Género

Hambre caníbal hockey player

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Heated Rivalry, la serie canadiense de hockey homoerótico que arrasó en redes, desconcertó a más de uno: ¿por qué la mayoría de su público son mujeres, presuntamente heterosexuales? Este ensayo usa esa pregunta como punto de partida para explorar el consumo de homoerótica femenina, la mirada masculina en el audiovisual y algo más personal: las grietas por las que se chorrea el deseo cuando el mundo lo llama monstruo.

Por Manu Wainziger
24 de abril de 2026

If you are the healer, it means I’m broken and lame If thine is the glory, then mine must be the shame You want it darker, we kill the flame

You Want it darker – Leonard Cohen

Algunos términos utilizados: BL refiere a Boys’Love, género romántico y/o erótico entre personajes másculinos. A fines prácticos en este texto al decir homoerótica me refiero a homoerótica masculina/entre hombres.

El 28 de noviembre de 2025 se estrenó en la plataforma canadiense Crave la serie Heated Rivalry, un romance homoerótico contextualizado en las ligas más altas de hockey sobre hielo. En pocos días se volvió extremadamente popular: para quienes vivimos sumergidos en las redes fue ineludible presenciar -y caer dentro de- la avalancha de un fandom que con todo arrasaba. Infinitos edits con todas las canciones posibles, entrevista tras entrevista del elenco, gente totalmente obsesionada con actores que semanas antes trabajaban como mozos, millones de visualizaciones. Aceptando la propuesta de verla me sorprendió lo extremadamente explícito que es su contenido sexual, sobre todo en los primeros capítulos. Si bien es común en algunas plataformas mainstream que gran parte del tiempo en pantalla de series y películas sean desnudos y escenas sexuales explícitas (por ejemplo Game of Thrones), el sexo en Heated Rivalry se ve…distinto.

Todas las escenas sexuales son entre varones, con actores de cuerpos acordes a una hegemonia hiper masculina, y sobre todo, tienen un tono erótico realista. Estetizaciones y excepciones aparte -no deja de ser una ficción-, es sexo queer entre gente joven que se ve torpe, consentido, con coreografias entre tiernas y violentas, casual, sucio, etc. En los dos primeros capítulos las escenas de sexo ocupan más de un tercio del tiempo en pantalla. Hablo de encuadres casi pornográficos con sola excepción de genitales; escenas largas de planos abiertos, contacto directo en la coreografía actoral sin ningún doblaje de cuerpo, fluidos, etc. De a ratos pareciera más explícito que escenas que encontramos en contenido directamente calificado como pornografía (sobre todo en porno estilizado y con mirada femenina como las producciones de Erika Lust).

Antes de seguir, un comentario: creo yo que la mayoría de la gente consume erótica y romance simplemente porque es entretenido. En este caso particular además se trata de un romance con -pocas pero algunas- dificultades políticas (la trama no naturaliza ni higieniza la homosexualidad en tanto a su rol social, lo cual la hace interesante), con una cinematografía prolija y bien ejecutada, una elección musical que sabe claramente a que público quiere conmover, en fin, una buena producción que funciona en su medio y que es al mismo tiempo lo suficientemente tradicional en sus formas y relatos para que se vuelva de consumo masivo. Dicho esto: en general el género erótica (es decir, no puramente pornográfico, aunque a veces también la pornografía si de particularidades homosexuales hablamos) suele ser consumido en una proporción considerablemente mayor por público femenino.

Con la masividad de esta serie noté que algo que es para mí natural y no me llama la atención (y pongo un pin en lo autobiográfico para volver después) a otra gente le hizo ruido: muchos sectores -sobre todo hombres heterosexuales- se sorprendieron de que la mayor parte del público sean mujeres -presuntamente heterosexuales- y no hombres gays. Es decir, que las mujeres quieren ver, romántica y sexualmente, hombres y actos homosexuales.

Si bien la brecha numérica no es tan grande, existe. El público general de la serie se divide aproximadamente entre un 66% de mujeres y un 34% de hombres (pocas encuestas recogen data de no binarixs/género no conforme), pero donde se nota más esta brecha es online. Hay una sobrerrepresentación femenina (y joven) en el fandom, la avalancha son chicas que todo se llevan puesto.

Ahora, no creo que esto sea algo nuevo ni generado por esta serie en particular, pero sí que se popularizó gracias a ella el conocimiento del género BL/homoerótica tanto por parte de un posible público consumidor como para la gente en general que no sabía de su existencia. Surgen análisis, no siempre rigurosamente serios, con varias teórias sobre el consumo de contenido homoerótico por parte de mujeres.

Para armar una base sobre la que se construyen estas teorías, vale partir sobre la mirada masculina en los contenidos audiovisuales. Escribe John Berger en Modos de ver: “Los hombres actúan y las mujeres aparecen. Los hombres miran a las mujeres. Las mujeres se miran a sí mismas siendo miradas.”.  El sujeto de identificación histórico suele ser el personaje masculino (aún para público femenino) por la forma en la que está filmado, encuadrado y narrado. Las figuras femeninas/mujeres son retratadas como objetos de consumo, pocas veces son foco de identificación general. Aún cuando los cuerpos actorales se invierten (personaje activo es una mujer, el objeto de deseo es un hombre) las formas audiovisuales suelen usar los mismos tipos de plano para lograr esa inversión: no es sólo narrativa sino sobre todo figurativa. Más aún, los espectadores femeninos se suelen identificar con personajes masculinos en mucha mayor medida que viceversa. El hombre es sujeto, la mujer objeto. Lo neutro es masculino y lo particular (aquello con lo que no se identifica el público), femenino.

Desde ahí podemos hablar de varios puntos sobre el consumo homoerótico por parte de mujeres, varios de ellos compilados en el libro de Lucy Neville Girls who like boys who like boys:

1: La teoría más superficial es que mujeres con atracción heterosexual consumen este género por deseo a la figura masculina, a los actores, a la idea de tener dos hombres, etc. 2: En relaciones homosexuales podemos encontrar hombres que quieran ser objeto de deseo, ser mirados, que muestran vulnerabilidad y belleza -sin masculinidad como suele ser esperada-, algo que podría ser llamado female gaze/mirada femenina.  3: Encuentran más fácil la inmersión en la fantasía romántica/erótica debido a que pueden elegir con cual personaje identificarse, sin sentir que deben directamente identificarse con la mujer de una escena, (la mujer se mira a sí misma siendo mirada). Esto también facilita la inmersión para quienes sienten incomodidad ante el cuerpo femenino (lo que se nos suele enseñar es sentir asco o incomodidad con nuestro propio cuerpo). 4: Encuentran que las dinámicas son más igualitarias. 5: En estas dinámicas igualitarias encuentran más fácil explorar actos placenteros de juegos de violencia/sumisión/poder ya que no se parte desde una desigualdad de fuerza o concepciones patriarcales de la sexualidad que llevan a violencia real. 6: Por las mismas razones, en estas dinámicas igualitarias, se puede experimentar amor o romance de hombre “más genuino”, ya que son dos sujetos, no sujeto ante objeto.

A esto, algunas notas: Cuando cambiamos los roles, hombres consumiendo contenido erótico lésbico, creo que se suele llegar solamente hasta la primera teoría. Al ser el deseo masculino la norma -dentro y fuera de la pantalla- se analiza mucho menos estos casos de consumo -se naturalizan como yo naturalicé la otra opción- y quedan solo en el deseo de ver/tener más cuerpos que le atraen al espectador. La identificación queda fuera de discusión.

Un pin sobre lo autobiográfico: Autoproyección, querer ser un hombre para ser amado por otro hombre

Circa 2006/2007 junto con el comienzo de mi adolescencia y de la pisada fuerte de lo virtual en las relaciones humanas, comencé a perfilar mi personalidad a partir de ciertos consumos culturales: mangas y anime, punk -en sus versiones más /cabeza/, más contestatarias-, cine under (lamentablemente no tenía cable así que solo podía ver I-Sat en casa de amigos), shows drags, boliches gays, una larga lista de libros, arte y artistas alternativos y queers. Por un breve momento, también, en cierta exploración de personajes de la literatura llegué al mismo puerto que todos los adolescentes lectores con acceso a internet: fanfics, foros, juegos de role play.

En simultáneo ya había asumido mi bisexualidad, cosa que nunca se sintió algo muy importante debido a cierto beneficio del /heteropassing/ (si es que esto se puede considerar un beneficio).  Igualmente la expectativa de lo que debe suceder en un encuentro sexual sáfico me quedaba lejano no solo por la torpeza e inexperiencia propia de la edad, sino por la nula representación en el imaginario colectivo de actos considerados propiamente sexuales y no juego previo. El sexo es penetración. Sumado a esto, el norte de Argentina es, aún al día de hoy, una sociedad extremadamente católica y homofóbica.

Nunca se me ocurrió decir, incluso ya en los últimos años de la adolescencia (momento en que se legaliza el matrimonio igualitario) algo sobre mi orientación sexual en círculos sociales fuera de amistades cercanas. Tenía en frente mío profesoras y compañeras diciendo que les daba asco la idea de una lesbiana. La primera persona que besé era una chica a la que mandaron a terminar la escuela en un internado cristiano. Las madres del colegio al que iba mi hermano juntaron firmas para pedir el despido de un maestro gay. Podría empeorar la violencia de los ejemplos pero sería repetir lo que ya todos conocemos. Mi punto es que se me enseñó que el deseo, cualquiera sea, era un pecado. Pero además el mío, mi deseo, era monstruoso y digno de castigo.

Online conocí también el /juego de rol/. Todavía era época de foros, páginas de texto con algún tema en común y conversaciones sobre este. Una constante además de los fanfics eran los juegos de rol escritos, muy distintos quizás a la idea de juegos de rol de mesa, más conocidos. En su mayoría eran adolescentes (casi siempre chicas, no binaries, queers) entre 13 y 17 años, capaz parte de un fandom, teclado en mano creando personajes masculinos que interactúan entre ellos. Una placa petri inoculada con fantasías tontas, hormonas, errores sintácticos e increíbles fantasías fisiológicas.

Antes de tener contacto sexual con otra persona de forma física, jugué  rol. Como lugar seguro de exploración, creación y juego, pero sobre todo de autoproyección del deseo disidente en una otra corporalidad. Cuando se me decía /que asco las lesbianas/ iba acompañado de un /no entiendo como tienen sexo/, o incluso /eso -que no sabemos ni que es- no cuenta como sexo/. Nos dicen: Tu deseo es un monstruo caníbal, quiere comer a otros de su especie, pero no puede. Es monstruosa su hambre y es también monstruosa su imposibilidad de aplacarla. 

Pienso en un poema de Micaela Szyniak:

Ellas esperan que yo las lleve a un orgasmo

No, no se trata de acabar

Ellas esperan que yo ilustre

“Esto es el sexo entre mujeres”, y yo

Estoy siempre tan perdida como ellas

Me quedaba entonces la autoproyección. Si solo cuenta como sexo la penetración pero no hay interés en la heterosexualidad, como una respuesta de pensamiento lateral en extremo torcido surge proyectarse en un hombre que tiene sexo con otros hombres. Para tener sexo como hombre y para que otros iguales a mí también lo hagan con mi cuerpo. Quiero decir: en las teorías de proyección del espectador (espectadoras/xs) noto una tendencia a teorías de la pasividad y asumir que el deseo femenino es heterosexual: buscar igualdad, menos violencia (o lugar seguro para esta), o incluso excitación ante el cuerpo masculino. Pero creo que es también un visionado tremendamente activo -sobre todo cuando vemos la creación de objetos periféricos por el fandom-, en el que se autoproyecta el deseo de las formas más retorcidas posibles (y con ello, super entretenidas). Porque podés señalar al pecado y al monstruo como tal pero este va a seguir estando. La vergüenza no lo mata, y mucho menos a su hambre caníbal por otros monstruos. Por algún lugar todo el deseo de ese cuerpo, se escapa, se chorrea.

Si algo es claro es que llamar monstruo al deseo hace que el cuerpo note aún más el hambre. En el intento de desnaturalizar la pulsión, la sed se vuelve mayor. Sí, supongo, la experiencia queer (y también la femenina) es más cercana a la animalidad. Más caníbal, más hambrienta, menos limpia. Más humana. Más real. Si algún sexo es de fantasía es el de la normatividad, ni siquiera la gente hetero tiene sexo heteronormado. Algunas escenas de heated rivalry son entonces más realistas que mucha pornografía. 

Zoom out: notas finales sobre el hambre y el castigo social fuera de la pantalla

Al empezar a ver la serie noté las fechas y no pude evitar pensar que quizá era algo anacrónico hablar de ese nivel de homofobia en el deporte (la posibilidad de perder el trabajo, por ejemplo) en Canadá en la década del 2010 en adelante. Un país con políticas progresistas, incluso al día de hoy donde muchos países retroceden en materia de género, con décadas de leyes de protección y matrimonio igualitario aprobadas. Pero todo dato indica que no hay al momento de escribir esta nota, jugadores de la NHL -masculina, distinto es el caso de las ligas femeninas- públicamente queers. Más acá geográfica y culturalmente, sobre Argentina me pregunté lo mismo respecto a jugadores de fútbol. Ninguno de forma abierta, aunque estadísticamente es imposible que ninguno lo sea.

El 22 de octubre de 1990 el jugador inglés Justin Fashanu se convirtió en el primer futbolista en admitir publicamente su homosexualidad. El 2 de mayo de 1998 Fashanu se quita la vida tras un declive en su carrera hasta llegar a una acusación de abuso por parte de un adolescente -que se probó, después de su muerte, era falsa-. No hay que obviar tampoco que era un jugador negro. No pasarán sino 10 años hasta que otro futbolista salga del closet pero estando retirado. Son contados con los dedos de una mano los casos en el mundo, más aún en las categorías más altas y/o con jugadores aún activos.

Las acusaciones -falsas- a personas queer como abusadoras (sobre todo de menores) siguen siendo al día de hoy moneda corriente. Mi deseo podrá ser un hambre caníbal, consumirme a mí, a quienes son como yo, pero son otros los que hacen de ese deseo un monstruo. Y deben encontrar un marco de perversión para justificarlo.

Los fandoms son en general compuestos por personas muy jóvenes que quizá notan el hambre (o gustan de verlo por las razones que sean) pero les falta marco social. Se fantasea un ship entre personas reales: dos de los actores de la serie que supuestamente tienen una relación. Uno de ellos, el único abiertamente queer de todo el cast, François Arnaud, fue acusado por fans de hacer grooming al salir con un actor más joven.  En nuestro país, hace un poco más de un año, Javier Milei, con toda impunidad dijo en Davos que los homosexuales son pedófilos.

No quiero darle más crédito del que merece Heated Rivalry, sé claramente que la misma lejos está de ser revolucionaria o contracultural, pero no hay que negar que en un mundo cada vez más opresivo y corrido a la derecha, aunque hablemos de historias de amor y series con construcción bastante clásica, es una apuesta contra la norma del castigo social y la vergüenza. Sí es destacable que sabe escapar de la pornomiseria (historias marcadas por la tragedia más escabrosa como ser enfermedades, abusos, torturas, etc) y del higienismo (la corrección política, historias de sexualidad sin sexualidad).

Cierro diciendo que en esta autoproyección del deseo sáfico (o no heterosexual, o femenino, o torcido) a través de homoerótica masculina no quisiera dar lugar a interpretaciones berretas de mujeres en falta y envidias fálicas, sino más bien describir grietas por las que nuestro hambre se chorrea, sean o no las representaciones ideales. Sobre eso, romper las paredes del todo y dar cauce al río monstruoso del deseo queer en todos sus afluentes. Lugar para girls who are boys who like boys to be girls, etc. O, como diría Milei, mucho sexo gay.