Artificios
Génesis de un día soleado
Este texto forma parte de un conjunto de ensayos de teoría-ficción donde se prologan libros apócrifos a modo de ejercicio y a modo de equilibro entre la imaginación política y la irreverencia estética. Navega por autores que tal vez no existen, acaso son simulados o podrían haber existido.
Por Ramiro Sacco
07 de abril de 2026
Al sol, qué no le debemos sino la vida de las plantas, la fotosíntesis, el crecimiento de los árboles, la luz naciente y templada de un amanecer, el arco iris, los eclipses, la madrugada, el año bisiesto y el calendario mundial. Lo adoramos sin nombrarlo, le debemos la vida en la tierra, la formación de las nubes, la evaporación del agua, los molinos. Los días en una playa, en la arena, las lecturas descalzo en una reposera le debemos. Lo que no sabemos de él, nos importa poco salvo la narrativa científica e historizante que apuñala al sol con una edad millonaria, eras postgravitacionales, campos magnéticos, hidrógeno, helio, nubes moleculares, explosiones energéticas del tamaño de la luna y que lo convierte en una esfera de gas y radiación electromagnética de un sistema planetario con nombre y apellido y partida de nacimiento sin carta astral. Le debemos también la sombra, los techos, el protector solar, los sombreros, los abanicos, los ventiladores, los invernaderos, la formación del globo ocular. También la teoría copernicana, el tren, la revolución industrial, el combustible fósil, todo extractivismo que opera a costa de que el sol estuvo allí millones de años fotosinteseando las cosas, formando mil mesetas subterráneas y futuros monstruos mitológicos encriptados en sedimentos geológicos. También le debemos la guerra, la política, la sangre, los dioses.
La historia del sol es una historia larga y fascinante que se remonta a unos 4.600 millones de años. Se cree que el sol se formó a partir de una nube de gas y polvo en el espacio, que comenzó a colapsar bajo la influencia de la gravedad. A medida que la nube se comprimía, se calentaba y se formaba un disco de gas y polvo alrededor de un núcleo central. Este núcleo finalmente devino en sol. Luego vino el hidrógeno y el helio y la radiación en cantidades magistrales, astrales, valga la redundancia. Generalmente la teoría científica prosigue: dentro de tales millones de años se espera que. Entonces el sol se convierta en una sobremesa núclear y galáctica que habrá producido el eco gigantesco de seres múltiples en la galaxia, pero sobre todo en el planeta Tierra.
En la mitología hay incontables, pero también conexas y ensambladas visiones sobre ese dios ardiente. El antropológo Philippe Descola refiere un modelo termodinámico del cosmos que es atribuido a muchas sociedades del noroeste amazónico: «la energía fecundante que procede del Padre Sol anima a la totalidad del cosmos» (Philippe Descola, Más allá de naturaleza y cultura). En la mitología egipcia, el dios Ra viajaba en una barca solar a través del cielo, navegador y creador de todas las cosas. Para los griegos, que es la historia que nos viene de la narrativa occidental, el dios Helios coronaba ese lugar brillante de titán absoluto. Ovidio cuenta en su Metamorfosis, libro segundo, la llegada de Faetón al Palacio del Sol. Lo recibe su padre, el Sol, no sin antes ejercer la sospecha pero tampoco no sin planes para una hazaña olímpica que hará temblar y arder un mundo. Faetón le pide al Sol manejar su carro, es decir gobernar el universo por un rato, para demostrar a todos que es su hijo. «No has de olvidar que el Cielo gira y que arrastra a las estrellas en su revolución, ¡y que yo señalo mi curso en dirección opuesta! ¿Crees que puedo confiarte mi carro por un momento siquiera?» Y comienza luego la aventura del mundo en manos de un inexperto sobre el carruaje de Apolo, Faetón, que insistirá en su lucha temblando ante el abismo y ante la desdicha y la fragilidad y el naufragio en mucho cielo, para luego comenzar el descenso en el caos, su arribo al caos y al tiempo del fuego, la hora del fuego, de las cenizas. Esta imagen fue representada por Miguel Ángel Buonarroti, justo en el momento de perder el control. También en la pintura de Rubens, de Van Eyck, de Sebastiano Ricci con una solemne caída espectacular, Tiépolo y la lista sigue. Queda del lado de la imaginación en qué zona habrá caído ese carro, o si la metáfora abarca medio planeta o simplemente es una de las formas de la metamorfosis y transformación de la tierra ante el estatuto del helioceno, o ante el final del mismo, ya que ese hombre, semidios, protocapitalista, daba inicio al antropoceno.
Existe también en la historia de la literatura, de los palimpsestos y de las reescrituras, un personaje silencioso y abstraído, lo cuenta Georges Didi-Huberman en Fasmas, un relato excepcional de este individuo misterioso que comía sol (2 Georges Didi-Huberman, Fasmas. Ensayos sobre la aparición 1). Comía con la respiración, con la boca y con los ojos perpetuamente abiertos. Se trata de Filoteo de Sinaíta que vivió entre los siglos IX y XII de nuestra era, pero nadie sabe exactamente cuándo. ¡Pero sí cómo! Didi-Huberman extrae de ese relato una arqueología de la palabra “fotografiar”. «El hombre que, poco a poco, se dirigía hacia la palabra “fotografiar” odiaba, pues, las imágenes nacidas de la sombra y del dominio de la noche. Cuando aparece en su texto la palabra “verdad”, la palabra “sol” no suele estar lejos, apenas aparecida o justo por llegar. Filoteo, en su escarpadura, disfrutaba del cenit como de esa duración sin sombra en la que todos los sueños entran en fusión y terminan por evaporarse ante la imagen despoblada, la imagen desnuda, phôs, la luz sin medida y sin forma.»
Filoteo podría ser la influencia del poema que nos concierne, pero Amancio Irala nació en las antípodas del mito, en las antípodas de occidente y en las antípodas de la luz. “Pequeña historia del sol” tiene algo que remite a Filoteo, parece de un hombre que comía sol, que lo obsesionaba una vigilia permanente, una guerra permanente, una guerra fría ardiendo. Pero es también un hito sincrónico con Faetón, porque es también un enviado, un mensajero, un ensamblaje entre mitologías, caciques, dioses y políticas. Nunca pensamos que la caída de Faetón produjera de manera colateral ciertos efectos petropolíticos. Es el impacto de su caída en lo profundo de las mesetas geológicas. Pero Amancio sí lo pensó. Y pasó por su escritura negra. Si hay algo más que le debemos al sol es lo que le robamos: petróleo. Y si el crudo, como lo llaman, entró en la “pequeña” historia no es acaso por el exordio de una pavana para un sol difunto, sino por la interminable regeneración del tecnocapitalismo para apropiar todo recurso fósil, comiendo sol muerto y transformando ese “cadáver negro del sol”, como dice Negarestani, en el lubricante de su propia máquina de guerra. Este cadáver del sol, o sol empaquetado diría Paul Preciado, es el inicio de otra historia petrosexorracial, para seguir con Preciado, que narró al mundo tal como lo conocemos, tal como lo concebimos. La escritura negra de Amancio Irala hace referencia de manera sesgada al color del crudo, él mismo llamó a su poema un “pensamiento sobre la escritura negra en torno a lo que crece y prolifera”. Reza Negarestani tiene algo en este tenor en su teoría-ficción en torno a la escritura y la narración del mundo. «El petróleo y los combustibles fósiles son el ejemplo de otra teluro-conspiración contra la economía solar del Sol: querer atrapar en los organismos la energía solar mediante sedimentación litológica, estratificación, descomposición anaeróbica y bacterias en cuencas sedimentadas altamente estratificadas. En este sentido, el petróleo es un sustituto terrestre de la autoindulgencia onanista del Sol o capitalismo solar.» (Reza Negarestani, Ciclonopedia. Complicidad con materiales anónimos)
Cuenta Negarestani que en el islam la palabra salat refiere a un rito de comunicación con Elah, o de mediación, ya que algunos arqueólogos árabes sugieren etimologías enraizadas con “el medio”, una especie de relación entre la adoración, el sol y “medio hombre”, es decir la mitad, «(no hay pruebas en cuanto a qué significado fue primero, si “en medio” o “comunicar”)»
Lo que sigue es un fragmento de Negarestani sobre esta ritualización: «Este tipo de ritual sugiere que Alah o Elah es un dios solar mesopotámico y persa; inseparable del desierto y del ser humano, que conecta al primero con el Sol dada la intervención mediadora del segundo, el cual está destinado a inmolarse para garantizar esa comunicación. Del Sol al desierto, y del desierto al Sol, el hombre siempre está situado en el medio, completando el eje de Infernoingeniería.»
«Pero después de la muerte del sol
no habrá pensamiento para saber qué era la muerte.»
Jean-François Lyotard, Lo inhumano.
La mirada antropológica siempre está buscando relacionar, y en sus relaciones de conceptos existen choques semánticos, cruces de conceptos, similitudes, cercanías, roces. La mirada poética no está lejos del imaginario antropológico cuando relaciona y produce metáforas, sinécdoques o metonimias. La escritura negra de Amancio me llevó a pensar las situaciones petropolíticas, y el crudo me llevó a un callejón sin salida: la escritura negra de la tinta del pulpo. ¿Y el sol? Vinciane Despret también pasó cerca de esta encrucijada, pero a favor de la digestión del pulpo a través de la terolingüística. Cuando dice que «el pulpo quiere comer luz», traduce una frase tan frágil como tenue, como fugaz, que deja el animal en la escritura negra de su tinta. Cuando los pulpos narran, – con su tinta nunca inmóvil en el seno del agua- una traductora ficticia sostenía la hipótesis de que los pulpos viven “en apariencia” ya que desean estar encarnados en el simulacro de la luz que imitan, que comen. Cercana a la hipótesis de Emmanuel Coccia de que «es esa misma luz la que cada animal busca en el cuerpo del otro cuando come (poco importa que coma otros animales o plantas); todo acto de nutrición no es más que un comercio secreto e invisible de luz extraterrestre que, mediante estos movimientos, circula de cuerpo en cuerpo, de especie en especie, de reino en reino.» (Vinciane Despret, Autobiografía de un pulpo y otros relatos de anticipación). Para estas hipótesis pudo haber surgido una aventura de heliofagia, tal como los antropófagos al alimentarse del poder de lo masticado.
En el reino de Amancio se comía sol de noche, en medio de la noche, cuenta su poema. Y fue ahí donde su “Pequeña historia del sol” hizo un hueco en su memoria, de noche, en la selva negra de la quebrada andina. Pareciera un mito, una fábula, pero ese señor arrugado y simple, de cuarta dimensión -diría Yupanqui- escuchó la bajada, los movimientos cósmicos y moleculares. Habló de Viracocha, de Inti, de Huitzilopochtli, de la negra sangre, de pestes y de una complejidad lingüística, política, antropológica y poética con el porvenir y lo ancestral. Amancio imaginó que llevamos el sol adentro, como una meseta, tal como Filoteo, lo estamos comiendo. En términos de Rodolfo Kusch, ya que es también su territorio, lo fagocitamos. Pero en este caso no es una fagocitación de “las cosas pulcras de occidente”, ni de occidente-América ni medio oriente ni Asia, sino una fagocitación, un absorber una totalidad como energía y como flujo. Un deglutir y un excavar, un profanar y un digerir.
Lo que también parece ser un ejercicio de anacronismo de las ideas, es que así como los rituales aztecas con respecto a la sangre ofrecida al sol ocupan un gran espesor en la mitología mesoamericana, la sangre y el sol se encuentran en las convenciones platónicas. Peter Sloterdijk hace alusión a un relato de Marcilino Ficino, que no viene al caso, pero retoma y resignifica ese rayo eminente con respecto al motor que lleva esa sangre, al “sol de los órganos”, el corazón. «Igualmente convencional es la concepción del corazón como sol de los órganos internos: ella transfiere la imagen platónica del reinado del sol en el mundo de los cuerpos astrales al corazón como monarca en el mundo de los cuerpos animales y humanos. Los reyes platónicos son por naturaleza reyes solares; de facto reinan como reyes cardinales que enlazan con el centro cardinal irradiante incluso los puntos más alejados. En esta física medio mítica, tanto el sol como el corazón ejercen su potestad al modo de la irradiación; todos los emanacionismos – modelos de irradiación de fuerzas arquetípicas en espacios vacíos o llenos de cuerpos oscuros informes- remiten a la concepción platónica de la monarquía solar.» (Peter Sloterdijk, Esferas I)
Un corazón luminoso, músculo de fuego, como lo llama Amancio al final de su Pequeña historia, es una canción cardiológica que atraviesa una cosmología. Amancio no dejó de respirar y de abrazar todo aquello que en los carnavales, solsticios, en las veredas regadas con mangueras al sol, constituían la fuente y la materia de sus obsesiones.
Geografía de volver a casa
Por Victoria Pascualini
La nostalgia es una trampa
Por María José Grilo
Los caballos lo han sabido desde siempre
Por Mariela Belmar


