Artificios

Nikola Jokic, el hermoso

Esto no es un ensayo sobre básquet. Es un texto que se deriva de la experiencia estética del deporte. Es una apuesta por el movimiento y su carácter sensible. Es un intento de extraer, de los jerseys y las pelotas de goma, una visión: la de las pequeñas cosas que forman el mundo y hacen posible la belleza.

Por Manuel Cantón y Máximo Cantón
07 de mayo de 2025

0. Dos puntos para introducir al personaje. Cada época tiene los hobbies que se merece. Hacia los dos mil, los jugadores de la NBA grababan discos de gangsta rap; hoy conducen podcasts. En los Denver Nuggets —un equipo del centro árido de Estados Unidos, en una ciudad pequeña y sin glamour— el exponente de ese hobby es Michael Porter Junior. Su podcast se llama Curious Mike. Sube una entrevista cada dos o tres meses. 

Por supuesto, si un jugador de la NBA conduce un podcast, sus entrevistados tienen que ser jugadores de la NBA. Por supuesto, por lo menos al principio, tienen que ser sus compañeros de equipo. Y por supuesto, si ese jugador pertenece a los Denver Nuggets, de entre sus compañeros de equipo tiene que entrevistar a Nikola Jokić, quien es, entre otras cosas, el mejor jugador de básquet del mundo.

La ocasión es especial. Jokić no suele dar entrevistas. Tiene un temperamento risueño, pero es conocido por tratar a los medios con algún desgano. Ni siquiera tiene redes sociales.

En esa conversación —que no dura más de quince minutos—, Michael Porter Junior le preguntó a Jokić cuáles eran sus objetivos (goals). No es una pregunta rara; más bien es una unidad mínima de nuestro horizonte cultural, centrado en la eficiencia y el autodisciplinamiento. Cualquier aspirante a empleado se ve obligado a responderla unas cuantas veces. Cuáles son tus fortalezas. Dónde te ves en cinco años. Cuáles son tus objetivos. 

Sin embargo, a fines de 2023, esa pregunta tenía un sentido específico. Los Denver Nuggets acababan de ganar el primer campeonato de su historia. Nikola Jokić había sido elegido el mejor jugador de la NBA. El futuro era prometedor, y entonces la pregunta suponía más bien una valoración sobre ese futuro: cuántos títulos más, cuántos premios más. Anillos, trofeos, Salón de la Fama. La respuesta debía ser, de máxima, una predicción, y de mínima una vaguedad.

Jokić fue muy concreto. Dijo, con la facilidad de quien ya ha pensado en esto muchas veces, que tenía dos objetivos. El primero era que sus hijos lo recordaran como padre y no como jugador de básquet. El segundo era dejar de tener celular.

1. Jokić piensa de forma inusual; y esa forma de pensar es, justamente, su principal virtud como jugador. Su inteligencia es deliberada, punzante, alienígena: conoce en todo momento —a veces se diría: recuerda— la posición de los diez jugadores en la cancha; predice la forma en que se van a mover; adivina las jugadas de sus rivales; aprovecha en sus compañeros cada uno de sus vicios y virtudes. Jokić sabe a dónde ir, a dónde poner la pelota y a dónde dirigir a los demás. Es un pasador, pero también un estratega; no solo abre al hombre abierto, sino que le da tiros a los tiradores y cortes a los corredores, todo en su justa medida y armoniosamente, y lo hace de forma tan impredecible que muchas veces la cámara, confundida por su espontaneidad, tiene problemas para seguirlo. 

Porque Jokić no salta. Jokić no corre. En un deporte vertical como el básquet, Jokić se queda en el piso; en un deporte vertiginoso como el básquet, Jokić se mueve lento. Su físico —dos metros diez, ciento treinta kilos—, aunque alto, parece más apropiado para un deporte como la lucha, donde cada peleador intenta, con la cabeza trabada en el hombro del rival, usar su masa y su fuerza para desbalancearlo.

Jokić puede hacer eso. Es pesado y fuerte; cada tanto, y sobre todo si nota que lo marca un jugador más pequeño —él siempre nota esas cosas—, se esfuerza en llevar al rival hacia el aro. 

Jokić puede hacer eso, pero no le gusta. 

Prefiere la belleza. 

2. Interludio: escenas en la vida de un bufón balcánico (1/5). Nikola Jokić nace en Sombor, Serbia, en 1995. Es el menor, por diez años, de dos hermanos muy mayores. De chico es obeso y adicto a la Coca-Cola. Cría caballos. Juega al waterpolo. Después se pasa a un equipo de básquet en Novi Sad, a cien kilómetros de su casa. Debuta como profesional en Belgrado a los diecisiete años. A los diecinueve, durante el Draft anual de la NBA, es elegido con desgano por los Denver Nuggets, que no tienen problema en usar su pick 41 —tardío, y por lo tanto poco prometedor— en un adolescente altísimo. Prácticamente nadie se entera: en ese momento, la transmisión global del evento muestra una publicidad de Taco Bell.

3. Algunas aclaraciones antes de volver al tema que nos compete. El deporte, como cualquier otra actividad creativa, participa de nuestro horizonte cultural. La Naranja Mecánica de Cruyff, sus pelos largos y su libertad de movimiento, no son menos setentistas que Pink Floyd o el ERP. Pep Guardiola —con sus lecturas al día, su polera de CEO y su culto al proceso— es un exponente del obamismo, igual de correcto y competente que Argo

La primera aparición del básquet en la cultura internacional tiene nombre propio: el Dream Team. La selección estadounidense que participó en los Juegos Olímpicos de Barcelona, en 1992, fue la primera integrada por jugadores NBA: Larry Bird, Magic Johnson, Scottie Pippen, Charles Barkley y, por supuesto, Michael Jordan. Ganó todos sus partidos por una media de 43 puntos (como referencia: en la NBA, la mayoría de los partidos se definen por menos de diez). 

El Dream Team determinó dos cosas. La primera: el básquet —a diferencia del béisbol y el fútbol americano— era un deporte internacional. Estados Unidos no jugaba solo; los angoleños jugaban al básquet. Los croatas jugaban al básquet. Los brasileros jugaban al básquet. 

La segunda: Estados Unidos era mucho, mucho mejor que el resto.

4. No hace falta ser muy lúcido para ver un paralelismo entre el dominio fanfarrón del Dream Team, en 1992, y el escenario internacional post caída del muro. Hasta la década del noventa, los dos principales competidores de Estados Unidos en el básquet internacional habían sido —parece inverosímil, pero así eran las cosas entonces— la Unión Soviética y Yugoslavia. 

En los Juegos Olímpicos de 1988, en Seúl, esos dos países habían disputado la final. En 1992 ni siquiera existían. Sus despojos completaron el podio: Croacia consiguió el segundo lugar, y Lituania —que, para viajar a Barcelona, había tenido que pedir financiamiento a la banda Greatful Dead—, el tercero. 

Estados Unidos era el número uno. 

1992 marca el punto máximo de la hegemonía estadounidense en el básquet global. En eso radica mucho del atractivo nostálgico de Michael Jordan: fue el mejor jugador de una época unipolar, más sencilla y contundente, un ícono de la globalización además de una marca en sí mismo. Pero pasaron algunas cosas desde entonces. Por ejemplo: en 2004, en los Juegos Olímpicos de Atenas, Argentina eliminó por primera vez en la historia a un equipo estadounidense con jugadores NBA. En 2006, Dirk Nowitzki fue el primer MVP —Most Valuable Player— nacido y formado fuera de Estados Unidos. 

En 1992, solo el 5% de los jugadores de la NBA eran extranjeros; en 2025 son el 25%. Desde hace siete años que el MVP, cualquiera sea su nombre, es un jugador nacido fuera de Estados Unidos. 

Es decir: en la década de los noventa, el básquet norteamericano colonizó el mundo. Durante los últimos veinte años, el mundo colonizó al básquet norteamericano.

5. La globalización de la NBA no se reduce a que ahora hay más extranjeros, o a que esos extranjeros son muy buenos jugadores. Durante medio siglo, y hasta la última década, el estilo NBA y el estilo FIBA —el que se juega en el resto del mundo— se desarrollaron de forma independiente. Los norteamericanos apostaban al atletismo vertical, a la habilidad individual, a la defensa uno contra uno. En FIBA el deporte era más aeróbico —movimiento constante, pero menos explosivo—, más colectivo, más táctico. Incluso las reglas eran diferentes: qué contaba como pasos, foul, doble dribbling. La situación daba lugar a una serie de prejuicios, muchas veces recíprocos; jugadores de ambas tendencias, por ejemplo, acusaban a los otros de no saber defender, y en ambos casos tenían razón. Los europeos no estaban acostumbrados a la demanda física del uno contra uno. Los norteamericanos nunca habían aprendido a rotar, dar ayudas, marcar en zona. 

Hoy en día, el básquet FIBA y el NBA están más parecidos que nunca. Los equipos de la NBA tienen un nivel de entrenamiento táctico sobrehumano. Un jugador de inferiores argentino tiene más acceso a los partidos de Los Angeles Lakers que a los de Obras Sanitarias. Incluso los norteamericanos acusan la reunión de estilos: Kobe Bryant, ícono de los primeros dos mil, se había criado en Italia y tenía de primer nombre a una ciudad japonesa. Y si James Harden —último MVP estadounidense— se parece a algún otro jugador en la historia, es sin duda a Emanuel Ginóbili.

6. Interludio: escenas en la vida de un bufón balcánico (2/5). El 10 de diciembre de 2016, en Denver, Jordi Fernández —español inusual en un cuerpo técnico NBA— se reúne con su jefe, Michael Malone. En su oficina, al fondo del vestuario de los Nuggets, le presenta dos planillas con estadísticas. Cada una se corresponde a un jugador real, pero cuyo nombre no figura. Fernández pide a Malone que elija al mejor de los dos, y Malone, conocido por su lengua pesada, pregunta primero qué mierda está haciendo, y después señala la planilla de la izquierda. Fernández dice: ese es un jugador nuestro. ¿Quién?, pregunta Malone. Nikola, dice Fernández, bien consciente de que en ese momento Jokić tiene veintiún años, quince kilos de sobrepeso, no sabe afeitarse y ocupa un lugar fijo en el banco de suplentes. ¿Y el de la derecha quién es?, pregunta Malone. No, el de la derecha no es nuestro, dice Jordi Fernández. Ese es Larry Bird.  

7. Cómo encontrar una teoría estética en la danza de un gigante yugoslavo. El deporte —y quizás cualquier actividad creativa— exige habitar una zona entre. Entre el pensamiento y la inconsciencia, entre la tensión y el relajo. Si Messi detecta un pase de veinte metros entre tres pares de piernas, no es porque esté buscando ese pase. El patrón se encuentra, no se busca. Pero su cabeza tiene que estar dispuesta a verlo, y su cuerpo apto para darlo. Hace falta estar atento pero no focalizado, activo pero no rígido. 

Quizás el atleta con el porte más parecido a Jokić, en estos años, haya sido un boxeador: Tyson Fury, the Gypsy King, campeón mundial de peso pesado durante gran parte de la última década. Alto, pelado y panzón, Fury competía en una categoría con físicos NBA. Deontey Wilder y Anthony Joshua, con sus dos metros y su musculatura rigurosa, bien podrían haber sido basquetbolistas. Fury se destacó sobre todo por una combinación inusual de talentos: para ser tan alto, para ser tan pesado —lo que es decir: para poner ciento veinte kilos en cada puño— se movía muy bien. Los noqueadores se cansaban de no encontrarlo. Fury, suelto de cuerpo, atento hasta la extenuación, relajado mientras los mejores boxeadores del mundo le buscaban la cara, encontraba la manera de esquivar sus golpes.

Es que la tensión cansa, y la tensión inmoviliza. Muchos jugadores de básquet tienen ese problema. En los últimos años, el deporte se volvió más eficiente y táctico, pero también más rígido y predeterminado. Los jugadores se acostumbran a repetir una y otra vez la misma serie de movimientos. La idea es explotar cualquier ventaja hasta el hartazgo. Como el básquet es un deporte de grandes números, donde se gana por promedios y no por eventos, los incentivos llevan a repetir lo que funciona. Es la misma lógica que un algoritmo de recomendación

8. Hoy por hoy, el mejor jugador estadounidense es Jayson Tatum. Figura de los Boston Celtics, campeón en 2024 después de varias temporadas de altísimo rendimiento, Tatum es el jugador ideal de esta década, en el sentido de que su combinación de físico y habilidades era esperable de la manera en que evolucionó el deporte. Todos sabíamos, en 2015 o 2016, que en algún momento iba a aparecer un jugador como Tatum; la pregunta no era si iba a ocurrir, sino cuándo. Más de dos metros de altura, pero con habilidades de base; cien kilos de puro músculo; defensa tenaz y polifuncional; técnica de tiro impecable; profesionalismo desde los quince años. 

Tatum es un jugador excelente; se podría decir que hace todo bien. Y sin embargo.

Y sin embargo, incluso para los propios estadounidenses —siempre dispuestos a endiosar lo propio con tal de no reconocer a un extranjero—, Tatum es aburrido. Es predecible. Aún peor: en cualquier foro de internet, en cualquier podcast o programa deportivo, se puede encontrar la misma acusación. Es una fórmula repetida, memética, que no tenía aplicaciones anteriores y que tampoco se usa para ningún otro jugador. Se dice, en todas partes, bajo las matas, en los pajonales, que Tatum no tiene aura

Estamos ante una coincidencia feliz con los términos de Walter Benjamin. Tatum no tiene aura porque su especialidad es la reproducción técnica, maquínica. Hace lo que sugieren las estadísticas: una y otra vez lo mismo. Evita el riesgo, la improvisación, el desbande; explota las ventajas existentes. Tira de tres, va hacia el aro o hunde al defensor; abre la pelota a la esquina. Sus decisiones van siempre por lo probado y lo conocido, por el homenaje antes que por la originalidad (un malestar típico de la cultura actual, absorbida por los tributos, las referencias y los easter eggs: la retromanía hecha modo de producción y de interpretación). Cuando su equipo salió campeón, en 2024, Tatum festejó imitando el festejo de otro jugador, Kevin Garnett, quince años previo. 

Tatum es inevitable, pero, como las fases de la luna, también es predecible. Hace todo bien, y por eso, cuando agarra la pelota, todos sabemos lo que va a pasar.

Algo muy distinto ocurre con Jokić. 

9. Interludio: escenas en la vida de un bufón balcánico (3/5). En 2017, los Denver Nuggets deciden apostar por su joven promesa. Es arriesgado: muchos dudan de que el físico de Jokić pueda aguantar treinta minutos en cancha, sobre todo en Denver, a mil seiscientos metros de altura. Pero la apuesta les sale bien. Jokić ya es, incluso en esos primeros años, el mejor pasador en su posición. Encuentra ángulos imposibles, inexplorados. Y también se mueve. En vez de estacionarse al lado del aro, como suelen hacer los jugadores de su tamaño, entra a la llave, la cruza, sale a la línea de tres, pone una cortina, vuelve a entrar. Es uno de los jugadores que más toca la pelota en la liga, y uno de los que menos la retiene. Demuestra ser un atleta cardiovascular de primer nivel. Los técnicos rivales ven impotentes como ese gigante serbio, fofo y más bien desaseado, agota a los mejores defensores del mundo. Empiezan a diseñar esquemas defensivos para ese conjunto insólito de habilidades. Y entonces Jokić se enfrenta a un obstáculo: si quiere superar esa atención particular, si quiere ser capaz de vencer, no solo a su defensor, sino a un equipo concentrado en marcarlo, además de pasar, va a tener que hacer puntos. 

10. Bases para una ofensiva sensible. La cancha de básquet no llega a medir treinta metros de largo. Además, adentro de ese rectángulo escaso, hay un área aún más reducida donde se concentra todo el valor: el aro. Si a eso le agregamos diez superatletas que tienen que hacerse las camas a medida, es fácil entender que haya poco lugar. Por eso, como en el tenis, las ventajas se logran forzando al rival a que anticipe una cosa, para después hacer otra. El espacio aparece después del error. 

La triple amenaza es el fundamento de ese juego de anticipación. Se le enseña a todos los chicos y chicas que empiezan a practicar el deporte: cuando te llegue la pelota, es decir, en el momento inicial en que todavía no hiciste nada, vas a poder tirar al aro, picar, o pasársela a un compañero. Es muy importante que sepas hacer las tres cosas, pero igual de importante es que parezca que podés hacer las tres cosas. En el engaño surge la ventaja: es más fácil picar si anticipan que vas a tirar, es más fácil pasar si anticipan que vas a picar, y así sucesivamente.

A escala de excelencia, un jugador que puede hacer las tres cosas es imparable. Entrenadores y analistas dicen que apenas se puede elegir cómo no querés que te gane: está bien, Lebron James me va a hacer treinta puntos, pero no va a hacer diez asistencias. Pick your poison

11. En 2017, Jokić empezó a desarrollar un juego ofensivo personalísimo. En plena revolución de los tres puntos, en una época en que todos los pivots se desvivían por ser tiradores de larga distancia, hizo el recorrido inverso. 

Empezó por la zona más cercana al aro. Ahí aprovechó el tacto aprendido en el waterpolo: cuando había un rebote, Jokić no necesitaba bajar la pelota, controlarla, volver a saltar. Le alcanzaba con rozarla con la punta de los dedos, todavía en el aire, para volver a meterla en el aro. Se convirtió en uno de los mejores anotadores en segundas oportunidades; si la pelota se resistía a entrar, él la corregía con una caricia. 

Después dio un paso atrás. Empezó a jugar de espaldas, aprovechando su peso y su envergadura, su facilidad de bailarín para rotar sobre el eje. Con el cuerpo flojo, cargaba sobre un lado y después giraba para el contrario; el defensor, desbalanceado por el movimiento súbito, quedaba pagando. Para definir, aprendió a tirar ganchos con ambas manos. Y después incorporó la flotadora, un tiro elegante, de media distancia, en general reservado para bases pequeños y refinados. 

Cuando llegó a pulir su tiro de tres, en 2020, Jokić ya era muy distinto a todo lo que habíamos visto hasta entonces.

12. Hacia un capitalismo con rostro humano. La NBA es una organización global con anclaje local. Eso significa que, aunque todos sus equipos están en Norteamérica —muchas veces en ciudades marginales como Charlotte, Salt Lake City o Denver—, su área de negocios abarca todo el mundo. Eso les trae algunos problemas de marketing, porque es muy difícil convencer a un polaco de que se interese por el destino de un equipo con sede en Minneapolis. La solución, según la NBA, es promocionarse a través de jugadores; y, en la medida de lo posible, a través de un jugador, que en su singularidad —después de todo estamos hablando de Estados Unidos— encarne todo lo que hay de excepcional en el deporte.

Cada generación de la era globalizada del básquet se crió con una cara de la NBA. Jordan fue el primero; el mejor jugador, sí, pero también el más representativo de cierta idea de superestrella: atlético, desafiante, agresivo, espectacular. Jordan era un deportista, pero también un personaje de telenovela, y la cara de la NBA tiene que ser las dos cosas. Por eso mismo, en la generación siguiente, ese lugar le tocó a Kobe Bryant —mordaz, competitivo, individualista— y no a Tim Duncan, un jugador que ganó la misma cantidad de títulos —y muchos más partidos—, pero que cometió el pecado de ser un tipo tranquilo.

Hoy ese espacio está vacante. La NBA reparte su atención entre sus cuatro mejores jugadores, todos extranjeros: Jokić, el canadiense Shaivonte Gilgeous-Alexander, el esloveno Luka Dončić y el griego Giannis Antetokounmpo. Todos virtuosos, todos excepcionales, todos reconocibles en un estilo particular. De esos cuatro, solo uno —el más pesado, el más lento, el más radical en su manera de administrar la velocidad— es el mejor jugador del mundo.

13. Rumores infundados en torno a la carrera de un prodigio. Dicen que, a Jokić, el básquet mucho no le gusta.

Sería muy fácil dejar pasar esa teoría —la gente dice y cree cualquier cosa—, pero eso no nos daría tiempo a entender, realmente, de qué estamos hablando. Es una idea tan estrafalaria que vale la pena prestarle un poco de atención. 

Al mejor jugador de básquet del mundo, dicen, no le gusta el básquet. 

Eso supone, entre otras cosas, lo siguiente: que un granjero serbio, con tendencia a la obesidad, nacido en un pueblo fronterizo en plena guerra civil yugoslava, desarrolló durante años, sin prisa pero sin pausa, la habilidad de meter una pelota naranja en un aro. Que después se mudó a Belgrado, y de ahí a Estados Unidos, donde, en una ciudad desconocida y más bien desierta, terminó de convertirse —ese mismo niño obeso— en un atleta de elite. Que pasó los últimos cinco años dominando a los mejores basquetbolistas del mundo, partido tras partido, prácticamente sin descanso, encontrando como única resistencia las lesiones de sus compañeros. 

Supone, entre otras cosas, que Jokić hizo todo eso sin querer

Ese rumor no se basa solamente en lo que ocurre afuera de la cancha. Se sabe que Jokić tiene otros intereses —famosamente, las carreras de caballos; además, la literatura y la música tradicional serbia—, pero por supuesto no es el único. LeBron James colecciona vinos, dirige una fundación benéfica y juega compulsivamente al Madden. Jaylen Brown es aficionado al ajedrez y a la matemática. Kyrie Irving consume y difunde teorías conspirativas. Nadie sospecha por eso que no les gusta el básquet. 

Lo que ocurre con Jokić, y que es bien distinto, es que no le gustan las conferencias de prensa, las cámaras, las narrativas, las polémicas. No le gusta el show; es un pésimo actor de telenovela. Le gusta el básquet, como le gustan otras cosas, como un hombre apasionado puede tener —y a veces odiar— el trabajo que buscó toda su vida.

14. La mejor prueba de eso se ve en la cancha. En la NBA, los contratos están vinculados al rendimiento. Suelen tener cláusulas muy precisas: promedio de puntos, efectividad en triples, cantidad de partidos. En la práctica, eso implica que hay situaciones donde el interés individual compite con el colectivo. A veces, por esos objetivos contractuales, ciertos jugadores prefieren asistir a anotar. Salen de contra y, en vez de asegurar el punto, le pasan la pelota a un compañero. Es un mal pase —le da un segundo más al rival para volver a la defensa—, pero es una buena inversión. 

En el caso contrario, hay ciertos tiros difíciles que la mayoría prefiere no tomar, porque bajan sus porcentajes de efectividad. En la jerga centroamericana se los conoce como plegarias: tiros en el último segundo, desde el otro lado de la cancha, en movimiento y compitiendo contra el reloj. Para evitarlos, muchos jugadores prefieren hacer una mímica patética: esperan a que suene la chicharra, y tiran cuando ya no vale. Quieren que parezca que intentaron, pero que su intento no figure en la planilla. 

Jokić, en contra de su interés económico, suelta y acierta plegarias. Este año estableció el récord absoluto de intentos desde que existe el registro: más de veinte, el doble que el segundo. Hay que estar muy interesado en ganar para elegir perder plata cada vez que se termina el reloj. Hace poco se lo preguntaron directamente: ¿por qué toma esos tiros de tan lejos, de tan bajo porcentaje, al que la mayoría de los jugadores le esquiva? 

Su respuesta fue: porque valen tres puntos.

15. En E Unibus Pluram, su genial ensayo sobre la cultura de la televisión, David Foster Wallace destaca una cualidad —quizás obvia— de los actores. Son muy buenos, dice, en comportarse como si no estuvieran enfrente de una cámara. Pueden vender la ilusión de que estamos espiando la cara de una persona desprevenida. Y esa naturalidad frente a la cámara requiere, irónicamente, un grado de autocontrol altísimo. 

La mayoría de las personas no tiene ese talento. La mayoría de las personas, cuando tiene una cámara enfrente, se incomoda y se abatata; masculla, tartamudea, trastabilla, suda. Los deportistas —protagonistas del reality-show más popular del mundo, del último entretenimiento televisado que se consume en vivo— no tienen opción: están obligados, adentro y afuera de la cancha, a posar.

Eso significa que un basquetbolista profesional tiene que reunir dos talentos: el atlético, por un lado, y el performático, por el otro. Es raro que ambos aparezcan en dosis iguales. Los desbalances dan lugar a historias fabulosas: se dice que, cuando entrenaban con sus equipos, Mike Bibby, Javale McGee o Brandon Jennings eran imparables. El problema es que nunca reprodujeron esa actuación frente a cámara. 

Después de una tapa, después de un triple, después de una volcada, la mayoría de los jugadores sabe qué hacer: festejar. Gritan, hacen señas con las manos, gesticulan. Esa actuación es en parte para el rival, en parte para los compañeros, pero sobre todo para los espectadores, en el estadio y en casa, que adoran esa parte del espectáculo. Los programas deportivos se suelen concentrar en eso: no hay análisis táctico ni estratégico, no hay estadística ni economía, hay narración. Un buen jugador, ya se ha dicho, tiene que ser también un buen actor de telenovela; sobre esa actuación se comenta. 

Jokić, cuando juega, no hace nada de eso. No mira a cámara. No se preocupa por la posición de su cuerpo, siempre desgarbado, ni por su gestualidad efusiva. No le tiene miedo a fallar, a tropezar, a perder el equilibrio o la compostura. No le interesa, no quiere o no sabe posar de superhéroe. Cuando está adentro de la cancha —y por esto dicen que no le gusta el básquet: porque hay una dimensión del deporte que desconoce—, Jokić juega como si no hubiera nadie mirando.

16. Interludio: escenas en la vida de un bufón balcánico (4/5). En 2020, Jokić es uno de los mejores anotadores de la NBA y el mejor pasador en la historia del básquet; ya es el jugador que va a ganar unos cuantos MVPs en los años que siguen. Pero el deporte se juega de a cinco. Para que el equipo gane, hace falta trasladar su originalidad al grupo. Sus compañeros aprenden entonces a cortar hacia el aro; pero no a cortar cuando se sienten desmarcados, sino a cortar siempre, a ciegas, cuando todo indica que es imposible recibir la pelota. Y aprenden, también, a compensar las debilidades de Jokić en defensa, donde hay pocos remedios a la falta de atletismo explosivo. Eso implica rotar preventivamente, sobrar desde el lado débil, pelear las cortinas. El esfuerzo, en ataque y defensa, en realidad es el mismo: el juego excéntrico de Jokić no roba protagonismo a sus compañeros, no los desentiende del juego, no los aísla, sino que les exige que participen todo el tiempo.

17. Apreciación de un artista generoso. En algún punto, cuando se habla de Jokić, la pregunta debería ser: en un deporte donde gana el equipo que más veces mete la pelota en el aro, ¿qué tan valioso puede ser un pasador?

La respuesta es: mucho. Hay una explicación numérica basada en los porcentajes de efectividad. Un resumen breve, que evite perderse en estadísticas más o menos esotéricas, podría decir: un anotador es alguien que tira mejor que la media. Los márgenes son chicos; con mucha suerte, sus tiros son un seis, un siete por ciento más efectivos que el promedio. La diferencia es tan mínima que, a simple vista, es casi imposible distinguir entre los buenos y los geniales.

Un pasador, en cambio, es alguien que hace tirar mejor a los demás. Como los tiros de un equipo están distribuidos entre todos los jugadores, por aritmética simple, es más valioso quien hace tirar bien a sus compañeros que quien solo acierta sus propios tiros. 

Por supuesto, esa argumentación deja de lado la interacción entre las dos variables. Hay una serie de objeciones obvias: un anotador no solo hace puntos, sino que además exige atención de la defensa, cosa que le hace la vida más fácil a sus compañeros; un pasador que no puede hacer puntos —como ya vimos— pierde mucho de su valor; no todas las asistencias son iguales, porque, por más que las dos terminen en punto, una cosa es dejar a un compañero solo abajo del aro y otra marcado en la línea de tres; hay muchos pases muy buenos que no terminan en punto por incompetencia del tirador. 

Por supuesto. Pero esa es, más o menos, una teoría. Y en la práctica, cuando Jokić está en cancha, su equipo es el más efectivo de la historia. Y en la práctica, cuando Jokić va al banco, su equipo es el menos efectivo de la temporada. 

LeBron James —que de básquet algo sabe— lo definió de esta manera: Jokić encuentra en sus compañeros virtudes que ellos mismos no sabían que tenían. 

18. Pero el argumento numérico es para economistas, influencers y estafadores. Lo interesante de Jokić no es que, cuando está en cancha, su equipo es un siete, ocho, nueve por ciento mejor que algo. Los números agregan información: nos confirman que lo que hace Jokić es útil. Pero lo interesante, en realidad, lo que sorprende a cualquier espectador, incluso a uno que no sabe nada del deporte —la gracia física es evidente, porque se basa en algo que todos compartimos: un cuerpo—, es otra cosa. Lo que hace Jokić —no hay otra forma de decirlo— es hermoso

19. Un punto es una demostración de técnica, de fuerza, de disciplina, a veces incluso de ingenio. Una asistencia —una asistencia como las que hace Jokić— no es una demostración de nada; es una improvisación veloz y súbita, es traer al mundo algo que no existía, es un destello. En vez de la certeza de un final, apuesta por iniciar un proceso; confía en otros. 

Un punto habita un espacio en la geometría difícil del deporte (los anotadores siempre quieren llegar a sus spots, sus lugares favoritos en la cancha, donde ya han tirado ese mismo tiro un millón de veces); un punto jamás llega tarde. La asistencia, en cambio, es una propiedad del tiempo: siempre ocurre por primera vez.

20. Un jungiano al rescate de la historia. Ben Taylor es especialista en ciencias del comportamiento. Desde hace unos quince años, se dedica a estudiar la historia y el presente del básquet; hoy tiene un podcast y un canal de YouTube —ambos llamados Thinking Basketball— y es colaborador frecuente de la NBA. En estos años creó algunas métricas originales, más o menos aceptadas por el resto de la comunidad, y sobre todo definió un par de conceptos útiles. 

Cuando analiza la historia del básquet, Ben Taylor usa la categoría de arquetipos. Propone que hay ciertos perfiles conocidos; que, cuando un jugador nuevo aparece, pensamos a partir de la comparación. Michael Jordan, Kobe Bryant, Anthony Edwards: en todos los casos estamos hablando de escoltas atléticos, excelentes en ataque y en defensa, que generan desequilibrio en el uno contra uno. John Stockton, Jason Kidd, Rajon Rondo: bases inteligentes, sin una gran capacidad anotadora, pero que compensan siendo buenos defensores y grandes pasadores. 

Sin embargo, dice Ben Taylor, cada tanto aparece algo que no sabemos qué es. Que no veíamos venir. Son jugadores que crean su propio arquetipo; que encuentran precedente, quizás, en figuras de segundo orden; que arman linajes —como dice Borges de Kafka— retrospectivamente. Stephen Curry es uno de ellos: algo del tirador en movimiento, al estilo Reggie Miller, algo del base habilidoso e inteligente, al estilo Chris Paul, pero a fin de cuentas un producto original. Jokić es otro. 

Nunca habíamos tenido un jugador como Jokić, dice Taylor, y por eso era imposible de prever. No había modelos para imaginar su potencial; la estadística, después de todo, es la ciencia de lo ordinario. Jugadores así redibujan la geometría de la cancha y obligan al deporte a adaptarse. Producen tácticas nuevas. 

Recientemente, los Lakers decidieron aplicar una defensa que hace diez años habría sido ridícula: empezaron a doble marcar a Jokić sin pelota. Eso significa que preferían jugar en desventaja numérica, cuatro contra tres, a dejar que Jokić hiciera cualquier cosa. Mark Daigneault, el técnico de los Oklahoma City Thunder, llegó a vulnerar el reglamento: en un partido decidió tener, todas las jugadas, un suplente esperando el cambio al lado de la mesa de control. De esa forma, el árbitro tenía que chequear con él antes de habilitar un saque de banda o de fondo, para saber si el suplente entraba o no. El objetivo de esta táctica —infinitamente irritante— era evitar que Jokić pudiera salir con pases rápidos. 

(Cuando le preguntaron por su estrategia, Daigneault declaró que no estaba dispuesto a permitir que el equipo rival jugara con una ventaja injusta. Quizás no lo pensó en esos términos, pero queda claro que, para Daigneault, la ventaja injusta es la inteligencia de Jokić).

El otro efecto de los arquetipos nuevos, además de producir innovaciones tácticas, es generar imitadores. En la NBA ya tenemos dos seguidores obvios de Jokić: Domantas Sabonis y Alperen Şengün. En ambos casos se trata de pivots habilidosos, pesados, que son los principales pasadores de sus equipos. Pero no se trata solo de los jugadores nuevos; la aparición de Jokić también lleva a refuncionalizar a los viejos. Adebayo, Davis, incluso Karl Anthony-Towns: pareciera que ahora todos los pivots se dedican a llevar la pelota, a tomar decisiones, a pasar y a ordenar a los compañeros.

21. Lo curioso de esta situación podría definirse en estos términos: los nerds de las estadísticas al estilo Ben Taylor —que ahora gobiernan la NBA— adoran a Jokić. Todas las métricas lo muestran como uno de los mejores cinco jugadores ofensivos de la historia; varias lo ubican primero. Es nuevo, es distinto, y sobre todo funciona. Todos estos nerds adoran —adoramos— pensar cómo hace lo que hace. Y sin embargo, de hacerle caso a estos nerds, un jugador como Jokić —que toma riesgo, que tira de media distancia, que alcanza su máximo potencial cuando sus compañeros se involucran; que es mejor haciendo preguntas que dando respuestas— nunca hubiera existido.

22. Interludio: escenas en la vida de un bufón balcánico (5/5). Las finales de 2023 enfrentan, en una serie al mejor de siete partidos, a los Denver Nuggets contra los Miami Heat. Es un equipo duro, muy bien dirigido, que se especializa en hacerle la vida imposible a las estrellas rivales. Pero para Jokić no encuentran remedio. 

A Bam Adebayo, el mejor defensor de los Heat —y quizás de la NBA—, le preguntan si tiene problemas con el tamaño de Jokić. Él responde: no, el problema no es el tamaño, es que todas las veces hace la jugada correcta. Udonis Haslem, líder veterano de ese equipo y ganador de tres campeonatos, después va a decir: no corre y no salta, pero no se lo puede mover, no se lo puede acelerar y no se lo puede frenar. 

Los Nuggets cierran la serie de local y se llevan el primer campeonato de su historia. La NBA tiene un guión para este momento: hay papel picado, hay invasión de cancha, hay declaraciones para la posteridad. Los jugadores se uniforman con remeras y gorras que dicen, por si quedaba alguna duda, que son campeones. La cámara se cierra sobre el dueño del equipo —que siempre es el primero en recibir la copa—, y la transmisión se prepara para el momento de la foto final.

Pero hay un problema. Jokić no aparece. 

La pose se desarma, la transmisión se demora, sus compañeros salen a buscarlo. Con una o dos cabezas por sobre el resto de la multitud, no es difícil encontrarlo. Está apartado, con la camiseta sudada todavía puesta, hablando con su familia y con su hija sobre los hombros. Lo llaman a los gritos. Jokić se acerca al trote. Tiene la misma expresión con que va a aparecer en el registro del partido más importante de su vida, de su equipo y de la carrera de cualquier basquetbolista serbio: entre risueño y refunfuñando, con su hija sobre los hombros. A un costado de la foto.

23. Epílogo: presente y futuro de un monstruo vecino de Drácula. Al momento de escribir esto, todavía no se anunció el MVP de este año. El debate, desde hace unos meses, ha reducido la carrera a dos candidatos: Shaivonte Gilgeous-Alexander —el mejor jugador del mejor equipo, máximo anotador de la NBA— y Nikola Jokić —el obvio mejor jugador de la liga, en la mejor temporada de su carrera, pero ya premiado varias veces—. El ganador va a salir de una votación entre periodistas y expertos, que seguramente tenga un resultado ceñido. 

Hay argumentos atendibles a favor de los dos. El de Jokić es: si no le damos el premio, va a ser la mejor performance individual en la historia en no ganar un MVP. La evidencia de ese argumento es que, esta temporada, estuvo cerca de encabezar a la vez las tres categorías más importantes del básquet: puntos, rebotes y asistencias. No solo nadie lo hizo antes; hasta este año, la idea era tan absurda que a nadie se le ocurrió que fuera posible. (Marcus Thompson II le dice a esto the Nikola Jokić problem: sus números son tan ridículos que, en el futuro, no nos van a creer). Jokić se quedó cortó: apenas está en el top tres de puntos, asistencias, rebotes y robos. Nunca antes nadie había estado, simultáneamente, ni siquiera en el top diez. 

De todas formas, es difícil creer que el resultado de esta votación le importe demasiado. Esta temporada, después de completar un partido con la combinación absurda de treinta puntos, veinte rebotes y veinte asistencias —de lejos la primera vez en la historia—, le preguntaron cómo se sentía. Él dijo, en tono familiar, que le gustaba pensar que, al final de su carrera, tirado en un sillón, tomando una cerveza, iba a poder decir: una vez, hace muchos años, tuve un partido bastante bueno.

  1. Nikola Jokic es un tipo grande que se dedica a las cosas pequeñas.