Música

“Con Nafta Encontramos una forma nueva de contar historias”, entrevista a Magamo

Por Alejo Bernhardt – Entrevista Urbe
05 de mayo de 2024

Matías García Molinari nació un 19 de octubre de 1987, año en que se estrenaron grandes obras de la música argentina como After Chabón, de Sumo, Parte de la Religión, de Charly, Ruido Blanco, de Soda, y Ciudad de Pobres Corazones, de Fito. Su pasión por la música no fue estrictamente heredada de sus padres, ninguno de ellos era músico. Lejos de estar embebidos en la era de los gigantes del rock nacional, en su casa se escuchaba rock y pop internacional (lo que hoy denominaríamos como “Aspen”). 

“Es algo que siempre sonó y con el tiempo me fui dando cuenta cómo me afectó. Después con termino siempre volviendo a esos temas, revalirozándolos. Las melodías que se hicieron en esa época, el nivel de los hits que hay a nivel canción, de armonía, instrumentación, todo, son increíbles.”

Los éxitos de aquella época que sonaban en la radio quedaron sellados en su ADN, como primer acercamiento con la música. 

A sus 8 años identificó las tres pasiones que hoy se ven materializadas en su presente, que son la música, el dibujo y el mar. Su vida estuvo siempre ligada al arte. Cuando terminó el colegio secundario estudió Artes Visuales en el Instituto Nacional de Arte (actual UNA). Eligió la carrera en búsqueda de aprender técnicas, pero se terminó encontrando con algo más conceptual, más que sólo aprender a pintar. Comprendió los distintos métodos artísticos de expresión y terminó inclinándose por la música, reconociéndola como un medio de conexión más directo entre las personas y el arte. Esta etapa de su vida fue canónica para luego gestar proyectos como la película.

Nafta 1 + 2, la película que recopila los videoclips de todas sus canciones siguiendo un hilo conductor.

—¿Te acordás que arrancaste tocando?

Lo primero fue punk rock. Arranqué de una con la eléctrica. Me chupaba un huevo, yo quería la Stratocaster roja. Tuve primero una etapa punk, después fui abducido por el Rock and Roll y toda la movida rolinga adolescente de los 90. Después de esa etapa conocí a un amigo que me empezó a mostrar Pink Floyd, King Crimson, un rock más clásico, progresivo, y ahí me empecé a interesar en cosas más complejas. Me hice muy fanático de Invisible. Con el flaco conecté con Pescado Rabioso e Invisible, con esas dos bandas me volví loco. Ahí empezamos a tocar con amigos. Siempre quise tener una banda, fue mi sueño desde que me calcé la guitarra. Siempre lo tuve en la cabeza. Ahí armamos una banda que se llamaba Aurora, de rock progresivo, que fue la primera banda en serio, hicimos un disco y todo.

—En 2016 eras parte de Orquesta La Rosa, Militantes del Clímax y Nafta. ¿Cómo fue la convivencia entre tantos proyectos?

También teníamos una banda de cumbia que se llamaba Dalmiro y los de Nieve, donde hacía coros y tocaba el güiro. Orquesta La Rosa era un proyecto impulsado por un amigo, y en ese género que también representaba un desafío musical a nivel técnico. Eso después me pasó con el neo soul y el soul, que exigían un conocimiento musical que te seduce, y con la salsa a mi me pasaba eso, me seducía empezar a entender ese lenguaje. Empezamos tocando en el subte a las 8 de la mañana. La experiencia que te da meterte en un vagón y cantarle a gente que está yendo a laburar, y después saltar a un lugar donde la gente pagó para verte, ¿Cómo no vas a salir, ponerle el pecho y romperla si ya tuviste que convencer a un vagón de que disfrute de la música? Siempre canté pero nunca fui cantante, no fui a clases. Después sí, cuando decidí tomarlo más en serio y mejorar. La salsa es muy exigente, tiene una exigencia técnica muy grande y tiene mucha improvisación en los montunos, en los pregones, cuando suena el coro, ahí tenés que improvisar letra y música sobre una clave que no es el pulso normal. Pudimos hacer una gira por Europa, tocando en la calle, como experiencia de vida fue increíble. 

«Flor Perdida», de Orquesta La Rosa. Banda donde Magamo se desempeñaba como cantante.

Cuando arrancó Nafta en serio dije “pará, no puedo tener 5 bandas”. Nafta siempre fue especial porque era el proyecto que había imaginado toda mi vida. Fue como: “Esto es lo que yo quiero hacer, acá es donde puedo poner mis palabras, mis ideas”. Fue una idea más personal, lo otro eran participaciones mías en otros proyectos con otras ideas. Esto era como mi plan y terminó siendo la banda de mi sueño.

—¿Militantes del Clímax funcionó como un puente para empezar Nafta?

Totalmente. Simón (Simón Grunblatt, tecladista) es el pilar fundamental de todo, es el maestro. Tanto en los Clímax como en Nafta, es un indiscutible y tiene data musical, de armonía, y, sobre todo, el criterio para meter “cosas” que tiene fue lo que elevó los dos proyectos. Yo aprendo mucho de él en cuanto a música y cosas más técnicas. Brighton (Brian Vainberg) también estuvo desde el principio tocando el bajo. El batero de Nafta y Clímax es Toni Sánchez, que nos conocemos desde la primaria. Anita (An Espil) surge cuando estaba bastante avanzado el primer tema (“Vos No”), la parte de ella la hacía yo medio en falsete, hasta que me topé con ella por un video que subió un amigo. Me flasheó lo que transmitía haciendo un cover, cantaba uno de Jamiroquai y después uno de Stevie Wonder. Nunca escuché a alguien cantando un cover así en inglés, transmitía una cosa muy buena. En esta época había muchas bandas dando vueltas y estaban todos muy ocupados. Era muy difícil que Simón tuviera tiempo de venir a armar un tema que no existía, de un proyecto que estaba en bolas. Tuve que ir un poco tironeando.

Versión acústica de 3 canciones de Nafta estrenada en la pandemia. En esta versión se destacan las armonías vocales con la participación de An Espil y Abril Olivera.

—En una lectura, las canciones parecen rondar la idea de la encrucijada personal. 

La materia prima sale de esta ficción que se construyó. Muchas veces tomo elementos de mi vida o de gente cercana que después se terminan asignando a una historia construida, ficticia. Los ingredientes son reales en muchos casos y eso hace que te atraviese, por lo general tienen una carga emocional muy real. “Matenme” surge de una situación de mi abuelo, vivió muchos años y falleció en pandemia. Dicho por él, ya estaba pasado, lo angustiante de verte deteriorando cada vez más y dependiendo cada vez más de otro, cuando fuiste una persona totalmente libre e independiente. El tenía unos episodios en los que se le repetían voces, algo parecido a un ataque de pánico. De alguna forma me atravesó para ponerlo así en palabras, la figura de la madre como salvación y del abrazo de estar a salvo. Este tema tiene la carga de la asfixia y el alivio del encuentro con la madre. Tiene una referencia al mar también, ligada a otra de mis pasiones. Le decía que cuando una ola me revolcaba mucho, me imaginaba una canción en la cabeza y eso me relajaba. Le decía esto como, “Pensá en esa canción, imaginá el mar, nadá de espaldas, lento, tranquilo, mirando al cielo”, esta cosa del agua puede pasar mucho de situaciones que te hagan entrar en pánico, y está todo en la cabeza.

—¿Ves a Nafta explorando otros géneros?

No creo ir específicamente hacia un género, me lo imagino más como ingredientes incorporados que terminan formando una cosa más de fusión que ir y hacer un tema que sea una bossa nova, o una salsa, eso no lo veo. Nunca me imaginé nada después del Nafta I. En Nafta II se incorporó el Tito (Manquel lo Presti) y empezó a aparecer el sample como ingrediente en algo que ya está construido. La figura del sampleo armó un universo re loco, terminamos sampleando nuestras propias composiciones con eso. Ya estaba construído generar la sensación de sample artesanal, hay un ingrediente del sample real en un proyecto que se construyó en base a emular el sampleado, entonces ahí se generó algo buenísimo.

“Hasta que te vas”, de Nafta II. Versión en vivo que utiliza el recurso del sample.

—¿Te imaginás Nafta III?

Recién lo empiezo a pensar, a imaginarlo, y siento que arrancaría dejando de conectar esta historia que se armó, y pasaría a otra secuencia nueva. No seguiría estirando más episodios de esto porque ya funciona. Proyectamos las canciones de Nafta I y II mezcladas en un cine, y el viaje de lo que quedó me pareció increíble, que da lugar a la interpretación. Hay una historia que si vos te interesas está clara, que a la vez es poética y no tan literal. No se si correría el riesgo de seguir estirando y agrandando episodios y escenas en esa misma historia, quizás arrancaría con algo nuevo. Con esto de los videos y la peli descubrimos eso, como una forma nueva de contar historias. Y bueno, ya se puede contar otra historia con este método, con el soporte visual de las canciones, con una escena y un personaje. Me parece que iría más por ahí en caso de un tercer disco, que igual lo veo lejos. Hay que darle tiempo a las cosas, recién ahora estamos hablando de juntarnos a hacer ensayos creativos. El disco parece que salió hace 6 años pero tiene apenas unos meses, y todavía es tiempo de promocionarlo y tocarlo. Muchas veces es cuestión de tiempo, como pasa con el arte en un montón de disciplinas. Hasta que no pusieron «Bohemian Rhapsody» en El Mundo Según Wayne, un montón de gente no se dió cuenta que era un temón de la puta madre. Depende de que alguien diga “che, miren esto, es bueno”. Todavía falta como una valoración de lo que logramos que se va a ir dando con el tiempo. Ya existe, pero más precisamente hablo de la película.

—¿Hay algún detalle que descuides o estás sobre todo?

No, estoy sobre cada detalle, mal. Excepto cuando tocamos en vivo, ahí manda la música. No se respeta la historia, en vivo es otro plan. También estoy rodeado de gente apasionada y que comparte esa obsesión. Pablito (Pablo Rojzman), con quien hicimos la segunda película, tiene también un arte y un criterio que admiro. Nos entendemos muy bien en cómo no caer en cosas telenovelescas, hay una cuota de simpleza entre las letras y la escena que se muestra que están muy cuidados los límites. Son todos detalles que están pensados por una idea natural de querer hacer algo bueno, querer llevar lo que estás haciendo a lo más alto que puedas lograr y sorprenderte con los resultados.

Nafta II partió de un concepto técnico que no estuvo contemplado en su primer lanzamiento, que es el vinilo. Esta segunda entrega está pensada para caber dentro de los límites de este formato analógico que varios artistas siguen reivindicando en la actualidad. Puede reproducir hasta 45 minutos de música, tiempo que Magamo considera óptimo como “Un punto de partida bueno para arrancar”, como una especie de contraste en los tiempos donde los álbumes promedian los 30 minutos.

—Hay mucho disco corto últimamente, de entre 25 y 28 minutos.

Sí, eso no me gusta. También tiene que ver con la idea “descartable» de la época, que la gente ya no escucha tanto discos enteros, que después te termina sorprendiendo que sí. Cuando lo sacás la gente lo valora, pero también está esa urgencia por publicar cosas y no tomarse el tiempo de poder sacar un disco más largo. Hoy te dicen que un disco de quince temas no te lo escucha nadie. Está bueno ser fiel a lo que uno considera que es interesante. La banda somos nosotros, no hay una productora que marque el rumbo artístico o nos dice qué hacer en un show, todo eso es parte de nosotros. 

—¿Qué desventajas tiene trabajar con un sello discográfico?

No te sabría decir porque nunca laburé con un sello o una productora.

—¿Es una decisión?

Creo que es algo que naturalmente siempre, desde que arrancamos en los Clímax, es una forma de hacer las cosas con la que crecimos y nos convertimos en músicos profesionales. Con los pros y las contras que tiene ser independiente, yo siento una libertad que no la negocio. Tampoco son interesantes las propuestas que tienen los sellos o las productoras, depende mucho del proyecto si te sirve o no, no estoy en contra de eso, para nada. Nosotros ya tenemos una forma de hacer las cosas, que es como nos gusta y como laburamos. En Nafta hay una figura que es la mía, que es más de conducción general, y después todo un grupo en el que se comenta todo y se debate. En los Clímax es todo más colectivo, todas las decisiones se debaten. Eso por momentos hace que todo cueste mucho más, pero los resultados son al final mucho más satisfactorios e incomparables con otras formas de laburar.

—Sin embargo, en un país donde una productora te da la posibilidad de la movilidad social ascendente es difícil decirle que no.

Sí, obvio. Mucha gente no tiene, o no conoce, a un baterista, un bajista, no tiene la posibilidad de armar la estructura de una banda y llevar a cabo un proyecto autogestivo. Viene una productora y te presenta un paquete de posibilidades que, si respetan al artista, es un sueño para el pibe que se está desarrollando artísticamente. Lo que veo que pasa es que hay uno que la pega, y cuando la industria ve la posibilidad de éxito en esa persona, lo absorben y lo meten en la máquina de producción. Te arman una banda con las bestias máximas, porque acá en Argentina hay unos músicos de la concha de la lora. Hay un nivel muy alto, muchos de esos músicos están laburando para proyectos como sesionistas. Los cracks terminan siendo sesionistas de proyectos que tienen buena respuesta a nivel de industria. Para ellos es un laburo y de alguna forma le están dando una calidad al proyecto porque le agregan su talento. Y está bueno también eso, pero bueno, hay muchos músicos muy buenos a disposición de proyectos de la industria. 

Las productoras ponen al servicio de un artista un estadio, un coro gospel, al mejor bajista, quince bailarinas con coreógrafa, hay toda una estructura que se puede armar por la respuesta económica que da la viralización de este artista. Se arman súper estructuras alrededor de estos pibes, que te puede gustar o no, pero le dan laburo a mucha gente zarpada y talentosa, y arman espectáculos que están buenos. Son caminos distintos a Nafta. El vínculo humano que hay entre nosotros, y esa cosa de banda, de grupo, y de amigos, también se ve traducido en el escenario. Te das cuenta cuando vas a ver una banda y son sesionistas de la puta madre ejecutando en un proyecto, o cuando ves que es una banda amigos, es otra cosa, hay otra conexión. Incluso en los Tiny Desk te das cuenta quién armó la banda para el Tiny Desk, lo ves en las caras, en cómo se relacionan. Eso después se termina trasladando en la propuesta artística. No es lo mismo ir a ver a Nafta y que estén todos clavados en su lugar ejecutando perfecto, a ver lo que pasa en el escenario entre nosotros. Esa química también hace una diferencia en lo que terminas viendo.

—¿Cómo ves la escena local?

Hay músicos de la puta madre y pendejos que decís, “¿Cómo este chabon puede tocar así?”, parece un viejo de Nueva York que tocó toda su vida. Me pasa con los pibes de Vinocio, que me encanta y veo como tocan, y me flashea el nivel. Muchos sesionistas, muchos músicos que veo que hay un nivel altísimo. En la escena hay cosas buenas apareciendo. Es como en todas las épocas. Siempre se bardea a la música del presente, glorificando las anteriores, y vas a la época anterior y a esas personas les hacían lo mismo. Incluso hay cosas en la historia que son ridículas. A Piazzola lo amenazaban de muerte, le decían que estaba arruinando el tango. Incluso acá en los noventa, toda la pelotudez de la rivalidad del rock. ¿Cuántos años se cantó “Luca no se murió, que se muera Cerati”?, y ahora Cerati se murió y es el Dios de la música. Son cosas típicas de la humanidad y de la estupidez humana, y ese factor de valorar las cosas cuando se pierden. Hay que esperar que se muera Amy Winehouse para decir “Che, qué buena era”, y cuando estaba viva decían que era una reventada, borracha, un desastre. Mac Miller, siempre hay que esperar a perderlo para darte cuenta de lo que tenías, es como la lógica humana, con todo, y se traduce al arte, también.

—¿Qué lugar crees que ocupa Nafta hoy en la música argentina?

Yo creo que Nafta logró abarcar un género que no estaba explotado ni muy curtido en Argentina, que lo redondearía en el soul como género. Lo logramos a través de la forma de abarcar el idioma, logramos romper es cosa de nicho y que sea un poco más popular el alcance. En definitiva son canciones, pero en un lenguaje musical que acá no estaba tan trabajado por una cuestión de que en Argentina siempre el rock monopolizó muchas décadas de música y las cosas que surgían. En Brasil con Tim Maia y un montón de artistas más se curtieron mucho en los setenta. Acá no hay referentes concretos, está Willy Crook, que tiró un montón de data pero tenía la barrera del idioma, cantaba en inglés. El aporte que logramos es meternos en un género, con una imprenta propia, y que trascienda más la cosa de nicho del género. En definitiva lo que llega son canciones, el aporte es por ahí, el soul argentino, el soul nacional. Siento que Nafta es una semillita del soul nacional. Siempre tuve una fe ciega. Cuando trabajas tanto en algo, lo preparás de una forma para poder defenderlo. Me planto como orgulloso con el resultado de lo que se creó.

—¿El castellano rioplatense es un limitante para exportar la música a otros países?

Está bueno lo que decís, porque ahí está el error del problema del idioma, creer que por cantar en el mismo idioma en el que hablás no vas a tener la posibilidad de trascender a otros países, y es todo lo contrario. Acá para cantar canciones cambiábamos de idioma, y nos poníamos a hablar “contigo”, en este español más neutro, con esta idea de quizás se pueda digerir en otros países y para mí ese el error. Lo interesante de escuchar música de otro lado es la identidad. Bob Marley cantaba en un inglés jamaiquino, dice “No woman no cry”, no dice, “Woman, don’t cry”, muchas veces está “mal” pronunciado el idioma, y es un artista que conquistó el planeta. El chabon no sólo habla en un inglés jamaiquino, habla de las tradiciones y la visión religiosa de una cultura que se extendió por todo el mundo. Incluso bandas de acá terminaron hablando del rastafarismo, quizás raro, porque no tiene mucho que ver con nuestra cultura. Pero ahí tenes el ejemplo de cómo es más interesante cuando tiene la figura de lo personal, de lo local, de la identidad, y eso es lo que seduce para afuera, y no al revés.

Lo lindo de la música es que te conecta con otras cosas. Hay un montón de gente que no conoce D’Angelo, o Marvin Gaye. Si querés saber cuáles son las influencias de Nafta y te vas a escuchar eso y flashás. D’Angelo es un fanático de Prince, y si escuchás Prince te das cuenta de lo fanático que era. Y así pasa con todos, Al Green era fanático de Sam Cooke. Eso se va mezclando y me parece una de las cosas más lindas de la música.

Nafta cada vez está creciendo más, y algo muy lindo que nos pasa es que es orgánico, genuino. Las contras de ser independiente es no tenés a alguien que te esté vendiendo, si no que tenes que esperar a que el proyecto se vaya esparciendo a otros lugares, y está pasando. Quizás este año tengamos la suerte de ir a España y México. Ya empezamos a viajar, fuimos a Uruguay, a Paraguay, y vamos a ir a Chile. Hay cosas que llevan tiempo, y la música va viajando y llegando a distintos lugares. Es distinto cuando llega naturalmente que cuando es vendida por algún promotor. Eso también genera una mística alrededor del proyecto que está buenísimo. Acá Nafta creció del boca en boca, la prensa fue la gente.

—Lo último, ¿A quién elegirías para hacer una colaboración?

Me cuesta muchísimo. Hay un tema de Nafta II que se llama “A Mi Lado”, que no se descubrió tanto pero siento que lo podría cantar Alejandro Sanz. Sería espectacular.

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