Política
Jubileo y renovación
Por Elías Fernández
26 de abril de 2025
Es 24 de diciembre y, entre el canto de Monaguillos, un Jorge Bergoglio maltrecho por la enfermedad sube por una rampa instalada sobre las escaleras que llevan a la puerta santa de la basílica de San Pedro, recita las palabras ”aperite mihi portas justitiae, ingressus in eas confitebor Domino” y golpea tres veces las planchas de bronce. La puerta se abre de par en par, el canto se amalgama en expectativa. Francisco I permanece unos segundos plantado en la silla, reflexivo en el umbral.
Luego un funcionario lo lleva, mientras una procesión de fieles lo acompaña. En el clip que comparte el Vaticano por sus redes sociales, la imagen hace un paneo por las campanas que repican, anunciando el inicio del Jubileo Ordinario de la Esperanza 2025.
A diferencia de su edición previa, en el Jubileo Extraordinario de la Misericordia 2015, este ritual engolado lleva un tono de preocupación. Más allá del peso que la enfermedad desploma sobre su cuerpo y que terminará por llevárselo en unos meses, Francisco (con sus reminiscencias de Jorge Bergoglio) parece sentir que la situación es grave.
Borrón y cuenta nueva, el Jubileo es una tradición de la Iglesia Católica en la que se propone el perdón de los pecados y la renovación de la fe religiosa. Alrededor de 30 millones de personas peregrinan en busca de una indulgencia plenaria, es decir, un reseteo a cero de los pecados. Para “calificar”, los fieles deben peregrinar hacia una de las puertas santas, pasar por el sacramento de la confesión, atravesar el umbral, rezar por la Iglesia y por el Papa, comulgar en misa y recitar el credo bajo la propuesta de promover la paz, la justicia y la solidaridad a nivel global. Es un llamado a la renovación y la esperanza que termina el día de la epifanía, el 6 de enero de 2026.
El concepto de Jubileo proviene del Antiguo Testamento, específicamente del Levítico, donde se establece que cada cincuenta años debía celebrarse un año especial de liberación que implica la cancelación de deudas, la liberación de personas esclavizadas por no poder pagarlas, la devolución de tierras a sus dueños originales, dejar descansar la tierra que se usa para cultivar y vivir de lo que haya. Era un año sagrado que empezaba con el sonido ritual del yōḇel, un cuerno de carnero que protagoniza la etimología del término.
Esta tradición medio engolada no es exclusiva del ámbito religioso, sino que algunas monarquías todavía la practican como una manera de impostar un poder magnánimo que afloja un poco la presión de la zarpa del poder. La reina Isabel II de Inglaterra, por ejemplo, decretó un “Jubileo de Platino” en el año 2022 por los 70 años de su ascenso al trono.
En la versión católica de este ritual se recurre a una de las alegorías más recurrentes de la humanidad. Cruzar un portal. Pasar a otra cosa. Transcurrir por un umbral purificador. Esto lo toman del evangelio de Juan, donde Cristo dice “yo soy la puerta, quien entre por mí se salvará”.
Para una institución que da tanta importancia a lo escrito, las tradiciones son una especie de renovación metafórica. Una base abierta a la interpretación sobre la que renovar su posición de poder y posición política. Y esa capacidad para ser maleable es importante, en la Iglesia y en la sociedad donde se mueve, tanto religiosa como secular. No por nada Francisco fue despedido como “el papa de los pobres y de los agnósticos”, y “el papa que logró que lo lloren los putos”.
Refriega frente a las puertas de un nuevo tiempo
Hay muchos indicios para ver que estamos frente a un cambio de época. 2025 nos lleva por delante con un hecho inédito: agnósticos de tradición más bien progresista que estuvieron preocupados por la salud del Papa Francisco I y que salieron a reivindicar sus hechos y lamentar su muerte con suma preocupación por quién vendrá a reemplazarlo. En los últimos 3 jubileos (2000, 2015 y 2025), tanto el papa Juan Pablo II como Francisco I impulsaron iniciativas muy cargadas de peso social y político. Para esta ocasión están convocados grupos de todos los ámbitos. Jóvenes, migrantes, artistas, asociaciones LGBTQ+ y del deporte y del arte.
No es cuestión de creer, tampoco, que en su papado hubo un cambio radical en el dogma. El Papa Francismo se mantuvo firme en sus tecnicismos religiosos que discriminan (en el sentido más enciclopédico de la palabra) algunos reclamos de la sociedad civil: En una entrevista del año pasado con el periodista Jorge Fontevecchia, remarcó su postura sobre el matrimonio igualitario: “la unión civil cumple el requisito de garantizar los derechos que necesitan dos personas convivientes. Pero el matrimonio es otra cosa, tiene otra función”. En esa misma entrevista, Bergoglio critica la “ideología de género” como uno de los mayores males de nuestro tiempo porque “anula las diferencias”. Hay que recordar que durante el debate por el matrimonio igualitario, en 2010, quien era en ese momento el Arzobispo de Buenos Aires, llamó a una “guerra de Dios” a través de una solicitada pública. Ni hablemos de la interrupción voluntaria del embarazo.
Pero una vez en el papado, Francisco encarnó la sencillez jesuítica desde el primer momento marcando con sus ejemplos de pobreza la ruta para sus subordinados, trató de “infiltrados que usan la Iglesia para ejercer su odio” a los católicos homofóbicos, comenzó un difícil proceso de limpieza en la curia hacia funcionarios implicados en casos de abuso sexual, se expresó continuamente a favor de la paz en medio oriente con una marcada tendencia a la defensa del pueblo palestino y presentó, en general, una cara muchísimo más amable hacia la imperfección de la vida humana, repleta de complejidades y “deslices”.
La preocupación sucesoria es crucial porque mientras los gobiernos de derecha se fortalecen en el mundo, vivimos una situación en la que los católicos (institucionalmente) más duros esperan con ansias un backlash en la Iglesia que devuelva un pontificado conservador mientras que quienes defendemos las ideas de diversidad, pluralidad, derechos humanos y distribución de la riqueza, nos preocupamos por las oportunidades de renovar una institución importantísima que, de aliarse con referentes conservadores que no tienen ningún prurito en invocar la biblia para justificar sus acciones fundadas en el odio.
Esa “renovación de la fe” tiene mucho de renovación política. ¿Cuáles son los valores del cristianismo? En una de sus rutinas de los años 90’, el humorista Bill Hicks (famoso por su humor anti religioso, algo individualista y pro-intelectual) contaba que un grupo de cristianos lo habían esperado a la salida de un show y entre empujones le habían dicho “hey, buddy. Somos cristianos y no nos gustó eso que dijiste”. Bill les habría respondido “entonces perdónenme”.
La tradición que encuentra vínculos entre las ideas religiosas afines a la caridad no es nueva. En el libro “Redención y utopía”, Michel Löwry retoma el concepto de “afinidad electiva” para describir cómo durante finales del siglo XIX y principios del XX personalidades de origen judío como Walter Benjamin, Ernst Bloch, Franz Kafka y Gershom Scholem reelaboraron su pensamiento tradicionalmente mesiánico para alimentar su utopía libertaria socialista.
Los valores que buscan una mejor distribución de la riqueza no son incompatibles con ciertas presunciones religiosas. Estos intelectuales de origen judío se quedaron con el capital simbólico mientras se bajaban, algunos más, otros menos, de la religiosidad. Desde el mayor cinismo se puede construir solidaridad, porque si nada existe por fuera del ser humano, si nada nos conecta a la naturaleza y al otro, estamos condenados. El dolor es colectivo, el sufrimiento se siente en la sociedad como un organismo vivo. Al tiempo que se desintegra el tejido social, el suelo sobre el que nos plantamos es menos sólido y “el mismo terror a la soledad” ya no hace que esperemos en vano a instituciones que nos den su mano sino que viremos a filosofías de autopreservación. Entre la desconexión que se vive, la ética es difícil de amalgamar y es complicado ponerse de acuerdo sobre qué es correcto.
Foto: SMBC.
Y ya que nos referimos al “Jubileo de la Esperanza”, en ese recorte injusto que se hace de las ideas sobrevivientes de un escritor, Bloch es recordado por su concepción de la la misma: “la razón no puede florecer sin esperanza ni la esperanza puede hablar sin la razón”. ¿Cuál es esa esperanza que se busca en el Jubileo 2025? Tal vez no sea sólo la del perdón de los pecados contenidos entre los 7 capitales y la caridad hacia los pobres. También es la que necesita una sociedad cada vez más convulsionada y apática que busca una solución pacífica y humana a sus problemas. Y que está tan cansada que la promesa de un asteroide estrellado en nuestros océanos hace unos meses le parecía tentadora.
La Doctrina Social de la Iglesia y los mártires de la justicia social
En el año 1843, el sacerdote jesuita Luigi Taparelli escribió su “Ensayo teórico de derecho natural apoyado en los hechos”, donde buscaba renovar la perspectiva filosófica de la Iglesia Católica frente al sensualismo de Locke en un momento donde la filosofía andaba buscando una renovación. El bueno de Luigi dice en su tratado que busca “hacer aplicación á las teorías morales de la metafísica restaurada; pero con un orden y encadenamiento de raciocinios capaces de satisfacer aun á los que, no contentos con el conocimiento de la verdad, desean contemplarla en la luz de la evidencia”. Durante esta búsqueda, durante esta negación del mero sensualismo con base sobrenatural pero bajo el entendimiento de que la filosofía necesita afirmarse en el mundo terrenal, Luigi Taparelli crea la expresión “justicia social”.
Esto va a derivar ni más ni menos que en la Doctrina Social de la Iglesia. Un conjunto de directrices que aplica los principios de dignidad de la persona humana, bien común, destino universal de los bienes, subsidiariedad, participación, solidaridad, justicia social, principio de la paz y promoción del bien común. En cuanto al ítem del “destino universal de los bienes”, indica que “ cada persona debería tener acceso al nivel de bienestar necesario para su pleno desarrollo”, lo cual no significa tampoco que “todo está a disposición de todos”, sino que “la propiedad privada es “un derecho secundario” que debe ejercitarse “de una forma equitativa y ordenada, según un específico orden jurídico”.
Esta doctrina surgió, sin embargo, como una crítica al socialismo y al liberalismo económico por igual. Decime vos de qué te suena.
El año pasado, 2024, se cumplieron 50 años del asesinato del Padre Mujica, tal vez el mayor referente de la articulación entre la justicia social y el credo católico en nuestro país, parte del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y del Movimiento de Curas villeros, que promulgaban la “Teología del Pueblo”. En 1999, cuando sus restos fueron trasladados a la parroquia Cristo Obrero, que Mujica fundó, el encargado de la ceremonia fue el propio Bergoglio, que era en ese momento arzobispo de Buenos Aires.
Hoy día los sectores progresistas de la Iglesia Católica recuerdan a sus “mártires por la fe y la justicia”, algo que hace no tantos años era impensado desde la oficialidad, pero que debería tener todo el sentido del mundo.
El perdón de las deudas… externas
Durante las últimas décadas del siglo XX, el jubileo tuvo un significado extra, un atisbo de solución a los problemas del tercer mundo ahogados en deuda económica, sobre el que algunos polemistas de nicho han debatido: el perdón de la deuda externa y la deuda ecológica. Durante el jubileo 2000, el papa Juan Pablo II (el último sumo pontífice recordado con cariño por gran parte de la población), llamó a que los organismos internacionales perdonasen o aliviaran al menos el peso de la deuda sobre las naciones pobres.
Para esa ocasión, varios teóricos de la economía y la sociología creyentes en el dogma religioso o vinculados a entidades como la Universidad Católica, salieron a reflexionar en distintos artículos sobre los desafíos, la justificación y la factibilidad de emparejar el terreno entre el norte y el sur global. Entre ellos, el economista y profesor universitario peruano-español Javier Iguíñiz Echeverría, quien en un artículo publicado el año 2001 por la Universidad Católica Argentina, explicó que
“hasta cierto punto y en términos muy generales, todos los que no llevan una vida adecuada y necesitan de ayuda para reencauzarla por rutas más acordes con su vocación y habilidades son acreedores de quienes manejan la suya con mayor libertad. Obviamente, el mayor lastre para ese ejercicio de la libertad es la pobreza económica”. Pero la deuda no es de cosas; en última instancia es una deuda de libertad. Por eso, y siguiendo a cabalidad los antecedentes bíblicos, el Jubileo propuesto por Juan Pablo II es un llamado muy amplio a la liberación de opresiones, que trasciende el tema de la deuda externa. Sin embargo, el llamado papal tiene también base en el mundo contemporáneo”.
Allá por los años 70’ se deterioraron los términos del intercambio, la deuda externa se volvió impagable. En particular, la financiarización de la economía global y el deterioro en los términos del intercambio posterior a los años 60’ llevó a la crisis de la deuda del 82’, y a partir de los años 90’ organismos como el FMI y el Banco Mundial impusieron a sus deudores reformas que destruyeron sus condiciones sociales. Es decir que los países del norte global, en cierto momento cambiaron las reglas del juego y las torcieron a su favor, por lo que esto es, en primera instancia, si no un robo por lo menos una traición.
Para Iñíguiz Echeverría, volver a una situación de equilibrio es imposible sin la omisión del pedido de cobro de la deuda. No son los deudores los que tienen que dejar de pagar sino los acreedores los que tienen que dejar de pedirlo: “la salida al problema es, obviamente, de tipo institucional y global.”
Como siempre, la cuestión es más compleja. Algunos mandos medios de los organismos internacionales de crédito son cómplices de un esquema criminal. Iguíñiz Echeverría recuerda que los mercados no son entidades sobrenaturales: “son burócratas e intelectuales de segundo nivel los que dan como un hecho esas instituciones y aceptan sus reglas sin cuestionamiento” (…) “la brutal erupción de los mercados a fines de los 70 y comienzos de los 80 tiene en su origen un conjunto de voluntades y de decisiones de acción u omisión precisas que, si bien, no dan cuenta del conjunto del proceso económica sí coadyuvaron a la gestación de las fragilidades y luego al desencadenamiento de la crisis”.
Bajo el capitalismo la forma de solucionar problemas es a través del crédito (porque bien sabemos desde Marx, las relaciones humanas toman la forma de la mercancía). La solución que ofreció el gobierno nacional a los damnificados por las inundaciones de Bahía Blanca fueron… créditos. A tasa de mercado, ni siquiera subsidiada. El sistema engloba las tragedias a través del mecanismo de los seguros. Así como en países como los Estados Unidos una intervención médica de lo más simple puede derivar en una deuda de por vida, para naciones enteras un pasado colonial, una invasión en condiciones de inferioridad militar o una gestión corrupta y criminal que se aprovecha de los mecanismos estatales para engrosar su patrimonio personal estatizando deuda puede condicionar a millones de personas que ven cómo los gobiernos destinan fondos que podrían ser utilizados para mejorar sus vidas al cumplimiento de vencimientos.
Incluso quienes no creemos en la mácula original de la especie humana y en cambio sabemos que nacemos dignos y libres entendemos la importancia del acto. Para quienes llevan a cuesta el peso de las acciones hipócritas, de las culpas y los recuerdos, la fantasía del perdón plenario y la oportunidad de empezar de nuevo son un consuelo importante.
Pero hay un tema: Si el jubileo propone un perdón plenario, ¿por qué deberíamos aceptarlo? ¿De qué se nos acusa? Tal vez ese pecado original sea el de ser pobres. Se trata de nivelar el terreno, por una vez, a través del consenso y el llamado a la ética. Al fin y al cabo los países empobrecidos serían acreedores sociales ya desde la época colonial. Se estima, de hecho, que la conquista Española implicó un saqueo equivalente a 165 mil millones de dólares actuales.
“El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro aparecen los monstruos”
La batalla cultural revive, y la plataforma sobre la que combatimos es el conservadurismo. Es tal vez necesario un perdón plenario dentro de la izquierda (tranquilos, todos sabemos que ningún perdón es tan permanente que no pueda ser complejizado) porque al viejo estilo de los partidos de izquierda que se atomizan, sin un núcleo central y sin coordinación, es difícil que esta disputa se incline hacia el lado de “los buenos”.
La disputa es, precisamente, sobre quiénes son “las personas de bien”. Algo que en la tradición judeocristiana es bastante más importante que en otras religiones. Algunos serán salvados, algunos serán dignos en vida. “Felices los que sufren”, dice el evangelio. Bien sabemos que nadie va a ganar esta disputa. Que para algunos “los buenos son los de azul y los que se tapan la cara son los malos”, y que para otros la policía es el cómplice directo y aspiracional del opresor, en particular del que se mete a la fuerza con la intención de “corregir la sociedad” y reprimir al paquete de blancos móviles que el Estado escoge como el enemigo.
Por supuesto que el cristianismo fue utilizado como una filosofía para mantener a los pobres a raya, con su anhelo por un tiempo final en que reinará el mesías para compensar el sufrimiento de esta vida. El más contundente crítico de esta cuestión fue Nietzche y no hay motivo para que no esté invitado a esta charla, teniendo siempre en cuenta que su pensamiento vitalista apuntaló algunas de las peores y más antihumanas filosofías que desprecian la empatía como un bien humano.
Pero la idea del eterno retorno en la historia puede llevarnos a preguntar si ésa es la pulseada sobre la que se debate la esperanza: ¿estamos entrando en un nuevo imperio del fascismo, el odio y la locura colectiva, como ocurrió el siglo pasado justo después de una pandemia que para los cánones de la época fue “global”? ¿Hay que apuntalar y reapuntalar cada generación los valores de memoria, verdad y justicia porque es imposible arribar a un imperio de la paz que dure mil años?
Sí. Pero también
La importancia de no licuar camellos
¿Se perdonan todos los pecados de la humanidad frente a un momento crucial en la historia moderna donde vuelve el fantasma del fascismo, la crisis económica global, la guerra mundial y el apocalipsis mismo?
En una entrevista reciente, Alejandro Dolina se declaró “un poco menos feminista” que lo que solía ser. Salvando las distancias, hace poco un amigo me dijo “ya no somos tan asquerosamente progres como antes” y lo mandé un poco a la mierda por hipócrita. Se podría pensar que hay algo de tesis – antítesis – síntesis en eso. O se podría pensar que todo pensamiento ideológico (reaccionario o revolucionario) espera el momento en que se repartan las indulgencias para aliviar las tensiones de vivir en el dogma.
Cada época habilita cosas y restringe otras, pero si hay algo que nos enseñó la historia es que siempre da sorpresas (“pocas cosas son tan impensadas como una revolución un minuto antes de que ocurra”, ha dicho por ahí Rosa Luxemburgo). A veces es difícil dar cuenta de la velocidad pasmosa con la que se dan los cambios. De lo inmediato que es el mecanismo de amnesia colectiva, de reaculturación camaleónica. El problema del péndulo de la historia son sus retrocesos. Los procesos culturales funcionan a menudo como el océano que lima la playa.
Bien sabemos que el sistema de valores y creencias en el que se basaba el comunitarismo entró en crisis, que el acceso a la abundancia del planeta está cada vez más coartado y que aceptamos que haya playas privatizadas, rejas en las plazas y bienes culturales por suscripción. La tan mentada libertad es al fin y al cabo la condición de poder ampliar los límites de acción de una persona. Hay desesperación, y esa desesperación se nutre de la indignación, y aquél que vaya a la tele a las puteadas va a generar empatía.
La acumulación inherente al funcionamiento del capitalismo (ya sabemos: el proceso por el que el capital se apropia de la plusvalía del laburante a quien explota, que es una necesidad estructural del mismo sistema que no puede funcionar sin esa tendencia a la acumulación a través de la que se expande y reproduce) es la antítesis de este festival de indulgencias que es el jubileo. De esta propuesta de nivelar que se sustenta en los argumentos morales y ya no es la revolución armada sino que apuesta tal vez a un cambio jurídico en cuanto a la regulación de la riqueza global. Una vez más: la solución (además de moral y espiritual) debe ser institucional. Porque en el trajín cotidiano no podés depender de la buena voluntad del otro, sino que vas a necesitar de una estructura que (ponele) te proteja.
Iguíñiz Echeverría marcaba una distinción importante entre “no pagar” la deuda y la responsabilidad moral de “no cobrarla”. Por el momento, somos nosotros los que entre elecciones y omisiones los perdonamos a ellos. Los que hicimos las paces con el funcionamiento de “los mercados” y cambiamos el ahorro, la producción y la defensa de los derechos universales por la especulación diaria. y ponemos el dinero a generar un par de cientos en cuentas remuneradas linkeadas a fondos de inversión, como tiene mercadolibre, sin preguntarnos mucho cómo funcionan.
A esta moral le falta una pata. Y es la pata del hacer. Puede surgir de esa moral de los vencidos un pase a la acción. Una moral heroica de quienes buscamos subir el piso general sobre el que se desarrolla la vida humana. En todo caso, se le estaría pidiendo clemencia a los tipos que el nuevo testamento expulsa del paraíso. Aquellos que buscan indulgencia en los tecnicismos y no en la transformación del sistema. Si algo se puede rescatar de Nietzsche, es que la moral de los vencidos perjudica a quienes la enarbolan (y podemos ignorar adrede que él pide entonces que se mueran). Y en esa desesperación o impasividad, aparece el individualismo.
El que acá escribe tuvo una infancia católica hasta que descubrió que Papá Noel eran los padres, y que la consciencia se autopercibe en un juego de espejos irreal desde la máquina que es el sistema nervioso, pero que “no se puede ser feliz entre infelices” es una gran máxima sobre la que construir la relación con el universo. El día que murió Bergoglio, confieso que me pasé la tarde en twitter likeando con una sonrisa publicaciones que el adolescente en rabiosa deconstrucción anticlerical que tuve que ser hubiera aborrecido. En última instancia, no se trata de moral sino de espiritualidad, aunque se construya desde algún mito común. Porque ya sean los 10 mandamientos o el imperativo de belleza y productividad siempre andamos en algún culto, de eso ninguna etapa se ha podido escapar.
Queremos confiar en que este cambio de época todavía se puede disputar. Que no estamos entrando en un nuevo oscurantismo anti-intelectual y profundamente egoísta. Que al otro lado de la puerta, todas las puertas que surgen por acá y por allá, hay una humanidad con la que se puede convivir, un planeta cuya naturaleza nos cobija y nos soporta.
No es perdón lo que hemos de pedir. No es clemencia. Es lo que nos corresponde. Para ser parte de esta humanidad y transformarla. Confiar en la utopía de un jubileo (no necesariamente católico) que devuelva las tierras apropiadas (por ejemplo en cisjordania) y la libertad de acción al ser humano mientras los villanos se van a Marte en un cohete para dejarnos en paz con sus narrativas de la destrucción y del autosacrificio en provecho de los poderosos. Al fin y al cabo, la sociedad se cristaliza en sus instituciones, pero previo a eso necesita quebrarse un poco.
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