Pantallas

¿Quién salvará a las chicas tristes?

Crónica y crítica sobre Chicas Tristes (2026)

Una película latinoamericana, una pérdida de la virginidad realismo-artificial, y una respuesta ante la salvación de las amigas se fueron al campo un día. Entre crítica cinematográfica y bitácora de salvación, este ensayo abre preguntas sobre el cine y nuestros dispositivos de escucha.

Por Jaimar Marcano Vivas
02 de junio de 2026

Ahora estoy triste, 

el dolor tiene gafas de maestra 

pese a estar triste, pese a estar turbada 

por el miedo a la duda, y si he sentido 

lo total, padeciendo más callada, 

si me alcé sobre el grito y su estallido 

como entera confianza delicada,

 si no he visto y en lo único he creído 

y soy la fe más bienaventurada, 

¿puedo esperar lo que yo anhelo? Pido

sabiendo que mi voz será escuchada 

como se escucha un manantial sin ruido.

Ida Gramcko

Nadie te cuenta que ir a un festival gigante, en una ciudad y un país desconocido, sin referentes de algo tan masivo o funcional, puede ser una de las actividades más solitarias que se puedan vivir. Es abrumador, aterrador, e intimidante… Hasta que estás frente a una película. 

Por practicidad o para asistir a urgencias propias, estar a solas nos obliga a reconfigurar constantemente los pactos íntimos; después de mucho tiempo haciendo explícita una postura anti inteligencia artificial, aprovechando cualquier encuentro de bares y juntadas para defender mi postulado negacionista sobre este momento tecnohistórico que nos compromete, me encontré abriendo la laptop -bastante aterrada y desorientada- en una estación del metro a las once de la noche para hablarle a Gemini, en una conversación que se extendió la semana entera, pidiéndole ayuda sobre seguridad personal, direcciones, transporte público, asistencia bancaria, y un largo etcétera. Estando a solas, tuve que desplazar el asco moral -catalogado ya casi como terraplanista- de acudir a la inteligencia artificial, para encontrar respuestas que nadie más podía darme, y aunque sentía que estaba traicionando la capacidad de resolver por cuenta propia, tenía poquísimo tiempo, contactos, o dinero para darle cabida a ello. Éramos Gemini y yo, las películas y yo, conversando y deshaciendo cualquier posibilidad de peligro aquellos días. 

Así fue como llegué a Chicas Tristes, película que ganó el Oso de Cristal a mejor película y el Gran Prix del Jurado Internacional de Berlinale Generation, en la 76.ª edición del Festival Internacional de Cine de Berlín. Ocho años le tomó a su directora, Fernanda Tovar (Ciudad de México, 1991), escribir una película en la que «quería que no hubiera nada que se pudiera solucionar, que es la realidad»; la historia se centra en Paula y la Maestra, dos adolescentes que practican natación en un mismo equipo, y su amistad, enfrentada radicalmente mientras procesan una agresión sexual. Conmovedora y potente, es una de las películas más curativas que han descrito el panorama emocional conflictivo posterior al abuso, desde la delicadísima arista de eso que se denomina un coming of age; imposible no concluir que ese nivel de afinidad es producto de una mirada empática, accesible y honesta, como la de una muy buena amiga.

Todo lo alegre que hay con las Chicas 

En el contexto latinoamericano, donde las narrativas sobre violencia mucha veces compiten por un rol didáctico o de espectacularización, Fernanda no sucumbe a otra tentación más que al drama y el riesgo latente de perder una amistad tan poderosa y tan cotidiana, una relación que estas chicas usan a su favor con una naturalidad prodigiosa. Paula y la Maestra están bordeadas por el cielo, el mismo que miran emprendiendo y cerrando su camino narrativo, y por las aguas sociales de todas esas incomodidades adolescentes: la ingenuidad, la comunicación a medias, reconocer el cuerpo propio, el cuerpo de otros, y entenderse en medio de la presión e incomprensión social. Varias, sino todas, las secuencias de Chicas Tristes parecen estar pintadas a mano, hay una composición y encuadres cuidadosos que, sin estetizar o revictimizar, traducen de forma significativa y honesta el paisaje de muchas escenas conocidas en nuestra pubertad suramericana, con su calor, su oscuridad, y su realismo luminoso. 

Como parte del Colectivo Colmena, un grupo de cineastas que conciben el cine como herramienta de transformación colectiva «para uno mismo y la sociedad», el resultado del film es apremiante, cumpliendo de principio a fin con este propósito. La película transcurre sin forzar ese realismo austero o la textura saturada del mainstream de plataformas, las Chicas participan de una proximidad -territorial y atmosférica- a lo que el trabajo de Lila Avilés y la herencia Lucreciana, ambas con aires densos para inmiscuirse en lo cotidiano, saben subrayar en el lenguaje cinematográfico de este lado del continente. El montaje completa la situación de delicadeza haciendo cortes que no se alimentan por el ritmo vertiginoso, sino por el silencio sostenido, un tiempo suficiente para que también nos hagamos preguntas sin soluciones. Incluso en la posición de los cuerpos frente a la pantalla hay un equilibrio extraordinario y difícil, el de filmar a dos adolescentes en el contexto de una agresión, sin que ningún plano reproduzca la falta de consenso que produjo el daño. A veces, tan solo que no nos hagan sentir cómplices del abuso es motivo de tranquilidad, aunque la historia del cine haya roto, con referencias lamentablemente numerosas, ese pacto de no involucrarnos en el delito. 

Por otro lado, los personajes masculinos se manejan de forma inteligente, sin convertirlos en agujero narrativo, o presentarnos caricaturas del mal. El agresor existe, y sigue haciendo su vida sin enterarse demasiado ni él ni su entorno, como la cultura de normalización nos ha entrampado. Mientras eso sucede, el padre de Paula y el hermano de la Maestra hacen lo que pueden con la dimensión que les corresponde, en una historia que no les exige compensar la representación de género para hacer funcional el argumento, o resolver la violencia de sus vínculos filiales. Los hombres que están en la película son personas, personas dentro de la sociedad que no saben qué hacer con el dolor y el miedo femenino, personas sin soluciones. Claro que puedo ver ciertos aspectos que pudieran sentirse en el aire, consecuencia de las elipsis u otros recursos narrativos, pero haber encarado de una forma tan madura y compuesta este tema en una ópera prima no deja de ser sorpresivo. Es una primera película cultivada por la calidez de una acompañante, en este caso una directora debutante, que se hace responsable de su lenguaje, sus personajes, y que sabe que está haciendo cine. Es una amiga, es gratificante, y es suficiente.

Está bien, mis amigas no me salvan, pero es que ese no es el problema 

Hace un par de semanas, generó un revuelo mediano -uno no sabe cómo explicar la “viralidad”, o si tal cosa tiene sentido para quiénes y para dónde- cierto artículo llamado «Mis Amigas no Me Salvan», firmado por la escritora española, Elvira Navarro. Si bien Navarro señala un punto en el que este texto y la película coinciden, en dejar de otorgar a la amistad femenina una vía para la redención social, no podría acceder personalmente a esa afirmación tan fácil, la idea de unas amigas que no salvan, como una aceptación pública del fracaso. Está claro que el rol de mis amigas no es salvarme, pero es que ninguna estructura afectiva individual tiene capacidad de reemplazar lo que deberían atender sistemas enteros de protección social; aún así, las amigas proporcionan una dimensión de escucha -en tanto somos dolientes de las mismas estructuras opresivas y violentas- que es difícil, por no decir extraño e imposible, encontrar en individuos alejados de contextos femeninos. 

Claro que hay una economía del cuidado femenino capitalizado en estética; círculos de mujeres, lenguaje terapéutico, y aromas de palo santo mezclado con espiritualidad de consumo, todas formas mercantiles de “bienestar». Ese mundo imaginario no es el que propone esta película; sin necesidad de confrontación o demérito, la historia de Chicas Tristes sí da cuenta de la genuina zona curativa que emana en el vínculo femenino, ante la evasión en la escucha social. En un contexto de abandono político, con ciudadanos afligidos por condiciones de realización personal sin acceso a recursos básicos, no hay espacio seguro por esencia ni comunidades que funcionen con garantías automáticas, al menos no sin que esto implique una corresponsabilidad y un esfuerzo colectivo. Es por eso que la Maestra, la amiga que escuchó atentamente (y que también sacó una carta de tarot para asegurarle a Paula que todo estará bien), es mucho más accesible que cualquier protocolo institucional donde habrá un cartel rosado con una secretaria a la que habría que explicar demasiado, como efectivamente pasa con el personaje de la entrenadora.

Siendo la salvación una antítesis del feminismo, y una promesa de orígenes profundamente religiosos, trasladar esa necesidad, la de salvar, al feminismo es un notable error político. Navarro tiene razón, pero el antídoto no sería desestimar o cuestionar la potencia de un vínculo femenino, sino descartar la palabra y cualquier consigna homogénea. El éxito de la sororidad no está en pensar igual frente a la urgencia de una acción o pensamiento, sino en la constancia del acompañamiento, en la presencia sostenida y responsable, que en nuestro contexto actual -al menos el de la clase obrera latinoamericana- sería una presencia dictada también por la precariedad, por la insuficiencia, por lo contradictorio, y siendo de esta forma, una amiga podría ser nuestra única herramienta para desmantelar la intemperie absoluta. 

Decir que nuestras amigas no nos salvan es dejarnos con menos de lo que tenemos. Habría que deshacerlo como consigna impoluta, por supuesto, pero tener al alcance un lugar de escucha es lo suficientemente poderoso para exigir que además sea redentor de algo. Chicas Tristes es la demostración de que las amigas no salvan a nadie, pero también de la potencia concreta en las zonas y dispositivos de escucha, sean estos elaborados en forma de amistad, de asuntos esotéricos y bailoterapia o, peligrosamente, de un modelo lingüístico hecho por la inteligencia artificial generativa. 

Entonces, ¿quién salvará a las chicas tristes?

En un estudio reciente, un grupo de investigadores examinó datos poblacionales sobre la IA, obteniendo una breve explicación para responder a la la baja adopción de mujeres frente a estas tecnologías, con respecto al mayor uso por parte de los hombres: se trata de la percepción de riesgo. Los grupos de mujeres, especialmente las más jóvenes, demostraron tener una mayor preocupación ante asuntos como la privacidad, el impacto climático, la salud mental y la privacidad en plataformas que operan con inteligencia artificial generativa, en contraste con la población identificada como masculina. Asimismo, en relación a las búsquedas y temáticas de uso, un sector le da una función prioritaria a la IA para optimizar rutinas y productividad, para apuestas, investigaciones históricas o explicaciones tecnológicas, y, especialmente, temas económicos globales. Las búsquedas de las mujeres, por otro lado, priorizaron búsquedas relacionadas a temas de salud física y mental, oportunidades de estudio y rendimiento económico personal. 

Pudiéramos especular que, siendo que los modelos de IA se entrenan en base a los patrones de consulta de sus usuarios, y esos usuarios, siendo mayoritariamente hombres haciendo búsquedas sobre productividad y otros innumerables sesgos, estos programas cada vez menos sabrán responder (¿acaso lo saben ahora?) lo que una adolescente necesita saber cuando no tiene un lugar a donde acudir, mucho menos cuando no puede explicar algo terrible que le suceda. 

Entre las poquísimas cosas a favor de Paula, además de su amiga humana queriendo resolver el suceso, está el hecho de que, sumado a no perder la única oportunidad que tenía en el equipo gracias a su talento -y tener que compartirla junto a Daniel, por desgracia-, Paula no estaba enamorada de su agresor, o no sentía algo más allá que la propia confusión posterior a haber deseado algo que “salió mal”. Su personaje estuvo centrado en procesar el hecho y continuar la vida alejándose del autor del desastre, caso que es menos común, puesto que las situaciones de abusos suelen profundizarse más tarde en escenarios de manipulación emocional y vínculos forzados, especialmente cuando forman parte de noviazgos debutantes. Paula estaba, al menos, protegida del espejismo de un amor primerizo lo cual, por crudo que suene, es una tristeza menos que digerir.

[Y no hay pues mujer más sola, 

más tristemente sola, 

que la que quiere amar a un hombre triste.]

Cuánto de la inteligencia artificial generativa podría usarse para prevenir, descartar, o reducir las cifras de agresión y acoso. Cuántos lugares de escucha tenemos al alcance como mujeres, y cuántos de ellos están habilitados para atender también a los chicos tristes, los mismos que, en palabras de Piedad Bonnett, ahuyentan a los pájaros y son sordos a sus músicas, y a quienes habría que considerarlos para una reinserción social, ya que tampoco pierden oportunidades a causa de sus acciones y siguen ocupando espacios. Cuántas mujeres, menores de edad o adultas, estarán preguntándole a la IA en este momento si lo que les pasó está bien o está mal, y cuántos hombres estarán consultando si lo que hicieron es o no un abuso. Cuántos dispositivos o interfaces humanas de escucha tenemos al alcance de una llamada o un click. 

Así como tuve que superar la vergüenza por haber usado inteligencia artificial para resguardarme en una ciudad desconocida, y una vergüenza doble cuando llegué a lugares o pronuncié cosas incorrectamente, pues la IA miente y es igual de inadecuada que una adolescente inmadura, me sentí en paz al ver por primera vez en pantalla un uso acertado, narrativa y contemporáneamente, de la inteligencia artificial. Lo agradecí, y estoy convencida de que ese gesto podría resarcir o motivar a un par de más chicas. La Maestra pregunta a ChatGPT y obtiene una respuesta tan clínica, tan veloz, que recurre al tarot de los gatos para traducir el momento en una sensación más amable. ChatGPT respondió, pero la Maestra solucionó lo que pudo, como pudo, pensando en contener la emoción de su amiga. 

La amistad humana es una interfaz, una extremidad entre la máquina y lo que nuestra vida contemporánea amerita. La trascendencia de las amistades humanas como lugares de escucha, son inexactas y equívocas, sí, pero podemos confiar -todavía, quizás- en que no robarán fuentes de agua a algún pueblo remoto, no le pertenecen a consorcios multimillonarios genocidas, no filtrarán información personal a marcas de publicidad cuyos pop ups de ayuda empezarán a aparecer en las notificaciones, y no venderán tus datos. La IA computa respuestas quirúrgicas en milisegundos, valiéndose del propio conocimiento -y por tanto, el juicio y pesar- acumulado de la humanidad, así que estamos ante un examen abierto para reformular los dispositivos donde reposan nuestros vínculos, nuestros cuidados, nuestras experiencias. Podemos empezar a cuestionar y admitir la necesidad de priorizar nuestros lugares de enunciación y escucha, sin esperar salvación o redención alguna.
Donde hay demasiados dispositivos y muy pocas interfaces humanas -con sus errores, sus prejuicios, sus traumas-, habría que examinar constantemente el criterio y la intuición para confirmar(nos) si las respuestas que recibimos alcanzan a forjar un poco más de compañía, un poco más de sentido y reparación ante el trauma; todo esto, claro, para hacernos chicas un poco menos solas, menos salvadas, menos tristes.