OPINIÓN

Enemigos dignos | Beatriz Sarlo vs Horacio González: las trampas de la palabra

Por María del Mar Ramón
27/06/2021

1:

Horacio González mira a Sarlo hablar mientras levanta una ceja, no de disgusto, ni de ironía, sino como una pose natural que le resulta cuando genuinamente está prestando atención a la persona que tiene al frente. Esos gestos escasos de quienes no están esperando que el otro se calle para empezar a hablar, sino que meditan con una concentración cada vez más escasa sobre lo que dice su interlocutor. En el video están en un estudio de televisión. Ellos están enfrentados, mesa mediante, aunque sus caras se ven en unas pantallas que están a sus espaldas. Es el año 2011 y el debate entre Beatriz Sarlo y González lo arbitran el fallecido Julio Blank y Eduardo Van der Kooy. Es nostálgico, entre otras cosas, contar que de esa mesa en apenas diez años hay dos vivos y dos muertos.

Se reúnen ahí para hablar de la muerte, justamente. Néstor Kirchner ha muerto hace apenas un año y se debaten las elecciones que ganará su esposa (o viuda), Cristina Fernández de Kirchner por el mítico 54% de los votos. Sarlo, con el gesto serio y la voz precisa responde a cada pregunta que le proponen los conductores con sagacidad y lucidez. Ninguno interrumpe a quien tiene la palabra, y ambos se miran con un gesto inexpresivo, no de rechazo, sino de concentración. Sarlo expone largamente citando a Di Tella sobre la necesidad del peronismo de convertirse en un partido laborista. Señala, con preocupación y precisión, que no le conviene a nadie que quiera gobernar el país estar peleadx con los sindicatos. González, en cambio, argumenta sobre la preocupación del 2011 del Kirchnerismo, con respecto al ismo, a su herencia peronista, a su tradición. Se preocupa menos por lanzar máximas y más por dar herramientas para la interpretación de sus interlocutores. Él no tiene que defenderse, porque Sarlo no lo está atacando. Debaten con tiempo y espacio, dos cualidades que la televisión perdería, sin ellos advertirlo, por completo.

Desconozco el pasado en común que compartieron antes de esa entrevista y me temo que no me interesa (aunque honestamente no podría) intentar abordarlo. De la vasta historia que tuvieron en común como dos intelectuales respetados y brillantes de Argentina, pero en las antípodas políticas, me generan fascinación tres encuentros que se presenciaron a través de la pantalla, empezando por esa larga entrevista del programa código político exactamente hace 10 años.

El tema cambia a las nuevas generaciones de militancia política y su inminente desembarco en el Gobierno. Sarlo expresa preocupaciones sobre la burocracia militante en contraposición a la administración del Estado y, quizás para robustecer su punto, quizás porque de verdad quiere exponer que hay una vida en común con ese hombre que ahora defiende la postura opuesta a la suya, le dice: “lo vimos en la universidad, Horacio, y tanto vos como yo lo condenamos”. González reposa, deja que el tiempo pase para decantar su postura y entonces le responde citándola a ella. No solo dice “como critica Sarlo en su último libro”, sino que levanta una ceja, sonríe y remata con un “que yo sí he leído”, para cerrar con que él, de hecho, está de acuerdo con su argumento. ¿La chicanea? ¿Al decirle eso sugiere que ella no había leído los suyos?.

Si Horacio la cita a ella, ella cita a Perón. Ambos asumen el lugar de su contrincante para ganar la discusión, pero además de eso para evidenciar que se conocen, y no solo porque se hayan cruzado en el universo intelectual, sino que parecen saber y anteceder sus formas de pensar.

2:

Volverían a cruzarse ante las cámaras en una entrevista del diario Perfil en el 2014. Allí no están enfrentados en una mesa, sino que aparecen sentados en dos sillones negros, uno al lado del otro. González con una postura más incómoda, ladeado en el asiento, para poder mirar a Sarlo mientras hablan. La charla es otra vez sobre el Kirchnerismo, pero 3 años después. González le dice que el Kirchnerismo abordó todos los temas que aquejaban a la sociedad y Sarlo lo interrumpe, con una mano y con su voz, ante la que él calla. “Si los tocó, los tocó mal, Horacio”. Él responde con calma que tiene razón, pero que aún así es un movimiento interesante. Entonces Sarlo vuelve a interrumpirlo, ya cediendo más a un juego televisivo, y responde con una chicana, acusación sobre la causa del secretario de transporte. González sonríe y calla. Piensa. Algo ha cambiado en la discusión que lo hace sentir incómodo y ciertamente desorientado. Levanta las manos con algo de impotencia. Su interlocutora no parece ser lo que era, y se lo dice: “ahora te diría que vos estás jugando con un artefacto extraño en la discusión”. Horacio González le sigue hablando a ella, y ella ahora parece hablar para una tribuna que él no ve.

3:

Es el 2019. Beatriz Sarlo está sentada en el estudio de La Rosca, de TN. Un periodista, que sabe que ninguna pregunta es mejor que la que devela un pasado que no está planeado para una entrevista, se interesa por la opinión de Sarlo sobre unos dichos de Horacio González que reivindican las guerrillas de los setentas. El periodista lanza la pelota, y Beatriz la patea. Devela una infinidad de diálogos previos entre ellos, de discusiones pasadas, de libros que “él debió leer y me resultaría extraño que no los leyera” sobre los derechos humanos de los asesinados por Montoneros. Habla de los dichos de un amigo de ambos al respecto y lanza, lapidaria, que si González lo desconoce. Es decir, que si él tiene una opinión, de repente, diferente a la que ella siente que se había consensuado en común en discusiones previas, es que debe ser presa de una especie de “amnesia por la edad o una amnesia ideológica”. Pero hay algo curioso de ese argumento. Algo de Beatriz Sarlo no puede admitir que alguien a quien respeta tanto, con quien ha compartido tanto, pueda esgrimir argumentos que a ella no le resultan lógicos. No le dice bruto, ni tonto, ni idiota. Lo excusa, en su propia lectura de los hechos, por hablar de algo con lo que ella no está de acuerdo.

4:

Es marzo del 2021 y la cara de Sarlo está en todos los canales de televisión y en todas las primeras planas de los diarios. Acaba de desatarse un prefabricado escándalo sobre la vacunación que involucra a la nombrada intelectual y a la familia del Gobernador de la Provincia de Buenos Aires. No vale la pena desarrollar aquí en qué consistió, pero sí en el terreno que se disputó: los medios. Sarlo desfilando ante las cámaras con unos mails impresos entrando a tribunales. Sarlo diciendo en una entrevista, aunque más parecía un panel, que ella prefería morir ahogada antes de vacunarse sin que correspondiera. Sarlo diciendo en ese mismo ámbito televisivo actual en el que la discusión se da sin tiempo, con interrupciones y zócalos desleales, que a ella le ofrecieron una vacuna “por debajo de la mesa”. Sarlo explicando después la semántica ambigua tras esa declaración. Por esos días, un periodista ágil llama a la persona más idónea para opinar de Sarlo: su homólogo, su par del otro lado, su enemigo digno, Horacio González. Es una entrevista telefónica de Infobae y González dice dos cosas importantes: que le parece exagerado que el gobernador le haya mandado una carta documento a Sarlo y que todo esto se debe, quizás, a que Sarlo está pasando demasiado tiempo en los medios y por eso siempre tiene una postura “atacada”, que favorece el desliz: “Adopta el lenguaje televisivo de tiempo y espacio: estoy en este espacio y tengo tales minutos para decir estas frases que tienen una agudeza que supera a los interlocutores que están atacando todo el día al Gobierno. Lo de ella es un ataque muy refinado y filoso, como si tuviera una navajita en la mano. Y también eso tiene que pensarlo; hieren mucho esos ataques”. La entrevista es larga y se lee bien, con esto quiero decir que se lee a un Horacio González con tiempo y espacio para responder (lo opuesto a Sarlo). Sin embargo, algo pasa, pero Horacio González decide publicar una autoentrevista apenas unos días después, para ampliar sobre algunos puntos que él siente que no se dijeron correctamente en el reportaje de Infobae. ¿Por qué habrá hecho eso? ¿Habrá leído su entrevista a Infobae y se habrá sentido malinterpretado, con una postura de “atacado”? ¿Habrá sentido que incluso en una nota larga él necesita más espacio y más tiempo para trabajar con la palabra? ¿Habrá temido ofender a Sarlo, pecar de arrebatado, de irreverente, de irreflexivo y que ella pudiera malinterpretar su respeto?

En su autoentrevista, González habla sobre su ingenuidad al verse reflejado en un titular amarillista en Infobae. Me lo imagino tan desesperado al sentirse malinterpretado, al sentirse útil para un juego de alguien más, que solo podía rectificarse entrevistandose él. Sobre Sarlo desarrolla su punto: la excusa. Él dice que ella cayó en una trampa mediática, en el juego veloz de decir, chicanear y ganar ante las cámaras. Si Sarlo le adjudica a la demencia dichos con los que ella difiere profundamente, Horacio cree que Sarlo cayó en una trampa cuando se comporta de manera que él considera inapropiada. Se respetarán tanto, o en el fondo se querrán, que ninguno es capaz de pensar en la mezquindad del otro, en una intención deliberada de hacer algo con lo que no estarían de acuerdo. Admirar siempre parece ser idealizar, aún con quien se difiere profundamente. En su autoentrevista González habla de una nota en perfil en la que Sarlo dice que en sus años de militancia ella no era ella, y dice: “A mí me interesaba tratar ese tema, no para inmiscuirme en la vida de ella, sino para saber más de la mía.”

Horacio González murió el martes pasado y Beatriz Sarlo le escribió la más hermosa, honesta y sobria de las despedidas. “Yo lo necesitaba como punto de partida o como núcleo de cuestionamiento. No coincidíamos sino en la pasión argentina. Pero la intensidad de esa coincidencia me obligó a mantenerme en vilo, para anticiparme a su crítica o para responderla. Fue un interlocutor en el sentido más amplio: aquel que siempre se tiene en cuenta cuando se habla o se escribe.”

Sarlo se despide con pena porque sabe que amigos hay muchos, pero que interlocutores cada vez hay menos.

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