Literatura
en favor de la sorpresa
¿Qué se le puede pedir a la literatura más que una sorpresa? Pero no cualquiera, una sorpresa de la lengua, construida con las palabras. A partir de esta hipótesis, este ensayo busca algunos caminos por los que transita la literatura argentina para seguir sorprendiéndonos.
Por Katherina Frangi
10 de enero de 2026
-¿Qué es lo que buscás en un texto?
-Que suceda algo interesante.
Primero: hablar de lo que debe o no ser, de cómo debe o no hacerse un texto. Como cuando se lee un libro y se dice que una palabra está de más, que esto no hacía falta aclararlo. Ese es el primer paso: la economía lingüística. Editá, sacá, achicá y estamos. Indispensable, me atrevo a decir, fundamental. ¿Y después? Después el capricho, quizás, el empuje hacia lo barroco. El excedente: la sobra. Porque el lenguaje mismo arroja un excedente imposible de sistematizar. Nunca hablamos de lo mismo, pero nos entendemos. O mejor: nos hacemos entender. Porque en realidad no hay nada que entender: hay signos dispuestos que a veces dicen algunas cosas y otras, otra. ¿Se puede entender mal un texto leído con atención? O siempre, o creemos todavía que el escritor-profeta escribió para unos pocos entendidos.
Hablé en otras ocasiones del control de la frase (“Las lenguas se deshacen se desfacen se dejan de hablar y queda la palabra sin sentido, el ritmo irreverente, independiente, la cadencia irrelevante”, etc). Y es ese el nombre que le encontré, que defendí hasta el hartazgo. Lo hago, aun, lo hago. Pero no es aquello que algunos me han venido a reprochar: no es la brevedad, no es la frase perfecta y digo incluso, aunque me cueste, aunque no quiera, que tampoco es el ritmo. Estamos gritando al vacío: lo sabemos. Yo también lo sé cuando hablo del control de la frase y critico los clichés que probablemente usaré en una novela melodramática ultrarrealista que escribiré a los setenta. So what? So lo que pasa es precisamente eso: nos cansamos de buscar motivos que quedan viejos. O volvemos a la idea de la renovación de siempre pero está bien porque el público también se renueva.
Pensemos en la poesía argentina: el objetivismo. Que de ruptura y de aburrido puede llegar a tener todo. Pensemos en esa mirada hacia lo cotidiano, caracterizada, como dijo García Helder, por “una poesía sin heroísmos del lenguaje, pero arriesgada en su tarea de lograr algún tipo de belleza mediante la precisión, lo breve, la fácil o difícil claridad”. Democratización de la poesía, dicen algunos, como si hubiera una lengua que es para unos pocos. Pero no me meto con lo coloquial como democrático porque ahí me empiezo a enojar. Y lo leo y me gusta, porque los hubo de virtuosos (ya hablaré del virtuosismo cuando tenga alguna idea). Pero hoy elijo volcarme hacia un Alejandro Crotto, por ejemplo, porque hay que buscar eso que se perdió cuando lo emergente se volvió la regla.
Pero no temáis: hay una salida que tiene que ver más con abandonar la idea de querer asir la época o de querer definir lo que debe o no debe hacer la literatura en nuestros tiempos. Tiene que ver menos con reseñas que digan lo mismo, con ideas sobre la brevedad o la falta de puntuación, sobre la representación del campo pampeano en pleno enero, sobre la extensión de las cosas en el mundo. Tiene que ver más, en cambio, con aceptar que estamos gritando al vacío, hablando sobre dos cosas: lo soporífero o lo interesante.
¿Entonces qué es lo que pasa? ¿Qué es lo que buscamos en el arte que nos conmueva o nos interese? Que suceda algo interesante. O bien: la cualidad de la sorpresa. Que es subjetiva, imposible de volver parte de una doctrina con sentido. No es la sorpresa el plot twist ni el formato de la hoja, aunque tal vez sí, aunque quizás solo sea eso. Pero no: la sorpresa es lingüística. Que suceda algo interesante y que sorprenda. Eso es el control de la frase. Eso es para mí la literatura. Cuando deja de haber sorpresa el interés se corre para pasar por otro lado (¿sociológico? ¿psicológico? ¿místico?).
Recemos para que si al escritor se le pide ornamento te devuelva la nada; o mejor: que te devuelva el ornamento ornamentado. Para que se rompa o se reconstruya la sintaxis, para que se creen neologismos o se hable con la lengua más chata del mundo. Y si no estoy diciendo nada es por eso mismo: todo cambia, todo depende, todo es gritar al vacío. Lo único por hacer es la fidelidad al material que nos compete. La palabra, el lenguaje, las formas de decir las cosas. ¿El objetivo? La sorpresa. Sorpresa por hartazgo, por exceso o por brevedad, por agramaticalidad, por falta de virtud retórica. Sorpresa por lo que tiene, lo que le falta, porque conjugó mal un verbo, mezcló lenguas, no mezcló ninguna. Todo para que el lector salga odiado o salga con la cara rota en llanto. Para que al leer a Bellatin y su forma concisa, su forma liberada de todo ornamento inútil, diga: ¿cómo es posible? Para que, en un momento de acceso a la divinidad, leyendo a Sara Gallardo una vea: “Murió entonces. Ha muerto. Murió entonces, mi mujer”.
Creo que esto de lo que hablo es un problema de la actualidad, de abrir Instagram y verse ahogado por reseñas tan lisonjeras como vacías sobre libros que no hacen más que contar una historia y explicar (mucho) algunas reflexiones. Hace unos días leí un artículo de Sofía de la Vega en la que hablaba del aburrimiento y de la imaginación. Dice Sofía: “Creo que aquí está la clave: recibir un texto que no sea llano, que me genere un esfuerzo de entendimiento, que me saque de mi cotidianidad es un hallazgo y es lo que, al fin y al cabo, nunca se olvida y lo que buscamos conservar. Pero, ¿dónde están esos libros ahora?”. Esa frase podría resumir todo, en efecto. Sofía habla de la imaginación no como creación de mundos sino como un espacio de superposición de elementos: lenguas, cuerpos. Y es que los hay, el problema es encontrarlos. ¿Por qué? Porque la editorial tiene que vender, porque el lector no puede soportar la confusión inicial, porque los premios tienen siempre los mismos jurados, porque el libro es muy largo, porque “¿cómo no van a leer todas las aguafuertes de Arlt? Si las aguafuertes de Arlt hay que leerlas todas”.
La solución para mí es tan simple como hercúlea: hay que buscar más afuera, porque los hay. Y buscar, como lectores, como profesores, como investigadores, saliendo de las trampas del mercado y de la popularidad que conocemos y a veces dejando afuera buenos libros con la esperanza de descubrir algo nuevo, algo que haga lo que buscamos: que sorprenda. Porque sí los hay y están en todos lados, están también en el afuera del canon, de la lengua, del género.
Hace poco estaba revisando los programas de algunas de las materias de la carrera de Licenciatura en Letras, un poco por nostalgia y otro poco en busca de bibliografía para mi tesis. Otro poco, también, para recordar los títulos de los cuentos de Walsh que hacía tiempo no releía. Y me encontré de nuevo con todos, los queridos, los adorados: Borges, Arlt, Calvino, Onetti, Rulfo, y así. Los grandes de la literatura, los guardianes de la lengua. No lo diré, no me harán decirlo porque, en efecto: qué hombres. Pero si ya sabemos que el canon es un concurso de popularidad mediocremente gestionado, si ya estuvimos descubriendo y redescubriendo y volviendo a descubrir para publicar a las voces de los que ahora están muertos, ¿qué esperamos? Y pienso y repienso en los horrores que he leído estudiando para los finales. Leyendo y leyendo sin saber (porque no supe hasta más tarde) de la existencia de Eisejuaz.
Pero no es, creo yo, problema exclusivo de los programas de las materias. El problema es más grande y tiene que ver con haber perdido de vista lo que realmente importa: la maquinaria de la lengua puesta en funcionamiento para abrir esa grieta que es el hecho artístico. Y por eso ahora me toca hablar de las mujeres: ¿acaso no lo hicieron? Es un problema de olvidar que la literatura teje o debería tejer, como dijo Proust, una lengua extranjera dentro de la propia lengua. Volvemos al control de la frase, volvemos al “que suceda algo interesante”. Eso no tiene que ver con los hombres, claro está, y ciertamente no tiene que ver con el canon que a las únicas dos mujeres que tiene pululando es a las que se venden como pan caliente y hablan de la dictadura o la pobreza (¿de qué más se ha de hablar en América Latina?). Y eso sin mencionar las lenguas minoritarias, las provincias del interior, la escritura en español desde otros países, etc.
Ya es hora: hay que separarnos del “eso se tiene que leer porque es fundamental”. Algunos motivos: porque a Cortázar lo van a leer igual. Seguro ya lo leyeron y lo usaron para chamuyar. O también: porque qué mejor que presentarle a los alumnos textos (injustísimamente) menos estudiados, sobre los cuales se pueden decir tantas cosas todavía. Porque, quizás, hay una historia más virtuosa de la literatura argentina que se esconde detrás de las crónicas de Peloncho López o la correspondencia entre Pedro y Agustín que ocupan un mes entero de cursada de Literatura Argentina.
Déjenme entonces ensayar una brevísima y caprichosa lista de los mejores textos de la literatura argentina del XX. No me voy a meter con el XXI ni con el XIX (nunca me meto con el XIX). No tendrá que ver con hombres o mujeres aunque sí: tendrá que ver con lo interesante. (En esta sección le agradezco a mis amigos Manuel Tacconi, Agustina Alegre y Daniel Hernández por haberme ayudado a cambiarla, tacharla, pensarla conmigo).
- Eisejuaz de Sara Gallardo, acaso la mejor novela argentina del siglo XX.
- Ficciones de Jorge Luis Borges.
- El paisaje interior de Mirta Rosenberg.
- Un piano en Bahía Desolación o Río de congojas de Libertad Demitrópulos.
- Los pichiciegos de Rodolfo Fogwill.
- Ova completa de Susana Thénon.
- Extracción de la piedra de la locura o El árbol de Diana de Alejandra Pizarnik.
- Los siete locos y Los lanzallamas de Roberto Alrt (no, nunca fue contra Arlt).
- Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal.
- Museo salvaje de Olga Orozco.
- Ema, la cautiva de César Aira.
- Museo de la novela de la eterna de Macedonio Fernández.
- Ocre de Alfonsina Storni.
- L’internationale argentine de Copi.
- A capella de Estela Figueroa.
- Glosa o El entenado de Juan José Saer.
- El fiord de Osvaldo Lamborghini.
- Boquitas pintadas o El beso de la mujer araña de Manuel Puig.
- Los sorias de Alberto Laiseca.
- Mujer de cierto orden o La ley tu ley de Juana Bignozzi.
- Un kilo de oro de Rodolfo Walsh.
- carroña última forma de Leónidas Lamborghini.
- Zama de Antonio de Benedetti.
- Los que falten, los que me haya olvidado, los que siga agregando después.
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