Urbe
Un país sin norte
Rechazo y neutralización del habla andina
Por Manu Wainziger
16 de octubre de 2026
No tengo dudas de que todo lo que describo a continuación no es excepcional. Sé que toda lengua tiene infinita variación en su coloratura ligada a la regionalidad; sé que con ello se dan tramas de imposición, asimilación, préstamos, mezcla, violencia. Así, en parte, se consolidan los idiomas y se dejan afuera los dialectos, así evoluciona la oralidad hacia la escritura. Pero creo que la Capital Federal de Argentina tiene algunas particularidades y durezas respecto a estos movimientos. O por lo menos son las particularidades que siento encarnadas a diario en los músculos del habla.
Las grandes ciudades y capitales (¿Occidentales? sea lo que sea occidente) suelen tener una importante representación política progresista (aunque con el avance de las derechas en la región esto se ve reconfigurado) producto de una demografía marcada por el multiculturalismo, la educación universitaria, mayor población dedicada a las artes y humanidades, etc. Capital Federal cumple con esta composición demográfica pero no con representantes acordes a ese imaginario plural. Aún cuando la política nacional se ha inclinado, simplificando muchísimo, hacia el progresismo, CABA se empeña en no salir de la derecha; y cuando el termómetro nacional se inclina a la derecha, en CABA se va de mal en peor. Una herencia arrastrada desde la colonia y posteriores disputas identitarias de una nación que se configura sobre violencias internas y federalismos mentirosos; una herencia que hizo que, entre otras cosas, gran parte de Buenos Aires haya aprendido un truco de magia muy curioso: hacer desaparecer el norte argentino.
donde digo en peor quiero decir en neonazi.
-¿De dónde sos?
-De Tucumán.
-Ah, no parecés.
-¿Por qué?
-Porque sos blanca.
La contracara de esta charla es más grave y más conocida: a mis compatriotas de Tucumán (o de Salta, de Jujuy) morochxs les dicen directamente que no son argentinxs. La cosa es así: podés ser blancx y tener la carta de argentinx, pero no podés ser blancx y ser del norte (el norte argentino no es blanco). Y podés ser marrón y del norte, obvio, pero no podés ser marrón y argentinx (Argentina no es marrón). En el pantone imaginario de melanina identitaria Tucumán no existe, siempre es una contradicción. No hay forma de ser de Argentina y ser del norte.
Después de todas las consultas absurdas del porteño promedio ¿Andan en carreta? ¿Tienen internet? ¿Hay caballos? y de todas las respuestas que damos medio en burla hacia ellos y a nosotrxs mismxs, Sí, hay carretas, se llaman sulky. Hay un carrero que pasa vendiendo rosquetes con merengue, llega la que realmente nos atraviesa el cuerpo.
¿Por qué hablás mal?
Unx al principio se puede reír un poco (decí ferrocarril, un clásico). Pero cuando es una constante en el trabajo (Hablá bien), en la educación neutralizante (No se escribe/dice así), en las amistades (No te entiendo), en los medios de transporte (Repetime, no se entiende, no voy a ese lugar), en los círculos de escritores (¿Por qué ponés “ha dicho”? parece texto viejo, voz española, nadie escribe así hoy) se empieza a hacer un poco pesado. Esa palabra no existe. Eso no se dice así. No se te entiende. Pronunciá bien. Por qué hablás tan bajito. Ese acento no es argentino.
Pesado en el sentido emocional, sí, pero sobre todo en el tangible cotidiano: se tarda más en tomar un colectivo y la gente se enoja con unx por la larga demora con el chofer. Se ponen peores notas en lo académico. Se nos desmerecen en los laburos. Nos cuesta comunicarnos en los hospitales. Nos hacen escribir distinto. Y si reniego al escribir, ahora escribo en regional (cual humita, empanadilla, nuez confitada, me vuelvo un producto regional), una operación pintoresca similar a la de escribir como mujer o demases variantes de la construcción fetichizada que te encasillan, para éxito o fracaso, en la otredad particular.
Esto existe con otros sectores, sobre todo cuanto más bajamos de clase. El otro ejemplo evidente es el argot villero. Se dice también a lxs villerxs que hablan mal y otras tantas cosas simpáticas (incluyendo los sabidos desnacionalismos del pantone), aunque luego haya (bastantes) ejemplos donde se higieniza, fetichiza y mercantiliza su habla para las clases medias (Hola progresismo con consumos cool de clase baja que ponen RKT en un depto de Villa Crespo y te tiran un ñeri). Poniendo un ejemplo más ñoño de algo extremadamente popular, podemos ver en los comentarios de cualquier video de Milo J (que para alguien de Tucumán, él es un chico porteño) la crítica repetida sobre su modulación: que no se entiende, que no es clara, que no es argentina. No aparece un pensamiento que rescate como bueno, novedoso o representativo -que lo es- a un cantante que coloca la boca más suelta y redondeada, que diga que le parezca más clara esta forma de modular. Aún así es una saña que se queda corta comparada con la saña lingüística, sonora y cultural a lo andino, a la puna o ciudad norteña. Ni hablar cuando se cruza territorialidad con clase, desde ya, el norte es un territorio con menor poder adquisitivo y significantes culturales de clase muy distantes a los de Capital Federal. El argot villero tiene un porvenir brillante al lado del tono de un campesino de la puna, -todavía- imposible de mercantilizar.
Hace poco más de un año Pichetto (que bueno, seguramente no sea referente de nadie que esté leyendo esto, pero es referente de la política Argentina) dijo en un acto claramente racista pero no excepcional que “el charanguito, esa la música del norte, no tienen nada que ver con la Argentina”. Hace unos días charlando con Ezequiel Radusky, director tucumano, me contó que para estrenar Los Dueños en Buenos Aires le habían pedido subtítulos en castellano. Tras negarse a semejante ridiculez tuvo que lidiar en la charla posterior a la proyección con gente que se quejó de no entender. Antes que tener apertura a la escucha, se niega, extranjeriza y/o neutraliza al hablante que no deja de ser compatriota.
Un nexo para caminar entre puerto y monte
De un lado, el monte. Hay, más allá de la entonación y cantito, varios movimientos particulares: la fonación cerrada, la -bella- ligazón de palabras al extremo como ser sacar las eses finales y las erres suaves de los infinitivos logrando que todo lo que pueda sea convertido en sinalefa. Que toda frase que no se entienda sin esa ese implique inventar y trasversar palabras (se’ vamo). Que, sobre todo, la lengua tucumana tenga gran parte de su vocabulario prestado del quichua, una de las otras lenguas nativas habladas en el territorio argentino (una lengua contemporánea, viva) e incluya palabras que no tienen traducción al español rioplatense, al español en sí. Que además del léxico también funda la gramática del español con la gramática quichua. Sí, la calor, pues qué cosa será la concordancia de género en otras lenguas, qué cosa será que a una chinita la haya chuschado otra niña, qué cosa será no tener una onomatopeya para la sensación de frío. La verdad es que incluso quien se ha ido de esa tierra en la infancia dirá en su vejez chui cuando le haga frío, pues la lengua, en toda su polisemia, nunca se nos va del cuerpo.
En Argentina hay dos lenguas reconocidas además del español (en ciertas regiones, es decir, no a nivel nacional), el guaraní y el qom. Sin embargo el quichua, para bien y para mal, no ha sido reconocido, lo que quiere decir que no ha sido institucionalizado: por un lado no se enseña y a veces quienes toman gran cantidad de préstamos léxicos y gramaticales desconocen el origen de estos, pero por otro lado no se lo separa del habla en español. Eso permite que mute con naturalidad, que no se encastre en la no contemporaneidad, que no se la destine -aunque a veces se quiera- a ese lugar de museo de la ancestralidad que la termina por matar. Yo me he hecho consciente de dónde venían estas particularidades al mudarme a Capital Federal. En ciertas regiones (sobre todo en Santiago del Estero) hay personas que son bilingües, quichuistas e hispanohablantes.
Del otro lado, el tono del puerto: el habla porteña actual se niega al color. Es decir, puede aprender sinónimos (chango/pibe, pingo/pija) pero se niega totalmente a las variaciones y préstamos de pronunciación y gramática, cosa que se agrava cuanto más cercanas se presentan. El oído del colectivero (perdón por tomar este oficio de ejemplo) nunca va a entender cuando alguien del norte diga Corrientes o Retiro con una erre arrastrada y fonando en otra parte de la boca. Aunque no haya ninguna palabra con la que se pueda confundir (¿Qué calle suena como “co-ientes”?) y efectivamente el colectivo pase por calle Corrientes. Se niegan a comunicarse con alguien que hable argentino, pero un argentino corrido. Una especie de valle inquietante del lenguaje.
Entre las preguntas ridículas, la interrupción cotidiana de la vida pública, intelectual, laboral y/o práctica, y la caricaturesca negación de que exista algún cuerpo humano con piel que pueda ser de Tucumán, aparecen dos grandes caminos para intentar hacer convivir puerto con monte. O se aferra unx totalmente al habla (tengo amigxs que hoy hablan con un acento mucho más marcado) o se elige perder el acento. Yo, sin pensarlo mucho y como algo utilitario, elegí hace años ese último camino.
A conciencia practiqué: rolar la erre no me va a salir nunca pero puedo hablar sin sinalefa, sin ligar. Puedo modular distinto (abrir más la boca de forma lateral, fonar en otra parte de la cavidad bucal, más adelante), dejar de usar palabras de mi vocabulario, reemplazar otras (olvidar qué cosas serán un haragán, oflador, o un felpón), practicar gramática. Pasaron más de diez años de este movimiento. A veces me siguen diciendo que hablo medio mal aunque no encuentren el acento. Hace poco me dijeron vos no hablás así, siendo así como en un video medio tonto de un tucumano en instagram. Cuando dije que hablaba así antes, la respuesta fue que sería muy gracioso si hablaras necesitando subtítulos. Cuando hablo /tucumano/ ahora pasan dos cosas: a veces hay efecto cómico (el otro día pregunté, genuinamente, ¿que nunca ha’ chupado caña vo’? a un amigo;), pasa mucho con nuestra divertida variedad de insultos, pero sobre todo siento que estoy haciendo una perfo. Que disfrazo mi lengua de mi lengua. Que finjo apropiarme de lo propio.
Incluso fuera del pantone de piel que -se cree- te dicta una cultura (y una real violencia o no violencia sistemática) hay un constante borramiento e higienización tanto de la lengua como de la praxis de diferentes formas de argentinidad, de lo andino. Como mucho un pintoresco poncho, mantel de aguayo, carnavalito, Pachamama; cosas mercantilizadas como entretenidas (siempre dentro de ciertos marcos), folclorizaciones de museo como si lo autóctono tuviese que ser algo aislado, puro, y por lo tanto muerto. Con un poco más, una peli de la Martel, una Mercedes Sosa (y hasta ahí). Con suerte -con lucha-, a la gente morocha le dejen de decir que no es argentina pero seguramente le sigan diciendo (fuera de alguna perfo de regionalismo o culpa progresista) que habla mal. Probablemente eso se lo digan (y sé que lo dicen) al necesitar atención médica en un hospital, en universidades, en trabajos, lugares concretos de la vida material. Probablemente a muchxs eso se lo digan sobre palabras quichuas u otros préstamos nativos.
La verdad es que no sé cómo se logra ese nexo de las lenguas, de los -estos- territorios. Yo sigo sin sentir pertenencia a los círculos a los que hoy por hoy, viviendo acá, efectivamente pertenezco. Si bien se me juega mucho la clase (vengo de un ambiente, por decir, marginal); hay efectivamente algo de valle inquietante en mi habla, incluso para mí: no termino de hablar como /ellos/ y tampoco termino de hablar como se supone que hablo /yo/. Es algo particularmente raro y doloroso siendo que me dedico a la escritura. Tardé años en darme cuenta: me he equivocado de camino. Me arrepiento y entristezco profundamente por haber perdido la lengua. El idioma será el mismo, al final del día también hablo español, pero la domesticación es desoladora. Mi lengua es ahora un animal que no encuentra su norte.
Pero también, al final del día, la lengua es un músculo salvaje que logra hacer(nos) confundir duermevela con domesticación. Un imán que busca bajito su campo. Una brújula que cuando despierta finalmente nos grita con un repiqueteo bien ligadito: changuitxs: su norte es el norte, el centro; cómo va a ser marginal lo de adentro, estén acá o allá, la casa queda siempre yantiando pal territorio que les reclama.
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