Música
¡Pare Carrito!
Tensiones en Hijo del País de Broke Carrey
¿Qué dice Broke Carrey cuando habla de Dios? Que no existe, que no importa, que la pregunta es otra. Hijo del País es una búsqueda atea de lo sagrado: la tierra, el vino, el Zupay, los hermanos. Este ensayo recorre las tensiones que atraviesan el disco, y muestra cómo Carrito deshace todas menos una: la que traza una línea política clara entre quienes cuidan la tierra y quienes la arrasan.
Por Manu Wainziger
12 de septiembre de 2026
Usted habla por boca de otra gente, y yo
Y yo soy solo el eco de mi pueblo.
“Disculpe” – Hernan Reyes Figueroa
Aprovechando un punto en común entre los corridos tumbados y el folklore argentino (ese pulso en el compás de 3/4), Bizarrap encontró hace tres años una excusa para poner un bombo legüero en la base percutiva de la sesión con Peso Pluma. Una gotita inicial de la lluvia que ahora inunda de folklore la mesa musical mainstream a través de artistas como Milo J, Cazzu, Feli Colina. Entre esa lluvia convertida en río aparece (¡Pare Carrito!) Hijo del País, el último disco de Broke Carrey en donde éste deviene Manuel Peña mediante una búsqueda (insinuada antes en Río de la Plata) colectiva de identidad nacional junto a colegas que se encargan de borrar la línea de productores, compositores, músicos y guías creativos. Destacan Luis Lamadrid (productor en los trabajos previos), el dúo santiagueño Trouve Feraud, Elmalamía, Cocó Orozco.
Esta búsqueda identitaria, aún con destellos de individualidad (destaca El aplauso), se da cuenta de que para llegar a algún puerto hay que abandonar el yo. Los corchetes musicales Nuestro “Esperamos tanto que llegue el momento/ahora es nuestro” y Las piedras “Voy a salir a buscar a los que lloraron conmigo/Nos vamos a emborrachar por las piedras del camino” enmarcan esta voz plural que da rumbo y contención a la obra.
Pequeño puente: Es probable que a gran parte de lxs lectores (incluyendo, temo, quien edita esta nota) se les escape el chistonto del título, un juego de palabras que solo reconoce el oído de quien creció en algunas partes del norte (Tucumán, como es mi caso, creo que es igual en Sgo. del Estero): al Tutti Frutti le decimos ¡Pare Carrito!, frase que hay que gritar cuando frenamos a quien dice el abecedario mentalmente. Entonces, pare Carrito, vamos a mapear las polisémicas iniciales HDP.
Quiero saber que hay adentro
Lo que Juan dice de Pedro dice más de Juan que de Pedro o, en otros términos, lo que se dice sobre la tensión y mezcla entre modernidad y tradición que se encuentra en este disco habla más de los conceptos de modernidad y tradición que manejamos que de la realidad material en la que vivimos.
Ronda la idea de que hay un rebrotar del folklore. Si bien es cierto que hay un caudal de músicxs jóvenes y/o del género urbano (ambiguo término) que han generado una renovación en el río folklórico, hablar del folklore como si fuese algo no moderno o mucho peor aún, no contemporáneo, es ponerse unos anteojos de color que tapan la realidad e inventan mitos. Una oposición que por suerte HDP elige no mostrar como enfrentamiento y mezcla, sino como mapeo de una identidad plural, compleja, con bordes difusos.
El folklore es un género con distinto peso según región geográfica pero no existe como algo viejo o tradicional (algo de la historia detenida), sino como una costumbre cotidiana en gran parte del país. Mi escolarización fue hace tiempo pero tampoco hace tantísimo tiempo: en el secundario tuve que rendir Folklore (danza y algo de teoría) aún cuando no iba a una escuela con orientación artística y era una materia medio trucha como cualquier materia de arte que meten en las currículas. No ir a peñas era un gusto circunstancial, para nada etario, estas son tan prevalentes como cualquier bar o boliche. Hay que explicitar lo obvio: si algo está sucediendo de forma contemporánea es algo contemporáneo. Decir que es viejo, que no se escucha (o que se escucha ahora de nuevo), que solo es tradicionalismo, etc, es primero que nada algo que no corresponde a la realidad, y segundo no es algo ingenuo: es parte de la constante discursiva (y la otra gran tensión supuesta del disco) del país, El interior vs. Buenos Aires.
Siempre es curioso que en un intento de extranjerización hacia lo otro por parte de Capital Federal se llame a las provincias El Interior, algo que suena un poco raro y hasta despectivo (¿El interior de qué?) pero nos la dejan servida: si bien se espera que CABA sea El Centro, se deduce que es El Exterior.
¿Dónde se encuentran entonces estas aparentes fuerzas opuestas Interior/Buenos Aires, modernidad/tradición? En lo sonoro se va de estructuras clásicas como zambas (en cierta forma Formato vertical, Paso de hombre), gatos (Miguelito), chacareras (El aplauso), tonadas cuyanas (Monumento), carnavalitos (Las piedras) que aparecen con temáticas contemporáneas: la mención de la tecnología en Formato Vertical “¿Dónde va el tiempo que regalé?/Buscando cómo ser alguien más/Me gustaría dejar de verte en formato vertical” o el humor entre tierno y horny de Monumento, que a una melodía dulce le superpone “Si hay algo que extraño de nosotros/Es sentir que me podía morir/Perdiendo el aire, ahogándome/Viendo tu culo encima de mí”; también ciertos procesos sonoros como romper los esquemas de las estructuras mencionadas o generar ciertas convivencias, en NMQN se distorsiona un bombo legüero, en Leones se samplea una vidala tradicional cantada por niñxs, en El ensayo (la sesión en vivo que expande el universo del disco) el set de batería incluye tal bombo legüero y, sobre todo, aparece el cover de Disculpe de Hernán Reyes Figueroa en donde se usa un vocoder.
En esta topología de la identidad, ya con Renacimiento nos escapamos de Buenos Aires “voy a subir al cerro, matar a mi miedo” y finalmente en Zupay, en donde el tono de disco termina de virar, aparece una voz en primera persona que dice “nunca tuve nadie que me tire un centro” junto al indiscutible acento santiagueño (esa erre tan lindamente arrastrada que aparece en la palabra arriba) de los Trouve Feraud que en dos versos mencionan tremenda cantidad de elementos ajenos a la ciudad “Vengo del monte aquel, cansao’ de zapatear/Pa’ que se deje ver mi Zupay, mi Zupay”.
Pero acá está el truquito: un poco porque odio a Joseph Campbell y su teoría chanta del camino del héroe, un poco porque amo a Lucrecia Martel y su recordatorio constante sobre la necesidad de crear relatos que escapen al esquema bélico de fuerzas opuestas, y finalmente por lo que escucho en HDP, lo material de las canciones, lo realidad del folklore, lo que dice Carrito cuando habla del disco: si hay algún nudo complejo que tensiona (y hace convivir) cosas en teoría opuestas este se deshace al tirar un cachito del hilo. En esta búsqueda hacia adentro nos damos cuenta que si hay un centro es múltiple, móvil y a veces inexistente. Si hay una identidad es compleja. Si hay música no se trata de un ser estático sino de un animal vivo que muta.
Si hablamos de humor siempre hubo copladores y cuentistas, cuyo tono principal es el chiste irreverente, siendo parte de una cultura folklórica que ante todo premia el ingenio de las palabras. En 1967 en el disco Folklore dinámico ya se utilizaban instrumentos electrónicos. Si antes no había canciones sobre celulares es probable que sea porque, simplemente, no había celulares. Por último las canciones se quieren resistir a hablar de fuerzas opuestas aún cuando se toma postura política: en Leones, corazón del disco, se superpone a un ritmo que late rabioso el mantra «somos hermanos». En varias entrevistas (y claramente en la grabación de El Ensayo) se sugiere que la última dualidad que hay que derribar es la de artista/público, también poco presente en las peñas ya que muchxs folkloristas no viven como artistas, sea lo que sea que signifique eso.
Pero tradición, modernidad, territorio quedan atrás y chiquitas frente a la gran dualidad que atraviesa casi todas las canciones. Y es que, en palabras de Yupanqui, “hay un asunto en la Tierra/más importante que dios/y es que nadie escupa sangre/para que otro viva mejor”.
Dios tampoco atiende en Buenos Aires
Desde el inicio se repite la pregunta por el paradero de Dios: en Renacimiento “Dios está en todos lados menos en el centro, Dios está en todos lados menos en el espejo” o en Zupay “Dios está en todos lados pero no lo encuentro”, en NMQN hay un Dios que no es lo central, lo central es aquello que “me dio y ya no tienen derecho a sacarme”, y ante todo le pedimos que “nos falte todo menos tierra y vino”. En Interludio Polo aparece una versión cristiana “Ya no tengo que mentir, ya no tengo que rezar/Los milagros que creí te los voy a regalar”, en Paso de hombre hay casi una herejía en decir “nada persiste en la eternidad/el alma va a paso de hombre”. Finalmente, en Leones, el “único dios es la tierra”.
Es, a fin de cuentas, una búsqueda de Dios atea. No porque haya saña con la idea de dios sino porque claramente la idea de dios no es el punto. El punto es encontrar un suelo en donde hacer piecito. Y es que, como en preguntitas sobre Dios, las voces de Hijo del país no se preguntan por dios buscándolo a él, ya saben: no existe, no importa. Son preguntas sobre la identidad (ese espejo), el territorio (ese centro), la desigualdad (ese mal), lo sagrado (esta tierra).
Como dios y diablo no son sintagmas opuestos sino representaciones de reinos distintos, aunque dios no exista, el diablo, mucho más humano, sí. El Zupay aparece como uno de los pilares identitarios en donde rebota el eco de la voz: como ya fue dicho es por primera vez que encontramos un acento que se aleja totalmente del porteño para dar cuerpo al mito del norte. La idea de diablo cristiano como el mal es ajena a cosmovisiones originarias previas a la colonia y sobre todo a la evangelización jesuita. El Zupay aquí, lo que finalmente encontramos al irnos hacia adentro, es producto del cansancio y decepción de un hombre del monte. Un mal, no el mal.
El mito hermano del Zupay, otra de las formas del diablo (con más prevalencia criolla) es la del Mandinga. Un diablo gaucho que vive en La Salamanca, una cueva del monte. Capaz me condiciona mi amor desmedido por Nazareno Cruz y el Lobo pero creo que es la forma más dulce del diablo. Será un poco malo pero al final del día es maestro y patrono de los folkloristas que quieren mejorar su arte: te enseña a tocar la guitarra, a cantar coplas, te abre el camino del talento. Viene a tema, Carrito cuenta que Zupay es la primera canción que hizo con el dúo santiagueño, quienes lo adentran en su mundo y generan así un quiebre: finalmente entiende lo que quiere hacer con el disco.
Tangente del diablo: el único mito norteño que tiene una figura que realmente encarna el mal total es el Perro Familiar. Mientras los otros diablos son más ambiguos, más humanos, el Familiar no tiene conciencia. No se encuentra dentro de ni enseña nada sobre, no pide almas sino sangre. El familiar es el guardián de los dueños de los ingenios. Todos los años exige sangre obrera con el comienzo de la zafra. Nuestro mito del mal total no corresponde a músicxs que dan su alma (al diablo o al arte, son cosas parecidas) ni a campesinxs del monte que acuden a la violencia, sino a terratenientes.
Interludio: El tao argentino
Peco de varios vicios de poeta y prefiero enunciarlos antes de que me los señalen. Hay cosas simpáticas como el título de la nota: tiendo a construir mi patria sobre los cimientos de juegos tontos hijos de la lengua y tonada madre. He de reconocer, mi parte favorita de El ensayo es cuando, al terminar la versión en vivo de Miguelito, Facundo Trouve grita «Va a sortia’ el chancho?!?” con su correspondiente respuesta “Callesé vieja culiada!!”: el arraigo es un chiste.
Pero, de tonto en malo, tengo otro vicio compartido (solo el vicio, no el talento) esta vez con gran parte de poetas argentinxs (muchxs de las provincias): como Juanele, Padeletti, Bellesi, Teuco Castilla, Zaidenwerg, (la ya mencionada) Feli Colina, en fin, una lista eterna, tengo cariño y me aferro a la poesía china, a los libros del Tao. Por una suerte de padres hippies en mi mesa de la infancia había (sin tensiones identitarias) humita, empanadas, un buda, el Tao Te Ching, locro vegano, los libros de Zhuangzi, Lunita tucumana. Pero si tantxs poetas argentinxs recurren al Tao es porque hay algo de la identidad de este texto que suena propia. La verdad es que todo análisis me lo he robado del poema LXXX, dejo la evidencia (en la traducción de Ezequiel Zaidenwerg):
Un país chico donde quepan todos,
donde no falten adelantos técnicos
pero que no generen dependencia;
en el que, por respeto hacia la muerte,
nadie quiera emprender largos periplos;
con excelentes medios de transporte
pero sin incentivos para irse;
donde, si hay armas, no haya que exhibirlas;
donde la gente vuelva a usar el quipu,
cocine rico y vista igual de bien;
le guste dónde vive y cómo vive
y su costumbre sea la alegría.
Un país en un mundo sin fronteras.
Poner la vida de ofrenda
Buscar lo identitario requiere la incómoda y contraintuitiva tarea de salirse del yo, de abandonar la voz propia, de aceptar que el nosotrxs puede ser desagradable. Ser lo mismo que el chanta es simpático, pero ser lo mismo que aquel que destruye la tierra solo es doloroso. Está el eco de la Martel junto al eco del Tao, pero al final del día los descarto cuando no puedo destensar la responsabilidad política de la poética. La última de las dualidades. El agua que me importa es la real, no la metafórica.
Hay algo que late como irresponsable al no marcar un ellxs y un nosotrxs. En Carrito lo sabemos si ampliamos un poco su historial: hace dos años en Montonero, título sin mucho lugar a interpretación, cantaba “Me cago en Milei y su hermana” “Pero veo mis sueños desmoronándose / y prefiero que sufran ellos a seguir sufriendo yo”. Dice que Miguelito puede ser una representación del trucho argentino de cualquier lado del espectro político (el caballito de Troya por el que entra a otro público) pero quita esa ambigüedad en el momento en que, en El Ensayo, abre su campera y tiene una remera con la cara de Adorni. A esto se le suma elegir cantar Disculpe: centrar la atención en una supuesta tirantez que fusiona musicalidad tradicional con moderna (ese vocoder) nos distrae de lo que tenemos mucho más enfrente, la realidad material de la letra: es el primer momento en donde se permite ser un eco del pueblo y enunciar una y otra y otra vez la línea clara que traza la canción, todo el tiempo dice usted vs. yo “Disculpe si lo digo a mi manera/usted siembra rencor y yo esperanza/usted envidia de otro su bandera, y yo/y yo adoro a mi celeste y blanca” (hasta en métrica se constituyen como versos endecasílabos en sexta, un tipo de prosodia a menudo usada para oponer dos conceptos y rara vez en zambas).
Quizás finalmente nos encontramos ante algo imposible de distender, ante una oposición real. Sí, somos hijxs de la misma tierra, pero hay unxs otrxs a los que esto se les ha olvidado al punto tal que arrasan con todo. En NMQN “Esto es fuego contra fuego/pero el que yo siento no puede apagarse/Y los gases que me dejan ciego/no nublan mis ganas de un futuro nuevo”. En Leones por más vidala sampleada cuya polisemia (al ser leída con los símbolos de la política actual) insista que “nada me han hecho los leones”, por más que no se menciona directamente a otrxs, por más que se centre en los que “somos hermanos”, hay un tácito sujeto que se intuye, aquellxs que “nos quisieron dar por muertos”, cuyo dios no es la tierra. A fin de cuentas “puse mi vida de ofrenda” y “morir por los míos como un montonero” son exactamente el mismo acto.
En un año argentino de proyectos musicales entusiasmantes, HDP se anota como un disco que mediante ecos realiza un mapa de nuestra idiosincrasia y que, cuando inevitablemente se choca con paredes, no duda en generar pilares de postura política. Pero ante todo es un disco que busca a un dios (de antemano sabido inexistente) como excusa para encontrar lo sagrado. Abandona el centro para hermanar la herejía con lo santo en pos de aceptar que ambas cosas son lo propio y por lo tanto merecen reverencia: el vino, las amistades, el culo de la persona que extrañamos por amor o calentura, nuestra relación con la tecnología, la tierra, el alma. Se encuentra con que inevitablemente hay un nosotrxs que a veces tiene un límite. Ahí la tierra. Ahí lxs hermanxs. Ahí el Zupay dentro nuestro.
Ahí está la palabra, nuestro acento, nuestros chistes, nuestra música.
Ahí (nosotrxs)
bailamos.
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