Feminismo
El éxito es sumergir tu cara en agua mineral
Por Luciana Alejandra Ales
08 de julio de 2025
En los oscuros dominios de Internet predomina una idea muy clara del éxito y de la realización personal, una idea que toma forma en los cuerpos femeninos y masculinos. El éxito, en este contexto, pareciera no ser otra cosa que la acumulación de riqueza o, al menos, su simulación.
En lo personal, siempre creí que la felicidad era algo subjetivo, cambiante, que se construía a lo largo de la vida, y que el desarrollo de vínculos positivos era, más o menos, importante. Pero cada vez que abro TikTok y el algoritmo me sugiere consejos para llevar una vida “exitosa” de la mano de una voz autorizada (es decir, un trader de 22 años), entiendo que lo importante son los Lambos y que absolutamente todo debe medirse en términos económicos. No solo aquello que evidentemente puede pensarse así, sino también los vínculos, el tiempo, incluso la biología misma.
A raíz de este golpe de realidad, quiero analizar cómo la lógica del mercado y los discursos neoliberales se manifiestan en los cuerpos que vemos en internet.
¿Se relaciona la dinámica mercantil con las imágenes de masculinidad y feminidad que circulan online? ¿Recuperan, de alguna manera, formas históricas de representar el cuerpo?
Al escribir este artículo tengo en mente cuentas de creadores de contenido vinculados al fitness, las finanzas, la masculinidad y los llamados pick up artists (supuestos expertos en conquistar mujeres). Los límites entre estas categorías apresuradas no siempre son claros, pero creo que sirven para trazar un mapa general del universo de los tiktokers varones.
En el caso de las mujeres, algunas de las cuentas que analicé pertenecen al universo de las trad wives, expertas en feminidad y en «energía femenina» (como una contracara de los pick up artists, pero no exactamente).
Dos ejemplos paradigmáticos: por un lado, el influencer Ashton Hall —deportista frustrado que se hizo famoso por su extravagante rutina de bienestar, que inicia a las 4 a.m. e incluye frotarse una banana en la cara sumergir su rostro en agua mineral—; y por otro, Estee Williams, la trad wife norteamericana ultraconservadora que promueve valores cristianos y la sumisión completa al marido.
A simple vista, en estas corporalidades hay valores que se repiten: en los varones se exalta el físico atlético, la disciplina, cierta tendencia a la soledad y la reclusión, y el culto a un carácter estoico (un estoicismo reducido y adaptado al lenguaje de las redes sociales). En las mujeres, en cambio, se valora la belleza, la delgadez, el recato, el servicio y la sumisión.
Ahora bien, ¿podemos pensar estos imaginarios en relación con la historia del arte?
El cuerpo en el arte siempre fue un vehículo simbólico. En el arte griego antiguo, los desnudos masculinos representaban ideales de perfección física y belleza asociados a la nobleza. Un ejemplo claro son los kuroi —esculturas de jóvenes desnudos de pie— de la Edad Arcaica (600–500 a.C.). Estas esculturas coexistían con representaciones femeninas dedicadas a distintas diosas: desde la sensual Afrodita hasta la victoriosa Artemisa.
Durante el Renacimiento se retomaron los modelos de la Antigüedad Clásica que habían sido relegados durante la Edad Media por el control de la Iglesia. En ese resurgimiento aparecen los cuerpos de diosas, guerreros y héroes en su máximo esplendor: los varones musculosos, listos para la acción; las mujeres, en su mayoría, con posturas lánguidas y pasivas. El cuerpo hermoso renacentista debía reflejar un alma igualmente bella, cultivada en las artes liberales. Esta visión influyó durante siglos, dominando la representación del desnudo hasta bien entrado el siglo XIX. Cambiaron algunos detalles —mayor o menor erotismo, variaciones en los cánones de belleza femenina (blancura, robustez, senos más o menos pequeños)—, pero el modelo se mantuvo.
Cuando miro TikTok, tengo la sensación de que los cuerpos ideales de hoy conservan algo de esas imágenes históricas, aunque con un aura de artificialidad que me inquieta.
Los ideales clásicos de masculinidad hoy parecen llevados al extremo, al punto de resultar cómicos. ¿Cuál sería el sentido de entrenar como un atleta olímpico sin un fin concreto? En la Antigüedad había que estar listo para la guerra o para competir en certámenes deportivos.Hoy, en cambio, los cuerpos masculinos fit no se construyen para conquistar mujeres: prometen superación personal, una felicidad desvinculada del otro. La soledad es una herramienta para alcanzar una meta: la disciplina por la disciplina misma, el éxito económico como recompensa final. Pienso en American Psycho (2000): su protagonista encarna esta lógica, una mentalidad neoliberal aplicada a todos los aspectos de la vida. Hasta su rutina de belleza, metódica y rigurosa, es como una versión dosmilera de la rutina de Ashton Hall. Pero lo cierto es que ahora se ve bastante sencilla. La vara de los rituales de éxito está altísima.
Los periodistas Matt Bernstein y Ryan Broderick reflexionan sobre el video viral de Ashton Hall. Ambos coinciden en que el contenido sobre masculinidad y autosuperación conserva algo del exceso de lo pornográfico. El video de Hall funciona como pornografía del bienestar: vende un estilo de vida (no queda claro si lo que ofrece es un plan de fitness, un curso de trading o un combo de ambos). La promesa es clara: si seguís cada paso de la rutina que arranca a las 3:45 a.m., vas a obtener un cuerpo musculoso, éxito económico y mujeres (convertidas, por supuesto, en objetos despersonalizados).
Estos cuerpos masculinos cristalizan los valores de la manosfera y los hacen virales. Las promesas detrás de las duchas frías y las dietas extremas varían, pero en general oscilan entre:
– Ser absurdamente rico.
– Conquistar mujeres y ser absurdamente rico.
– No vincularse con mujeres porque son una pérdida de tiempo para hacerse absurdamente rico.
En el caso de los cuerpos femeninos que más veo en TikTok, creo que son dignos herederos de la tradición artística occidental: bellos (mayormente delgados), pasivos y disponibles. Detrás de cada estética —por más moderna o cambiante que sea— persiste algo de los desnudos renacentistas: cuerpos lánguidos, yacentes, acomodados en poses artificiales.
Sabemos que el cuerpo femenino ha sido históricamente representado a través de la mirada masculina. Siguiendo a John Berger en Ways of Seeing (1972), podemos detectar los criterios con los que se juzgaba a las mujeres en la pintura europea. En esos cuadros, la mujer es un reflejo del deseo del hombre: un cuerpo para ser contemplado, una desnudez como disfraz. Aunque no sea una novedad, sigue sorprendiéndome el peso de esa tradición simbólica en las imágenes contemporáneas que interpelan a las mujeres. Aún cuando se presentan como sujetos activos, las mujeres siguen bajo una mirada invisible. Como dice Berger:
«Los hombres sueñan con las mujeres. Las mujeres se sueñan a sí mismas siendo soñadas.
Los hombres miran a las mujeres. Las mujeres se miran a sí mismas siendo miradas.»
La mirada ajena, incluso cuando es propia, actúa como un espejo: recuerda cómo se ven o cómo deberían verse. Desde la infancia se les enseña a vigilarse, porque su imagen —especialmente ante los hombres— es crucial para su éxito.
Los cuerpos ideales construidos por siglos de historia del arte aún inundan nuestra cultura visual. Pero son como una versión despersonalizada, seriada, automática.
¿Hay lugar para imágenes disruptivas en las redes sociales?
A riesgo de sonar pesimista, confieso que me cuesta imaginarlo. La misma TikTok ha admitido haber bloqueado contenido de personas con discapacidad o exceso de peso. Incluso empleados han manipulado el algoritmo para beneficiar a ciertas cuentas.
¿puede siquiera buscarse una imagen disruptiva en TikTok, cuando su éxito radica en explotar el status quo? Por supuesto que hay espacio para la resistencia (necesito creer que lo hay), pero no es sencillo. Sobre todo si estamos siendo bombardeados por imágenes hegemónicas todo el tiempo, incluso sin darnos cuenta ¿Qué imágenes dentro de las redes pueden sublevarse ante el algoritmo de los Alpha Males y las High Value Women? Supongo que salirse de la norma es cuestionar las bases mismas de estos imaginarios: el éxito económico como fin último, la productividad a cualquier costo, los vínculos automatizados.
Tal vez, en ese ejercicio, empiecen a aparecer imágenes nuevas. Tal vez dentro de las redes, o tal vez en el espacio que quede fuera de las pantallas.
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