URBE
LA ACCIÓN POLÍTICA TIENE QUE SER DE ALTA SORORIDAD
Por Paloma Dulbecco
27/09/2020
Dora Barrancos es socióloga y doctora en historia. Fue legisladora porteña (1994-1998), candidata a senadora nacional en 2019 y actualmente integra el Consejo de Asesores de la Presidencia de la Nación y preside la estructura homónima del Ministerio de las mujeres, géneros y diversidad de la Nación. Como profesora universitaria e investigadora de CONICET, llegó a convertirse en una referente intelectual de las luchas por la igualdad entre los géneros y la ampliación de derechos. No lo hizo desde una posición exterior ni superior, sino poniendo en práctica un activismo político intenso, comprometido y en red. Dora, por sobre todas las cosas, es una maestra que siempre enseña y aprende por donde sea que vaya andando y tramando. En una charla con el Espacio de géneros Micaela García a mediados de agosto, que ahora compartimos en URBE, Dora Barrancos reflexiona sobre el patriarcado en la política y los desafíos del feminismo popular en este presente pandémico.
Antes de la pandemia, veníamos sosteniendo una presencia feminista muy activa en las calles. ¿Considerás que existen condiciones para nuestra participación y desarrollo políticos plenos?
Las mujeres siempre tuvieron las condiciones de ser exactamente paritarias en la vida pública con los varones. Esas condiciones están más que dadas; el problema son los climas de época, que por momentos han implicado una delegación de derechos. Siempre recuerdo la larga saga de manifestación política de las mujeres en nuestro país, esa larga estela de politización que han representado a lo largo de los tiempos.
En el siglo XIX hay muchísimas mujeres que tienen influencia (obviamente no en los estrados públicos), pero sí tienen una voz potente y una gran parte de la política transcurría en la esfera doméstica. Desde luego que la política, al ser una actividad social, efectivamente necesita y significa a partir de la participación grupal, pero es innegable que una parte de lo político (en su sentido estricto de forma y de filiación política) muchas veces transcurría en el ámbito doméstico.
Y esto no sólo en nuestro país: hay un trabajo que ya tiene unos cuantos años, pero es muy interesante y que muestra cómo surgieron desde ámbitos familiares tanto el Partido Republicano como el Partido Demócrata. En circunstancias como tertulias, salones literarios que eran una manera de hacer lo público por aquellos momentos. También esos fueron escenarios de politización en Argentina. Es cierto que la mujer no tenía ciudadanía por entonces, pero es necesario pensar en la influencia de las mujeres en el pensamiento y en la acción por detrás de las cortinas. También en el siglo XX hay varias figuras notables y muchas otras anónimas, todas muy politizadas.
Las condiciones para la política siempre han estado, el problema ha sido el patriarcado y que se les permitieran a las mujeres los mismos derechos que a los varones. Esa oportunidad real es la que no hubo siempre.
Circulan por estos tiempos muchísimos discursos de odio que apuntan contra la política, contra las mujeres y contra las mujeres que hacen política, ¿con qué recursos contamos para contrarrestarlos?
Debemos tener un poco de templanza y serenidad, no hay que responder al mandarinazo podrido con una naranja. No, no se puede hacer eso. Tenemos la obligación de ser gente muy reflexiva como nunca. Esto no quiere decir que nos privemos de pasión; son dos cuestiones diferentes. En la acción política la pasión es fundamental, pero esto no quiere decir que seamos instrumento de algo irracional. La pasión no quiere decir exaltación extralimitada de acciones, sino que necesitamos la pasión para saber justamente cómo y cuándo decir. La pasión es un encendido que es imprescindible, pero debemos tener serenidad en la estrategia.
Creo que hay discursos de odio, sin dudas, una vertebración de odio. Principalmente hay un resentimiento que se derrama en algunas personas, que están acometidas hasta como con un extrañamiento. Por ejemplo, estar contra la vacuna o contra la cuarentena. Es estar contra sí mismo. Allí hay un variopinto protagonismo que está muy exacerbado por circunstancias que no solamente tienen la dimensión de lo político; no son gente que se oponga sólo a lo político. Me parece que tienen una confusión de oposición, que es una condición de oposición hacia el mundo.
Ahí tenemos que detenernos mucho: hay alguna manifestación de una estructura de significación y emotividad que tiene un gran desconcierto y que, entonces, busca chivos expiatorios. El problema es que cuando eso tiene una configuración muy expandida y se articula con los movimientos de derecha, eso es muy peligroso. Yo no digo que, por oposición, todo sea sensatez en nuestro cauce nacional, popular, democrático y feminista, pero lo que quiero señalar es que en estas situaciones se está propinando una impugnación muy grande a la cordura, a la cordura de cuidarnos, a la cordura de la cuarentena.
Me imagino la verdad que mucha gente que una conoce y que está en Cambiemos no debe tener mucha gana de estar con estos colaterales fascistas o de ser confundida con esta gente, por ejemplo, con esa muchachada que apareció en Córdoba con la bandera “Patriarcado Unido Argentino”. Esto último ni siquiera resiste un análisis refinado de la cordura, pero nos advierte respecto del significado enorme que tiene hoy la acción feminista.
¿Cuáles son los desafíos que enfrentamos en este contexto particular de aislamiento o distanciamiento físico?
Debemos ser muy creativas, creativos, creatives. El problema que tenemos es la necesidad de enfrentar el gran asunto del covid y que precisamente por esto mismo no nos podemos manifestar. La gente sensata, quienes hacemos una apuesta a este cambio político de época, no podemos salir a la calle en este contexto. Y eso es lo extraño. Estamos inhibides de hacer lo que es nuestro oficio histórico: estar en las calles, el ágora, la plaza. Ahora no lo podemos hacer porque sería una contradicción en sus propios términos.
Es clave tener mucha creatividad mientras tanto y en una temporada ojalá tengamos en gran medida esto resuelto con la vacuna. Soy cauta, pero debemos pensar que esto va a superarse. Lo que voy a decir parece una prudencia de señora, pero no hay que excitarse demasiado, sobreexcitarse no es bueno, no debemos responder irracionalmente.
Estamos en una situación rara, también planetariamente. Hay mucho desasosiego, desazón, no saber dónde se está. Ese desamparo y esa inseguridad encienden algunas mechas insensatas. El mundo ya estaba en la oscuridad con una desigualdad profunda, sólo que no se visibilizaba, y ahora está francamente en una circunstancia oscura por lo impredecible. Y, a nuestra condición humana, no nos gusta lo impredecible, nos corroe, queremos un cierto tono de predictibilidad. Pero hay que aguantarse un poco y no dejarse llevar de ninguna manera por los estímulos retaliativos.
Por último, una pregunta sobre la violencia de género en el ámbito de la política para repensarnos al interior de las organizaciones políticas, sociales y sindicales. ¿Qué nos falta para poder ampliar el desarrollo y protagonismo políticos?
Dos cuestiones. La primera, tomar lugar en esos campos. Hay que ocupar los lugares en todos los campos. No debemos esperar a que haya cesión, porque de hecho no hay una cesión y no tiene por qué haberla. Y la segunda: las mujeres debemos tener una sororidad mayor, sin dudas, sobre todo en estos campos. Creo que ese es un imperativo en el campo de lo político, de la política partidaria, de la acción sindical, en todos estos campos donde hay enormes posibilidades, por los derechos que hemos ido ganando, para que efectivamente se produzca un desencuadramiento patriarcal (aunque de carácter paulatino).
La acción política tiene que ser de alta sororidad: no es de a una ni a los codazos entre nosotras que podemos llegar a una plaza. Necesitamos un movimiento de conjunto y mucha determinación. No hay que dejarse asolar por el pesimismo preventivo, de ninguna manera. Si hay algo que no es bueno es eso “ay, esto no se puede hacer”, “esto es inamovible”, yo comprendo que hay momentos, circunstancias y ambientes que son muy difíciles de corroer, pero hay que hacerlo y ahí hasta incluso conviene un poquito de paciencia. Para mostrar el orden existente y la distancia que todavía debe recorrerse, demostrando la desigualdad, mostrando básicamente esto y, sobre todo, articulando con otras compañeras, con paciencia y mucha firmeza.
La violencia contra las mujeres en el ámbito de la política faltaba especificarla como dimensión. Menos mal que la compañera senadora Nancy González presentó esta propuesta y finalmente en 2019 coaguló como ley para ser incorporada esta dimensión en los tipos y modalidades de violencia definidos en la ley 26.485 de “Protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres en los ámbitos en que desarrollen sus relaciones interpersonales” (sancionada en 2009). Una ley pluridimensional, pero resulta que faltaba este ángulo, el de la política.
Cuando decimos que hay que evitar la violencia no queremos decir evitarla y ya, queremos decir extinguirla, extirparla, fundamentalmente no tolerarla. Siempre cuando se me pregunta por algunas figuras femeninas de la oposición que generan mucha adversidad, señalo que debemos hacer un esfuerzo para localizar un punto debido para criticar y de ninguna manera hacerlo con pretextos misóginos. Ya sabemos cuáles son las piezas denostativas que constituyen violencia de género, las conocemos a todas. Ya sabemos cómo es el andamiaje de denostación violenta hacia las mujeres que se usa en la política. Eso hay que sacárselo. No podemos tenerlo. No podemos argumentar con relación a las adversarias en la política con violencia de género porque es un boomerang, eso vuelve y va a volver.
No podemos. No se puede soportar que ocurra violencia política con las nuestras ni con las vuestras. No debe admitirse bajo ninguna, ninguna, ninguna circunstancia; incluso con quienes tengamos una oposición política máxima. Y no porque seamos carmelitas descalzas, no. Sino porque no podemos admitir que lo que se diga sobre algunas políticas sea violencia y para otras políticas “ah, no, esto otro no es violencia de género”. De todos nuestros segmentos de ciudadanía: mujeres, personas trans, sexualmente diversas, etcétera, no se puede permitir que nadie sea violentade en condición de su traje identitario sexo-genérico.
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