Artificios
El libertarismo es una drag queen
Por Julián Brutto Maggiolo
17 de febrero de 2024
Los últimos días de diciembre, en la red social X hubo una cacería doxxer entre distintos usuarios libertarios como “Ministerio de Doxxeo” y la cuenta BadEmpanada, un youtuber australiano radicado en Argentina. Mientras descubría qué es exactamente doxxear y trataba de entender si constituía o no un delito me llegó una epifanía: los libertarios son Drag Queens.
De la práctica del doxxeo conocemos que inició como una táctica hacker para atacarse y contratacarse entre colegas, y que hoy en día se reduce a publicar información –generalmente sensible o personalísima- del titular de una cuenta de Twitter, casi siempre anónima. Requiere algo de conocimiento y de ingeniería técnica encontrar los elementos que te permiten acceder a información algo más que la pública (como el nombre o incluso el CUIT de una persona), pero actualmente está operando en una lógica similar al escrache, bajo una autoproclamada justicia por mano propia. Bajo esa lógica actuó la cuenta BadEmpanada, hoy suspendida en un contraataque libertario, que bajó la cuenta denunciando su contenido marcadamente yihadista. Los últimos días de diciembre se dedicó a exponer a Ministerio de Doxxeo y otras cuentas de ideología libertaria que tenían especialmente ese fin.
Del resultado del ataque de BadEmpanada nos encontramos con que el titular de Ministerio de Doxxeo se trataba de un joven adulto chaqueño de 19 años, y que según la información publicada vive en una casa construida por el Fondo Nacional de la Vivienda, pero que emulaba –como la hegemonía de la juventud- un estilo de vida metropolitano, de idiosincrasia cosmopolita y todas las características que alejan a una persona de la necesidad material más básica.
La epifanía surgió desde ahí: estos pibes están viviendo aparentando aquello que quieren ser. Más especialmente, aquello que sueñan con ser y que la estructura de la sociedad les niega y probablemente negará, independientemente de cuantos obstáculos rompan con sus propias manos. El anonimato de las redes sociales les permite esa fantasía dragqueen-esca.
Algunos indicios de esta característica empezaron a mostrarse las semanas previas al ballotage en noviembre: cuanto más rechazo público el candidato iba sumando, cuantos más elementos reuníamos para inferir una condición psiquiátrica desventajosa del ahora presidente, más aparecía en Twitter la imagen de Javier Gerardo con músculos hipertrofiados y quijada superheroica vistiendo de traje de calidad Valentino.
La cultura drag surge a fines de los años 70 y comienzos de los 80, en una Nueva York en quiebra, a la par del punk y del primerísimo gen alt-right que tiene la batuta de la hegemonía hoy. Pero con una diferencia: el drag es, en sus inicios, además de homosexual, negro.
El drag mainstream que conocemos todos es propio de su época: emula la opulencia, muchas veces celebra la hiperfeminización y la androginia, y está relacionado con el glam estético y la performatividad extravagante. Pero esto no siempre fue así. La película Paris is burning nos enseña otra realidad: el drag y los ballroom nacieron como ese refugio donde el varón homosexual negro o la mujer transgénero negra lograba experimentar aquello que la sociedad jamás iba a permitir que sea: pudiente y opulento lo deseaban varios y varias, pero muchos otros también buscaban encarnar la imagen de un Coronel. Para lograrlo, trabajaban para coser ellas mismas sus trajes, o se metían a los destacamentos a robarse el traje de Cabo y la gorra de General. Todo porque el viernes había baile y caminata, y por su puesto se competía (y se sigue compitiendo) para ver quién representaba mejor la imagen que buscaban transmitir.
Twitter está para reírse de las probables inseguridades del Presidente. Acá aplicamos la empatía metodológica. Buscamos comprender cabalmente el sentimiento de su bancada libertaria. Si las trans negras cosían sus vestidos, los muchachos usan la generación de imágenes por Inteligencia artificial para draguear al Presidente y, a través de él, draguearse a sí mismos.
Es probable que el mal de época que logramos diagnosticar sea mucho más grave de lo que alcanzamos a ver. La idea de que lo que hizo a los libertarios creer en esta narrativa es la ausencia de relatos de un futuro inmediato posible se queda corta. No son los ocho años de debacle económica ni los doce de estancamiento. Es probable que estos muchachos estén seguros y convencidos de que nadie los puede salvar de su destino estructural y que su llamita de esperanza esté, lógicamente, depositada en “las fuerzas del cielo”. Sin un total reset que logre modificar de cuajo algo de las realidades marginales de nuestro país, esto será imposible. Hay que decirlo: una predicción sobria y basada en algún dato no dista mucho de esa conclusión. Muchos peronistas compartimos esto con los compatriotas.
Ahora bien, hay un elemento en esta ecuación que me sigue haciendo ruido. La cultura drag nunca se trató de la vergüenza del origen propio o la identidad de uno. No es la vergüenza lo que lleva a las y los queens a ocultarse, sino el riesgo material que implica exponerse a la calle. Y aun así lo hicieron siempre, vivieron y trabajaron en ella. Al contrario de la vergüenza, como se suele decir, la comunidad LGBT siempre busco antídotos contra ello e intentó hacer del orgullo un lugar de encuentro. De hecho, todas las culturas que implicaron un proceso de identificación mutua, un lenguaje y vivencias en común logran eso: combatir la marginalidad con auto-integración colectiva.
Insisto: es una pregunta acerca de qué une a estos muchachos. No es justo intentar explicarlo con delirio místico, pero me es inevitable pensar en la película Fight Club, donde el protagonista enloquece de insomnio y tiene que lidiar con sus propias frustraciones que tomaron la forma de un alter ego al estilo Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Descubrimos más adelante que también busca un reseteo del sistema y hace volar literalmente el sistema bancario de la Ciudad con la ayuda de cientos de fieles a quienes convenció de su proyecto fatalista.
Mi sentir más colectivista me lleva a pensar nuevamente en que la soledad de esta época nos inhibe ese proceso de identificación mutua que enaltezca aquellas pertenencias más duras de llevar. Esto nos está pasando a todos. En una aproximación íntegramente del orden de la imaginación, sin buscar afirmar ninguna hipótesis, visualizo a alguno de esos pibes jugando a la pelota, juntándose a tirar free en la plaza de su barrio o inclusive entrenando con amigos en un gimnasio casero. Imagino que en alguno de esos escenarios el resultado es distinto. Pero de nuevo, tanto Fight Club como los pibes libertarios tienen un lugar común de encuentro y de identificación. Y pueden hacer desastres con él.
Aquello que une a las dragqueens y a los libertarios está claro: ambos están convencidos, o sea (auto)perciben, que su realidad y su identidad no pueden ser modificadas. También los une el derecho a no ser otro más en el destino de su proceder estructural. Pero los diferencia que la visibilidad para ellas fue la llave a cada una de las puertas, mientras que para los libertarios es su principal veneno. El doxxeo, con los límites de su moralidad, los expone como a los malvados de Scooby Doo y amenaza a su comunidad porque les recuerda quiénes son.
La dignidad y el coraje en ser algo distinto a lo que deben ser podría ser algo que los uniera con las queens del mundo, estos pibes son también un movimiento al fin y al cabo. Pero su principal potencial de daño, para sí y para terceros, es que se están dragueando para ocultarse y no para expresarse. Usan al drag para transformarse de afuera hacia adentro, cuando el drag es el trabajo inverso, donde uno enaltece en el plano material lo que lleva por dentro. Ese es un camino identitario preparado para perderse.
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