Urbe
Mati, la palabra como techo
Crónica de un poeta callejero
Mati vive en la calle desde hace diez años, pero nunca dejó de escribir. Entre rimas, cuadernos gastados y el abrazo de su comunidad, convirtió la palabra en una forma de resistir a la intemperie. Esta crónica reconstruye su historia para pensar qué significa sostener la dignidad cuando el Estado se retira y la solidaridad vecinal es el único refugio. Su autor, el periodista y poeta Elvis Báez, también escribió el poemario Consciencia y Clase: crónicas de un villero, donde explora las historias, los conflictos y la potencia colectiva de Villa Itatí.
Por Elvis Baez
07 de agosto de 2026
«Se hace camino al andar», decía el poeta. Pero en el asfalto caliente de nuestras barriadas, el camino a veces se vuelve un laberinto de pasillos y esperas. En Villa Itatí, donde el barro se hace identidad y la resistencia es el pan de cada día, camina Mati. Un vecino, un pibe, un artista que desde hace 10 inviernos libra una batalla de esas que no salen en los noticieros: la de mantener la dignidad intacta cuando el techo es el cielo y la cama es la vereda.
«Me fui quedando acá buscando un sueño, escapando del desprecio», suelta Mati con una voz que suena a verdad masticada. Lo buscamos días enteros. Preguntamos en cada esquina, en cada ranchada, hasta que el azar o el destino de los que patean la calle nos puso frente a él en la estación de Don Bosco. Ahí estaba, sumergido en su mundo de rimas y cuadernos gastados, mientras el frío del Roca le silbaba en la cara. Mati no solo sobrevive; Mati poetiza el dolor para que no lo venza.
Su refugio hoy es la intemperie. Pasó por la Plaza Belgrano y ahora descansa si es que se puede decir así al costado de las vías. Pero Mati no está solo en esta correntada. Se sostiene por el aguante de la comunidad: una vecina que es mama y le acerca un plato de guiso, el comerciante que no le esquiva la mirada y, fundamentalmente, el amparo de la Parroquia de Don Bosco, que es como un faro cuando la noche se pone pesada. Entre la fe y la solidaridad vecinal, Mati encuentra los hilos para no deshilacharse.
Nos sentamos con él en un banco de la estación. El invierno se estaba yendo, pero en la calle el frío siempre se queda un rato más. Hablamos de la vida, de esa herida abierta que son las cientos de personas que hoy en Quilmes deambulan sin un techo, convertidos en «invisibles» por un sistema que prefiere no mirar.
—Mati, sos un tipo querido en Itatí, todos te ven pateando el barrio. Pero, ¿cómo se llega a hacer de la calle tu casa?
—Es difuso, hermano. Uno no elige esto de un día para el otro. Me quedé buscando mi lugar, buscando ese sueño de ser artista que en mi familia no entendían. Ellos querían militares o abogados, y yo quería una guitarra y una rima. Me miraban la ropa gastada y ya me juzgaban, pensaban que solo quería drogarme. Pero hoy, por suerte, aprendí a rodearme de gente que me hace el aguante y que me ayudó a salir de lo que me hacía mal.
—¿Cómo es despertarse y dormirse con el cemento de almohada, sin un lugar donde plantar bandera?
—La calle es brava, te tira situaciones horribles en la cara. Acá no podés planear nada porque te levantás y la realidad te lleva para cualquier lado. A veces te sale bien y a veces terminás donde no querés: la droga, el bardo, la depresión… Vivir así no es lindo, pero te deja una enseñanza que no te la da ningún libro: aprendés a ver quién es quién.
—Tus letras tienen un ritmo que golpea. ¿Qué lugar ocupa el rap y la poesía en este presente tuyo?
—Para mí es todo. Escribo de mi barrio, de mis perros, de la vida que me pegó pero no me bajó. El arte me deja decir cosas que ni con un psicólogo salen. A mí me ponés una pista y soy una batería que no para. El arte me ayuda a sacar lo que tengo adentro; a veces las letras salen buenas porque estoy arriba y otras porque estoy en la lona, pero siempre son de verdad.
La situación en el país es una herida que supura. En esta Provincia de Buenos Aires de casi 18 millones de almas, el Estado sigue sin querer contar a los que sobran. El último relevamiento nacional de 2026 es un chiste de mal gusto: contaron 9.421 personas en todo el país pero «se olvidaron» de Buenos Aires. En la Capital, los datos oficiales admiten unos 5.000, pero las organizaciones populares, las que ponen el cuerpo, ya cuentan más de 11.000. Mientras los números bailan en las oficinas, en Quilmes la gente sigue durmiendo entre cartones. ¿El Estado? Bien, gracias, sigue en otra frecuencia.
—Nadie se salva solo, Mati. La mano que te tiende un vecino o el refugio de la iglesia son vitales. ¿Quiénes son los que hoy te dan el empujón para seguir?
—Por suerte hoy tengo gente que me alienta. Los vecinos de Don Bosco, los comerciantes que me conocen de siempre y el apoyo de la Parroquia de Don Bosco, que siempre está ahí cuando la mano viene cruzada. También me ayuda mucho la organización comunitaria de la Plaza Julián S. Letrini. Sentir que hay gente que confía en uno me da tranquilidad para seguir con la cabeza levantada.
Mati se define como un artista callejero, pero de los de palabra y puño. No hace malabares con clavas, hace malabares con las rimas para que la realidad no lo devore. Es un guerrero de las palabras que lleva sus textos a cada movida cultural que se arma en los centros sociales de Itatí y Bernal.
—Usás la lapicera como escudo. ¿Qué le dirías a otro pibe que hoy está en la misma que vos, tirado en una esquina?
—Que escriba. Que agarre un cuaderno y vuelque ahí todo el veneno, lo que sienta: si está triste, si tiene bronca, si hoy se siente un poco mejor. La escritura es una herramienta de combate. ¡Tener un cuaderno y una lapicera es como cargar un escudo y una espada! La vida es una batalla y los que hacemos arte somos guerreros. Hay que creer en uno mismo, aunque nadie te lo enseñe. Ese poder lo tenemos adentro.
—¿Con qué soñás cuando cerrás los ojos al costado de la vía?
—Mi sueño de ser artista ya se está cumpliendo. De pibe decía que me iba a parar frente a la gente y me iban a escuchar, y pasó. Pero sueño con más: sueño con no ver más pibes quemándose con la droga en las esquinas mientras todos pasan de largo… Sueño con que los de arriba se acuerden de los jóvenes y arreglen las plazas. Sueño con que mi barrio sea el lugar que nos merecemos.
EL VERSO DE MATI:
Gracias Señor por estar a mi lado.
He pasado situaciones que me han dejado congelado,
pero gracias a que hoy estoy preparado
y hoy por mis amigos me siento acompañado
ya no me siento más amarrado por el vicio y por las drogas.
Muchos fueron testigos y nadie me dio la mano.
Ahora me dicen: «Ven, grabá conmigo», pero ¿por qué hacerlo? Si me pisaron cuando estaba caído.
Por eso ahora sigo adelante porque no me he rendido.
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