Historia
El crimen que cambió la historia del peronismo
Por Juan Pablo Kryskowski y Maximiliano Mendoza
29 de septiembre de 2023
Sucedió hace algunos años. En el marco de una clase, mientras trazaba una línea de tiempo en la pizarra, a fin de dar cuenta de los hechos que “habían cambiado el clima político” durante los años setenta, una conocida historiadora omitió llamativamente lo acontecido en aquélla fatídica jornada del 25 de septiembre de 1973. Un alumno se lo marca: en ese hiato cronológico entre la llamada “Primavera Camporista” y la asunción de Perón el 12 de octubre de 1973 se había pasado por alto un hecho a todas luces relevante: el asesinato de José Ignacio Rucci. La docente se limitó a preguntar, con aires de afectada candidez: “¿Para vos el asesinato de Rucci cambió el clima político?” El alumno sólo atinó a responder desde lo evidente: “el peronismo se dividió cuando lo mataron”. Desde luego, no queremos significar con esta introducción que todos los historiadores proceden igual. Lo que sí, nos parece que la anécdota resulta ilustrativa de cierta intencionalidad historiográfica que suele repetirse a la hora de abordar aquel periodo.
Recogiendo el desafío, preguntarse si un hecho cambió el clima político de hace cincuenta años, constituye un ejercicio interesante en el contexto del presente, habida cuenta del drástico cambio de clima al que estamos asistiendo en términos políticos y culturales. La pregunta, formulada hoy, posee desde luego una mayor distancia histórica y se corresponde evidentemente con un contexto muy distinto al de hace algunos años (de ahí que se habilite la formulación de nuevas preguntas y la construcción de nuevas respuestas): lejos de aquel clima de época de marcada nostalgia setentista que caracterizó a la primera etapa del kirchnerismo –cuando se apeló a la simbología de la “juventud maravillosa”, a la reivindicación del “Tío” Héctor Cámpora y en menor medida al rescate de la figura de John William Cooke como eminencia gris de la llamada Tendencia Revolucionaria del peronismo–, hoy parecen haber recobrado fuerza algunos discursos que apelan a una reivindicación (más o menos solapada en algunos, más o menos abierta en otros) de la última dictadura militar bajo una advocación similar (pero igualmente falsa): ayer, resguardar a la sociedad argentina de la guerrilla; hoy, reivindicar a las víctimas de aquélla guerrilla (enunciados similares, portavoces distintos: un mismo actor ideológico). Esto supone una novedad para estas cuatro décadas de democracia, no sólo por el tono de esas reivindicaciones, sino también por sus repercusiones. En ambos climas, desde luego, se disputan los sentidos del pasado reciente.
En cualquier caso, lo importante estriba en volver a interrogar ese pasado. Consideramos que restarle importancia o directamente soslayar un hecho como el asesinato de Rucci en la historia del peronismo, entraña importantes consecuencias historiográficas, y ello ha dado lugar a un sinnúmero de interpretaciones sobreideologizadas y hasta maniqueas sobre el periodo. El objetivo de este breve artículo es restituir algunas de las coordenadas del clima político en la Argentina de 1973 (tema, por otra parte, profusamente visitado en los numerosos trabajos sobre aquel contexto).
El marco más recurrente para analizar el tercer gobierno de Perón se ha limitado, por lo general, en trazar una línea de frontera entre la “juventud maravillosa” y la llamada ortodoxia o derecha peronista, y de cómo, apoyándose en estos últimos, Perón hizo de su breve gestión un gobierno de “derecha”, liquidando así el proceso de radicalización política abierto desde mediados de los años ‘60. Este encuadre “clásico” presenta, a nuestro juicio, varios problemas. El primero de ellos entraña el error de analizar la historia y la política en términos axiológicos: en consonancia con los lúcidos planteos de Pilar Calveiro en Política y/o Violencia (2005), creemos que no se puede comprender cabalmente ninguna de ambas esferas a partir del esquema binario de buenos/malos y sus derivados (víctimas y victimarios, héroes y traidores, ángeles y demonios, etc.). El segundo, porque anula toda la complejidad de la cartografía política de la época, en particular la del propio peronismo: la mayoría de los estudios abordan este periodo reducen “lo político” al enfrentamiento entre la izquierda y la derecha peronistas, omitiendo el hecho de que había bastante vida política más allá de este enfrentamiento (y que, por cierto, es muy rica). Y tercero, porque reduce toda la orientación ideológica del último gobierno de Perón en función de un único elemento: su apoyatura en los sectores ortodoxos o de derecha en detrimento de la “Tendencia”, enfoque que no sólo invisibiliza a aquéllas expresiones del peronismo y de las izquierdas que apoyaron al tercer gobierno peronista (que además impugnaban la lucha armada en el contexto democrático), sino que además excluye de su valoración un sinnúmero de acciones de gobierno realizadas entre 1973-1974 que difícilmente puedan catalogarse como “derechistas”¹. Se trata de un periodo de altísima densidad histórica como para abordarlo desde recortes intencionados o reduccionistas.
Dicho esto, nuestro punto de partida es el siguiente: nada de lo que ocurrió hacia el interior del peronismo en términos de enfrentamiento entre el 25 de septiembre de 1973 hasta la muerte de Juan Domingo Perón (1 de julio de 1974) puede escindirse del asesinato de José Ignacio Rucci. Ni el “Documento Reservado”, ni las decisiones respecto a los gobiernos de las provincias de Buenos Aires y Córdoba, ni las reformas para endurecer el Código Penal², ni la acción de las bandas paraestatales que participaron de la AAA 3 y ni siquiera el discurso de Perón en la Plaza de Mayo durante el Día del Trabajador el 1 de mayo de 1974 pueden comprenderse sin tener en cuenta el impacto de aquel crimen. De ahí que nuestra hipótesis es que, efectivamente, el crimen contra Rucci no sólo cambió el clima político de manera decisiva en aquella Argentina de 1973, sino que configuró un punto de inflexión en la historia del peronismo. Veamos por qué.
El peronismo y el clima político de 1973
¿La tensión había comenzado con el asesinato de Rucci? De ninguna manera. Las diferencias ideológicas entre las organizaciones armadas y la llamada burocracia sindical ya estaban planteadas y eran públicas. Recordemos: se trataba de un contexto en el que los desacuerdos muchas veces se dirimían violentamente. Para entonces, ya habían sido asesinados varios dirigentes sindicales: Augusto “El Lobo” Vandor (secretario general de la Unión Obrera Metalúrgica) el 30 de junio de 1969, José Alonso (secretario general de la CGT, líder del Sindicato del Vestido) el 27 de agosto de 1970, Julián Moreno (secretario adjunto de la UOM Avellaneda) el 22 de enero de 1973, y Dirk Kloosterman (secretario general del Sindicato de Trabajadores Mecánicos) el 22 de mayo de 1973, tres días antes de la asunción de Héctor Cámpora como presidente de la Nación. También el 27 agosto de aquel año asesinarían a Marcelino Mansilla, secretario general de la Unión Obrera de la Construcción (Mar del
Plata).
Asimismo, desde los sectores más combativos del movimiento obrero se habían planteado profundas críticas al participacionismo, al macartismo y a las prácticas gangsteriles de algunos sindicalistas, pero no todas esas impugnaciones suponían necesariamente una aprobación de la vía armada como método de resolución. De hecho el sindicalismo, aún en sus versiones más combativas, no sentía como propia la táctica de la lucha armada, y lo mismo ocurría con gran parte de las organizaciones encuadradas dentro del peronismo. De ahí que en el contexto de 1973 se haya debatido bastante sobre este punto: la legitimidad de la lucha armada nuevo en el contexto democrático. El propio Che Guevara en 1960 (en su libro la “La Guerra de Guerrillas”) había sentado posición al respecto: la lucha armada sólo es válida contra dictaduras o tiranías. Sin embargo no todas las organizaciones estaban de acuerdo.
Por otro lado, lo que en un principio parecía un rumor subterráneo hacia el interior del peronismo, empezaría a adquirir una consistencia cada vez más perceptible: los cada vez más frecuentes planteos de Montoneros en pos de “compartir la conducción” del proceso con el propio Perón empezaban a preocupar, y generó tensiones que fueron in crescendo. Tal como lo relata Juan Manuel Abal Medina (padre) en “Conocer a Perón” (2022), gran parte de dichas manifestaciones habían tenido lugar durante la campaña presidencial de Cámpora³, en la cual el protagonismo de la juventud fue sin dudas notable, en consonancia con proceso de marcado crecimiento (sobre todo desde sus organizaciones de superficie) de la militancia de Montoneros que se había abierto a partir de la ejecución de Pedro Eugenio Aramburu, el 1 de junio de 1970. Tales planteos preocupaban al propio General y, por supuesto, a la rama sindical liderada por Rucci. El haber hecho pública la intención de “compartir la conducción” con Perón constituía, en palabras del propio Abal Medina, “una consigna peligrosa (…) porque excluía a los otros y pretendía ponerse en pie de igualdad con Perón” (Abal Medina, 2022, p. 244).
Estas son algunas de las coordenadas subyacentes a los incidentes que pasaron a la historia como la “Masacre de Ezeiza”, aquella fatídica jornada del 20 de junio de 1973 en la que frustró el reencuentro de Perón con su pueblo y la militancia. Resulta importante detenerse en los hechos de esta jornada. Desde las páginas de “El Descamisado”, órgano de comunicación oficial de Montoneros (más precisamente en los números 6, 7 y 8, correspondientes a los meses de junio y julio de 1973), se había señalado a los integrantes de la comisión organizadora del regreso de Perón como los culpables de los hechos sangrientos que enlutaron aquélla jornada: se mencionan los nombres de Osinde, López Rega, Norma Kennedy, Alejandro Giovenco (de la Concentración Nacional Universitaria), Brito Lima (Comando de Organización) y a la Juventud Sindical. Sin embargo, no se menciona entre los responsables a Rucci (sólo hay una referencia a Jorge Sampedro, más conocido como el “Negro” Corea, entre los posibles torturadores del Hotel Internacional, entre cuyas víctimas habían, llamativamente, militantes de la UOM, pero ninguno de la Tendencia). En un mismo sentido, Juan Manuel Abal Medina afirma que las responsabilidades del desastre se centraban sobre todo en Osinde y López Rega. Al respecto, recuerda que el 12 de julio de 1973, durante una reunión (realizada a pedido del presidente Cámpora) que mantuviera en su propia casa con Mario Firmenich, Roberto Perdía⁴ y Héctor Cámpora (hijo), el apuntado principal por los hechos de Ezeiza fue López Rega (Abal Medina, 2022, p. 307), quien ya por entonces fungía como ministro de Bienestar Social. Rucci
no aparece en la trama, al menos durante los primeros momentos. Ello resulta importante de destacar, toda vez que autores como Duzdevich (Infobae, 19/06/2023) sostienen que el señalamiento de Rucci como co-responsable del desastre de Ezeiza, forma parte de una narrativa de legitimación de su asesinato construida por Montoneros muy a posteriori de los hechos del 20 de junio. Recordemos, por lo demás, que Rucci estaba acompañando a Perón en el chárter que terminaría aterrizando aquel día en la Base Aérea de Morón.
Los hechos mencionados fueron seguramente los más salientes hasta mediados de 1973, y que nos permiten aproximarnos al clima político que reinaba por entonces en el peronismo. Tras la renuncia de Cámpora y Solano Lima en julio, se iniciaría el camino para el retorno de Perón a la presidencia. Este hecho también ha sido interpretado de distintas maneras. Si Perón no fue presidente antes fue porque las condiciones impuestas por la dictadura de Lanusse no lo permitieron, pero ese era el objetivo central y el anhelo mayoritario. Tras su regreso definitivo, notablemente condicionado por las circunstancias, el paso siguiente era la realización de una nueva elección para consagrarlo nuevamente como presidente de los argentinos. Aquel objetivo se cumplió el domingo 23 de septiembre de 1973, cuando la fórmula Perón-Perón del Frente Justicialista de Liberación (FREJULI) se impuso de manera abrumadora con el 62% de los votos (relegando a la UCR, con la fórmula Balbín-De la Rúa, a un lejano segundo lugar con el 24,42%). Indudablemente se asistía a un clima de gran alegría popular: tras dieciocho años, la mayoría peronista volvía a disfrutar de la alegría de tener a Perón presidente. Lo que nadie sospechaba en ese momento era lo que iba a suceder en pocas horas. La tempestuosa dinámica interna del peronismo hizo que esa efímera alegría pronto deviniera en un clima de perplejidad política sin precedentes.
El asesinato de Rucci y la ruptura del clima político
Resulta imperioso dimensionar el impacto que provocó la noticia en el estado de ánimo de la sociedad de aquéllos años: el asesinato de José Ignacio Rucci ocurrió tan sólo dos días después del triunfo abrumador del peronismo en las urnas. La noticia de un Perón nuevamente victorioso tras dieciocho años de exilio,se vio solapada instantáneamente por la noticia del asesinato del secretario general de la CGT, acaecida en medio de una atmósfera enrarecida a nivel regional: hacía exactamente dos semanas había tenido lugar el derrocamiento y el suicidio del presidente Salvador Allende. La conmoción política que despertó el asesinato de Rucci configuró un hecho de primera magnitud: bastaron apenas unos segundos para que aquélla ráfaga ametralladora que terminó con su vida, cortara de cuajo aquel clima de alegría y celebración.
Inicialmente no se pensó en la posibilidad de que la autoría del hecho fuera de Montoneros. Se especuló que podría haber sido el ERP (que salió a desligarse casi inmediatamente) e incluso se barajó la posibilidad de la propia CIA, habida cuenta del clima regional instaurado por golpe de Pinochet contra Allende. Aún en aquel escenario convulsionado, y a pesar de los cánticos que se habían entonado desde la JP presagiándole a Rucci que correría la misma suerte que Vandor, durante esos funestos instantes la escala de una acción de esa gravedad no entraba en la consideración de nadie. Sin embargo, con el correr de los minutos, lo que había sido inicialmente una lejana sospecha que se inscribía en el plano de lo improbable, se convirtió rápidamente en una certeza: los autores del crimen habían sido los Montoneros. La información que habían obtenido algunos funcionarios del propio gobierno nacional lo confirmaban, y se lo hicieron saber de inmediato al propio Perón.
Durante el funeral de Rucci, el General se mostró notablemente abatido. Las frases que pronunció aquel día respecto a lo que significaba para él aquélla muerte fueron categóricas: “Esos balazos fueron para mí; me cortaron las patas”. Abal Medina (2022) rememora que la noticia también lo había demolido anímicamente, y que el hecho de haberse anoticiado de la autoría de Montoneros configuraba para él un punto de no retorno (Abal Medina, 2022, pp. 332-35).
La autoría, sin embargo, no fue asumida inmediatamente por Montoneros⁵. Las motivaciones políticas del crimen, tampoco fueron explicitadas, aunque casi todas las versiones al respecto coinciden en que se intentó ejecutar una suerte de “apriete” al propio Perón para obligarlo a negociar espacios de poder político⁶. Mucho se ha escrito y se ha especulado respecto de la influencia y/o responsabilidad que pudieron haber tenido los integrantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) en este crimen⁷, pues ya para septiembre de 1973 estaban muy avanzadas las conversaciones con Montoneros para avanzar en la fusión de ambas organizaciones. Circula incluso una versión bastante extendida de que las FAR habrían decidido y planificado la ejecución de Rucci de manera unilateral, pero que en aras de no afectar el proceso de unidad, Montoneros optó por mantener una estricta reserva al respecto. Se trata de una tesis que incluso es defendida por muchos ex militantes de la organización, algunos de los cuales consideran asimismo que la ejecución de Rucci configuró un grave error político. Lo concreto es que, aún en el caso de que dicha versión fuese cierta, la fusión FAR-Montoneros fue oficializada públicamente el 12 de octubre de 1973: el mismo día de la ceremonia en la que Perón asumió como presidente por tercera vez.
Los repudios y las consecuencias políticas
El asesinato de Rucci generó la condena de casi todo el arco político y sindical. Entidades como la CGE emitieron duros comunicados de repudio y la CGT convocó a un paro con motivo del crimen: incluso Agustín Tosco (rival sindical e ideológico de Rucci) repudió el crimen y la violencia política desde las páginas de Electrum, el semanario de Luz y Fuerza de Córdoba, sindicato que también se plegó a la medida de fuerza. Se trata de un detalle mayúsculo, pero muy poco recordado. Asimismo, el padre Carlos Múgica –inicialmente una suerte de mentor para Montoneros, que se había convertido para entonces en uno de los principales impugnadores públicos de la lucha armada en el contexto democrático–, se expresó por esos días en términos durísimos contra la conducción de Firmenich y compañía. Ello consta en muchas de sus charlas posteriores a septiembre de 1973.
El asesinato de Rucci también marcó un punto de inflexión para la Tendencia (pues con este crimen se autoexcluyó orgánicamente del peronismo) y propició rupturas internas. La prédica del Padre Carlos Mugica acompañó el proceso de debate interno y posterior fractura conocida como JP Lealtad, nacida en febrero de 1974 e impulsada, entre otros, por el Padre Galli, Patricio Jeanmaire y Eduardo Moreno (la génesis de esta escisión se encuentra ampliamente tratada en los trabajos de Daniela Slipak y en el libro “La Lealtad”, de Aldo Duzdevich, Norberto Raffoul y Rodolfo Beltramini, publicado en 2015).
Por otro lado, el asesinato de Rucci asestó un golpe importante al esquema de gobernabilidad que se planteaba para llevar adelante el plan económico del tercer gobierno peronista. Más allá del vínculo personal, el secretario general de la CGT le garantizaba a Perón el control de los gremios para el sostenimiento del Pacto Social, concertado durante la presidencia de Cámpora (más precisamente el 8 junio de 1973) junto al ministro de Economía, José Ber Gelbard y la Confederación General Económica (CGE), representada en ese momento por Julio Broner. El Pacto Social podía funcionar, sobre todo, por la amplia adhesión de distintos sectores (empresariales, sindicales, políticos, etc.) al liderazgo político de Perón. Rucci no tenía reemplazante para esa centralidad: no lo fue Adelino Romero, Segundo Palma ni mucho menos Casildo Herreras⁸.
Otra consecuencia directa fue el escalamiento de la violencia política. Al día siguiente del asesinato de Rucci, fue ejecutado en el barrio porteño de Belgrano Enrique Grynberg, un joven militante del Ateneo Evita de la Juventud Peronista y miembro del Consejo de la Juventud Peronista en zona norte. Todavía nos preguntamos si sus autores fueron comandos sindicales o patotas provenientes del Ministerio de Bienestar Social. Lo cierto es que este crimen marcaría el inicio de un nuevo ciclo de violencia política, cuya primera oleada se va a extender hasta la muerte de Perón el 1 de julio de 1974. En este contexto, tanto las fuerzas de seguridad como muchas organizaciones peronistas opositoras a la Tendencia adquirirían un rol preponderante en los hechos de violencia.
Por último, pocos días después (más precisamente el 3 de octubre de 1973), se haría público desde las páginas del diario La Opinión el conocido “Documento Reservado” del Consejo Superior Peronista, que presentaba un cuadro de situación conjuntamente con una serie de directivas para los gobernadores peronistas que debían tomarse en virtud del asesinato de José Ignacio Rucci y de un “estado de guerra” ejecutado por grupos “marxistas, terroristas y subversivos” contra el gobierno. Comenzaba, de esta manera, el ciclo de “depuración ideológica” que tendría como principal protagonista a José López Rega, acaso el personaje más oscuro en toda esta trama.
Este documento, que algunos consideran el punto de partida del accionar de la Triple A, no puede escindirse del cuadro de situación precedente. En la narrativa más habitual para presentar este capítulo ominoso de la violencia paraestatal, suelen sobredimensionar el alcance del esquema represivo de dicha organización y rol de José López Rega y hasta del propio Perón. Sin ánimos exculpatorios, consideramos que debe establecerse una demarcación: una cosa son las acciones llevadas adelante por bandas armadas del peronismo ortodoxo (con respaldo de funcionarios y estructuras estatales), y otra muy distinta es inscribir dicho proceso como el preludio inmediato del Terrorismo de Estado. Durante su primera etapa, las bandas lopezrreguistas y las patotas sindicales distaron mucho de conformar un escuadrón de la muerte (en el sentido de la Doctrina Francesa, que vertebraron el accionar represivo de las fuerzas de seguridad). Si bien ambos planos parecen superponerse (pues comparten una misma naturaleza ilegal), lo cierto es que el accionar primario de la Triple A en los marcos formales de “depuración ideológica”, no adquirió la fisonomía de un escuadrón de la muerte sino hasta mediados de 1974, a partir de la renuncia del Cnel. Iñiguez a la jefatura de la Policía Federal y más aún después de la muerte de Perón. Incluso durante la etapa “depurativa” fue detenido en marzo de 1974 el propio Mario Firmenich, quien a pesar del clima reinante contra Montoneros, fue liberado por orden del propio presidente. Durante esa etapa, los hechos más salientes vinculados al accionar de la Triple A fueron dos: el atentado contra el senador radical Hipólito Solari Yrigoyen (21 de noviembre de 1973) y el asesinato del Padre Carlos Mugica (11 de mayo de 1974).
Lo concreto es que con la incorporación de la Policía Federal (con Villar y Margaride a la cabeza), la Triple A se presentaría en sociedad como Alianza Anticomunista Argentina reivindicando por vez primera la autoría de un asesinato: Rodolfo Ortega Peña (asesinado el 31 de julio de 1974), y pasaría a formar parte constitutiva de un esquema represivo mayor junto a otros escuadrones (Comando Libertadores de América en Córdoba, el Comando Nacionalista del Norte en Tucumán y el Comando Anticomunista del Litoral) estrechamente vinculados en términos operativos a las FF.AA y a un plan represivo de alcance regional (tal y como surge de la evidencia de muchos juicios por crímenes de lesa humanidad) y que de ninguna manera podían responder (ni orgánica ni políticamente) al mando centralizado del “Brujo”. En ese sentido, y dadas las evidentes vinculaciones operativas de algunos de los mencionados escuadrones con las Fuerzas Armadas, resulta notable el contraste entre las abundantes investigaciones sobre Triple A que ponen el acento sobre las responsabilidades del peronismo y la relativa ausencia de trabajos que profundicen en la investigación de aquéllos lazos que vinculan al accionar de dicha organización paraestatal con el Ejército⁹, sobre todo teniendo en cuenta el hecho de que la Doctrina Francesa fue incorporada por esta fuerza a fines de los años ’50, y fue el fundamento de la «guerra antisubversiva».
Bajo estas coordenadas podemos comprender un poco mejor el clima que reinaba aquel 1 de mayo de 1974, cuando Perón se enfrentó públicamente con Montoneros durante el acto por la celebración del Día del Trabajador y se pronunció abiertamente en respaldo de las organizaciones sindicales, haciendo énfasis que “habían visto a caer a sus dirigentes muertos”. Las imágenes de aquélla jornada grafican como ninguna otra la fractura histórica que tuvo lugar en el movimiento peronista tras el asesinato de Rucci. Tal vez las diferencias político-ideológicas preexistentes podrían haber sido conducidas bajo otras circunstancias. Lo concreto es que Perón fallecería exactamente dos meses después, el 1 de julio. Con su partida se cerró un ciclo histórico en cuya centralidad el viejo líder permaneció durante casi treinta años.
Algunos afirman que antes del desenlace, y a pesar de todo, el General intentó restablecer los puentes con la juventud. Acaso ahí está la clave de la despedida pronunciada el 12 de junio, de marcada amplitud, que dejó para la posteridad aquélla frase que se encuentra entre las más notables de la historia política argentina: “Yo llevo en mis oídos la más maravillosa música que para mí es la palabra del Pueblo Argentino”.
(1) Como ejemplos de ello, se pueden mencionar desde las iniciativas vinculadas al control del comercio exterior de granos, la promoción del la gestión obrera de las empresas del Estado (como el caso de SEGBA), la nacionalización de los depósitos bancarios, el alineamiento internacional dentro de la órbita de los Países No Alineados, la posición planteada por el gobierno argentino durante la X Conferencia de los Ejércitos Americanos en oposición a los lineamientos de la Doctrina de Seguridad Nacional impulsada por Estados Unidos en América Latina, el impulso del desbloqueo diplomático y comercial con Cuba en los marcos del Pacto Andino (que incluyó un préstamo de más de 1000 millones de USD al gobierno de Fidel Castro), la ley de inversiones extranjeras y una importante batería de proyectos en materia agraria que no llegaron a consumarse, como la Ley Agraria y el Impuesto a la Renta Normal Potencial de la Tierra.
(2) Impulsado luego de la acción del ERP en Azul en enero de 1974, que fue el segundo intento de toma de un cuartel militar por parte de la organización liderada por Mario Roberto Santucho desde la asunción del gobierno constitucional (el primero había sido el asalto al Comando de Sanidad en la Capital Federal, el 6 de setiembre de 1973).
(3) En relación con este punto, la decisión de participar del juego electoral en apoyo de las listas del FREJULI fue importante y constituyó un acierto político. La legitimidad que Montoneros tenía al interior del Movimiento se construyó a partir de su hecho fundacional: el secuestro y ejecución de Aramburu. Ese hecho también tuvo un alto impacto y generó un cambio importante en la dinámica del proceso político en general y en la del peronismo en particular. Jorge Paladino, por entonces secretario general, condenó la acción a través de un comunicado, pero Perón no lo hizo (ni entonces ni después, y de hecho en el intercambio epistolar con la conducción de Montoneros, el General da muestras de aprobación).
(4) De hecho, el propio Roberto Perdía reconoce que durante una reunión que mantuviera con Lorenzo Miguel, el jefe metalúrgico le aclaró que el sindicalismo no tenía responsabilidad sobre lo ocurrido en Ezeiza.
(5) En “Evita Montonera” (n° 5, 1975, órgano de comunicación de Montoneros durante su pase a la clandestinidad), la organización se adjudica el asesinato de José Ignacio Rucci con motivo de los hechos de Ezeiza. Este dato ha sido poco considerado a la hora de refutar aquéllas versiones que sostienen que no hubo una asunción pública por parte de la organización.
(6) El editorial firmado por Dardo Cabo en “El Descamisado” (n° 20, del 20/10/1973), intitulado “Ante la muerte de José Rucci”, se afirmaba, entre otras cosas, que “Rucci era un buen muchacho. Lo cargaban en la UOM cuando andaba (mucho antes de ser siquiera interventor en San Nicolás) con saco y corbata. Hasta trabita usaba, y el Lobo lo cargaba. Pero no era mal tipo. Tenía su historia de resistencia, de cárcel. Las había pasado duras, como cualquiera de nosotros. De pronto aparece en al campo de Anchorena prendido en una cacería del zorro. Apoyando a Anchorena para gobernador de la provincia da Buenos Aires. ¿Quién entiende esto? (…) Algo debe tener de transformador eso de ser secretario general. Algo muy grande para cambiar así a la gente. Para que surjan como leales y los maten por traidores (…) Por eso no hay que disfrazar la realidad. El asunto está adentro del movimiento”.
(7) Estas versiones sostienen que los principales encargados del operativo que terminó con la vida de Rucci fueron Juan Julio Roqué (“Lino”), Horacio Antonio Arrue (“Pablo Cristiano”) y Marcelo Kurlat (“Monra”), todos militantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR).
(8) Tras el asesinato de Rucci, quien se erigió como el hombre fuerte del sindicalismo fue otro metalúrgico, Lorenzo Miguel, un dirigente que, a diferencia del primero, representaba un estilo de conducción sindical mucho más afín al vandorismo y que, por lo demás, tampoco fue objeto de cuestionamientos por parte de la Tendencia.
(9) En este punto, nos gustaría destacar la relativa vacancia de líneas de investigación vinculadas con la hipótesis de la posible vinculación y/o subordinación operativa de la Triple A con las áreas de Inteligencia del Ejército y la SIDE, toda vez que existen evidencias en ese sentido que apuntan, entre otros, al Gral. Otto Paladino y que se vinculan el asesinato del Cnel. Martín Rico y la desaparición del Cnel. Oscar Montiel en marzo de 1975, quienes por entonces se encontraban investigando los vínculos castrenses de la Triple A. Asimismo, debe mencionarse el nombre de Aníbal Gordon, reputado miembro de la Triple A y alfil principal del Gral. Otto Paladino. Gordon (quien fuera llamativamente uno de los liberados durante el “Devotazo”, el 25 de mayo de 1973) estuvo a cargo de la coordinación represiva en el CCDTyE Orletti, en el barrio porteño de Floresta.
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