OPINIÓN

Reaccionando a L-Gante

Por Mati Segreti
4/07/2021

Deben quedar pocos humanos habitando el formidable suelo de la patria que no conozcan a L-Gante, o “Elegant”, de acuerdo al último criterio estético y lingüístico que se impuso.

El relato sobre quién es se construyó de manera pedagógica: el pibe que con una computadora del Plan Conectar Igualdad (bandera de la educación digital del Kirchnerismo y discontinuado por el gobierno macrista) y un “microfonito” de 1000 pesos armó un video con su música, que tiene más de 170 millones de reproducciones.

Elian Valenzuela es su nombre, nació hace 21 años en General Rodríguez y es músico.

La reacción conservadora

Ustedes no habían nacido, pero el emblema nacional de nuestra patria fue el enemigo número uno de los sectores dominantes durante mucho tiempo. Es así, al GAUCHO se lo odiaba por vago, mestizo, por ser una chusma de haraganes, inservibles y despreciables. En palabras del padre del aula Sarmiento inmortal: “la sangre de gauchos (…) es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre de esa chusma criolla incivil, bárbara y ruda es lo único que tienen de seres humanos”. Si hay algo en que no se lo puede objetar a Domingo F. es en su sinceridad cuando opinaba.

Cuando el Martín Fierro de Hernandez salió a las pistas de lectores, cuando la tinta retrató para siempre la vida del hombre real del siglo XIX, el grito desgarrado de la aristocracia conservadora no se hizo esperar. Se lo intentó censurar, domesticar, prohibir, quemar, luego no quedó otra que reconocer la obra. Pero esto (es una hipótesis) se debió más a un fin político que a un reconocimiento estrictamente cultural, los gauchos empezaron a ser necesarios para combatir al paraguayo y a los pueblos originarios.
El Martín Fierro se estableció como emblema nacional cuando el enemigo interno y el odio se canalizaron hacia otro sujeto histórico, el indio.

Pero más acá, en nuestra democracia reciente, sucedió algo que pocos recuerdan. En el año 2002 prohibieron la cumbia villera. El documento del ex organismo Comfer (que lleva un título con más botas que un regimiento) “Pautas de evaluación para los contenidos de la cumbia villera”, fundamenta su censura en que “las letras de los temas musicales de la denominada cumbia villera hacen referencia, entre otras cuestiones, a la realidad social imperante en los barrios marginales –tal como la delincuencia, la persecución policial y la escasez de recursos–, al rol de la mujer y al consumo y tráfico de sustancias psicoactivas”. La sanción fue dura para estos conjuntos, no los dejaron participar de programas televisivos, principal motor de la masividad. En ese momento pocos salieron a defender a las florecientes bandas de cumbia villera. Pablito Lescano dijo: “Si no quieren que vayamos a la televisión, no vamos. Qué me importa. Tendré que arreglármelas con la radio. Y si no me pasan por radio, me las arreglaré solo. Iré casa por casa, como un vendedor ambulante”. Realmente estaban muy solos, el hábito de construir ídolos en una tarde vino después, en la era poskirchnerista.

Con L-Gante pasa lo mismo. Es marrón, cumbianchero y además se define como abanderado, bandolero, argentino y paisano. Elian puede ser la síntesis, el resumen de toda la acumulación de odios de la reacción conservadora. Sepa que carece de originalidad el desfile de comunicadores que ya salió a plantar bandera moral, que se asusta, critica y hasta odia a L-Gante por su identidad.

Los reacción de los templarios militantes

Elián parece que nació hace dos meses, por lo menos para cierto espectro de la política. Después de la entrevista en la que dijo “computadora del gobierno” (haciendo alusión al plan Conectar Igualdad), la militancia inició su cruzada templaria con una arremetida de estilo didáctico sobre adversarios políticos, familiares, vecinos y quien se cruzara por las avenidas de twitter, instagram, telegram, wsap y la titubeante presencialidad restringida.

En el ejercicio casi imposible de convencer a través de las redes sociales, el intento de demostrar quién y cómo es L-Gante contiene una premisa tan categórica como inservible: señalar con el dedo al rival al mismo tiempo que se enuncian sofisticados argumentos para volver a sentir que así se ganan todas las batallas. Un poco más y parece que a L-Gante lo parió el kirchnerismo, como si el arte y la cultura solo fueran explicados por la tracción de los movimientos políticos y el impacto de las políticas públicas.
Esta insistencia de la batalla de las ideas se trata de una rosca en falso que gira en la autocomplacencia para ratificar ideas propias, una fórmula probadísima por todos los credos religiosos y que funka poco para la política partidaria.

Hablar de L-Gante sirve para hacer bandera de la exitosa Conectar Igualdad. Sin dudas el mejor plan de conexión educativa que favoreció a los sectores populares en una dinámica de reparación y justicia social en el marco de las hiperconectividades. Con la necesidad pandémica de la virtualidad y la decisión del gobierno de Macri de hacer desaparecer esta política, el debate sobre los recursos tecnológicos en los barrios cobra vigor. Pero no por eso L-Gante es sinónimo de esa política, aunque todo el esfuerzo discursivo de una miltancia vaya en esa dirección, hacia la totemización.

Los ídolos de cierta progresía parecen no tener voluntad propia, se parecen más a una piedra inmovil y ritual que a un semidiós que puede ser terrible, y aún así amado y respetado. La ecuación es más simple, en vez de una persona, ciertos sectores prefieren un objeto para adorar, total siempre es más simple su reemplazo. El ejemplo reciente es el desplazamiento de Hernán Coronel hacia el olvido y la censura, sin intentar comprender de dónde viene y por qué se comporta así. El pibe keloke cumbia 420 puede ocupar el trono vacío y hacia allí se parte con bombos, banderas y fichas de afiliación.

La cumbia me divierte y me excita

Por eso también me gusta L-Gante, no todo, tal vez por una distancia generacional me recuesto más en las antiguas deidades de los 90s: Leo, Los Palmeras, La Nueva Luna, Amar Azul, otro sonido, mismo género. Pero sobre todo me gusta que sea argentino, que la melodía se funda con el quilombo de un barrio, los gritos de la doña del comedor, un perro ladrando a la luna, el legado de las provincias fundando el conurbano. Esas son las cosas que me gustan cuando lo escucho, un sonido en que se nota una tradición de barrio tropical.

Ayer un productor me decía, “ahora tenemos a todos hablando de cumbia 420, diciendo keloke y solo escucharon una o dos canciones de L-Gante”. Personalmente me parece bárbaro, es un fenómeno que se puede explicar con mil papers sobre las redes sociales, el poder de la producción de contenidos con poco presupuesto, in ter net. Ricardo Piglia decía algo parecido sobre Borges, los libros del escritor consagrado se vendían poco, pero todos afirmaban haberlo leído. A L-Gante lo banca con fervor e idolatría y lo desprecia con odio de clase toda una platea que ni siquiera conoce su voz.

Cuando la ideología prevalece sobre el arte y sobre el entretenimiento, incluso sobre la posibilidad de vincularnos con el lenguaje expresivo, estamos fritos, se nos restringe el universo cultural al corset de las ideas preconcebidas. ¿Cuánta gente se sigue perdiendo a Borges porque era un gorila? ¿Cuánta gente se perdió a la cumbia villera por someterla a sus cánones morales?

Argentina papá

L- Gante arriba de un caballo agitando la bandera nacional. Vi la imagen porque la subió Marina. Le respondo a la historia con un “no lo puedo creer”, me contesta en su tono cordobés:

“argentina papaaaaaaa”

A veces la construcción de sentidos, la atribución de significados y la orientación teórica implosionan con una frase que sale de la cavidad ubicada entre la garganta y el esternón, bueno, esta es una de ellas, “argentina papá”.

Con la eternidad del Diego queda vacante el puesto del dios vivo. Por supuesto que es irremplazable, nadie puede ocupar ese lugar, pero los titanes, colosos terrenales de la música y el deporte, de la política y el espectáculo al menos cumplen ese papel de deidad para que las narrativas sobre las que se construyen los pueblos siga teniendo letra.

Los atributos de esa argentinidad sublime son también narrativos y se construyen en capas sobre capas. Hay tantos mitos del ser nacional que explotan unos contra otros sorteando las contradicciones de este maravilloso país, sino pregúntenle al presidente sobre nuestro origen.

En el año 2007, Pergolini y Pigna, condujeron “El gen argentino” un programa de televisión en el que se buscaba elegir con qué argentino/a, vivo o fallecido, querían identificarse los habitantes de nuestra gloriosa nación. La terna finalista fue: San Martín, Fangio y Favaloro. Fue hace 14 años, hoy habita este suelo toda una generación que no sabe quién fue Favaloro, mucho menos Fangio. El programa lo ganó el Libertador de América y la sentencia de Pergolini fue “¿había que hacer un programa para saber que San Martín era el más grande de los argentinos?” No sé, pero hay una pregunta más importante que circula cada tanto, que se impone como si la nación padeciera orfandad de un mito de origen.

No quedan dudas que L-Gante sintetiza una argentinidad y representa a los barrios populares, el lenguaje de la juventud, la respuesta ante los derechos postergados, la fuerza viva de la música. Lo que hace está buenísimo y gusta, tiene atributos para ser idolatrado y lo bancamos. L-Gante es eso y seguro mucho más que desconocemos, pero sobre todo es lo que él dice que es: argentino, músico, bandido, abanderado y paisano, después todo lo otro, vamos con calma.

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