ARTIFICIOS

Tres historias desconocidas de San Martín

Por Mati Segreti
17/08/2021

El baño con los indios

La capilla de barro cuenta con aleros de mimbre y dos ventanas, una saludando a oriente, la otra cruzada en diagonal de cara al sudoeste. La estructura es humilde. En el margen izquierdo se erige el fuerte. Criollos y españoles se han puesto de acuerdo y bautizado al fortín con el nombre de San Carlos en homenaje a un hombre que jamás ha visto una construcción tan miserable como esa, el rey Carlos III o Carlos el Borbón, rey de España, Nápoles y Sicilia.

La fortificación tiene forma de cuadrado, con una longitud de treinta y cinco varas por lado y cuatro de alto. Una superficie sin árboles donde las murallas de adobón cumplen el propósito de defensa contra el indio y de servir de atalaya para divisar la amenaza. También se pueden ver los márgenes de los helados ríos Aguanda y Yaucha.

Ese es el lugar que el general San Martín ha elegido para convocar a los indios y parlamentar. Necesita de los caciques pehuenches para darle salvoconducto a Chile y solicitarlos en caso de auxilio, la tarea libertadora exige esta alianza.

El General se rodea con sus hombres de confianza, dispone un lugar para alojar a los visitantes y mantiene una guardia del regimiento, les advierte que estén despabilados pero a una distancia prudente para que los invitados no los sientan como amenaza. Los indios llegan haciendo gala de una destreza natural con sus caballos. Capitanejos de pelo largo vistiendo chiripá, guerreros que miran con recelo a los soldados y dos o tres hombres viejos que parecen hechos con las piedras del valle. Algunos de los asistentes cubren sus partes con trapos encimados del color de la tierra, la mayoría le da libertad a sus pechos, luciendo cicatrices en abdomen, hombros y espaldas. San Martín intenta iniciar el diálogo pero es interrumpido. Un cacique que lleva el pelo a los hombros y la voz calma le dice que para que se selle el acuerdo hay que convertirse en familia, luego de eso se podrán iniciar las conversaciones. San Martín no duda, asiente con su rostro pero no emite palabra. Los indios se retiran. El general entiende la importancia de este convenio y no está dispuesto a anteponer sus dilemas personales a las necesidades de la liberación.

Dos días después tiene inicio la ceremonia. La mujer del cacique está preparada. Recién parida camina con su retoño en brazos mientras indios y soldados se encolumnan en dos hileras de cuerpos que forman un sendero hasta el margen del río. La tradición ordena un baño en las heladas aguas del Yaucha. La inmersión debe ser completa mientras dura la ceremonia. La mujer, el niño recién nacido, una comadre y el padrino deben participar.

Los oficiales de confianza hablan con franqueza y le sugieren con severidad que no lo haga, que el frío puede dar la fiebre y tal vez la neumonía, provocando una crisis del asma. Saben del estado de salud del General. San Martín los mira con rigor y dice unas palabras, “debería darles vergüenza”.

El rito se inicia, la mujer del cacique, el niño, la comadre y San Martín se sumergen en las gélidas aguas. Pasan un buen rato mientras el cacique recita y los capitanejos gritan, un viejo pehuenche prende unas ramas, una anciana habla en una lengua que el criollo no entiende. El lenguaraz que acompaña a los oficiales explica, está dando la bienvenida a la criatura. La ceremonia dura un buen rato y ninguno de los que están sumergidos parece afectarles la temperatura del agua.

Un grito establece el fin. Los cuatro salen y el cacique se acerca, alza a su niño con alegría mientras todos celebran, luego lo devuelve a los brazos de la madre y encara al general. Con firmeza toma uno de sus brazos humedecidos y dice, “ahora sí mi hermano, hablemos de lo que usted quiera”.

El cabo premiado

El polvorín es un avispero para los soldados. La barbarie de la guerra impone industrias: la del cargamento, la del fusil y la munición. El General ha dado una orden: “nadie puede entrar al depósito con botas herradas y espuelas, sin importar cargo ni responsabilidad en el Ejército Libertador”.

El regimiento comprende el peligro de la bota con hierro y la fricción de la espuela, el riesgo es total, una chispa provocada por el metal deriva en explosión y en el fin de la causa emancipatoria.

San Martín ordena por dos motivos, el primero por seguridad, el segundo para saber los alcances de su autoridad. Quiere probar a los soldados para ver si están dispuestos a cumplir con las órdenes, tiene que saber que cuenta con soldados fieles, gallardos e idóneos, pero sobre todo leales a la causa y a su palabra.

Ordena a los oficiales de jerarquía que elijan a un cabo. El coronel Arcos manda a llamar a uno de apellido Saldaño para que cumpla la tarea de vigilar el polvorín.

El hombre, criollo de sangre, cumple con la orden y se prepara a la guardia. Al general le gustan esos juegos y va mandando al polvorín a soldados y oficiales calzados con botas o espuelas durante toda la jornada. El cabo Saldaño los rechaza a todos alegando una orden superior. Todos son imposibilitados de pasar con la vehemencia de un convencido. Por último, en el intento arriesgado del juego, el mismo general San Martín se dirige hacia el lugar. Se apresta en la puerta del polvorín. El cabo observa al líder que camina con la determinación de los dioses pero con un calzado herrado. Saldaño no duda, antes de ingresar se para frente a su general impidiendo el paso. El general lo insulta, pero el cabo está resuelto a cumplir con la orden que el mismo general, que ahora lo desafía, ha dictado algunas horas antes.

San Martín se retira haciéndose el enfadado, el temor de Saldaño es enorme, pero su determinación es superior. Al rato vuelve a aparecer el general, se acerca hasta el soldado, estira su brazo y abre la mano, una onza de oro hace brillar los ojos del criollo, “para usted, por cumplir como se debe una orden”. La recompensa es generosa, el general está satisfecho ya que había puesto una instrucción suya como ley, por encima de cualquier persona, incluido el mismo.

Un vino para saber

El político debe ser capaz de predecir y si no lo logra, debe trabajar en reducir la mayor cantidad de errores para que los universos futuros sean parecidos a lo que su imaginación y razón dictan. San Martín, formado en el Real Seminario de Nobles y luego en la Escuela de Temporalidades de Málaga, parecía obrar con esta máxima.

Una noche hizo lo que solía hacer con frecuencia: poner a prueba a sus oficiales más próximos. Una especie de juego que le permitía observar y predecir, incluso, los principios culturales y estéticos de sus allegados.

En su hacienda auspició una cena a la que fueron invitados Manuel de Olazábal, jefe escolta del Ejército de los Andes, Antonio Arcos, jefe regular del Ejército Libertador, el señor Mosquera, colombiano de origen y conspirador de la emancipación en el norte y algunos oficiales de compañía.

El General San Martín encargó algunas botellas de vino mendocino y otras de procedencia española, particularmente de la provincia de Málaga. Los comensales comieron y bebieron a gusto. Al finalizar la cena el anfitrión pidió la opinión a sus invitados sobre la calidad de la bebida. Todos sin excepción declararon que los vinos extranjeros estaban por encima en gusto y preferencia por sobre los de origen nacional.

La carcajada de San Martín cubrió todo el comedor. Cuando pudo hablar contó deliberadamente que había mandado a cambiar las etiquetas y que el vino que habían señalado como el mejor era íntegramente producido en el territorio mendocino.

Vieron cómo se comportan, dijo el General, los americanos aún buscando la libertad siguen prefiriendo lo extranjero por encima de su nación.

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