que se acepte como la nueva norma. Esto implica una violencia, en principio simbólica, a todo el cuerpo constituido. Y es exactamente lo que está haciendo, por primera vez en nuestra historia reciente, Javier Milei.
Milei, entre fundar un orden y sobrevivir en él.
Analizar estos ya 2 meses de presidencia de Milei, uno solo puede pensar en 2 líneas: o no entiende nada sobre el poder, o está entendiendo mucho más que todos. Su estrategia de flexibilidad a lo hit and run viene siendo efectiva para mantener al núcleo duro de su gobierno mientras utiliza todos los recursos disponibles, abriendo frentes constantemente. Muchos (me incluyo) vienen marcando que el inevitable desgaste de esta estrategia no es sostenible sin resultados económicos relativamente rápidos, una renovación de la confianza con su electorado. Pero algo mucho más complejo se da como telón de fondo: una reconfiguración para pensar el gobierno y el poder. Está buscando que en el accionar violento y convulso de su gobierno se constituya poder: se acepte una manera de hacer las cosas y se acepten sus resultados. El fracaso de la ley ómnibus y la hostilidad con el poder legislativo acelera y deja en evidencia este proceso. La apertura de un conflicto abierto con los gobernadores (una relación que no vemos desde el primer gobierno de Cristina, y en mucha menor escala), lo confirma. La pregunta es: ¿Puede mantener el gobierno todos los canales de presión política cerrados? Dice muy clarividentemente Eduardo Grüner:
“El terror, sin embargo, como ya lo había percibido Maquiavelo, tiene límites para su eficacia, y tarde o temprano debe ser sustituido por alguna forma de consenso apoyado en el olvido de que en el origen del nuevo poder, hubo una violencia fundadora.”
Milei necesita su consenso. También apurar el olvido de esta violencia fundadora que estamos viendo en vivo y en directo. Y tras la presión de los primeros 2 meses, parece que la busca. Un nuevo consenso. Pasarle el coste político del recorte presupuestario a los gobernadores es algo que, por ahora, parece funcionar. Docentes y empleados públicos provinciales marchando en contra de las políticas de recorte que sus gobernadores, obligados por las políticas de Milei, están llevando a cabo, es muy significativo. Una especie de consecuencia de largo plazo de la constitución del 94 sobre la cual el presidente busca su status-quo, su poder constituyente. Y funciona, principalmente, porque nadie tiene la capacidad de sacarle su poder constituido. Mucho se habla de si ese 56% que fueron sus votantes existe aún o no: lo cierto es que no importa. Milei es presidente constitucional y con una gigante discrecionalidad gubernamental puede y está llevando a cabo muchas reformas legales del Estado. Presiona el poder constituido al máximo y todos los actores políticos se adaptan, y por ende, lo aceptan. Su consenso se logra porque no hay plan B.
Es claro que el núcleo de este nuevo poder constituido está en la opinión pública y la legitimidad de la acción política sobre todo el tejido social. Milei da la batalla en este ámbito más que en ningún otro. Busca presión sobre todo el campo político mediante esta vía. En su propia biografía “El camino del libertario” lo dice: “con la batalla cultural no alcanza y por eso me tuve que meter en el barro de la política”, y su eje sigue siendo esta “batalla cultural” que motoriza clivajes y antagonismos con hasta ahora fuertes reditos politicos. Me interesa reiterar esta idea: no busca solo una serie de políticas en específico, como sí intentaron básicamente todos los gobiernos de 2003 hasta acá. Busca ser un cambio bisagra de las reglas del juego político. No es casual que haya apostado todo a ser el líder de la creación de un nuevo poder constituido. Es, en el sentido más claro de la palabra, un revolucionario. Pero su revolución puede fallar, como atestiguan innumerables intentos de poder constituyente a lo largo de la historia.
Y aquí está, sin duda, el núcleo de la pregunta por el poder en su gobierno. El poder estructural sostiene pero el contingente diluye, y en esta puja por la legitimidad, Milei está haciendo un juego de altas apuestas. ¿Podra sostener la presión sobre un legislativo que le será hostil cuando empiecen las sesiones ordinarias? ¿Cómo logrará evitar que una mayoría legislativa no muy difícil de construir ante la crisis le pase leyes en contra? Todo apunta a un éxito o un fracaso: éxito en su intentona constituyente si via vetos, decretos y presión logra sostener su agenda. Nos pone de llano en un turbo-presidencialismo que los próximos gobernantes podrán utilizar. Fracaso si su poder contingente no es suficiente y las instituciones políticas logran deslegitimar su manera de gobernar, lo cual crearía la tensión y clima suficiente como para acercarnos a una nueva crisis de gobierno y algo similar a un juicio político. Sobrevivir hasta 2027 sería ya, en sí mismo, una victoria de Milei, su forma de gobernar y el espíritu de sus reformas. Lo cierto es que sea cual sea el resultado, estamos en una bisagra de cambio: el próximo gobierno será hijo de este profundo cambio de reglas.
Volviendo al principio, es que debemos seguir el ejemplo de Stalin: ¿cuántas divisiones le quedan a Milei? O más claramente, ¿que poder necesita, cómo puede acumularlo para cumplir sus objetivos y sostener nuestra agenda? Es el presente el que configura este escenario y su frontera con el futuro la única que puede poner en contraste sus errores a tiempo. Lo mismo para su oposición. ¿Qué del poder que creen necesitar es contingente? ¿Cuánto de lo que dan por dado es necesario rearmar y defender? Todas preguntas que no podremos responder hasta comenzarlas a plantear.
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