Urbe
Circo, pan y salud mental
Por Mel Rodriguez
14 de diciembre de 2023
La salud mental de los argentinos está comprometida. Para ponerlo en números que grafiquen la situación: uno de cada diez habitantes de nuestro país presenta riesgos de padecer trastornos mentales y distintas afecciones que interfieren en su calidad de vida, según un relevamiento del Observatorio de Psicología Social Aplicada de la Universidad de Buenos Aires (UBA). La situación comenzó a agravarse en 2020, a partir de que se declarara la pandemia por coronavirus, una realidad que hasta entonces solo parecía posible en los libros de historia o de ciencia ficción. Sin embargo, con el paso de estos tres años, todo parece haberse encaminado hacia un rumbo peor, donde los factores sociales que nos rodean no contribuyen a una aparente mejoría.
El plan de “hacer estallar el sistema” trae aparejado un sin fin de problemáticas que quedarán a la deriva de la individualización de su propia mejoría, sin contención, sin acompañamiento y sin certezas. Nadie sabe hacia dónde va la transformación que promete dejar a muchos solos y a la intemperie.
Ansiedad, depresión y riesgo suicida son tres conceptos muy escuchados en la guardia del Hospital Dr. Alejandro Korn, situado en la localidad de Melchor Romero. En diálogo con la licenciada en trabajo social, y residente de la guardia del hospital, María Naida Roleri, profundizamos acerca de cuáles son los aspectos que más inciden en las afecciones mentales, con qué herramientas cuenta el sistema de salud y cuáles son los puntos a mejorar.
El escenario siempre es el límite
Una persona golpea la puerta de la guardia de salud mental del hospital. Del otro lado, un equipo la recibe, la invita a pasar y le pregunta qué la llevó hasta ahí. La persona describe síntomas y puede, o no, entenderlos como consecuencia de una crisis que algún hecho particular de su vida esté provocando. Pero son los profesionales quienes tendrán la tarea de ayudar a esa persona a organizarse e identificar el problema para, después, orientarla hacia una solución.
Para la licenciada Roleri, en muchos casos las personas son conscientes de que su salud mental está atravesada por incontables condicionantes cotidianos, derivados de la imposibilidad de resolver tareas que están dadas: trabajar, cuidar a los pibes, existir. “Ante la no realización de esas tareas de manera óptima, viene la crisis, y de ahí la sintomatología que hace que la gente pida ayuda”. “La persona te toca la puerta, te tira su problemática y vos intervenís a partir de eso, pero estás obligado a ejercer otra lectura cuando el paciente comienza a contarte que no tiene tiempo para sí mismo, que no le alcanza la plata, que no puede sola con los chicos”, afirma.
Acudir en busca de una solución al hospital de Melchor Romero es, de por sí, toda una decisión. Categorizado como monovalente y asociado históricamente con la idea de “loquero”, es un primer paso para asumir que algo de lo propio no anda bien. Pero es preciso poder vincular lo personal con lo que existe alrededor.
Gracias a la ley de salud mental todos los hospitales monovalentes se encuentran bajo un plan de adecuación que se crea junto a sus trabajadores, proponiendo planes de acción acerca de cómo puede cerrarse el ‘manicomio’ para dar lugar a que se transforme en un centro de día, con la carga simbólica que eso implica. Este suceso habilita nuevas prácticas y discute las más antiguas.
“Existen situaciones que a vos, como profesional, te ponen en juego. Hay algo que hace que la persona desencadene una crisis y es inevitable que eso tenga que ver con el contexto incierto que habitamos”, sostiene Naida. La población que asiste al hospital está, en una gran mayoría, privada de obra social y, en muchos casos, viviendo una situación precaria y con condiciones básicas no garantizadas. “Quedarse sin trabajo, o trabajar pero no llegar a fin de mes, estar constantemente intentando entrar a un sistema de productividad al que nunca le parece suficiente, son motivos de sobra para que la salud mental se vea afectada”, cuenta.
No existe un debate colectivo de cómo construir salud mental en el cotidiano, nadie enseña a generar estrategias para fortalecer la autonomía y la consecuencia es que terminamos hablando de las problemáticas de salud mental cuando, justamente, ya son un problema.
Mejor prevenir, que curar, dice una frase hecha que nadie sabe de dónde viene pero todo el mundo repite. Sin embargo, en el campo de la salud mental, no es tan así. ¿Cómo pedir que alguien ‘cuide’ de su salud mental si no tiene para comer? El escenario siempre es el límite, la incertidumbre y la soledad hacia la que empuja un sistema del que muchos parecen quedar afuera.
La importancia del deseo
Inmersos, como estamos, en un panorama incierto, y arrinconados por varios frentes, las prioridades se reorganizan. Pero si hay algo que está corrido de la escena es el deseo, aquello que opera sobre nosotros y que, en muchos casos, se ve reprimido.
La psicología observa al sujeto, su psiquis y la manera en la que determinadas cosas se estructuran: porqué una persona piensa de determinada manera, cómo lleva adelante sus comportamientos y de donde pueden surgir las irregularidades. El psiquiatra, además, tiene el agregado de poder observar la parte orgánica, que no queda por fuera en las problemáticas de los pacientes que acuden a una guardia de salud mental.
Aquí es donde surge la importancia de que los equipos que se ocupan de abordar este tipo de problemáticas estén compuestos de forma interdisciplinaria. Aquí entran en el juego los trabajadores sociales, que son quienes instalan la pregunta acerca de los otros factores, los que tienen que ver con la sociedad, que pueden condicionar el buen estado de la salud mental.
El trabajador social puede ofrecer una lectura más amplia al respecto y el trabajo interdisciplinario se vuelve indispensable, porque es innegable el peso que la pata social tiene en las cuestiones mentales, y que muchas veces escapa a la visión sobre lo psíquico y lo psicopatológico: no somos sujetos que vivimos solos en el mundo, nos situamos en un lugar y un espacio determinados que, inevitablemente, afectan nuestras realidades.
“Las responsabilidades que cargamos y las situaciones adversas a las que nos enfrentamos no permiten, muchas veces, vivir liviano, sin secuelas”, sostiene la licenciada. El problema se agrava en el caso de las mujeres, donde la desigualdad en el reparto de las tareas de cuidado empeoran el panorama: hay que cuidar a los chicos, trabajar porque no hay un padre que se haga cargo de la cuota alimentaria, ser simpática, linda y guardar tiempo para una misma. El deseo parece quedar velado en el contexto de precarización actual, pero a algún lado debe ir a parar y repercute en forma de frustración.
“Yo creo que el deseo nunca se va de las personas, queda en algún lugar y cuando no aguanta más, hace que explotes con una crisis, por ejemplo, es algo que no se aguanta y es claro cómo empieza a recuperar su espacio apenas las personas comienzan a realizar un tratamiento”, afirma Naida. “Por eso es importante reacomodar ciertos aspectos y ayudar a las personas a volver a identificarse como alguien deseante, con autonomía, con posibilidades. Es una manera de lograr que algo de lo propio resista”, agrega.
La dinámica que ofrece el mundo, de hacer rendir al máximo el tiempo y estar obligados a ser productivos constantemente, vuelve muy difícil la tarea de desenvolverse desde lo personal, sin sentir la presión de estar respondiendo a los preceptos del sistema. El deseo, muchas veces, queda afuera de lo que socialmente está permitido sentir o pensar.
La lengua popular: “lo crees, lo creas”
En los últimos tiempos, un aluvión de discursos acerca de la salud mental estalló en redes y distintos medios. De pronto, todos nos sentimos habilitados para hablar de salud mental. Para Naida, hay una explicación: “Lo orgánico es algo que todos desconocemos: si me duele la panza voy a hacer lo que el gastroenterólogo me dijo que tengo que hacer. Si el hueso se me salió de lugar, el traumatólogo me va a decir que hacer. Desconocemos tanto eso que acatamos lo que el medico nos dice. En cambio, en lo que tiene que ver con lo subjetivo, hay un mercado en la realidad, que propone determinadas imágenes, determinados materiales en apariencia útiles, y la sobreinformación sobre la salud mental está tan naturalizada, que mucha gente puede sentirse más tranquila, con opciones para responder y ‘aprender’ a habitar el mundo”.
Actualmente, el mercado ofrece variadas propuestas relacionadas con el cuidado de la salud mental, pero muchas tienen algo en común: están ligadas a intereses económicos de determinados sectores y plantean al síntoma como algo a lo que hay que atacar, generando un lucro con eso. Acá aparece la medicación como única posibilidad para eliminar el malestar, el couching, la meditación, y otros fenómenos. Pareciera que lo único que está permitido en el mundo es sentirse bien.
“La banalización del consumo de psicofármacos es algo común. Por ahí viene alguien al hospital que estaba tomando Clonazepam porque se lo dio un familiar. Es que, así como el ibuprofeno me saca el dolor de cabeza, tengo que buscar una solución para la mente, para poder seguir siendo productiva, esa es la lógica”, asegura Naida. “Es peligroso, por eso uno de los puntos más importantes que hay que empezar a trabajar es el de entender que la salud mental está asociada a la libertad de elección pero condicionada por las posibilidades y las condiciones de vida de cada uno. Nadie puede elegir libremente si le falta el pan en la mesa o si no llega a fin de mes. Y si el objetivo es ‘ponerse bien’ rápido, el resto queda invisibilizado”, agrega.
Nadie le dice a una persona enferma de cáncer “ponele voluntad que te vas a curar”, pero todas las personas se sienten habilitadas para cuestionar o aconsejar a alguien con depresión. “Ahí está la idea de lo que planteo: ciertas afirmaciones y slogans sin ningún tipo de contenido es socializado en las redes de personas con privilegios y alcance masivo. Y los mensajes motivacionales son siempre bien recibidos, porque de última todos queremos estar bien, pero, ¿a costa de qué?”, reflexiona Naida.
Lo individual vs lo colectivo
La candidatura y correspondiente campaña electoral de Javier Milei. Que culminó con su victoria el 19 de noviembre en las elecciones de la segunda vuelta, trajeron consigo la idea de un nuevo paradigma, donde los ejes centrales son la individualidad y la meritocracia, y se ofrecen como discurso en respuesta a problemas que necesitan de una resolución colectiva.
“Más allá del presidente electo, hay muy poca voluntad para involucrarse en un proyecto colectivo, porque se entiende que la ganancia siempre tiene que ser individual así como los derechos y la libertad, y eso es un síntoma de época”, dice.
“El momento de tensión es clave porque se está jugando la historia, – pienso yo -, porque aparecen estos conceptos de la libertad, lo individual y la ganancia propia contra la idea de lo colectivo. Al Estado se lo entiende como algo denigrado”, sostiene la profesional. “Nos acostumbramos a las cosas que ya estaban habladas: la educación, la salud y la democracia. Y eso nos lleva a no reconstruir la historia que implicó conseguir esos derechos, lo que hace que los desvaloricemos y se genere la posibilidad de que aparezca alguien a querer eliminarlos, como hemos visto”, agrega.
“Yo creo que aún falta mucho en materia de salud pública y mental: mayor presupuesto, pensar a la salud de manera integral, entender realmente qué significa hablar y trabajar la salud. Hablar del deseo, de la sexualidad, de la autonomía de las personas. Falta mucho, pero eso que falta se puede disputar sin poner en juego lo que ya hemos conseguido. Estamos en un tiempo en donde hay que saber revalorizar y jerarquizar qué es lo que sí hace bien el Estado”, explica Naida.
Muchas problemáticas de la salud mental están atravesadas por variables sociales y eso deriva en que no sean competencia única del sistema de salud: si una persona desarrolla un cuadro depresivo o ansioso porque no puede acceder a una vivienda o a un trabajo, o no puede comprar medicamentos o conseguir un turno médico, no es algo que pueda solucionar el sistema de salud. La respuesta, sin dudas, debe provenir de más de un sector. La importancia de tener un Estado presente que permita discutir la necesidad de más y mejores políticas públicas es algo innegable. Pero esa realidad está puesta en jaque, debido a la mirada que propone fragmentar la sociedad y cree que las soluciones son de orden individual.
“La salud mental es de todos y con todos. Hay que poder problematizar y hablar de ella, saliendo de ciertos modelos y sincerizándonos acerca de lo que realmente implica construir salud mental colectivamente. Porque si no es de forma colectiva, estoy convencida de que no puede lograrse”, concluye.
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