Pantallas
El mito del poeta negro
¿Por qué no me gustó Un poeta de Simón Mesa Soto?
El protagonista de Un poeta se niega a dar clases porque «soy poeta, no profesor». Para quien escribe esta reseña, que es poeta y tallerista, esa línea es insultante: dar clases es casi la única fuente de ingreso que existe. Este ensayo desarma el mito del poeta negro, fracasado y genial que la película celebra, y propone buscar otras historias, más dignas y más reales.
Por Melina Varnavoglou
29 de mayo de 2026
“Hay que sacar al escritor de ese lugar de pelotudo en el que se lo ha colocado”
Osvaldo Lamborghini (en una entrevista)
Lo primero que seguramente todos hayamos visto de esta película que aún no se estrenó en Argentina en salas, pero que está disponible en Prime (y pirateable fácilmente), es este diálogo, este frame.
Mi papá cada vez que me ve, me pregunta qué voy a hacer de mi vida. “Esto mismo que hago ahora, pá” le respondo y básicamente reproducimos el mismo diálogo que en la película.
La diferencia es que soy yo la que digo, a la vez, que soy poeta y que estoy desempleada.
¿Pero “de lo tuyo” qué hacés? Y le muestro una foto de mi grupo de taller, le cuento de las notas que escribo, del programa y le muestro “Viernes”, la obra reunida de Beatriz Vignoli (que acaba de recibir el Premio Nacional de poesía): Mirá, lo máximo que te puede pasar haciendo lo que hago es esto. Toca el libro, me mira. Sigue preguntando sobre la búsqueda de laburo, el novio y por la carrera sin terminar.
Antes de irse, me da, no tengo ningún problema en admitirlo, algo de dinero. Todos billetes de 2 mil pesos en efectivo. Cuando nos despedimos voy a depositarlos al banco y ahí me entero cuánto es. Para pagar el alquiler me falta la mitad.
Ilusionada pongo la película. Pero a los primeros 5 minutos ya me doy cuenta por donde va a ir el “mensaje”; lo cual, sea cual sea esa idea, es totalmente aburrido que pase.
En la primera escena el protagonista compara su propio fracaso con el de otro caso de injusticia en la historia de la literatura colombiana, un poeta modernista bien aburrido, algo así como nuestro Bécquer, el único poeta real citado en la película (suicida obviamente): José Asunción Silva, a quien reivindica frente… a Gabriel García Marquez. “¡Sobrevalorado!” le dice a la persona que lo escucha en la puerta de un bar.
Este desconocido le ofrece un negocio, que es una especie de estafa piramidal, diciéndole: “con esto no vas a tener que trabajar y vas a tiempo para escribir tus versitos”. El se lo cree y cuando le solicita el dinero inicial a la madre, la madre se lo niega.
La sigo viendo porque es una película sobre poesía, sobre ser poeta en Latinoamérica y que le está yendo bien…. algo sumamente anómalo, así que algo debe tener. No precisamente algo bueno.
II
Hace poco en una juntada con poetas de diferentes edades, se dio la típica conversación sobre poesía y dinero. El oxímoron más grande, más inmoral, más temido. A raíz de una convocatoria en particular, discutíamos en general sobre los premios, su legitimidad, qué y quién suele ganar, para qué sirven. Fantaseamos con mandar todos y socializar el monto del premio si alguno lo ganaba. Que eso sería un acto de reconquista como poetas latinoamericanos. Yo hasta propuse destinar una parte para fundar un centro cultural si ganábamos, alternativa risible, que por supuesto y con razón fue rechazada de inmediato.
Una poeta que todos respetamos argumentó que nadie al fin recuerda los premios que un poeta se ganó, sino que para lo único que sirven es para alguna vez ganar algo de plata. Tener algo equivalente a lo que para la gran mayoría no solo de los poetas, sino de cualquier argentino en general es imposible: un ahorro. Plata para comprar tiempo. Para vivir sin trabajar. Para escribir ¿más? ¿más tranquilo? ¿durante más años?
Indagamos al tún tún algunos casos, de libros que fueron premiados y editados por Visor por ejemplo, que solo fueron valorados cuando se los volvió a editar acá. Una amiga que se ganó efectivamente el premio del que hablábamos (lo llamaremos “el premio de las carteras”) y que también ganó el Fondo Nacional de las Artes (medianamente prestigioso, pero una miseria) me decía que aún así, le costaba encontrar quien publique su próximo poemario.
Para un poeta que solo se dedica a la poesía como trabajo (eso obviamente no es solo escribir, sino: dar clases, traducir, recitar, organizar o participar de lecturas, presentar libros, escribir reseñas, contratapas, tener una pequeña editorial o revista de poesía), la vida es un malabar constante.
No solo es imposible llegar a un buen salario (nadie lo tiene hoy), sino que rara vez podemos considerar un salario ingresos tan inestables. Esos poetas que no están inscriptos dentro de ninguna estructura institucional (es decir, que solo dan talleres en sus casas o hacen trabajos de manera freelance), tendrán probablemente que dar talleres hasta morirse si no obtienen algún premio. Hay, por supuesto una cantidad de poetas que tienen su amplia labor en la academia, licenciados en Letras, docentes investigadores; o en el mundo del periodismo, la edición, la gestión cultural, la militancia política, incluso la función pública. Pero el común de los mortales de los poetas no es ninguno de estos grupos, sino alguien que vive de otra cosa. De un trabajo que nada que ver. Como cualquier persona. Un poeta es lo más parecido que hay a una persona.
De todos modos, hay que decir que cuando a uno le va “yendo bien”, por lo general se desagrega de ese grupo de mortales desconocidos, pasa a algún cordón de visibilidad. Pero ojo, que eso puede empezar a ocurrir no implica que haya ningún correlato en lo laboral o en lo económico. A lo sumo lo que pasa es que tiene donde publicar o lo invitan a lecturas. Pero los libros de poesía no dan regalías considerables. Ni siquiera los que se venden bien. Y las lecturas, casi por definición, no se pagan. Las contratapas no se cobran, lo cual me parece bien. Solo se cobran las clases. A lo sumo, a lo que un poeta conocido puede aspirar a tener es más alumnos. Lo cual es lindo, porque los alumnos no son meramente “clientes”, o fans, sino que algunos serán poetas también.
Pero “con el prestigio no se come”, nos acordábamos también con otro grupo de poetas diferente, de aquella apertura de la Feria del Libro, apenas asumido Milei.
Hay poetas en nuestro país que han muerto literalmente en la pobreza o que han sido linyeras (Juan Manuel Inchauspe, Susana Cerdá, Willy Harvey). Por no hablar de los poetas adictos, los psiquiátricos y dentro de ese grupo, los suicidas.
¿Pero saben qué han sido la mayoría de los poetas consagrados de nuestro país? Parte de la clase trabajadora. A diferencia de otro tipo de artistas, muchos de los poetas argentinos más reconocidos provienen de un origen social popular.
En cambio, la película reproduce el sentido más común y más nocivo que es la idea de que somos unos inútiles que no pueden trabajar. ¡El protagonista se niega incluso a dar clases! “Soy poeta, no profesor” responde. Algo insultante e inverosímil cuando nuestra única fuente laboral es esa.
Estereotipos como los que reproduce esta película son los que contribuyen bastante a que vivamos en esta paranoia recurrente de que si no tenemos reconocimiento nos vamos a morir en la soledad y en el olvido.
Y que entonces la única salida es obtener premios o que nos inviten a festivales financiados por la Corona Holandesa, en la que seguramente tendremos que luchar contra las injusticias de algún programador diabólico (el personaje de “Efraín”).
En el fondo lo que en realidad opera en la película no es el del escritor pobre sino el de este ideal de escritor a tiempo completo, que es un ideal de escritor típico de las escuelas de escritura creativa del Norte Global. Algo que pega fuertemente en otros países latinoamericanos y que espero que acá, aunque nos muramos de hambre, nunca suceda.
Si fuese una película sobre otra cosa, no me importaría tanto; pero se trata de una película que pretende retratar la tormentosa vida de un poeta latinoamericano. Y que por lo tanto, para mí que pertenezco a ese grupo, tiene una responsabilidad ética sobre la narrativa que construye.
III
La película recae además en una ignorancia muy común: creer que los mecanismos de legitimación de los poetas son iguales a los de cualquier escritor. Básicamente: vender libros y ganar premios.
La única salvedad es que la política cultural de Colombia, de Chile y de México en materia de poesía, es por supuesto mucho muy superior a la de Argentina. Lo cual es muy sencillo porque la nuestra directamente es inexistente. Quizás allá entonces ese tipo de mecanismos, escuelas de poesía reconocidas institucionalmente, con fondos de países del Norte Global no es una fantasía de la película sino algo que realmente puede ocurrir en Colombia.
Pero esto me llevó a una conversación que tuve con un poeta chileno que ahora vive en Berlín, pero que hizo gran parte de su obra y sólo tiene sus libros editados en Argentina. Él me decía que no es tan difícil que puedas vivir de ser poeta en Chile, pero que es un infierno y una competencia atroz porque todos están en busca del reconocimiento institucional. Es común que exista financiamiento, pero precisamente cómo es factible todos compiten y la poesía se termina convirtiendo en una academia. Es decir, un poeta es una suerte de becario CONICET, obligado más o menos a presentar publicaciones. A presentarse a festivales, convenios con universidades, muchas actividades de tipo “folklórico” con las alcaldías, etc.
Sea como sea, los caminos de reconocimiento en la poesía son mucho menos esquemáticos que los que la película muestra.
Porque ante la pregunta de “¿seguiríamos escribiendo si no empezáramos a tener por más mínimo que fuera, algún reconocimiento?”, mi respuesta es no.
De ahí la importancia, en todo caso, de construir plataformas autogestivas y colectivas de difusión, ciclos literarios, nuevas editoriales, revistas, como han llevado a cabo tantos poetas que han hecho ciclos invitando poetas del interior, como Inés Manzano con su ciclo “Interiores”, lo que todos talleristas hacemos para que los libros que se terminan accedan a que siquiera alguna editoriales les reciba el material, la incansable tarea de muchos poetas y editores en el rescate de poetas al borde del olvido como Jorge Leónidas Escudero, que gracias a su poesía reunida pudo quedar segundo en el Premio Nacional de poesía. Unos años antes de morirse, ¿es por eso un pobre tipo? No. Debe ser de los poetas más felices que existen. Si quieren ver algo bueno, miren su documental.
Por supuesto, hay diferentes niveles de acceso, que no son siempre correlativos a las condiciones de clase e incluso rasgos de personalidad, psicopatías que no son “excentricidades de poeta”, sino serios problemas de salud mental, o de consumo, que hacen que un artista sea realmente invisible en el reparto de lo sensible.
No digo que poetas como Oscar no puedan existir. Pero no me parece que sea representativo en lo absoluto de lo que es la vida de un poeta. Y sobre todo que no es esa la posición de víctima que un poeta en su situación adopta. Simplemente le falta investigación. Me pregunto si habrá habido algún poeta involucrado durante el proceso.
Viendo entrevistas al director veo que no, que he sido timada por completo. En realidad, el director eligió este personaje como un camuflaje de una ficción autobiográfica. Responde en una entrevista:
«Al pensar en renunciar a hacer cine, pensé en qué me convertiría: un profesor a los cincuenta y tantos, frustrado, con unas películas que hizo cuando era joven. Pensé en muchos de mis profesores, que son estos seres frustrados (…) Cómo sería esa versión de mí».
Resulta nuevamente insultante este desprecio por la docencia y su desconexión con el mundo artístico.
Pero ante la pregunta de porqué no eligió entonces representar un cineasta el tipo responde:
«Al cineasta no lo veía tan rico estéticamente”.
Y es que claro, hecha así, elegido con estos objetivos, en lo único que puede caer el director es en la estetización. ¿Realmente este personaje es “tan poeta” que en lo único en lo que puede pensar es en la poesía?
Ahí se ve la estupidez más grande. Tiene una alumna y quiere convertirla en poeta. Cuando está con otras personas solo habla de la poesía. Así son vistos los poetas. Viven en estado permanente “de poesía”. La poesía es su cárcel mental, lo cual lleva a la idea otra vez solemnizada de que los poetas no tienen cuerpo, no comen papas fritas, no leen novelas. Solo se emborrachan y están tristes.
Oscar no pareciera tener interés en otra cosa más que en ser poeta, no trabaja, no se hace la paja, no mira televisión, no se enamora de nadie. Eso para mí no es un personaje. Eso es un estereotipo en la pantalla.
Leo una sola crítica respetable sobre la película. Precisamente en la revista por la cual me pareció que la película podía ser respetable.
Allí el crítico dice también que el montaje sigue el ritmo del “jazz”. Creo que es lo típico que alguien dice cuando quiere decir que algo es ecléctico sin mucha justificación. Pero ni siquiera: es bastante normal y lineal la película. También en lo visual.
Hay un plano, para nada jazzístico, el plano más normal que pueda existir, que me hizo directamente enfurecer que es el de una margarita. Que aparece en el mayor momento de desolación del protagonista.
La ve luego de dejar tirada a una menor de edad en la puerta de su casa. Dicen que esas son las resoluciones por el “absurdo” de la película. Ajá. De alguien que está tan desesperado y es tan inadaptado que no sabe qué hacer. Pero que puede ver una margarita en medio de un baldío.
Porque la película está sostenida también sobre una infatuación (o hiperstición, diría Mark Fisher) total, que es la idea de pensar que la poesía hace milagros.
Esta idea mistificada de la poesía como “tesoro” por descubrir dentro de las personas es lo que vemos en el nudo principal que es el encuentro con Yurlady, una alumna (porque finalmente después de renegar, y rogar por algún “trabajo”, le ofrecen dar clases… ¡encima de poesía! En algo completamente fantasioso como… ¡una casa de poesía!) a la que le lee el cuaderno y descubre que escribe poemas hermosos!
El patetismo es tal con respecto a esa historia, que en la carta que le escribe dice que “en realidad no quiere ser poeta”. En su fetichismo del poeta desdichado el poeta es tan triste que no pudo ni siquiera tener una discípula. Que es más, la acusan de violarla.
Lo cual nos lleva al único punto interesante de la película: la “cancelación” de Oscar.
Hay un concepto de Angela Davis en Mujeres, Clase y Raza que conviene rescatar: el “mito del violador negro”, según el cual el linchamiento a los hombres blancos se basa en su depravación sexual. Sin embargo ella muestra que esto es precisamente un mito: que no existen más violaciones cometidas entre los hombres negros que entre los hombres blancos.
Aparece aquí bajo la forma del “El mito del poeta negro”. Aunque claramente no fuera su responsabilidad, y no hubiese ningún indicio de violación, (aunque la misma niña diga que no fue violada) del o que se lo acusa a Oscar es de haberla violado a Yurlady.
Precisamente este punto que podría haber sido interesante se estropea.
Este uso de la violación específicamente como ultimo recurso para mostrar la katábasis del protagonista me parece directamente fuera de lugar. Claro, lo que intenta mostrar es que generan una maniobra para liberarse de él.
La idea del poeta depravado, que en medio de una conversación muestra el culo y es cancelado podría haber sido divertida. La película la moraliza, la convierte en una pieza pornoemocional. Y encima banaliza la real dimensión del tema, porque ridiculiza también a la chica que lo hace que se pone a recitar una especie de mantra feminista (¿?).
Encima es “pitocorto”, o al menos eso es lo que se sugiere, cuando se hace un plano directo, comparándolo con Efraín cuando van al baño. En fin… Vulgaridades en la película sobran y esta idea de construir al “freak” como víctima del sistema y héroe moral es más vieja que la rueda.
El desenlace es un “careo” y soborno a la familia de la niña. Ahí el director intenta hacer de nuevo una maniobra pornoemocional. Mostrando la precariedad de la familia de esa niña. Me resulta nuevamente un chantaje porque siento que hizo esa escena solo por el frame nomás.
La película es eso: una fraseología insoportable, y una serie de frames. Por eso la película se replica bien. Es más, ya va por la remake.
Pero construir películas así de polares, también en cuanto a la inclinación sexual, las adicciones, la belleza o fealdad corporal, es contraproducente para cualquier grupo marginado en general.
¿Saben cuál es en definitiva la mirada de la película para mí? Una mirada colonial. Esta idea de que los grupos oprimidos son víctimas perpetuas, que no tienen agencia sobre sí mismos, que no tienen sus propias estrategias, alianzas de supervivencia.
Todo eso que hemos logrado desandar en el cine LGTB, bueno, eso mismo hay que hacer con este tipo de narrativas sobre los poetas, las personas locas y discas.
Lo más decepcionante de todo es que entre mis intercambios sobre la película, hay gente que me ha dicho que la poesía es una “excusa”, que no es el tema de la película. Lo cual me parece el chantaje mayor. La película se llama “Un poeta”, trata sobre la vida de un poeta, que recita versos de un poeta muerto, que busca ser reconocido como poeta, en el marco de un festival de poesía, que da clases de poesía y que, por si no queda claro, constantemente dice a los demás que es poeta. ¿No se trata de una película sobre la poesía?
Pero claro, está perfecto el comentario, porque lo que le pasa a esta espectadora (considerar que no es una película sobre poesía, sino que usa la poesía como “excusa” para contar otra cosa) es lo que pasa y la razón del éxito de la película: la poesía, y la vida de los poetas solo puede llegar a un consumo más o menos mainstream de esta manera, solo como adorno, como fetiche y con altísimos niveles de patetismo.
Claro, la película trabaja con esos estereotipos mayestáticos para provocar algo. Pero lo que me molesta es que esa subestimación del espectador lleva a subestimar e infantilizar la vida de los poetas. Lo que un poeta hace de su vida para poder seguir escribiendo. Que es una cuestión para mí, en extremo honorable, y que por más fantasiosa que sea la película, merece ser tratada con belleza, dignidad y respeto.
Esto no es lo que ocurre. La película es sencillamente fea. Vulgar en su tratamiento del tema. Y no es un “revés”: no hay ningún doble sentido. Muestra lo que muestra: el mismo estereotipo que ya existe en la vida real, mediante el lugar común del “artista narcisista”. Ya sea en su versión positiva, exitosa (“Efraín”) o en su versión negativa, fracasada (“Oscar Restrepo”, el protagonista).
¿Cuál es el problema de esa pedagogía emocional? Que luego nadie se conmueve con nuestras reales historias de vida. Por haberlas idealizado, positiva o negativamente, por habernos infantilizado o demonizado al punto de que no le interesa cambiar su mirada sobre nosotros. Eso es a lo que contribuye la película: los poetas son unas víctimas del sistema del arte, les viven haciendo injusticias, pero igual siguen escribiendo. Aunque nadie los quiera, gracias a la poesía, y su noble corazón, pueden ser felices.
Esta idea del poeta triste que busca ser feliz es payasesca. Es el poema de Juan de Dios Peza, “reír llorando”, pero más malo. El poema del final, acaso una línea original del libro del protagonista, parece escrito con IA, no llega ni a los talones de una digna cursilería a lo Benedetti por su falta absoluta de politicidad. Es más edulcorada que el Borges apócrifo que se lamenta no haber comido más helados, y sin la capacidad de ser realmente trágico como el Borges poeta verdadero, “He cometido el peor de los pecados. No he sido feliz”, frase que mi padre suele citar y me dice: a vos no te va a pasar eso.
BONUS TRACK. Recomendaciones y contraejemplos:
Para sacarse el mal gusto de haber leído esta reseña, que seguramente les dará aun mas ganas de ver la película acrecentando su éxito y por lo tanto, mi fracaso, van algunas recomendaciones:
Mi favorita y la que siempre recomiendo en la clase 1 del taller es “El tigre y la nieve” de y con el insuperable Roberto Begnini. De una belleza absoluta (y con la aparición de Tom Waits). Muestra que la poesía no puede hacerse sin vitalidad. Refuta en una sola línea a “Un poeta”: “Para escribir poemas tristes hay que ser felices y para escribir poemas felices hay que ser felices“.
Un buen ejemplo de lo que sí esperaba con esta película es “Paterson”, de Jim Jarmusch. Creo que ahí sí ocurre un buen tratamiento de la vida de un poeta: un tipo que trabaja arriba de un camión y escribe en sus ratos libres.
Que le pasan cosas, que se aburre, que tiene problemas de pareja, que se muda a otra ciudad. En fin: un buen personaje con un buen actor, basado en la biografía de un poeta, con un buen guión que incluye los poemas. Para quienes les gusto la película esta porque es cursi, esta es cursi sin golpes bajos. Y es hermosa visualmente. Gracias a esa película mucha gente se interesó por la vida del poeta William Carlos Williams, lo cual no me parece menor.
Y por último una recomendación para ver en el cine ahora: “Lo Noy” de Mario Varela, documental sobre la fabulosa vida del fabuloso poeta Fernando Noy. Me encantó porque lo que muestra es exactamente lo contrario a esta de Soto, que ser poeta es un elogio del riesgo, (más en el caso de los poetas homosexuales que tuvieron que exiliarse en dictadura), donde se habla sin prurito de las drogas, el VIH, y sobre todo del under, donde habitaron todos esos poetas desconocidos, que podemos ser nosotros mismos ahora, que o que estamos intentando tener es eso: vidas gozosas en torno a la poesía. Ojalá a los grandes públicos algún día les interesen más este tipo de historias.
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