Política
Para un mapa del discurso político contemporáneo: solemnes, cínicos y acelerados
Por Roberto Chuit Roganovich
21 de febrero de 2024
Introducción
El discurso político existe. Dentro de cada familia, en las charlas de ascensor y supermercado, en las aulas, en las redes sociales y los diferentes medios de comunicación, en nuestros representantes políticos, en las salas de espera del hospital.
La enorme cantidad de formas del discurso político hace casi imposible cualquier simplificación. Sucede como en las ciencias naturales: decir que un bosque es un conjunto de árboles es una afirmación verdadera, pero imprecisa o vaga.
Cualquier tipo de diagrama nunca va a dejar de ser apresurado, insuficiente y, en cierto punto, poco legítimo. Sin embargo, para poder entender el terreno en el que nos encontramos hoy, es necesario organizar mediante generalizaciones provisorias el mapa del discurso político contemporáneo.
Caben, entonces, algunas aclaraciones previas.
La primera: la cantidad de formas del discurso político es tan abrumadora y su constancia tan omnipresente que más que hablar de discurso político, en singular, deberíamos hablar de discursos políticos.
A pesar de esta magnitud, afirmar que existen tantos discursos políticos como enunciadores (digamos, un discurso político por cada habitante) es un tanto descabellado. Por más especiales que a veces sintamos que somos, incluso nuestros más profundos deseos se encuentran “organizados” por pulsiones sociales estandarizadas y reguladas que nos determinan independientemente de nuestras voluntades.
La segunda: todo discurso es un conjunto de enunciados organizados en algún soporte, ya sea oral, escrito, gráfico o visual. Los discursos hacen uso de esas formas conocidas para decir cosas acerca del mundo y proponer nuevas aristas de interpretación de nuestra realidad cotidiana. En esos lenguajes conocidos (en esos soportes orales, escritos, gráficos y visuales), se encuentra el material empírico donde deberíamos buscar respuestas a nuestras preguntas.
En este marco, las preguntas que deberíamos hacernos son las siguientes: ¿Qué es lo que se está proponiendo en los discursos políticos populares contemporáneos? ¿Cómo es que lo proponen? ¿Existen acaso diferencias con el discurso político de hace unos años o hay algunos elementos novedosos que valga la pena destacar? Y para ser más específicos, ¿qué tipo de relación tiene el discurso político contemporáneo con el futuro de nuestro país? ¿Cómo lo imagina? ¿Cómo tiene pensado crearlo?
Las estructuras
Hoy, en el discurso político circulante en redes, hay tres estructuras, núcleos u operadores que aparecen como dominantes. Estas tres estructuras son, para ponerles un nombre vulgar pero efectivo: la estructura solemne, la estructura cínica y la estructura acelerada.
Ninguna de estas estructuras se presenta nunca de forma “pura”. No existe un discurso que sea puramente solemne o cínico o puramente acelerado. Por el contrario, todo discurso es siempre una mezcla de múltiples operadores o pivotes de sentido. Sin embargo, en cada discurso que encontremos, sí es posible discernir cuál de las tres estructuras planteadas es la “dominante”, la que se encuentra más a la vista o la más expuesta en la superficie.
Este nuevo diagrama, para nada perentorio ni definitivo, pretende estar a tono con un cambio de período histórico nacional, del que algunos de sus indicadores son: el agotamiento del modelo kirchnerista, el fracaso del modelo macrista, el posterior fracaso de la gestión de Alberto Fernández, el ascenso meteórico de Javier Milei a tono con el ascenso de las nuevas derechas apalancadas en gobiernos electos democráticamente (como Trump, Bolsonaro, Zelenski, Meloni), y el discurso anti-intelectual, anti-estatista y anti- colectivista en boga.
La estructura solemne
Pertenece, en su mayoría, a lo que las nuevas derechas llaman la cultura “despierta” (woke). En ella participarían los “guerreros de la justicia social” (SJW, o Social Justice Warriors), los débiles “copos de nieve” (snowflakes) y la “generación de cristal”.
Si bien amparada en investigaciones concretas de las ciencias sociales y en acuerdos históricos de la cultura de izquierdas, la cultura “woke” se trataría según las derechas de un conjunto de sobre-reacciones negativas a cualquier expresión política o cultural que atente, por lateralizada que sea la forma, al nuevo conjunto de identidades que han cobrado mayor visibilidad en las últimas décadas (el colectivo LGTBQ+, el ecologismo, el veganismo y sus derivados, el activismo gordo, las identidades afrolatinas, etcétera).
La diferencia entre esta forma de hacer política y las formas de las viejas organizaciones de izquierda y los movimientos populares es explicada por Nancy Fraser en “¿De la redistribución al reconocimiento? Dilemas de la justicia en la era «postsocialista»”:
La «lucha por el reconocimiento» se está convirtiendo rápidamente en la forma paradigmática del conflicto político a finales del siglo XX. Las reivindicaciones del «reconocimiento de la diferencia» estimulan las luchas de grupos que se movilizan bajo la bandera de la nacionalidad, la etnicidad, la «raza», el género y la sexualidad. En estos conflictos «postsocialistas», la identidad de grupo reemplaza al interés de clase como motivo principal de movilización política. La dominación cultural reemplaza a la explotación en tanto injusticia fundamental. Y el reconocimiento cultural reemplaza a la redistribución socioeconómica.
Este viraje no es del todo bien recibido ni por parte de las derechas internacionales ni por parte de ciertos sectores de la izquierda y los movimientos populares.
¿En qué radica el descontento? La estructura solemne —que arrastra consigo, por ejemplo, la presunta necesidad de que La Sirenita pertenezca a la comunidad afro, la incorporación de modelos plus size al mundo de la moda, la incorporación de los sanitarios no binarios, entre otras cosas— es leída, por un lado y siempre por las derechas, como una forma ideológica policial y persecutoria basada en la corrección política y la llamada cultura de la cancelación; por otro lado, y por ciertos movimientos populares y de izquierda, es leída como una nueva forma ideológica que exalta la identidad y el reconocimiento en detrimento de las reflexiones acerca de la clase y la explotación.
En un caso o en otro, los discursos solemnes se instituyeron como estructuras aleccionadoras de cualquier expresión que corriera por fuera de algunos de los principios inalienables de la cultura mal llamada “progresista”.
En el campo popular, este control a veces asfixiante produjo una reacción espontánea que tendió en los últimos años más a la depuración ideológica y a la expulsión cuanto al engrosamiento de todas las filas militantes.
Ahora bien, ¿qué vínculos mantiene esta estructura con el futuro?
En principio, podría decirse que mantiene una relación escueta. Si bien útil en su momento, esta estructura parece haber perdido, al menos en su faceta operativa, cierta eficacia: ya no parece tener la capacidad de prefigurar un futuro posible o deseable, ni parece tener interés en proponer modelos de Estado y de gobierno suficientemente atractivos para la mayoría de la población.
En un mundo donde la depresión en el público joven asusta, donde el sueño de la casa propia se encuentra cada vez más postergado, donde la estabilidad económica parece una imposibilidad, la estructura solemne no parece prometer ni asegurar un cambio estructural significativo en las sociedades en las que vivimos.
Por el contrario, parece estar anclada de algún modo en el pasado.
Frente al avance de las derechas internacionales y de gobiernos como el de Milei, que acceden al poder bajo la promesa de destruir lo poco que queda de los Estados de bienestar, la estructura solemne parece encontrarse a gusto en la protección y conservación de algunas victorias históricas, sin dudas necesarias y válidas, pero hoy por hoy insuficientes.
En ese contexto, las izquierdas y los movimientos populares parecen estar más ocupadas defendiendo posiciones conquistadas que proponiendo formas novedosas de organización política, de eficientización estatal, de fortalecimiento de los vínculos democráticos y de nuevos programas de crecimiento y distribución económica.
Como dijimos, esta estructura discursiva no pertenece “por derecho” a ningún espacio político, puesto que también se encuentra en las derechas alternativas y el neofascismo. Sin ir más lejos, el propio discurso hitleriano se anclaba en un “pasado perdido” que debía ser restituido: un anterior idílico en el que la raza aria no había entrado en mixtura con otras culturas y etnias consideradas inferiores. En la actualidad, las nuevas derechas y el neofascismo han revitalizado este discurso a partir, por ejemplo, de lo que se llama “El gran reemplazo” (la idea según la cual la población europea está siendo diezmada por la migración árabe) y el ecofascismo (que considera necesarias la regulación de la producción humana, la reducción de la población mundial y los planes de ingeniería social).
La estructura cínica
Pertenece, en su gran mayoría, al tipo de discursos que produjeron los grupos de las nuevas derechas nacidas a mediados de la década del 2000. Sus principales áreas de influencia fueron, en un comienzo, las redes sociales y los foros públicos.
Las nuevas derechas tuvieron la capacidad de reproducirse y afianzarse a la sombra de la opinión pública en plataformas como 4chan, 8chan y Reddit, para luego saltar a la masividad, en estos últimos años, en Instagram y Twitter. La relativa oscuridad en la que transcurrieron sus primeros años fue una condición excepcional para su conformación, diseño y desarrollo: el anonimato, la incorrección política contra la cultura “woke”, la libre circulación de opiniones y manifiestos racistas, xenófobos, misóginos, crearon un nuevo sentido de comunidad.
Un slang sajón nacido en estas plataformas suele decir que algo se hace “para las risas” (for the lolz). La expresión apunta a alguien o a un grupo de gente que hace o dice algo sin sentido (alocado, inapropiado, fuera de lugar) sin ningún propósito real más que la diversión. En el mismo sentido, suele ser usado por gente que, en una especie de embriaguez dionisíaca, lleva a cabo acciones altamente peligrosas con el objetivo de exprimir la felicidad de la vida hasta sus últimas consecuencias.
Ahí el cinismo.
El mayor antecedente de esta estructura discursiva, al menos por sus efectos, fue el caso Trump/QAnon. Este fenómeno ha sido estudiado en los documentales de HBO llamados Q: Into the Storm y Four Hours at the Capitol, en el video ensayo de El libro de jugadas de la ultraderecha: Como radicalizar a un «normie», de Innuendo Studios, y en los libros Kill All Normies de Angela Negle y ¿La democracia en peligro? Cómo los memes y otros discursos marginales de internet se apropiaron del debate público, de Juan Ruocco.
Se trató, en suma, de un proceso espiralado de afianzamiento de principios neofascistas y de producción de fake news y teorías conspirativas. En estas plataformas se sostuvo, por ejemplo, que Hillary Clinton, junto a gran parte del partido Demócrata, pertenecía a una secta que secuestraba y abusaba niños en los sótanos de una famosa cadena de pizzería (Pizza Gate); también que el Estado norteamericano respondía a una estructura perversa llamada “Estado profundo” (Deep State) que sólo Donald Trump, en una representación mesiánica, podía desarticular.
La relación de esta estructura discursiva respecto a la verdad es deficiente. En esta estructura, siempre importa menos la veracidad de la enunciación cuanto su efecto. A diferencia de la estructura solemne, que intenta buscar las coordenadas de su acción política en la historia de las izquierdas y los movimientos populares, como así también en los aportes del marxismo, el feminismo, el ecologismo y los estudios coloniales, la estructura cínica no tiene un interés marcado ni en las tradiciones políticas ni en la historia del saber occidentales.
Opera, por el contrario, en un presente continuo: un presente considerado caótico, irreparable, triste, que sólo nos empuja a encontrar por nuestra propia cuenta la forma de divertirnos y hacer el viaje menos doloroso.
De ahí la relación de la estructura cínica con el futuro, siempre pobre y tangencial. Acá, el futuro aparece la mayoría de las veces como catástrofe y pesadilla; también, cada tanto, como imposibilidad y como incógnita.
Esta estructura, como todas, y por más lavada que pueda presentarse, es siempre permeable a posiciones ideológicas. Si bien en su faceta más generalizada se acerca más a formas desfachatadas de atravesar la vida, en su faceta ideológica, al menos en estas plataformas, suele ser abiertamente fascista.
Esta estructura no sólo pertenece a los espacios de derecha. Es también moneda corriente en streamers y divulgadores de este lado de la vereda, cada vez que se interpreta el pasado reciente, el presente y el futuro cercano como una consecución infinita de derrotas políticas, como si la vida fuera poco más que la contemplación de oleadas cíclicas del desastre.
Esta sensación de abatimiento y de desgano, que es la condición del pensamiento cínico y que Mark Fisher intentó explicar a lo largo de toda su vida, parece responder a un espíritu epocal: el de los más jóvenes que han ingresado a la adultez en un mundo que no parece haber encontrado respuestas para sus propios padres; el de los adultos recientes, que ofrecen su fuerza de trabajo sin promesas claras de estabilidad económica o sin la posibilidad de acceder a vivienda propia; la de los adultos ya asentados, que viven cada crisis como un lamento cíclico del cual es imposible escapar.
La estructura acelerada
La pertenencia de esta estructura a una línea política particular no es clara. El aceleracionismo puede ser de extrema izquierda o de extrema derecha.
¿Qué es, en definitiva, el aceleracionismo? Es una teoría social que sostiene que el capitalismo debe expandirse hasta sus últimas consecuencias para producir el ingreso a una nueva era. Desde su vertiente izquierdista, sostiene que el proceso de evolución tecnológica tiene que desarrollarse al punto de superar el horizonte capitalista para producir sociedades libres de explotación a través de la automatización de todas las instancias productivas; desde su variante de derechas, sostiene que el capitalismo debe intensificarse a partir de sus propias herramientas hasta lograr lo que se llama una “singularidad tecnológica”, es decir, el desarrollo de una “inteligencia artificial fuerte” (Strong IA) capaz de producir por sí misma redes informáticas, algoritmos y robots que superen la inteligencia humana.
Sostener que hoy en la política argentina existen aceleracionistas es una exageración y una equivocación. Sin embargo, algunas de sus características son útiles para armar un mapa provisorio de los discursos políticos circulantes.
En el caso nacional, tenemos dos representantes de este tipo de discursos: el actual presidente Javier Milei y el díscolo militante peronista Guillermo Moreno.
Ambos comparten ciertas formas de la elocución. Sus expresiones suelen ser taxativas y determinantes y no ofrecen espacio a la duda. Suelen ser vehementes y a veces violentos, única forma aparente de divulgar una verdad auto-evidente de la que se sienten representantes. Suelen exaltar sus propias facultades, destrezas y valores. Su mensaje lacónico, breve y contundente (siempre amparado en conceptos absolutos, como la libertad y el amor) los vuelve rápidamente replicables en reels y en plataformas como Instagram y TikTok. También suelen contagiar un fuerte sentido de la seguridad, al punto que Milei es visto por sus defensores como un “intelectual”, mientras que Moreno es visto por los propios como un “soldado”.
En el plano del contenido, su emparejamiento con lo que cada uno de ellos entiende por verdad es total: tanto Milei como Moreno se configuran públicamente como poseedores de una verdad ética, moral y científica olvidada con la capacidad de transformar el mundo.
Ambos encuentran en el pasado un anclaje de sentido: Milei en la presunta Argentina “potencia” de principios de finales del siglo XIX y principios del siglo XX; Moreno en el primer peronismo, en los principios justicialistas que hablan de una Argentina socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana.
Ambos entienden el presente como un llamado a la acción: de reorganización, de redefinición de los esquemas organizativos y de diseño de los cambios estructurales necesarios en el sistema político y productivo argentino.
Pero sobre todo, ambos encuentran en el futuro el terreno real de la disputa. En cuanto relatos fundacionales de la etapa post-kirchnerista, ambos diagnostican, por un lado, el agotamiento del modelo socialdemócrata, y prometen, por el otro, el nacimiento de un mundo nuevo. El futuro aparece entonces como peligro y urgencia: en un presente decadente y plagado de guerras, pandemias, caída generalizada del salario y estancamiento del crecimiento, la acción política es un deber ético.
Por supuesto, esta estructura no pertenece a ningún hombre ni movimiento en particular. Si bien parte del discurso acelerado se ha apalancado en estos dos personajes, la última elección presidencial en Argentina ha mostrado algunos ejemplos de valor.
En las redes sociales asistimos, por ejemplo, a un combate de memes entre las llamadas “fuerzas del cielo” y las llamadas “fuerzas de la patria”. La disputa se trató, como pocas veces vimos en la política argentina reciente, de un conjunto de intervenciones relativamente espontáneas y llevadas a cabo por adherentes o simpatizantes no necesariamente militantes y no necesariamente ordenados bajo una dirección política central. Cada una de estas “fuerzas” intentó representar mediante videos, imágenes y recortes televisivos, una figuración idílica no sólo de la Argentina futura sino de cada uno de sus candidatos. El saldo fue, además de cómico e ingenioso, estéticamente novedoso y políticamente cargado: desde un Milei con armadura templaria tecnologizada castigando a demonios bíblicos a un Sergio Massa montado como comandante soviético bajo fondo solar-punk.
En un contexto internacional de crisis, los discursos del advenimiento, del acontecimiento singular y del mesianismo parecen ser aquellos con mayor capacidad de pregnancia. Lamentablemente, y como dice Nagle, la organización del descontento, que históricamente había sido tarea de las izquierdas y los movimientos populares, hoy tiende a ser capitalizada por diferentes expresiones de la derecha.
Qué estructura capitalizar y por qué
La investigación, tanto en las ciencias sociales como en las naturales, consiste, por simple que parezca, en la búsqueda de patrones.
La primera tarea que nos debemos desde las diferentes expresiones del activismo político es, entonces, diseñar un mapa de aquellos discursos políticos en circulación, para entender cómo se habla hoy de nuestro propio pasado, nuestro presente y nuestro futuro, y de qué forma y a través de qué estrategias retóricas.
La segunda tarea es reconocer qué tipo de estructuras discursivas de todas las que circulan son las que han mostrado en los últimos años la mayor eficacia para interpelar a los ciudadanos descontentos y descreídos de una salida política a la crisis que hoy nos asfixia.
La tercera tarea que nos debemos es la de la creación de un nuevo aparato discursivo acorde a nuestros intereses tácticos y estratégicos; un aparato que, basado en la escucha (práctica aparentemente olvidada en los últimos tiempos) ofrezca un nuevo contenido y una nueva forma del decir.
Hasta ahora, todo parece indicar que es necesaria una estructura intermedia, o que participe de alguna manera en todas las que observamos: solemne para no olvidar de dónde venimos, cínica para vivir cada victoria progresiva como un carnaval, y acelerada, para poder construir en conjunto ideas de futuro atractivas para la mayoría de la población argentina.
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